Enamorado de Ella | Capítulo 19

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo XIX

Enamorado de Ella

Capítulo XIX…

El deseo de un bastardo

«¡Esto es inaudito!», pensó Jorge mientras observaba las fotos que tenía entre sus manos. Por mucho que las miraba no podía comprender que Lucía estuviese follando con otra persona que no fuera él. «Y la muy golfa tiene que liarse con él, precisamente con él». Golpeó con fuerza la mesa y dejó que todo cayese al suelo. La conversación que tuvo con Carlos Sandoval sobre una posible reconciliación se quedó aparcada. Él no podía perdonar la infidelidad de una mujer y mucho menos albergando la posibilidad de que, en algún momento de su vida alguien descubriese ese adulterio y se mofaran a su costa. Tenía que ir a por todas. Imaginó que El Grupo sopesaría su inocencia y dejarían a un lado la norma de no ascender a los divorciados. Debía de explicarles que él tan solo era la víctima, y eso fue lo que quiso hacer con el padre de Lucía. En primer lugar, le informó de lo ocurrido a través de una segunda llamada de teléfono en la cual le informaba sobre las imágenes que confirmaban lo hablado con anterioridad. «Tu hija pasó de un consolador de plástico a una polla con patas», se mofó en la conversación. Pero como el anciano no creyó ni una de sus palabras tuvo que aparecer en la mansión y portar en sus manos las pruebas del delito. Jorge sonrió al ver la cara del hombre cuando contempló dichas fotos. «Ha merecido todo el tiempo de espera y la desgraciada lluvia para poder contemplar la cara de la derrota. Muere, cabrón, y dame ya de una puta vez todo esto que es mío», meditaba Jorge al ver cómo el anciano se tambaleaba de un lado a otro por la impresión que había tenido.

—¿Te das cuenta de que todo lo que te he dicho es verdad? —inquirió sin ser capaz de tenderle una mano para ayudarlo.

—Hoy día, nada es lo que parece —respondió Carlos apoyando las dos manos sobre la mesa e intentando así no caer.

—¿Crees que las he manipulado? ¿De verdad que lo crees? —Levantó las cejas y arrugó la frente mientras que alzaba una y otra vez las fotos que presionaba en su mano.

—Tan solo digo que necesito hablar con mi hija para tener también su opinión. —Tomó aire y comenzó a controlar su ansiedad.

—¡Lógico! ¿Cómo he llegado a pensar que estarías de mi lado? Es tu hija y tiene tu sangre…

—¿Qué estás insinuando, Jorge? —Giró la cabeza para clavar su mirada en el alterado hombre.

—Que de tal palo, tal astilla, suegro. —Caminó sin mirar atrás y cerró la puerta de un portazo.

Se fue de allí sin conseguir su propósito, llevarse consigo a sus hijos. Sin embargo, había logrado algo que jamás pensó hacer, destruir a su suegro. Por primera vez lo había visto abatido y hundido y eso le agradó tanto que estaba loco de emoción. Aunque seguía aferrado a su primer propósito, hacer que la mujer se hundiera en la miseria para él poder alcanzar la superioridad social soñada. En la puerta de la casa de los ancianos, Jorge se acarició la barba y miró al cielo. Todavía no había logrado nada puesto que, si alguien descubría que había dañado a su todavía esposa, podría ser expulsado sin más. «No te alteres —se dijo—. Los hematomas se habrán borrado y ella no te ha denunciado, con lo cual sigues teniendo una oportunidad», continuaba pensando mientras se acercaba al coche. De repente, una sonrisa se dibujó en su cara. Cogió el móvil y llamó a la única persona que podría ayudarlo en aquel momento.

—¿Dígame? —contestó una voz ronca.

—Buenos días, señor. Soy Jorge…

—¿Jorge? —interrumpió el presidente de la asociación clandestina.

—Sí, señor, soy yo. Necesito contarle lo que me ha sucedido y que El Grupo me ayude.

—¿Qué ocurre? ¿Algo marcha mal? —El presidente se reclinó sobre su asiento. Jorge nunca había pedido nada al Grupo desde que su padre lo introdujo. Así que debía de tratarse de un caso importante para él. Quizá tan solo era preguntar sobre su posible nombramiento, aunque le parecía bastante extraño.

—Siento molestarle, pero necesito ayuda en un tema peliagudo. —Tomó aire y, tras el silencio del hombre, continuó—: Mi esposa, bueno, mi futura exmujer me ha engañado con otro hombre. —Jorge puso tono de marido compungido. Tenía que camelarse al anciano para que este le ayudase sin hacer ningún tipo de conjeturas.

