
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XXV
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XXV…
Un rato después de que encontrase esa cabeza, Tamlin tuvo que partir hacia las fronteras, y no quiso decirme adónde iba ni por qué. Pero pude intuir bastante por lo que no dijo: la plaga se arrastraba despacio y se dirigía directamente desde otras cortes hasta la nuestra.
Él no volvió esa noche, la primera vez que dormía fuera de la mansión desde que yo había llegado. Sin embargo, envió a Lucien para informarme de que estaba vivo. Lucien había enfatizado esta última palabra lo suficiente para que yo durmiera terriblemente mal, incluso cuando una parte de mí estaba maravillada de saber que Tamlin se había molestado por darme noticias acerca de su paradero. Supe que estaba avanzando por un camino que era probable que terminara con mi corazón mortal hecho pedazos… Sin embargo… ya no podía detenerme. No había podido desde el día de los naga. Pero ver esa cabeza…, los juegos que tenían lugar en esas cortes, la forma en que todos jugaban con las vidas de otros, disponiéndolas como fichas sobre un tablero…, hacía que cada vez que lo pensaba tuviera que esforzarme para mantener la comida en el estómago.
Sin embargo, a pesar de la maldad que se arrastraba hacia nosotros, me desperté al día siguiente con el alegre sonido de un violín, y al mirar por la ventana descubrí que el jardín estaba completamente adornado con cintas y serpentinas. En las colinas lejanas vi la preparación de hogueras y de los mástiles de mayo. Cuando le pregunté a Alis —averigüé que ella era urisk, así se llamaba su pueblo—, dijo sin ninguna alegría:
—Solsticio de verano. La celebración mayor era siempre en la Corte Verano, pero las cosas han cambiado mucho en estos tiempos. Así que ahora tenemos una aquí también.
Verano… En las semanas que había pasado cenando con Tamlin, pintando y recorriendo las tierras de la corte junto a él había llegado el verano. ¿Realmente creía mi familia que yo seguía de visita con una tía perdida hacía mucho tiempo? ¿Qué estaban haciendo? Si ya había llegado el solsticio, habría una pequeña celebración en el centro de la aldea, nada religioso, por supuesto, aunque tal vez los hijos de los benditos entraran en el pueblo para tratar de convertir a los jóvenes. No sería una gran fiesta, solamente comida para todos, cerveza regalada por la única taberna y tal vez algunos bailes. Lo único para celebrar era que suponía un día de descanso de las largas jornadas de verano que se pasaban sembrando y labrando la tierra. Por la decoración del jardín, se veía que lo que iba a ocurrir en la Corte Primavera sería mucho más grande, mucho más emocionante.
Tamlin no volvió en todo el día. La preocupación me carcomió a pesar de que me senté a pintar una imagen rápida de las cintas y serpentinas del jardín. Tal vez era egoísta y mezquino por mi parte, ya que la plaga había vuelto, pero deseaba en mi interior que el solsticio no requiriera los mismos ritos que la Noche de los Fuegos. No me permití pensar demasiado en lo que haría si Tamlin volvía a tener frente a él una hilera de hermosas inmortales.
Solo a última hora de la tarde oí la voz profunda de Tamlin y la risa de Lucien, parecida a un rebuzno, ecos que atravesaron el pasillo y llegaron a mi estudio de pintura. El alivio se me asentó en el pecho, pero cuando corrí al encuentro de los dos, Alis me arrastró al dormitorio. Me sacó la ropa manchada de pintura e insistió en que me pusiera un vestido azul de gasa con dibujos de espigas de maíz y mucho movimiento. Me dejó el pelo suelto, pero lo decoró con una guirnalda de flores silvestres rosadas, blancas y azules alrededor de la cabeza.
Tal vez antes me habría sentido infantil vestida así, pero en los meses que habían pasado desde mi llegada a la mansión mi cuerpo ya no mostraba esos huesos puntiagudos y esas formas esqueléticas. Ahora era un cuerpo de mujer, el mío. Me pasé las manos sobre las curvas suaves, generosas, de la cintura y las caderas. Nunca hubiera creído que algún día habría allí nada que no fuera piel y hueso.
