Enamorado de Ella | Capítulo 15

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo XV

Enamorado de Ella

Capítulo XV…

El cliente sorpresa

Tras la apresurada salida de Fidel, Andreu se había quedado anonadado. Nunca lo vio actuar de aquella forma, sin embargo, no podía extrañarse de nada. Tampoco había pensado que su hermano se excitara con el dolor y allí estaba, siendo el esclavo de una ama y sometiéndose a sus mandatos. Miró el reloj: eran casi las doce, pronto vendría la extraña cita si no lo dejaba tirado. En el fondo se moría de curiosidad por saber quién era y qué había sucedido. Se hacía miles de conjeturas mentales para intentar averiguar qué necesitaría para el caso, pero nada le hizo sospechar sobre la verdad. Miró hacia el ventanal y se regañó por no haber comprado las flores que comentó en su día. Con tanto ajetreo se le había olvidado. Como cada segundo libre lo invertía pensando en Lucía, todo lo demás se había quedado aparcado en algún lugar de su cerebro que no conseguía hallar. Resopló con amargura al tenerla en su mente de nuevo. Debía hacerla desaparecer como fuera. Ella no le pertenecía y jamás sería para él, aunque ardiera en deseos por ello. Quizá le vendría bien tomar unas vacaciones y alejarse él también de todo lo que le rodeaba y así poder despejar su cabeza. Dirigió la mirada hacia su secretaria, ella redactaba algo en el pc. Pulsó el interfono y comenzó a charlar con esta para entretenerse mientras aparecía su visita.

—¿No has recibido ninguna llamada sobre la cita de las doce?

—No —respondió llevándose la mano hacia su pelo. De pronto, el teléfono comenzó a sonar.

—Tal vez sea la cita y quiere anularla, te dejo —dijo Andreu con tono esperanzador. Si al final no aparecía, él se marcharía a su casa y sopesaría cómo volver a controlar su vida.

—Dime. —Elena sabía a la perfección quién efectuaba aquella llamada.

—¿Todavía no ha llegado? —preguntó Fidel eufórico.

—Aún no. Espero que no tarde demasiado. —Ella hacía girar el lápiz entre sus dedos.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre? —se preocupó.

—Tu hermano está como un gato enjaulado. Creo que si pudiera, se subiría por las paredes tipo Spiderman. ¿Estás seguro de lo que vas a hacer? Andreu es un chico muy sensible y después de lo que sufrió con la maldita, no se merece más daño.

—Hoy voy a recompensar ese sufrimiento. —Una sonora carcajada brotó a través del teléfono.

—¡No me dejes con la duda! —le suplicó—. Llevo días observando a tu hermano saliendo de la oficina desesperado. Pero lo que resulta más aterrador es que va al cuarto de baño y luego regresa tranquilo. —Seguía jugando con el lápiz.

—¡Se estará autoabasteciendo! —Sonreía eufórico el muchacho—. Bueno, todo va a cambiar.

—Tu hermano es un caballero, no creo que haga ese tipo de cosas en la oficina —le regañó.

—Mi hermano, Elena, es un hombre enamorado. Y como tal, se masturba pensando en su amor. No hay nada de malo en ello.

—¡No me digas esas cosas! —Miró de reojo a su jefe y no pudo evitar pensar que lo que decía Fidel era cierto.

—En fin, que la cita de las doce es Lucía, la mujer que le hace suspirar.

—¡Válgame el cielo! ¿Él lo sabe? —Atisbó a Andreu de nuevo.

—No, no lo sabe y a todo esto, que yo solo te he llamado para que apoyes el móvil en el intercomunicador y me dejes escuchar la conversación que van a tener.

—¡Ni de coña, jovencito! Necesitan intimidad. —Elena giró su cuerpo hacia el ascensor cuando escuchó un ruido—. Fidel, parece que viene — cuchicheó.

—Te prometo que seré un chico muy bueno. Te limpiaré la casa durante una semana, iré a por ti para que no cojas el autobús. ¡Déjame escuchar! ¡Por favor! —suplicó a gritos.

—¡Que no! —Colgó con prisa y esperó la llegada de la enigmática mujer. Estaba deseando saber cómo era la persona que había arrasado el corazón del joven.

