
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XVIII
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XVIII…
Al día siguiente, para cuando terminé de desayunar, bañarme y vestirme, la sangre del inmortal ya había desaparecido. Me había tomado mi tiempo esa mañana, y era casi mediodía cuando me detuve en la parte superior de la escalera, mirando al vestíbulo de la entrada. Para asegurarme de que no había nada ahí.
Había decidido buscar a Tamlin y explicarle, explicarle realmente lo mal que me hacía sentir lo de Andras. Si se suponía que tenía que quedarme allí, que tenía que quedarme con él, entonces por lo menos intentaría una vez más reparar lo que había arruinado. Miré hacia la gran ventana que tenía detrás de mí, la vista tan amplia que se veía hasta el reflejo de la laguna tras el jardín.
El agua estaba lo bastante quieta como para que se reflejasen, como congelados, el cielo vibrante y las nubes gordas, hinchadas. Preguntar por lo que le había pedido parecía fuera de lugar después de lo ocurrido la última noche, pero tal vez cuando llegasen las pinturas y los pinceles me aventuraría hasta la laguna para tratar de plasmarla en el lienzo.
Tal vez me habría quedado mirando esa mancha de color, luz y textura si Tamlin y Lucien no hubieran salido al vestíbulo desde otra ala de la mansión. Discutían sobre una patrulla o algo por el estilo. Se quedaron callados cuando bajé por la escalera, y Lucien salió caminando por la puerta de entrada sin decir siquiera buenos días, solamente un gesto desenfadado con la mano. No fue un gesto agresivo, pero sí que hizo evidente que no tenía intenciones de unirse a la conversación que íbamos a tener Tamlin y yo.
Miré a mi alrededor deseando ver alguna señal de las pinturas, pero Tamlin me señaló las puertas abiertas por las que había salido Lucien. Más allá de ellas vi nuestros dos caballos ensillados, esperando. Lucien ya estaba subiendo a un tercero. Me volví hacia Tamlin.
«Quédate con él, te va a mantener segura y las cosas van a mejorar». De acuerdo. Eso era algo que podía hacer.
—¿Adónde vamos? —Mis palabras fueron casi un murmullo.
—Tus cosas no van a llegar hasta mañana. Están limpiando la galería y han pospuesto mi… mi reunión. —¿Estaba divagando?—. Pensé que podríamos… ir a pasear un rato, sin matar nada. Sin naga que nos preocupen. —Mientras terminaba la propuesta con una media sonrisa, la pena parpadeó de forma clara en sus ojos verdes. Y sí, ya había tenido suficiente muerte en esos dos días. No quería matar más inmortales. No quería matar nada. Tamlin no llevaba armas al costado ni en la banda de cuero, solamente un cuchillo cuya empuñadura le brillaba en la bota.
¿Dónde había enterrado al inmortal? Un alto lord que cavaba la tumba de un desconocido. Si me lo hubieran contado, tal vez no lo habría creído.
—¿Adónde? —pregunté. Él se limitó a sonreír.
Cuando llegamos me quedé sin palabras, y supe que incluso si hubiera sabido cómo pintar lo que veía, nada le habría hecho justicia. No era solo que ese fuera el lugar más hermoso que hubiera visto en mi vida, ni que me llenase de deseo y de alegría, sino que además parecía… parecía perfecto. Como si los colores, las luces y las formas del mundo se hubieran reunido para formar un único lugar irrepetible, un pedacito de verdadera belleza. Después de la última noche era exactamente el lugar en el que yo necesitaba estar.
Nos sentamos en una colina cubierta de hierba que daba justo sobre un bosque de robles tan anchos y tan altos que podrían haber sido los pilares y las columnas de un antiguo palacio. Alrededor de nosotros se mecían penachos brillantes de dientes de león, y el suelo del claro estaba cubierto de azafrán y campanillas azules de las nieves movidas por la brisa. Para cuando llegamos habían pasado una o dos horas del mediodía, pero la luz seguía siendo intensa y dorada.
Aunque los tres estábamos solos, habría jurado que oía cantar. Puse los brazos alrededor de las rodillas y bebí ese panorama con los ojos.