—Que el Caldero me hierva —silbó Lucien cuando bajé por la escalera—. Tiene un aspecto decididamente fae.
Yo estaba demasiado ocupada mirando a Tamlin —buscando heridas de cualquier tipo, cualquier señal de sangre o marca que pudiera haber dejado la plaga— para agradecer el cumplido de Lucien. Pero Tamlin estaba intacto, casi deslumbrante, no llevaba armas y me sonreía. De a donde fuera que había ido había vuelto indemne.
—Estás adorable —murmuró, y algo en su tono suave casi me hizo ronronear.
Enderecé los hombros, porque no tenía ganas de que él supiera cuánto me habían impactado sus palabras, o su voz, o su bienestar evidente. Todavía no.
—Me sorprende que me esté permitido participar esta noche.
—Por desgracia para ti y tu cuello —respondió Lucien—, lo de esta noche es tan solo una fiesta.
—¿Te quedas despierto toda la noche inventando respuestas para el día siguiente? —bromeé. Hacía unos días que había comenzado a tutearlo.
Lucien me guiñó el ojo y Tamlin se rio y me ofreció su brazo.
—Tiene razón —dijo el alto lord. Yo era claramente consciente de cada milímetro de contacto entre los dos, de sus músculos fuertes bajo la túnica verde. Me llevó al jardín y Lucien nos siguió—. El solsticio celebra el momento en que el día y la noche tienen la misma duración, es un tiempo de neutralidad en el que todos pueden sentirse libres y disfrutar de ser inmortales… No hay altos lores ni inferiores, esta noche eso no cuenta, solo nosotros y nada más.
—Y se canta y baila y se bebe demasiado —dijo con voz cantarina Lucien, interrumpiéndolo desde un par de pasos por detrás—. Y mucha diversión —agregó con una sonrisa pícara.
En realidad, cada roce del cuerpo de Tamlin contra el mío me hacía más difícil evitar el deseo de inclinarme sobre él, de olerlo y tocarlo y probar qué sabor tenía. Si él notó el calor que me subía por el cuello y la cara, si oyó mi respiración agitada, no lo demostró y sostuvo mi brazo con fuerza mientras salíamos de los jardines y entrábamos en los campos que estaban más allá de la mansión.
El sol empezaba su descenso final sobre el horizonte cuando llegamos a la meseta donde iban a llevarse a cabo los festivales. Traté de no mirar con la boca abierta a los inmortales que había reunidos allí mientras ellos sí me miraban a mí con la boca abierta. Nunca había visto tantos en un solo lugar, por lo menos sin el peso del hechizo. Ahora que mis ojos estaban abiertos al mundo, los vestidos exquisitos y las formas diminutas que se formaban y coloreaban y se reconstruían eran tan extraños y diferentes unos de otros… y era tan maravilloso verlo. Sin embargo, la novedad de mi presencia junto al alto lord, fuera o no importante, pronto quedó atrás…, sin duda fruto de un gruñido bajo de advertencia que dejó escapar Tamlin y que hacía que los demás se apartasen y se dedicaran a sus propios asuntos.
Había una enorme cantidad de mesas con comida dispuestas a lo largo del borde más alejado de la meseta, y en un momento determinado perdí a Tamlin mientras esperaba mi turno para llenar el plato. Quedarme sola contribuyó a que dejara de parecer solamente un juguete humano del alto lord. Cerca de la enorme hoguera empezó a sonar la música: violines y tambores, instrumentos alegres que, sin que me diera cuenta, me hicieron seguir el ritmo con los pies en la hierba. Llena de alegría y abierta, la hermana feliz de la sangrienta Noche de los Fuegos.
Por supuesto, Lucien era excelente para desaparecer siempre que lo necesitaba, así que, bajo un sicomoro del que colgaba un gran número de faroles de seda y cintas brillantes, me comí a solas mis porciones de milhojas de frutas del bosque, tarta de manzana y pastel de arándanos, no muy distintas de las delicias de verano del reino mortal.