Lucía salió del ascensor con el pulso descontrolado. Mientras subía las plantas hasta la oficina del abogado, quiso darse la vuelta muchas veces, pero sabía que Camal realizaría la tarea que le había sido encomendada: hacerla llegar. Sin embargo, tuvo miedo cuando se abrieron las puertas. Andreu no aceptaría el caso cuando descubriese que el motivo de su separación había sido el libertinaje que ella había realizado, sobre todo porque el primer causante era él. En verdad la miraría con desprecio y la echaría a patadas de la oficina. Quizás en el fondo necesitaba que la despreciara, porque sería la única forma de quitárselo de sus pensamientos. No era lógico que su vida se viese tan alterada desde que conociera al joven. Tampoco era razonable que en sus momentos de soledad ella recordase cada beso o roce que le había ofrecido. La situación le resultaba demencial, aunque en alguna ocasión había escuchado a sus amigas decir que cuando uno se enamoraba, todo lo que hacía era irracional. «¿Enamorarme? ¿Yo? ¿De un hombre al que he visto tan solo unas horas? ¡Imposible! Solo puede ser deseo. Nada que ver con el amor. Ese que crece con el tiempo, no con unos instantes de pasión», se decía una y otra vez. Sin embargo, cuando el ascensor paró, su respiración se vio alterada. Su corazón comenzaba a latir con rapidez. Las palmas comenzaban a sudar y por unos segundos sintió cómo perdía las fuerzas de sus piernas. Estaba nerviosa al pensar que lo iba a ver de nuevo y que no sabía cómo actuaría él ante su presencia. «¡Ayúdame, Señor!», exclamó al adentrarse por el pasillo.

—Buenos días, soy Lucía Sandoval —saludó a la mujer que se encontraba sentada frente al ordenador y la miraba con curiosidad.

—Buenos días. ¿Puedo ayudarla? —preguntó cortés mientras la observaba de arriba abajo. Era una mujer algo mayor para el joven. Se la había imaginado muy diferente, aunque vestida de aquella forma no se apreciaba mucho la belleza que podía demostrar.

—Vengo a ver a Andreu Voltaire. Tengo una cita con él. —Apretó sus puños al pronunciar en voz alta el nombre. Nunca lo había escuchado de su boca con aquel tono y le gustaba cómo sonaba.

—Señor Voltaire, la visita de las doce está aquí —le dijo con dulzura a través del teléfono.

—Por favor, hazla pasar.

Andreu estaba sentado en su sillón. Le gustaba recibir a sus nuevos clientes sentado y rodeado de cientos de carpetas. Era una técnica que su padre le había enseñado para captar al cliente en la primera visita. Un abogado desde su trono, rodeado de millones de casos resueltos, era un buen gancho. Escuchó el suave clic de la manivela girándose y miró hacia la puerta. De repente, su corazón comenzó a latir muy deprisa y su vello se erizó. Abrió los ojos y contuvo la respiración.

«¡Lucía!».

Se olvidó de inspirar. Las mariposas que sentía revolotear en su estómago salieron despavoridas por la boca, que había dejado abierta ante el asombro. Ella estaba allí, frente a él. A tan solo dos metros de distancia. Quiso saltar la mesa y entrelazarla en sus brazos, ofrecerle todo el amor que le tenía, pero no lo hizo. Algo en su interior le gritaba que tenía que esperar. Lucía no era ni la sombra de lo que había conocido días atrás. Vestida con unos amplios vaqueros y una enorme camiseta, se quedó en la entrada sin poder pasar. Andreu amusgó sus ojos y los clavó sobre las grandes gafas que ella no se quitaba. «¡Por el amor de Dios! Que no hayas permitido lo que estoy pensando porque entonces el que necesitará un abogado seré yo», pensó. Apretó con fuerza sus puños y esperó a que ella se alejara de la puerta, pero no lo hizo. Permanecía estática, mirando hacia él, esperando alguna señal que le permitiera caminar hacia el interior. Andreu gritó una maldición en francés, retiró el asiento de una patada y corrió hacia ella, atrapándola en un cálido abrazo.

—Andreu… —susurró al mismo tiempo que se calentaba con el cuerpo del muchacho. Su cabeza se apoyaba sobre el torso. Escuchaba el corazón de este latir con fuerza. Su respiración estaba entrecortada y las grandes palmas de sus manos le acariciaban la espalda. Fue en ese instante cuando se rindió y dejó que toda la fuerza que había ofrecido a los demás desapareciese, dando paso a un llanto ahogado y desesperado.

—No te preocupes, yo estoy aquí y nadie podrá hacerte más daño. Cuidaré de ti, Lucía. Te prometo que cuidaré de ti. —Levantó la barbilla de la mujer y apreció el alcance de la contusión. Apretó los dientes y volvió a maldecir, pero esta vez en voz baja, para que ella no sintiese más pesadumbre ante su exposición—. Sé que no es el momento para decir que te he estado buscando, pero he de comentártelo. Pongo mis cartas sobre la mesa para que seas tú quien sopese si de verdad me quieres a tu lado. No me considero un acosador, es más, nunca he estado detrás de una mujer como lo he hecho contigo.

Lucía seguía observándolo a través de sus gafas. No sabía qué contestarle.