—Hemos traído una manta —dijo Tamlin. Miré por encima del hombro y lo vi señalar con el mentón una manta púrpura que alguien había tendido al lado. Lucien se dejó caer sobre ella y estiró las piernas. Tamlin se quedó de pie, esperando mi reacción.
Meneé la cabeza y miré adelante, pasando la mano sobre la hierba suave, como si hubiera sido de plumas, intentando captar el color y la textura. Nunca había tocado una hierba como esa y no pensaba echar a perder la experiencia sentándome sobre una manta.
Hubo un intercambio de susurros presurosos a mi espalda, y antes de que pudiera darme la vuelta para ver de qué se trataba, Tamlin se sentó a mi lado. Tenía la mandíbula tan apretada que miré hacia delante de nuevo y no volví a moverme.
—¿Qué es este lugar? —pregunté, con los dedos todavía sobre la hierba. Mirándolo con el rabillo del ojo, Tamlin no era más que una figura dorada, brillante.
—Un bosquecito, nada más. —Lucien resopló detrás de mí—. ¿Te gusta? — preguntó Tamlin con rapidez. El verde de sus ojos hacía juego con la hierba que acariciaba, y su cabello de color ámbar era como los rayos del sol que se filtraban a través de los árboles. Hasta la máscara, extraña y en general fuera de lugar, parecía ocupar exactamente su espacio dentro del bosque, como si el sitio hubiera sido pensado para él solamente. Me lo imaginé ahí en su forma de bestia, enroscado en la hierba, durmiendo.
—¿Qué? —dije. Me había olvidado de su pregunta.
—¿Te gusta? —repitió él. Tenía los labios curvados en una sonrisa. Después de una respiración entrecortada, miré otra vez el bosque.
—Sí.
Él soltó una risita.
—¿Eso es todo? ¿Sí?
—¿Desearíais que me arrastrase a vuestros pies en un gesto de gratitud por traerme hasta aquí, alto lord?
—Ah, el suriel no te dijo nada importante, ¿verdad? —Esa sonrisa encendió algo osado en mi pecho.
—También me dijo que os gusta que os provoquen, y que si soy inteligente, tal vez pueda domesticaros con algún premio.
Tamlin levantó la cabeza al cielo y rugió de risa. A pesar de mí misma, solté una risa suave.
—Me parece que voy a morirme de la sorpresa —dijo Lucien detrás de mí—. Has hecho una broma, Feyre.
Me volví y lo miré con una sonrisa fría.
—No creo que os guste si os digo lo que el suriel me dijo de vos. —Enarqué las cejas y Lucien levantó las manos, como para darse por vencido.
—Yo pagaría bastante por saber lo que piensa el suriel de Lucien —afirmó Tamlin.
Oí el sonido de un corcho al destapar una botella, seguido por el ruido del líquido cuando Lucien tomó un trago y rio mientras musitaba:
—Tocado.
Los ojos de Tamlin seguían encendidos de risa cuando me puso una mano en el codo y me levantó.
—Ven —dijo señalando el pie de la colina con el mentón, hacia el pequeño arroyo que corría por el valle—. Quiero mostrarte algo.
Me levanté, pero Lucien se quedó sentado sobre la manta y alzó la botella de vino en un gesto de saludo. Bebió directamente de ella mientras se tendía sobre la espalda y miraba las copas verdes de los árboles.
Los movimientos de Tamlin eran precisos y eficientes, sus piernas de músculos poderosos devoraban la distancia mientras nos abríamos paso en zigzag entre los altos árboles, saltábamos por encima de pequeños arroyos y subíamos laderas empinadas. Nos detuvimos sobre una colina y los brazos se me aflojaron a los costados del cuerpo. Ahí abajo, en un claro rodeado de árboles que parecían torres, había una laguna plateada, brillante. Incluso desde la distancia vi que aquello no era agua sino algo más raro e infinitamente más precioso.
Tamlin me agarró de la muñeca y me llevó colina abajo; los dedos encallecidos me raspaban la piel con suavidad. Me soltó para saltar sobre la raíz de un árbol en una única maniobra y se acercó a la orilla. Apreté los dientes mientras tropezaba para seguirlo y me esforzaba por encaramarme a la raíz.
