
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XXXI
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XXXI…
El baile fue un no parar de danzas y de pavoneo, de aristócratas enjoyadas, de vino y de brindis en mi honor. Yo me quedé cerca de Nesta porque ella parecía buena para espantar a los pretendientes demasiado curiosos que querían más información sobre mi fortuna. Pero traté de sonreír, aunque solo fuera por Elain, que daba vueltas por la habitación y saludaba personalmente a cada uno de los invitados y bailaba con todos los hijos de los personajes importantes.
Seguía pensando en lo que había dicho Nesta, en lo que había comentado sobre salvar a Tamlin.
Yo sabía que algo andaba mal. Antes de irme, supe que él estaba en problemas…, no solo por la plaga, sino también porque las fuerzas que se reunían para destruirlo eran letales y, sin embargo… sin embargo había dejado de buscar respuestas, había dejado de luchar. Qué egoísta, satisfecha por haber dejado de lado esa parte salvaje de mí que había sobrevivido de hora en hora sin pensar jamás en el futuro. Le había permitido mandarme a casa. No había tratado de comprender en toda su profundidad la información que había reunido sobre la plaga o sobre Amarantha. No había tratado de salvarlo. Ni siquiera le había dicho que lo amaba. Y Lucien… Lucien lo había sabido también, y me había mostrado en sus palabras amargas del último día la desilusión que yo le había causado.
Eran las dos de la madrugada y la fiesta no mostraba señales de terminar. Mi padre charlaba en una especie de corte con varios mercaderes y hombres de la aristocracia a los que ya me habían presentado y cuyos nombres había olvidado en un instante. Elain se reía en medio de un círculo de hermosas amigas, brillantes y acaloradas. Nesta se había retirado a su habitación en silencio, a medianoche, y yo no me preocupé por saludar a nadie cuando finalmente me deslicé escaleras arriba.
Al mediodía siguiente, todos con los ojos rojos y en silencio, nos reunimos en la mesa del almuerzo. Les di las gracias a mi hermana y a mi padre por la fiesta y esquivé las preguntas sobre si me había llamado la atención alguno de los hijos de sus amigos.
Había llegado el calor del verano y apoyé el mentón sobre el puño mientras me abanicaba. Había dormido mal debido al bochorno de la noche anterior. En la mansión de Tamlin nunca hacía frío ni calor.
—Estoy pensando en comprar la propiedad de los Beddor —estaba diciendo mi padre. Hablaba con Elain, la única de nosotras que lo escuchaba—. He oído un rumor. Dicen que va a salir a la venta pronto porque nadie sobrevivió. Sería una buena inversión. Tal vez una de vosotras pueda construir ahí su casa cuando llegue el momento.
Elain asintió interesada, pero yo parpadeé.
—¿Qué les pasó a los Beddor?
—Ah, fue horrible —dijo Elain—. Se quemó la casa. Murieron todos. Bueno, no encontraron el cuerpo de Clare, pero… —Miró su plato—. Pasó en mitad de la noche… La familia, los sirvientes… Todos. El día antes de que volvieras a casa…
—Clare Beddor —dije yo despacio.
—Era amiga nuestra, ¿te acuerdas? —me preguntó Elain. Asentí y noté los ojos de Nesta sobre mí.
No… no, no podía ser… Era una coincidencia…, tenía que ser una coincidencia, porque si no… Yo le había dado ese nombre a Rhysand. Y él no lo había olvidado.
Se me revolvió el estómago y luché contra la náusea que se movía dentro de mí.
—¿Feyre? —me llamó mi padre interesándose por lo que me ocurría.
Puse mi mano temblorosa sobre los ojos y respiré hondo. ¿Qué había pasado? ¿Qué había pasado? No solo en casa de los Beddor, sino también en casa, en Prythian… ¿Qué había pasado?
—Feyre —dijo mi padre de nuevo.
—Cállate —le espetó Nesta.
Traté de luchar contra la culpa, el asco, el terror. Tenía que conseguir respuestas, tenía que saber si había sido una coincidencia, si tal vez todavía había tiempo para salvar a Clare. Y si algo había pasado ahí, en el reino mortal, entonces en la Corte Primavera…, entonces esas criaturas que Tamlin había temido tanto, la plaga que había infectado la magia, las tierras…
Inmortales. Habían cruzado el muro y no habían dejado ningún rastro. Bajé la mano y miré a Nesta.
—Escúchame con mucho cuidado —le dije, y tragué saliva—. Todo lo que te conté tiene que seguir siendo un secreto. No vengas a buscarme. No vuelvas a mencionar mi nombre a nadie.
—¿De qué estás hablando, Feyre? —Mi padre me miraba con la boca abierta desde el extremo de la mesa. Elain nos miró con rapidez, a mí, a mi padre, y se removió en el asiento.
