Mi Hijo, mi Boxeador | Capítulo 5

Portada de Mi Hijo, mi Boxeador | Capítulo 5: Laura, mujer de 36 años con uniforme de porrista rojo y blanco, sentada en un diván dentro de un ring de boxeo iluminado, mirando fijamente a la cámara con expresión seria y pensativa.

Mi Hijo, mi Boxeador

«Todo lo que hice, fue por ella.»

Annie Zarel

Capítulo V

Mi Hijo, mi Boxeador

Capítulo V…

El saco de boxeo pesa más de lo que debería. O quizá soy yo el que está más cansado de lo normal. La luz anaranjada del atardecer entra por las ventanas altas del gimnasio y me dibuja sombras largas sobre el suelo de cemento, y el olor a cuero viejo y sudor rancio se me mete en la nariz como si viviera aquí. Como si este lugar fuera mi casa. Como si no tuviera otro sitio al que ir.

Llevo casi dos horas aquí. Salté la cuerda, hice sombra, trabajé el costal, y ahora estoy con el saco pesado. Golpe tras golpe, con el ritmo constante de alguien que no piensa, que solo ejecuta. Un jab. Un directo. Un gancho. La respiración marcando el compás, los pies moviéndose en la misma danza de siempre.

Y todo esto lo hago porque si paro, pienso.

Y si pienso, pienso en ella.

Ha pasado casi un mes. Sumando serían casi dos meses desde aquella noche. Casi dos meses desde que me la cogí en su cama, desde que la sentí apretarse alrededor de mí, desde que la escuché gritar mi nombre con una voz que no era de madre, que no era de nada que yo hubiera escuchado antes. Casi dos meses desde que despertamos juntos y ella me dijo, con los ojos vacíos y la voz plana, que eso no volvería a pasar.

Y no ha vuelto a pasar.

Pero ha pasado todo lo demás.

Han pasado los roces. Los “accidentes” que no son accidentes. Su mano que roza la mía cuando me pasa el plato en la mesa, y que se queda un segundo más de lo necesario. Mi brazo que roza su hombro cuando paso por el pasillo, y que se queda un segundo más de lo necesario. Las miradas. Joder, las miradas. Esas miradas que duran demasiado, que se sostienen hasta que una de las dos partes no puede más y aparta la vista. Esas miradas que dicen todo lo que no podemos decirnos.

Han pasado los besos robados. Los que empiezan como algo pequeño, casi inocente, y que terminan con mi lengua en su boca y sus manos en mi nuca. Besos que se cortan siempre de la misma manera: con ella empujándome del pecho, con culpa en los ojos y deseo en los labios, recordándome que no se puede repetir. Pero que me ama. Que me ama más allá de ser su hijo. Y luego se va a su cuarto y cierra la puerta, y yo me quedo con una erección muy dura y el corazón partido. Y la certeza de que esto no va a ninguna parte.

Como hace dos días.

…

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Este libro, ‘Mi Hijo, mi Boxeador‘, es de mi autoría, Annie Zarel.

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