Él estaba en cuclillas sobre la laguna y había recogido un poco de líquido en la palma. Inclinó la mano y el líquido se derramó hacia la superficie de la laguna.
—Mira.
El líquido brillante, plateado, que le caía de la mano formaba ondas que brillaron en toda la laguna; cada una emitía distintos colores y…
—Parece luz de las estrellas —jadeé.
Él soltó una risa, se llenó la mano de líquido y volvió a abrirla. Me quedé con la boca abierta ante aquel espectáculo.
—Es luz de las estrellas.
—Eso es imposible —dije, luchando contra el impulso que me llevaba a dar un paso hacia el agua.
—Esto es Prythian. Según las leyendas que vosotros tenéis, nada es imposible aquí. —¿Cómo? —pregunté sin poder apartar los ojos de la laguna: la plata sí, pero también el azul y el rojo y el rosado y el amarillo que parpadeaban por debajo, la levedad increíble…
—No lo sé…, nunca lo pregunté y nadie me lo explicó.
Como yo seguía con la boca abierta frente a la laguna, él se rio, y con eso consiguió que le prestara atención, así descubrí que se estaba desabotonando la túnica.
—Vamos —dijo, y la invitación le bailó en los ojos.
Nadar… sin ropa, sola. Con un alto lord. Negué con la cabeza y retrocedí un paso. Sus dedos se detuvieron en el segundo botón del cuello.
—¿No quieres saber lo que se siente?
Yo no sabía a qué se refería: ¿nadar en la luz de las estrellas o nadar con él?
—Yo… no.
—De acuerdo. —Se dejó la túnica abierta. Por debajo había solamente carne musculosa, dorada, desnuda.
—¿Por qué este lugar? —pregunté, arrancando mis ojos de su pecho.
—Era mi lugar predilecto cuando yo era pequeño.
—¿Y eso cuándo fue? —No era capaz de conseguir que las preguntas dejaran de salir de mis labios.
Él lanzó una mirada en mi dirección.
—Hace mucho mucho tiempo. —Lo dijo en un tono tan bajo que me obligué a cambiar el peso del cuerpo sobre los pies. Hacía mucho mucho tiempo, claro, si es que durante la guerra era todavía un niño.
Bueno, ya habíamos empezado a soltarnos, así que me atreví a preguntarle:
—¿Lucien está bien? Después de anoche, quiero decir. —El emisario parecía haber vuelto a su yo irreverente, sarcástico, pero recordaba el vómito al ver al inmortal moribundo—. No reaccionó demasiado bien.
Tamlin se encogió de hombros, pero su tono era amable cuando dijo:
—Lucien ha soportado cosas que hacen que momentos como el de anoche sean difíciles para él. No solamente por la cicatriz y el ojo…, aunque estoy seguro de que lo de anoche le despertó muchos recuerdos de eso también.
Tamlin se frotó el cuello, después me miró a los ojos. Había un peso muy antiguo en esos ojos, en la forma en que tensaba la mandíbula.
—Lucien es el hijo menor del alto lord de la Corte Otoño. —Yo di un respingo—. El menor de siete hermanos. La Corte Otoño es… Cortan cuellos todo el tiempo. Es hermosa, pero los hermanos de Lucien se ven unos a otros como competidores porque el más fuerte es el que va a heredar el título, no el mayor. Ocurre lo mismo en todo Prythian, en todas las cortes. A Lucien nunca le interesó, no esperaba ser coronado alto lord, así que se pasó la juventud haciendo todo lo que no debería hacer el hijo de un alto lord: pasando de corte en corte, haciendo amigos entre los hijos de otros altos lores. —Apareció un destello en los ojos de Tamlin—. Y estuvo con hembras muy alejadas de la nobleza de la Corte Otoño. —Tamlin hizo una pausa durante un momento, y casi pude sentir su pena antes de que dijera—: Lucien se enamoró de una inmortal a quien su padre consideraba inapropiada para alguien con la sangre de su familia. Él dijo que no le importaba que ella no fuese una alta fae, que estaba seguro de que pronto iba a casarse con ella y a dejar la corte de su padre para los tramposos de sus hermanos. —Un suspiro tenso brotó de su interior—. El padre la hizo matar. La ejecutó delante de Lucien mientras los dos hermanos mayores lo sujetaban y lo obligaban a mirar.