Pero Nesta me sostuvo la mirada. Sin estremecerse, sin retroceder.
—Creo que algo muy malo está pasando en Prythian —dije con suavidad. Nunca supe qué señales de alerta había puesto Tamlin en los hechizos, cómo había preparado a mi familia para huir al continente, pero no pensaba arriesgarme a confiar en eso solamente. No cuando los inmortales se habían llevado a Clare y matado a toda su familia… por mi culpa. La bilis me quemó la garganta.
—¡Prythian! —exclamaron mi padre y Elain. Pero Nesta levantó una mano para hacer que se callaran.
—Si no queréis iros —continué—, contratad guardias…, exploradores que vigilen el muro, el bosque. La aldea también. —Me levanté de la silla—. A la primera señal de peligro, al primer rumor que diga que los inmortales han atravesado el muro o que hay algo…, no sé, cualquier cosa rara, comprad un pasaje en un barco y marchaos. Lejos, tan al sur como sea posible, a algún lugar que a los inmortales no les interese.
Mi padre y Elain empezaron a parpadear, como si trataran de disipar una niebla que les rodeaba la mente…, como si emergieran de un largo sueño. Pero Nesta me siguió al vestíbulo y subió la escalera conmigo.
—Los Beddor —dijo—. Se suponía que éramos nosotros. Pero tú les diste un nombre falso a esos inmortales que amenazaron a tu alto lord. —Asentí. Y pude vislumbrar lo que pasaba por su mente—. ¿Va a haber una invasión?
—No lo sé. No sé qué está pasando. Me dijeron que había una especie de enfermedad que había debilitado los poderes o los había vuelto salvajes, una plaga que había dañado la seguridad de las fronteras y hasta podía llegar a matar personas si adquiría suficiente fuerza. Dijeron… dijeron que estaba fortaleciéndose de nuevo…, que estaba en movimiento. Según lo último que supe, no se hallaba lo bastante cerca como para tocar nuestras tierras. Pero si la Corte Primavera está a punto de caer quiere decir que la plaga se está acercando, y Tamlin era uno de los últimos bastiones para mantener a raya a las otras cortes…, las cortes más letales. Y creo que él está en peligro.
Entré en mi habitación y empecé a quitarme el vestido. Mi hermana me ayudó, después abrió el guardarropa y sacó una túnica pesada, pantalones y botas. Me las puse, y me estaba trenzando el pelo cuando ella dijo:
—Nosotros no te necesitamos aquí, Feyre. No mires atrás.
Terminé de calzarme las botas y busqué los cuchillos de caza que había comprado discretamente apenas llegué a la mansión.
—Papá te dijo una vez que no volvieras nunca —me recordó Nesta—, y yo te lo repito ahora. Nosotros podemos cuidarnos solos.
Hace un tiempo yo habría pensado que eso era un insulto, pero ahora lo entendía, entendía el regalo que ella me estaba ofreciendo. Metí los cuchillos en las fundas que llevaba en la cintura y me colgué un carcaj de flechas en la espalda (ni una sola de fresno). Después busqué el arco.
—Mienten, pueden mentir —dije, dándole una información que esperaba que ella no tuviera que usar—. Los inmortales mienten y el hierro no los daña en absoluto. Pero la madera de fresno…, eso sí funciona. Usa el dinero que traje para comprar fresnos y que Elain plante un buen bosque.
Nesta negó con la cabeza mientras se aferraba a la pulsera, el brazalete de hierro que seguía alrededor de su muñeca.
—¿Qué crees que puedes hacer para ayudarlo? Él es un alto lord…, tú eres humana solamente. —Eso tampoco era un insulto. Era la pregunta de una mente que calculaba con frialdad.
—No importa —admití, ya en la puerta, que abrí con un gesto amplio—. Tengo que intentarlo.
Nesta se quedó en mi habitación. No quería decirme adiós… Odiaba las despedidas tanto como yo.
Pero me volví hacia ella y le dije:
—Hay un mundo mejor, Nesta. Hay un mundo mejor ahí fuera, esperando que lo encuentres. Y si alguna vez tengo la oportunidad, si las cosas mejoran, si hay más seguridad…, volveré a buscarte.
Era lo único que podía ofrecerle. Pero Nesta echó los hombros hacia atrás.
—No te molestes. No creo que me gusten los inmortales, no particularmente. — Levanté una ceja. Ella se encogió de hombros en un gesto leve y continuó—: Trata de mandar un mensaje y avisar de que estás bien. Y sí…, si papá y Elain pueden quedarse solos aquí. Creo que me gustaría ver qué más hay allá fuera, qué puede hacer una mujer con una fortuna y un buen nombre.
«No hay límites», pensé. No había límites para lo que Nesta era capaz de hacer ella sola, por sí misma, cuando descubriera un lugar que pudiera sentir suyo. Recé por tener la suerte de poder ver eso alguna vez.