La soledad no me importaba, por lo menos cuando estaba ocupada contemplando cómo brillaban los faroles y las cintas, las sombras que dibujaban a su alrededor. Tal vez esa sería mi próxima pintura. Y quizá pintara a los inmortales etéreos que se lanzaban a bailar en ese momento. Tantas perspectivas y colores. Me pregunté si alguno de ellos habría sido modelo de los pintores cuyo trabajo había visto en la galería.
Me moví de aquel lugar solamente cuando necesité algo para beber. Tan pronto como se hundió el sol bajo el horizonte, la meseta se llenó de inmortales. Al otro lado de las colinas empezaron a arder las hogueras y comenzaron otras fiestas, y la música se filtró en los momentos de silencio de la nuestra. Me estaba sirviendo una copa de vino espumoso, dorado, cuando noté a Lucien, que espiaba por encima de mi hombro.
—Yo no me bebería eso si fuera tú.
—¿Por qué? —pregunté, mirando el líquido lleno de burbujas con el entrecejo fruncido.
—Vino de inmortales en el solsticio —me recordó Lucien.
—Mmm —dije, y lo olí un poco. No tenía perfume a alcohol. En realidad, olía a hierba fresca en verano, a baños en lagunas de aguas frías. Nunca había olido nada tan fantástico.
—Lo digo en serio —afirmó Lucien cuando me llevé el vaso a los labios. Levanté las cejas—. ¿Te acuerdas de la última vez que ignoraste mis advertencias? —Me señaló el cuello y yo le golpeé levemente la mano.
—También me acuerdo de que me dijiste que las frutas de brujas eran inofensivas y al cabo de un rato estaba delirando y no conseguía ponerme de pie —señalé, recordando una tarde de hacía algunas semanas. Tuve alucinaciones durante horas después de eso, y Lucien se había muerto de risa, tanto que Tamlin lo había arrojado a la laguna de los reflejos. Meneé la cabeza para sacarme de encima aquel recuerdo. Ese día… ese día solamente quería sentirme libre. Que se fuera al diablo la cautela. Quería olvidar la plaga que flotaba sobre los límites de la corte y amenazaba tanto a mi alto lord como a sus tierras. ¿Y dónde estaba Tamlin, de todos modos? Si hubiera habido alguna amenaza, sin duda Lucien lo habría sabido…, y por supuesto habrían cancelado la celebración.
—Esta vez lo digo en serio —insistió Lucien, y puse la copa fuera de su alcance —. Tam me despellejaría si te descubriera bebiendo eso.
—Siempre al cuidado de tus propios intereses —dije, y bebí un sorbo de aquel vino.
Fue como si dentro de mi cuerpo estallaran cientos de fuegos artificiales y se me llenaran las venas de estrellas. Me reí en voz alta y Lucien gruñó.
—Humana inconsciente —siseó. Pero le habían arrancado el hechizo. El pelo castaño rojizo ardía como metal caliente y el ojo púrpura humeaba como una forja sin fondo. Eso era lo que quería pintar.
—Voy a pintarte —dije, y solté una risita… cuando las palabras salieron de mi boca.
—El Caldero me hierva y me fría —musitó él, y volví a reírme. Antes de que Lucien pudiera detenerme, me había bebido otra copa de vino de inmortales. Era la cosa más gloriosa que hubiera probado nunca. Me liberó de lazos que nunca había sabido que existieran.
La música se convirtió en la canción de una sirena. La melodía era un imán para mí y no podía resistirme a su embrujo. Saboreé en cada paso la humedad de la hierba bajo los pies desnudos. No recordaba el momento en que había perdido mis zapatos.
El cielo era un remolino de amatista de dos colores: zafiro y rubí, y todos esos tonos giraban dentro de una laguna de ónice. Deseaba tanto nadar en ella, quería bañarme en esos colores y sentir las estrellas cuando me titilaran entre los dedos.
Tropecé, parpadeé, y me descubrí de pie en el borde de la pista de baile. Un grupo de músicos tocaban instrumentos inmortales; yo me mecí sobre los pies mientras miraba cómo bailaban los inmortales, que se movían en círculo alrededor de la hoguera. No era un baile formal. Era como si estuvieran tan sueltos como yo. Libres. Los amaba por eso.
