Enamorado de Ella | Capítulo 16

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Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo XVI

Enamorado de Ella

Capítulo XVI…

La promesa pactada

—Me prometiste que iba a ser la mujer perfecta. —Jorge gritaba por teléfono. La voz del receptor no podía terminar las frases. Encolerizado por la situación, era incapaz de escuchar—. ¡Joder! ¡Me juraste que estaba preparada para este tipo de vida! ¿Sabes cómo me puede afectar un divorcio en este momento?

—Quizá no haya sido todo culpa de ella, ¿no te parece? —le replicó una voz masculina.

—Tus palabras fueron: «está dominada, ya tienes lo que necesitas». ¿Recuerdas? —La cólera se apoderaba cada vez más del decepcionado marido.

—Se encargaron las monjas de relajar su temperamento y no te puedes quejar. La elegiste de entre todas las candidatas y me sentí complacido por ello. Sin embargo, no puedes pedirme que doblegue de nuevo a mi hija, ya no es una niña, sino toda una mujer, y si ella decide poner fin a vuestro matrimonio, la apoyaré de manera incondicional.

Los dientes de Carlos comenzaron a rechinar. Gracias a su esposa, supo que el bastardo había golpeado a su hija y eso no lo permitiría. Desde que Lucía nació, su única obsesión fue construirle un futuro fácil y buscar al hombre apropiado para convivir plácidamente con el tesoro más preciado en su vida. Era normal que un padre como él intentara hallar un buen hogar y un marido respetable puesto que tal como estaba la sociedad, su hija podía ser presa de cualquier depravado que tan solo la quisiese por su dinero y la hiciese una mujer de mala vida. Cuando los padres de Jorge aparecieron un día en la mansión y comentaron que su pequeña era la mejor candidata para su hijo, casi llora de la emoción. Todos sus miedos por verla desorientada en el mundo de la inmoralidad se esfumaron. Sabía que no sería un camino de rosas para ella, porque su temperamento era el mismo que el suyo: fuerte, enérgica, dominante, cabezona, todas las características dignas de un Sandoval; sin embargo, era mujer y debía ser cuidada por un buen esposo. Así que dejó su educación en manos de las mejores expertas.

—Tuve que castigar su comportamiento, Carlos. Debía hacerle saber que soy una persona respetable y no puede venir a mi lugar de trabajo, justo el día en el que soy visitado por El Grupo para cerrar unos contratos, vestida como una vulgar fulana. —No le había gustado ver la perversión en las caras de los hombres mientras contemplaban el cuerpo de su mujer—. Parecían el perro de Pávlov, babeando ante la llegada de la comida. No me importa que viniese a verme, pero no vestida como una puta. ¿Lo comprendes?

—Hay muchos caminos para volver a encauzar un río, ¿no crees? Lucía no merecía ser agredida. —Carlos estaba muy dolido. No daba crédito a que el cretino se atreviese a dañar el rostro de su hija. Los azotes que le ofrecía a su esposa no eran para dañarla, sino para infundirles placer a ambos. En ningún momento imaginó que las manos de ese necio se convirtiesen en armas dañinas y no utensilios para la protección. Lo había defraudado en todos los sentidos. Se esperaba un rey de los negocios y un esposo ejemplar, y tan solo encontró una escoria que buscaba un hierro donde sujetarse para dejar de tambalearse. Apretó con fuerza su puño derecho y respiró. De no ser porque sus nietos andaban por allí, habría salido en busca del engendro y lo habría estrangulado con sus propias manos, dando por zanjado el problema que tenía su hija desde que lo puso en su camino—. Quizá si le pides disculpas, todo termine bien —comentó con un nudo en la garganta. Esa era la última opción que deseaba, pero no había otra alternativa. Si Jorge no quería divorciarse para no perder todo aquello que decía que había conseguido. Debía de disculparse y hacer como si nada de lo acontecido fuese real.

—¿Quieres que me rebaje a tu hija, a una mujer? —Él también había sopesado esa idea, pero ¿hasta qué punto podía ser degradado? No tenía la intención de estar por debajo de ninguna fémina, y mucho menos de ella—. He cumplido la parte del trato que me corresponde, le ofrecí un cálido hogar, una buena posición social, una familia a la que criar, joyas, vestidos… ¿Qué más desea? ¿Vestir como una zorra y ser follada por todos?