Para mi sorpresa, cuando bajé la escalera a toda velocidad, Elain ya me había hecho preparar una yegua, una bolsa con comida y algo de ropa para llevarme. No vi a mi padre. Pero Elain me echó los brazos al cuello, me abrazó con fuerza y me dijo:
—Me acuerdo…, ahora me acuerdo de todo.
Yo le pasé los brazos por la cintura y la abracé.
—Cuidaos y permaneced alerta. Todos.
Ella asintió con los ojos llenos de lágrimas.
—Me hubiera gustado ver el continente contigo, Feyre.
Le sonreí mientras memorizaba esa cara hermosa y le enjugaba las lágrimas.
—Tal vez un día —dije. Otra promesa que tendría que cumplir si tenía suerte.
Elain seguía llorando cuando espoleé a la yegua y me alejé al galope por el sendero. No tenía el valor de volver a decirle adiós a mi padre.
Cabalgué todo el día y me detuve solamente cuando oscureció tanto que ya no pude ver nada. Directo al norte, y continuaría en esa dirección hasta que llegara al muro. Tenía que volver…, tenía que ver lo que había pasado, tenía que decirle a Tamlin lo que me palpitaba en el corazón antes de que fuera demasiado tarde.
Cabalgué el segundo día, dormí a ratos y salí antes del amanecer. Y seguí y seguí a través del bosque de verano, esplendoroso, denso y lleno de murmullos.
Hasta que de pronto se produjo un silencio absoluto. Disminuí la velocidad de la yegua y escruté los arbustos y los árboles para encontrar cualquier señal, alguna onda. No había nada. Nada. Y después…
La yegua se levantó sobre las dos patas traseras y sacudió la cabeza, y apenas si pude mantenerme sobre la montura. Se negó a avanzar. Pero seguía sin haber nada…, ningún indicio. Sin embargo, cuando desmonté, casi sin respirar, y estiré la mano, descubrí que no podía pasar.
Ahí, dividiéndolo todo a lo largo del bosque había un muro invisible. Pero los inmortales iban y venían, lo atravesaban por ciertas grietas, decía el rumor. Así que llevé a la yegua a lo largo de la pared, tocándola todo el tiempo para asegurarme de no desviarme.
Me llevó dos días más, y la noche entre los dos fue más terrorífica que cualquier pánico que yo hubiera vivido en la Corte Primavera. Dos días hasta que vi las piedras cubiertas de musgo, colocadas una frente a la otra y una espiral leve tallada sobre ambas. Un portal.
Esta vez, cuando monté a la yegua y la llevé a través de esa grieta, ella me obedeció.
La magia me golpeó el olfato y mi montura volvió a resistirse, pero ya habíamos pasado al otro lado.
Yo conocía esos árboles.
Cabalgué en silencio, una flecha dispuesta en el arco, preparada; las amenazas de esas frondas eran mucho peores que las que vivían en los bosques que yo acababa de dejar atrás.
Tal vez Tamlin se pondría furioso…, tal vez me ordenaría que diera media vuelta y me fuera a casa. Pero yo le diría que lo iba a ayudar, le diría que lo amaba y que pelearía por él como pudiera, se lo diría aunque tuviera que atarlo para hacer que me escuchara.
Me concentré tanto en los planes para convencerlo de que no se pusiera a rugir que no noté la quietud, no enseguida…, no noté que los pájaros no cantaban ni siquiera cuando me acerqué a la mansión, no noté que los setos estaban sin podar.
Para cuando llegué a los portones tenía la boca seca. Las grandes rejas estaban abiertas pero el hierro estaba deformado, como si lo hubieran doblado unas manos gigantescas.
Los pasos de la yegua resonaban con fuerza en el sendero de grava y se me revolvió el estómago cuando vi las puertas de la entrada a la mansión abiertas de par en par. Una de ellas colgaba en un ángulo imposible, arrancada de las bisagras.
Desmonté con el arco preparado. Pero no había necesidad. Vacío…, todo estaba totalmente vacío. Como una tumba.
—¿Tam? —llamé. Subí a saltos los escalones y entré en la mansión. Grité una maldición cuando resbalé sobre un pedazo roto de porcelana…: los restos de un florero. Giré despacio sobre mí misma en el vestíbulo principal.
Daba la impresión de que por ahí había pasado un ejército. Los tapices colgaban hechos harapos, la barandilla de mármol estaba rota y los candeleros habían caído al suelo reducidos a montones de cristal hecho añicos.
—¡¿Tamlin?! —grité. Nada. Las ventanas también estaban rotas.
—¿Lucien?
Nadie contestó.
—¿Tam? —Mi voz rebotó en un eco a través de la casa, burlándose de mí. Sola en medio de las ruinas de la mansión, me dejé caer de rodillas.
Él se había ido.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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