Se me revolvió el estómago y me llevé una mano al pecho. No podía imaginarlo, no conseguía entender en profundidad ese tipo de pérdida.
—Lucien se fue. Maldijo a su padre, abandonó el título y la Corte Otoño y se alejó. Y sin ese título como protección, los hermanos pensaron en eliminarlo como un competidor para la corona. Tres salieron a matarlo; solo uno regresó.
—¿Lucien… Lucien los mató?
—Mató a uno —dijo Tamlin—. Yo maté al otro porque se habían metido en mi territorio, y al convertirme en alto lord podía hacer lo que quisiera con los que invadieran mi territorio y amenazaran la paz de mis tierras. —Una afirmación fría, brutal—. Y reclamé a Lucien como parte de mi corte…, lo nombré emisario, aprovechando que había hecho muchos amigos en las diferentes cortes y siempre había sabido cómo tratar con los demás, en cambio a mí… me cuesta mucho. Está conmigo desde entonces.
—Y como emisario —empecé a decir—, ¿ha tenido tratos con su padre? ¿O sus hermanos?
—Sí. Su padre nunca se disculpó y sus hermanos me tienen demasiado miedo como para arriesgarse a hacerle daño. —No había arrogancia en esas palabras, solamente una verdad fría—. Pero él nunca se olvidó de lo que le hicieron a ella o de lo que trataron de hacerle a él. Finge que sí, pero…
Eso no era justificación para todo lo que había dicho Lucien, para todo lo que me había hecho, pero… ahora lo entendía. Entendía las paredes y barreras que había tenido que construir a su alrededor. Sentí el pecho demasiado estrecho, demasiado pequeño para que el dolor que estaba creciendo en él cupiera bien en su interior. Miré la laguna de brillante luz de estrellas y dejé escapar un largo suspiro. Necesitaba cambiar de tema.
—¿Qué pasaría si bebiera de esa agua?
Tamlin se irguió un poco, y después se relajó, como si fuera feliz de poder expresar su tristeza.
—Dice la leyenda que serías feliz hasta tu último aliento. —Y agregó—: Tal vez los dos necesitamos una copa.
—No creo que tuviera suficiente con toda esa laguna —dije, y él se rio.
—Dos bromas en un día…, un milagro que viene directamente del Caldero — declaró. Dejé escapar una sonrisa. Él se me acercó un paso, como si estuviera esforzándose por dejar atrás la mancha triste, oscura, de lo que le había pasado a Lucien, y la luz de las estrellas le brilló en los ojos cuando dijo—: ¿Y qué sería suficiente para hacerte feliz?
Me sonrojé desde el cuello hasta la punta de la cabeza.
—No… no sé. —Y era verdad, nunca había pensado en nada parecido, nada más allá de hacer que mis hermanas se casaran con alguien y tener suficiente comida para mí y para mi padre y algo de tiempo para aprender a pintar.
—Mmm —murmuró él, pero no se alejó—. ¿Qué te parece el sonido de las campanillas azules? ¿O un rayo de luz de sol? ¿O una guirnalda de luz de luna? — Sonrió con picardía.
Alto lord de Prythian, sí. Alto lord de las Tonterías era el título que mejor le iba. Y él lo sabía…, sabía que yo diría que no, que me pondría nerviosa solo por estar a solas con él.
No. No iba a darle la satisfacción de hacerme sentir vergüenza. Ya había tenido demasiado de eso últimamente, suficiente de… de esa chica encorsetada en hielo y amargura. Así que le sonreí con dulzura y me esforcé en fingir que no tenía el estómago del todo revuelto.
—Nadar suena delicioso.
No me permití pensarlo un segundo más. Y no fue poco el orgullo que sentí cuando mis dedos no temblaron mientras me sacaba las botas, desabotonaba la túnica y los pantalones y lo dejaba todo en la hierba. La ropa interior que llevaba puesta era bastante modesta y lo bastante recatada, yo lo sabía, pero de todos modos lo miré a los ojos mientras me quedaba de pie en la orilla cubierta de verde. El aire estaba tibio y templado y una brisa suave me besó el vientre desnudo.