—Mierda, Feyre —dijo Lucien, y me cogió del hombro—. ¿Quieres que me mate tratando de impedir que ensartes tu pellejo mortal en otra roca?
—¿Qué? —pregunté sin entender y me volví hacia él. Todo el mundo giraba conmigo, delicioso y embriagador.
—Idiota —exclamó él cuando me miró la cara—. Borracha idiota.
El tempo sonaba con mayor rapidez. Quería estar dentro de la música, quería cabalgar en esa velocidad y tejer algo entre las notas. Sentía profundamente la música a mi alrededor, como una cosa viva, una cosa que respiraba; era maravilla, alegría y belleza.
—Basta, Feyre —dijo Lucien, y volvió a tomarme del brazo. Yo había estado bailando y alejándome de él, y mi cuerpo seguía meciéndose, seguía respondiendo a la llamada del sonido.
—Basta… Basta de ser tan serio —protesté y me lo saqué de encima. Quería oír la música, quería oírla tal como salía, caliente, de los instrumentos. Lucien soltó una maldición y yo estallé en movimiento.
Me deslicé entre los que bailaban, girando y haciendo volar la falda. Los músicos, sentados, enmascarados, no me miraron cuando salté frente a ellos, danzando sin parar. Sin cadenas, sin límites…, solamente yo y la música, baile y baile. No era inmortal, pero era parte de esta tierra y la tierra era parte de mí, y no hubiera querido otra cosa que bailar sobre ella durante el resto de mi vida.
Uno de los músicos alzó la vista del violín y me detuve.
El sudor le bajaba por el robusto cuello cuando apoyó el mentón en la madera oscura del violín. Se había levantado las mangas de la camisa y se le veían los músculos como cuerdas a lo largo de los antebrazos. Una vez me había dicho que le hubiera gustado ser músico itinerante en lugar de guerrero o alto lord, y ahora que lo oía tocar supe que habría ganado fortunas si hubiera sido así.
—Lo lamento, Tam —jadeó Lucien, que había aparecido no sabía de dónde—. La he dejado sola un momento en una de las mesas de comida y cuando la he encontrado estaba bebiendo vino y…
Tamlin no dejó de tocar. Con el pelo dorado húmedo de sudor, estaba maravillosamente atractivo, aunque no le veía la mayor parte de la cara. Me dedicó una sonrisa salvaje cuando me puse a bailar frente a él.
—Yo la cuidaré —murmuró por encima de la música, y sentí que brillaba y mi baile se hizo más rápido—. Ve a disfrutar de la fiesta.
Lucien se marchó deprisa.
Grité por encima de la música:
—¡No necesito que nadie me cuide! —Lo único que quería era girar y girar y girar.
—Es verdad, es verdad —asintió Tamlin, sin errar ni una sola nota. Cómo bailaba su arco sobre las cuerdas, los dedos fuertes y firmes, ninguna señal de las garras que yo había dejado de temer…
»Baila, Feyre —me susurró.
Así que bailé.
Me sentía libre, giraba y giraba, y no sé con quién bailaba o qué aspecto tenían los que estaban a mi alrededor, solo sabía que me había transformado en la música y el fuego y la noche, y que nada podía detenerme.
En todo ese tiempo Tamlin y sus músicos tocaron una música tan alegre como no había oído otra jamás. Me planté frente a él, mi lord inmortal, mi protector y guerrero, mi amigo, y bailé y bailé delante de él. Tamlin me sonreía, y yo no dejé de bailar ni siquiera cuando se levantó de su asiento y se arrodilló frente a mí en la hierba para ofrecerme un solo de violín.
Su música únicamente para mí. Un regalo. Él siguió tocando, los dedos rápidos y fuertes sobre las cuerdas del violín. Mi cuerpo se contoneaba como el de una serpiente; levanté la cabeza al cielo y dejé que la música de Tamlin me llenara por completo.
Sentí una presión en la cintura y unos brazos me arrastraron de vuelta hacia la pista de baile. Me reí con tanta fuerza que creí que iba a estallar, y cuando abrí los ojos descubrí a Tamlin, que me hacía girar una y otra y otra vez.