—No quiero que pienses que me estoy aprovechando de tu debilidad. No es mi intención. Tan solo quiero que sepas que eres muy importante para mí y que lucharé con todos los medios que tenga a mi alcance para hacerle pagar a ese bastardo lo que te ha hecho.

—No sé qué responder, Andreu. Ahora mismo estoy aturdida.

—Por ahora nos centraremos en lo que te ha traído hasta aquí. ¡Ven! — Bajó la mano hacia su muñeca y la cogió con cuidado—. Cuéntame lo que te ha sucedido durante estos días. Fidel solo me comentó que venía alguien para un tema de divorcio, ¿es correcto? —La condujo hasta un sofá que tenía en el despacho y la sentó junto a él.

Elena apagó el intercomunicador mientras caían lágrimas de sus ojos. Por primera vez, el mocoso de Fidel había hecho algo bueno. Y solo esperaba que no fuese una nueva decepción para el bueno de Andreu. Miró la agenda y vio que no había nada después de ella. La cerró con suavidad, cogió su bolso y salió de allí. Cuando estuvo en la puerta, se giró y echó la llave. Nadie debía interrumpir lo que estaba sucediendo allí.

—Como abogado tuyo, necesito que me cuentes lo que sucedió. —Las manos de Andreu continuaban acariciando las de Lucía. Quería reconfortarla y escuchar con atención lo que tenía que contar. Aunque no le cabía duda que su argumento le iba a destrozar las entrañas…

—En realidad… —Ella dudó por unos segundos si era apropiado contarle todo. Le resultaba incómodo explicarle al hombre que la seducía la realidad de lo ocurrido. Sin embargo, alzó la mirada hacia los ojos del joven y observando su franqueza y ternura, se decidió—. Después de marcharme del club, me dirigí a casa. Allí me estaba esperando mi marido. Estaba muy enfadado, demasiado. Para él había sido un horror que apareciera en la oficina vestida de esa forma… —La imagen de ella moviendo las caderas con el ceñido vestido volvió a su mente y no pudo controlar el alzamiento que comenzó a tener bajo su pantalón. Se avergonzó de su actuación. Debía aparcar el instinto que ella le despertaba. No era el momento…—. Y quiso imponer su ley con agresividad. —Lucía apartó las gafas de su rostro para que Andreu apreciase la manera en la que su marido había querido implantar sus órdenes.

Andreu se levantó de golpe al contemplar en el rostro de la mujer el destrozo de una ira. Se tocó el pelo y comenzó a deambular por la habitación. La erección había desaparecido de inmediato. Ahora el sonrojo de sus mejillas no indicaba lujuria, sino deseo de destrozar al personaje que había hecho daño a la mujer de su vida. Lo buscaría y le pagaría con la misma moneda, de eso estaba seguro.

—Lo siento, ma vie. Creo que he sido poseído por la rabia y el deseo de aniquilación. —Se volvió a sentar junto a ella y la abrazó—. Odio el maltrato, pero si además se lo producen a las personas que quiero… —Se calló de inmediato al escucharse aquellas palabras. Nunca había dicho te quiero a nadie, ni tan siquiera a la arpía que lo destrozó en el pasado.

—El dolor físico se cura, Andreu, pero tengo hijos y que me los quiera arrebatar, me duele más que mil palizas. —Ella lo miró de reojo para adivinar si ponía cara de sorpresa al desvelarle que tenía descendencia. Quizá tal descubrimiento haría frenar de golpe ese amor que segundos antes le había mostrado. Sin embargo, no encontró ni un ápice de asombro, seguía mostrando ira.

—Relájate, no puede hacerte nada. Los niños son de la madre y más si se trata de un tema de malos tratos. ¿Lo denunciaste? —Besó con suavidad las manos de ella.

—No pude. —Ella retiró sus manos del amarre y se las llevó hacia la cara para ocultarse tras ellas.

—¡Ni se te ocurra ocultarte y menos en mi presencia! —le dijo mientras las separaba y dejaba de nuevo su rostro para poder admirarla—. Esa no es la actitud que mi chica debe adoptar. Yo quiero una guerrera, porque vamos a tener que luchar con todas nuestras fuerzas, ¿vale?

—No estoy tan segura de conseguirlo… —cuchicheó mientras las lágrimas regresaban a sus ojos.

—¿Dudas de mi profesionalidad? —preguntó con sarcasmo. En el rostro masculino apareció una burla irónica mientras arqueaba la ceja derecha—. Puedo asegurarte que soy bastante bueno. En un listín del uno al cien, sin lugar a dudas estoy en el ciento dos… ¡por lo menos!

—Me acabas de impresionar. No imaginé que fueses tan humilde. — Sonrió por primera vez.