Despacio, muy despacio, los ojos de Tamlin bajaron por mi cuerpo y después volvieron a subir. Como si estuvieran estudiando cada centímetro, cada curva. Y aunque yo llevaba puesta ropa interior de color marfil, esa mirada me desnudó del todo.
Sus ojos verdes se encontraron con los míos y dibujó una sonrisa perezosa antes de sacarse la ropa. Botón a botón, y hubiera podido jurar que el brillo en esa mirada se llenó de hambre y ferocidad…, tanto que tuve que desviar la vista de su cara.
Me permití una imagen de ese pecho ancho, los brazos perfilados con músculos y unas piernas largas, fuertes, antes de que él se dirigiera directamente hacia la laguna. Tamlin no tenía la hechura de Isaac, cuyo cuerpo flotaba todavía en ese lugar desgarbado entre el chico y el hombre. No: el cuerpo glorioso de Tamlin tenía la configuración de siglos de lucha y brutalidad.
El líquido estaba delicioso, templado, y me adentré hasta que la profundidad fue suficiente como para nadar unas brazadas y caminar por el fondo. No era agua, sino algo más suave, más denso. No era aceite, sino algo más puro, más leve. Era como estar envuelta en seda tibia. Estaba tan ocupada saboreando la sensación de deslizar los dedos a través de esa sustancia plateada que no lo noté hasta que él estuvo a mi lado.
—¿Quién te enseñó a nadar? —preguntó, y metió la cabeza bajo la superficie. Cuando volvió a salir, estaba sonriendo y había arroyos de luz de estrellas en los bordes de la máscara.
Yo no me hundí. No sabía si había estado bromeando cuando dijo que el agua me haría sentir alegre en cuanto la bebiera.
—A los doce años vi a los hijos de los aldeanos que nadaban en un pequeño lago y lo fui descubriendo sola.
Fue una de las experiencias más terroríficas de mi vida y me había tragado medio lago en el proceso, pero lo conseguí; me las arreglé para dominar el pánico ciego que sentía y confié en mí misma. Saber nadar me había parecido una habilidad esencial, que tal vez un día significara la diferencia entre la vida y la muerte. Pero nunca se me había ocurrido que podría suceder en una tarde así.
Él volvió a hundirse, y cuando salió, se pasó una mano por el pelo dorado.
—¿Cómo perdió su fortuna tu padre?
—¿Cómo sabéis que la perdió?
Tamlin resopló.
—No creo que un humano que nació aldeano tenga tu dicción.
Una parte de mí quiso decir algo acerca de esa observación, pero… al fin y al cabo tenía razón; no podía culparlo por ser tan buen observador.
—A mí padre lo llamaban el príncipe de los Mercaderes —dije sin complicar las cosas mientras caminaba por ese líquido sedoso, extraño. Casi no costaba ningún esfuerzo…, el agua era tan tibia, tan leve; era como si estuviera flotando en el aire y todos los dolores manaran de mi cuerpo hacia fuera y se desvanecieran—. Pero ese título, heredado de su padre y de su abuelo antes que él, era mentira. Era solo un hombre que enmascaraba tres generaciones de endeudamiento. Mi padre había estado tratando de encontrar una forma de disminuir sus deudas durante años, y cuando tuvo una oportunidad de pagarlas todas, se decidió por ella sin calcular los riesgos. — Tragué saliva—. Hace ocho años puso toda la riqueza que teníamos en tres barcos que viajaban hacia Bharat, tres barcos que debían volver con especias y telas de muchísimo valor.
Tamlin frunció el entrecejo.
—Eso sí que es un riesgo. Esas aguas son una trampa mortal a menos que uno tome el camino más largo.