Todo se convirtió en un borrón de color y sonido y él era lo único visible en su interior. Mi cuerpo brillaba y ardía en todos los lugares en que él lo tocaba.
Me llené de sol. Fue como si nunca antes hubiese experimentado el verano, como si nunca hubiera sabido quién estaba esperando para surgir de ese bosque de hielo y nieve que había sido mi vida. No quería que terminase, no quería irme jamás de esa colina.
La música finalizó y, ya sin aliento, levanté la mirada hacia la luna que estaba a punto de ocultarse. El sudor me corría por todo el cuerpo.
Tamlin, que también había perdido el aliento, me cogió la mano.
—El tiempo pasa más rápido cuando estás borracha por tomar vino de inmortales.
—No estoy borracha —dije, y resoplé. Él se rio y me llevó lejos de la pista de baile. Hundí los talones en el suelo tan pronto como nos acercamos al borde de la luz del fuego—. Están empezando de nuevo —continué mientras señalaba a los que volvían a reunirse frente a los músicos, que habían estado descansando un rato.
Él se inclinó hacia mí, y su aliento me acarició la oreja cuando susurró:
—Quiero mostrarte algo mejor. —Dejé de resistirme.
Me llevó hacia abajo, guiándome a la luz de la luna. Los caminos que elegía, fueran los que fuesen, estaban pensados para mis pies descalzos, porque solamente la suave hierba me acariciaba las plantas. Pronto, hasta la música quedó atrás, reemplazada por el suspiro de los árboles en la brisa de la noche.
—Aquí —dijo Tamlin, y se detuvo al borde de una vasta pradera. Apoyó la mano en mi hombro al tiempo que los dos contemplábamos lo que teníamos enfrente.
La hierba alta se movía ondulante como el agua mientras lo que quedaba de la luz de la luna bailaba sobre ella.
—¿Qué? —suspiré, pero él se llevó un dedo a los labios y me hizo señas para que mirase.
Durante unos minutos no pasó nada. Después, desde el otro lado de la pradera salieron flotando docenas de formas brillantes que atravesaron la hierba, como espejismos de luz de luna. Ahí fue cuando empezó el canto.
Era una voz colectiva, pero dentro de ella había un lado masculino y uno femenino, dos lados de la misma moneda, y se cantaban uno al otro en una llamada y una respuesta. Me llevé la mano al cuello en el momento en que la música subió de tono y las formas bailaron. Etéreas y fantasmales, bailaron a través del campo, únicamente delicados rayos de luna.
—¿Qué son?
—Susurros de sueños, espíritus de aire y luz —dijo él con voz suave—. Vienen a celebrar el solsticio.
—Son hermosos.
Sus labios me rozaron el cuello mientras me hablaba dulcemente contra la piel.
—Baila conmigo, Feyre.
—¿En serio? —Me di la vuelta y descubrí que tenía la cara a centímetros de la mía.
Dejó escapar una sonrisa lenta.
—En serio. —Como si yo fuera leve como el aire, me llevó en una danza rápida. Casi no recordaba los pasos que había aprendido en la infancia, pero él lo compensó con su gracia salvaje, sin tropezar, con una sensibilidad que evitaba que yo lo hiciera mientras bailábamos por el campo lleno de espíritus.
Me sentía tan liviana como la pelusa del diente de león; él era el viento que me llevaba por el mundo.
Y me sonreía, y descubrí que le estaba devolviendo la sonrisa. No necesitaba fingir, no necesitaba ser nada más que lo que era en ese momento, un círculo que giraba sobre la pradera mientras los susurros de sueños bailaban a nuestro alrededor como docenas de lunas.
Nuestra danza se hizo más lenta y nos quedamos de pie, sosteniéndonos el uno al otro mientras nos mecíamos al ritmo de las canciones de los espíritus. Él apoyó el mentón en mi cabeza y me acarició el pelo, sus dedos me rozaron la piel desnuda del cuello.
—Feyre —me susurró. Hacía que mi nombre sonara hermoso—. Feyre —susurró de nuevo, no como si me llamara sino como si disfrutara diciéndolo.
Con tanta rapidez como habían aparecido, los espíritus se desvanecieron llevándose su música con ellos. Parpadeé. Las estrellas se estaban borrando y el cielo tenía un color entre gris y púrpura.