—¡Mi hija sería incapaz de hacer tal cosa! —gritó mientras golpeaba con el puño cerrado la mesa de madera que tenía en frente.

—No tienes ni idea de cómo es tu hija. La tienes por santa y no lo es. ¿Sabes lo que descubrí en uno de esos cajones que guarda bajo llave? Tranquilo, no pienses, te lo digo, un consolador. ¿Me estás escuchando? Le tuve que requisar a tu idílica hija una polla de plástico y no era de las pequeñas… ¡qué va! Esa como mínimo era XXL.

Carlos sonrió. En efecto, su dulce hija se parecía mucho más a él que a su preciosa esposa. Fue ese tipo de actitudes las que le hicieron temblar por el futuro de ella. De ahí su empeño en la búsqueda de un hombre que la controlase y la colmara de tal forma que dejara saciada a la ardiente mujer que llevaba dentro.

En su entorno social no estaba bien visto que la mujer tuviese más deseo sexual que el hombre. Pero si su hija escondía un consolador era por una razón fácil de explicar: no se sentía satisfecha. Quizá su yerno no solo era un inepto en los negocios, sino también en la cama.

—Los problemas de alcoba se quedan dentro del matrimonio. Eres un caballero y no debo decirte que eso no es respetuoso ni educado. —Todo aquello por lo que había luchado durante su vida se desmoronaría si salían a la luz las oscuras necesidades de su hija. Entre la recatada sociedad en la que ellos se movían, los deseos amatorios no estaban bien vistos, y menos si se trataba de las apetencias femeninas. Expulsarían, sin dudarlo ni tan siquiera un segundo, a toda la familia del Grupo. ¿Quién iba a aceptar entre los miembros más respetuosos a una familia en la que era de vox populi las demandas sexuales de la hija? Aunque ya no solo era Lucía, sino que empezarían a indagar con ahínco sobre la familia y descubrirían más de lo que ellos podrían suponer. Tal vez hallarían la verdad de quién era Carlos Sandoval y se respondería la incesante pregunta de cómo una pareja con más de cuarenta años de casados se quería como el primer día. Carlos frunció el ceño al mirar hacia la estantería. «Si me descubren, todo se habrá acabado», pensó.

—Soy un caballero, jamás expondría mis problemas de alcoba ante nadie. Lo único que deseo es que hables con tu hija y la hagas razonar. En este momento no me puedo permitir un escándalo de estas dimensiones. El Grupo está pensando en elegirme como vicepresidente y he trabajado muy duro para ello.

—Haré todo lo que esté en mi mano. —Carlos se sorprendió ante aquella confesión.

El Grupo, del cual formaba parte desde que su propio padre lo introdujo, era tan solo una asociación de la gente más acaudalada de la ciudad en la que trabajaban ocultos ante la sociedad para conseguir todo tipo de beneficios sin tener que dar explicaciones. Manipulaban a los políticos a su antojo y eran tan meticulosos que rara era la semana que no tenían varias reuniones para informar a los integrantes de los avances logrados. Por esta causa, Carlos no conseguía entender el motivo por el cual no se le había puesto en conocimiento la decisión de poner a su yerno en la lista de candidatos para el cargo de vicepresidente.

—Gracias. Sé qué harás todo lo necesario para que tu hija vuelva a entrar en razón. —Sonrió al pensar que al final se saldría con la suya.

—Que tengas un buen día —se despidió con toda la amabilidad que pudo fingir.

—Lo mismo te deseo —respondió sonriente. Por el tono de voz de Carlos, Jorge supo que lo había dejado pensativo. Seguro que nunca se había imaginado que el marido de su hija podría llegar a alcanzar un puesto tan importante dentro de la comunidad. Sin embargo, estaba a punto de lograrlo. Solo le quedaba resolver el problema con su esposa, pero ya había tomado una decisión; puesto que El Grupo no admitía divorciados, pero sí viudos, si ella decía que no, él la haría desaparecer.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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