—Bueno, él no tomó el camino más largo. Habría llevado demasiado tiempo y nuestros acreedores nos estaban acosando. Así que lo arriesgó todo y mandó los barcos a Bharat directamente. Nunca llegaron. —Hundí el cabello en el líquido echando la cabeza hacia atrás, tratando de recordar la cara de mi padre el día que recibimos las noticias del naufragio—. Cuando se hundieron los barcos, los acreedores nos rodearon como una manada de lobos. Lo atacaron y lo saquearon todo hasta que no quedó nada excepto un nombre desprestigiado y unas pocas monedas para comprar la choza. Yo tenía once años. Mi padre…, después de eso, dejó de intentarlo. —No me vi con fuerzas para contarle lo que había ocurrido al final, ese momento terrible en el que el último acreedor llegó con sus matones y le rompió la pierna para dejarlo inválido.
—¿Ahí fue cuando empezaste a cazar?
—No. Aunque nos fuimos a la choza, durante tres años tuvimos algo de dinero; después se terminó —dije—. Empecé a cazar a los catorce.
Los ojos de él brillaron…, no había rastros del guerrero obligado a aceptar el peso de su título de alto lord.
—Y aquí estás. ¿Qué habías imaginado para ti, en realidad?
Tal vez era la laguna encantada, o tal vez el interés genuino detrás de la pregunta: lo cierto es que sonreí y le conté acerca de esos años en los bosques.
Esa tarde, cansada pero sorprendentemente satisfecha por las pocas horas de descanso en el bosque, la laguna y también por la comida, observé a Lucien mientras volvíamos a la mansión. Cruzábamos una amplia pradera de hierba nueva de primavera cuando me descubrió mirándolo por décima vez, y me preparé mientras él dejaba que Tamlin se adelantara y se me acercaba.
El ojo metálico se entrecerró; el otro seguía desconfiado, frío.
—¿Ocurre algo?
Eso fue suficiente para convencerme de que no debía decir nada sobre su pasado.
Yo también habría odiado que me tuvieran lástima. Y él no me conocía, no lo suficiente para garantizar otra cosa que resentimiento si yo sacaba el tema, aunque a mí me pesara saberlo, aunque yo llorara por él.
Esperé hasta que Tamlin se hubiera alejado lo suficiente para que su oído de alto fae no oyera mis palabras.
—Nunca os agradecí vuestro consejo sobre el suriel.
Lucien se puso tenso.
—¿Ah, no?
Miré hacia delante, la forma fácil en que cabalgaba Tamlin, el caballo tranquilo, como si no sintiera a su enorme jinete.
—Si seguís queriendo que me muera —dije—, vais a tener que intentarlo un poquito más.
Lucien dejó de respirar un instante.
—No era eso lo que yo quería. —Lo miré largamente—. No habría llorado nada —sentenció él. Yo sabía que era verdad—. Pero lo que te pasó…
—Estaba bromeando —lo interrumpí, y le sonreí un poquito.
—No te creo. No creo que me perdones con tanta facilidad por mandarte hacia el peligro.
—No. Y una parte de mí no quiere otra cosa que castigaros por no haberme advertido de lo del suriel. Pero os entiendo: soy una humana y maté a vuestro amigo, y ahora vivo en vuestra casa y vosotros tenéis que convivir conmigo. Lo entiendo — dije de nuevo.
Él se quedó callado tanto tiempo que creí que no me contestaría. Justo cuando iba a seguir mi camino hacia la casa, me habló:
—Tam me dijo que el primer disparo que hiciste fue para salvar al suriel. No para salvarte tú.
—Era lo correcto.
Su mirada era más contemplativa que cualquier otra que me hubiera dedicado antes.
—Conozco demasiados altos fae e inmortales menores que no lo habrían visto de esa forma…, que no se hubieran molestado. —Buscó algo al costado de su cuerpo y me lo arrojó. Tuve que hacer un esfuerzo para mantenerme sobre la montura cuando lo atrapé: un cuchillo de caza de mango enjoyado—. Te oí gritar —dijo mientras yo examinaba la hoja. Nunca había tenido algo tan bien tallado en mis manos, nada con un equilibrio tan perfecto—. Y dudé. No mucho, pero dudé antes de salir corriendo. Aunque Tam llegó antes que yo. Lo cierto es que rompí mi promesa con esos segundos de espera. —Señaló el cuchillo con el mentón—. Es tuyo. No me lo claves en la espalda, por favor.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