La cara de Tamlin estaba cerca, muy cerca de la mía.
—Está amaneciendo.
Asentí, paralizada por él, por su olor y su presencia, así, a mi lado. Alargué una mano para tocar la máscara. Era tan fría… a pesar de que la piel que se veía por debajo estaba enrojecida, encendida. Me tembló la mano y jadeé cuando le acaricié la mandíbula. Era suave… y estaba caliente.
Él se pasó la lengua por los labios, la respiración tan irregular como la mía. Sus dedos recorrieron de nuevo la parte inferior de mi espalda y lo dejé que me acercara a él hasta que los dos cuerpos se tocaron y el calor que salía del suyo se filtró en el mío.
Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para verle la cara. Tenía la boca atrapada entre una sonrisa y una mueca de dolor.
—¿Qué? —pregunté, y le apoyé una mano en el pecho, lista para empujarlo y alejarme. Pero su otra mano se deslizó bajo mi pelo y se quedó en la base del cuello.
—Estoy pensando que tal vez te bese —dijo él con tranquilidad, con intensidad.
—Hazlo entonces. —Me sonrojé ante mi propio coraje.
Pero Tamlin no contestó; solamente se rio con esa risa fresca y se inclinó hacia mí.
Sus labios rozaron los míos, suaves y tibios, buscando. Retrocedió un poquito. Seguía mirándome, y le devolví la mirada cuando me besó de nuevo, con más fuerza, pero no de la forma en que la otra noche me había besado el cuello. Volvió a retroceder, más lejos esta vez, y me miró.
—¿Eso es todo? —quise saber, y él se rio y volvió a besarme con más furia.
Yo le pasé las manos alrededor del cuello, lo acerqué a mí, me apreté contra él. Sus manos me recorrieron la espalda, pasearon sobre mí, jugando, por el pelo, me cogieron la muñeca como si no consiguiera tocar lo suficiente de mí.
Soltó un gruñido bajo.
—Ven —dijo, besándome la frente—. Nos lo vamos a perder si no nos vamos ahora.
—¿Mejor que los susurros de sueños? —pregunté, pero él se limitó a besarme las mejillas, el cuello y finalmente los labios. Lo seguí entre los árboles a través del mundo cada vez más iluminado. Su mano era sólida, inconmovible alrededor de la mía cuando atravesamos las ondas de niebla que flotaban muy abajo, cerca del suelo, y cuando me ayudó a subir una colina desnuda cubierta de rocío.
Nos sentamos juntos en la cima y escondí una sonrisa en el momento en que Tamlin me pasó un brazo alrededor de los hombros y me acercó a su cuerpo. Yo apoyé la cabeza contra su pecho mientras él jugaba con las flores de mi guirnalda.
En silencio, miramos con atención el mundo que se extendía verde, ondeado, frente a nosotros.
El cielo cambió de color y las nubes se llenaron de luz rosada. Después, como un disco brillante demasiado intenso para que las palabras pudieran describirlo, el sol se deslizó sobre el horizonte y lo bañó todo de oro. Era como ver nacer al mundo siendo nosotros los únicos testigos.
El brazo de Tamlin se tensó a mi alrededor y me besó la parte superior de la cabeza. Yo me aparté un poco y levanté la vista para mirarlo.
El oro brilló en sus ojos, que ardían con la luz del sol naciente.
—¿Qué?
—Mi padre me dijo una vez que tenía que dejar que mis hermanas imaginaran una vida mejor, un mundo mejor. Y yo le dije que eso no existía. —Le pasé el pulgar por la boca, maravillada, y meneé la cabeza—. Nunca lo entendí… porque no conseguía… no conseguía creer que fuera posible. —Tragué saliva y bajé la mano—. Hasta ahora.
A él le tembló la garganta. Esta vez el beso fue profundo, intenso, lento, cuidadoso.
Dejé que el alba me iluminara por dentro, la dejé crecer con cada movimiento de los labios de Tamlin, con cada roce de su lengua contra la mía. Las lágrimas me ardían bajo los ojos cerrados.
Era el momento más feliz de mi vida.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