—¿Desde cuándo lo sabes? ¿Tienes pruebas de ello? No quiero que pienses que se trata de morbo, pero necesito más detalles, hijo.

—Mi mujer ha estado muy rara últimamente, más desde su último cumpleaños. —Abrió la puerta de su coche y se introdujo en él para poder charlar con tranquilidad.

—Sí, todos recordamos el momento en el que llegó a tu oficina. —El hombre esbozó una sonrisa pícara al recordar la silueta erótica de la mujer. Siempre la había visto enfundada en prendas muy propias de una esposa y le llamó la atención el cambio tan radical que había tomado.

—¡Ahí lo tiene, señor! Eso fue el colofón a una etapa de disgustos. Últimamente andaba abstraída, despistada, desagradecida, pero lo más importante es que había desatendido la labor de madre. Tuve que hacerme cargo de mis hijos porque no eran cuidados adecuadamente.

—Lo siento, de verdad que lo siento. Una mujer debe crecer como madre y esposa —afirmó con rotundidad.

—Entiende, entonces, que me pusiera a indagar sobre lo que mi esposa hacía cuando no estaba cerca. Debía de hallar la razón por la cual actuaba de esa manera. No solo por ella, sino también por la paz que, hasta ese instante, había llenado nuestro dulce y querido hogar.

—La mejor forma de solucionar un problema es buscar la raíz de este y luchar contra él —reflexionó con suavidad.

—Pero lo que descubrí no fue de mi agrado, señor. En una de las ocasiones en las que la seguí, la encontré en brazos de otro hombre, desnudos y haciendo el amor. —La bomba ya había sido expuesta. Un caso de infidelidad era motivo suficiente para que todo el mundo lo apoyase sin medida—. Les hice unas fotografías —musitó con falsa pena.

—¿Hizo usted fotos a su mujer mientras le era infiel con otro hombre? — El presidente no salía de su asombro. No se imaginaba la frialdad que podía tener el muchacho. Si hubiese estado en su lugar no habría sido capaz de tomar ni una sola imagen del acto, más bien habría interrumpido la escena y los habría matado en el acto. En efecto, tal como todos los demás comentaban, era un miembro prometedor, puesto que su frialdad y cordura le vendría muy bien al Grupo para no dejarse llevar por falsos sentimientos y luchar por lo que en verdad interesaba, su propagación social.

—Sí, señor. Les hice fotos mientras mi mujer sucumbía al placer que le regalaba el otro hombre. —Emitió unos fingidos sollozos dándole a entender que se sentía consternado ante la situación que estaba viviendo.

—¿Qué necesita de nosotros, hijo? —El anciano alargó la mano y atrapó una cajetilla de tabaco. Su mente recordó el escándalo que podía haber provocado en la alta sociedad su inversión en los clubs de alterne. Sin embargo, todo fue zanjado gracias al abogado en quien había confiado. Un antiguo miembro del Grupo al que no solo le debía su dignidad, sino también su inmaculada y venerable vida.

—Yo solo quiero a mis hijos, señor. Necesito tenerlos cerca. La educación que esa mujer puede ofrecerles no es la que deben seguir… ¡No es buen ejemplo para ellos!

—¿Dónde están ahora los niños? —Inhaló el humo del cigarrillo.

—Están en la casa del padre de mi mujer… perdón, exmujer. ¡Todavía no me acostumbro a esta pena! —exclamó con consternación.

—Bueno, no se preocupe. Reuniré al Grupo con carácter de urgencia y marcharemos hacia la casa de Carlos Sandoval en breve. Hablaremos con él y le haremos entrar en razón. Esos chiquillos no deben estar en manos de una libertina…

—Gracias, señor. Le estoy muy agradecido. Siento mucho recurrir a su ayuda, pero no sabía a quién dirigirme en estos momentos. Esto es lo peor que me podía pasar a las puertas de mi nombramiento.

—No se preocupe por ello, lo haremos de tal manera que su reputación no se verá dañada, para eso estamos en El Grupo. Si los demás no son capaces de ver lo que nosotros vemos, serán castigados.

—Gracias, señor, mil gracias. —Una maliciosa sonrisa apareció en su rostro. Teniendo a los miembros de su lado, la suerte estaba echada.

—Nos vemos en dos horas en la casa de Carlos —terminó la conversación
el presidente.

—Allí estaré, señor.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

Deja un comentario