Andreu se desmoronó al contemplarla de aquella forma. De sus ojos comenzaron a brotar pequeñas ráfagas de felicidad. Sus labios se curvaron hacia el lado derecho dejando ver aquellos preciosos dientes que habían marcado su boca en el último encuentro. Suspiró con profundidad y se dijo que haría todo lo que estuviese en su mano para que no se apagase la sonrisa más bonita del mundo.

—Estás… —murmuró mientras la cogía de la mano.

—¿Estoy? —inquirió ella al escucharlo.

—Nada. Estaba pensando. Solo eso. —Soltó las manos y se levantó de su lado. Tenía que alejarse durante unos instantes de ella. No era el momento ni el lugar de gritarle todo lo que sentía en su corazón. Debía de recordar una y otra vez que había venido a que le asesorase en el divorcio.

—¿Sabes? Cuando me dijeron que eras tú la persona que me defenderías no estaba segura de que fuera lo correcto. Por lo que hemos vivido. Por lo que sentimos… —Lucía tomó aire y alzó su mirada para observar los movimientos del joven. No deseaba darle la impresión de que era una arpía que quería tenerlo entre sus piernas para que se esforzase en su trabajo. Ella sentía algo muy especial por Andreu. No podía ponerle nombre, pero latía en su interior desde que lo vio por primera vez.

—¿Sientes algo por mí? —preguntó incrédulo.

—Sí —respondió Lucía con firmeza—. No sé si será amor. Lo único que puedo decirte es que me siento feliz cuando estoy a tu lado y que me haces arder de deseo.

—Lucía… —susurró Andreu acercándose a ella y colocándose de rodillas —. Yo… Yo… ¿Me dejas besarte? —Acercó sus manos al rostro y sus pulgares tocaron con suavidad las mejillas.

—¿Dudas? —Lucía se humedeció la comisura de su boca—. Si necesitas una respuesta…

No pudo terminar la frase, Andreu se abalanzó sobre los carnosos labios y la invadió con desesperación. Su lengua se introdujo buscando las caricias de la suya. Se había vuelto loco al pensar que no la volvería a tener así. Pero ella lo deseaba como él lo hacía. Pudo sentir cómo el cuerpo de la mujer se relajaba y se dejaba llevar ante su beso, su calidez, su deseo. Ambos cerraron los ojos para sentir con más fuerza la pasión. Nada ni nadie podría destrozar el momento. Si la vida los había cruzado de nuevo, sería por algo.

—Lo siento —se disculpó Andreu—, esto no es justo para ti.

—No me hables de justicia, Andreu, ahora no es el momento. Solo quiero que me beses otra vez.

Y envolviendo sus brazos por la cintura la atrajo hacia él. Sus labios se encontraron de nuevo en la puerta de su boca. Sin embargo, esta vez no fue tan dulce y acaramelado, sino agresivo y feroz. Se había convertido en un hombre sediento de deseo y pasión. Lo necesitaba tanto que se olvidó de tomar aire para respirar. Adoraba la calidez de sus labios y se alimentaría de ellos siempre que le fuese posible, porque tener el sabor de ella en su boca era un néctar adictivo. Por otro lado, Lucía llevó sus manos hacia la espalda de él y comenzó a marcarla con sus uñas. Aquel beso la estaba sumergiendo en un precioso estado de necesidad. Podía sentir cómo crecía la humedad entre sus piernas y el cuerpo temblaba haciendo un precioso baile erótico.

—Dime que no es un sueño —susurró Andreu mientras su lengua recorría el suave cuello femenino. Su nariz capturaba en su caminar el delicioso aroma de su piel. Inspiró con ahínco y esbozó una sonrisa traviesa al percibir el olor de deseo que ella comenzaba a emanar.

—Si es una alucinación, no quiero despertar jamás —contestó Lucía con un suave jadeo.

Había imaginado con volver a encontrarse entre sus brazos y sentir cómo su vida tomaba razón de ser a través de los besos. Dejó que su labio se estirase bajo la presión de los dientes de él y lo miró agitada. Su respiración se entrecortaba. Su pecho se alzaba y bajaba al ritmo del enloquecido corazón. No tenía dudas; el muchacho era especial para ella. Ahora no era el momento de arrepentirse con lo que perdió en el club al marcharse, era hora de disfrutar el presente y dejar que el futuro empezara a escribirse con otro tipo de letra más apropiada.

No la liberó de su presión. La observaba con detenimiento. Sus dedos seguían acariciando el perfilado mentón. Ya no recogía lágrimas derramadas y eso le enorgullecía. Pensar que a su lado olvidaba el tiempo pasado y se dejaba llevar por el aquí y el ahora, lo volvía loco de deseo. Sin querer apartar sus labios de los de ella, abandonó el calor del rostro y las manos las dirigió hacia su camisa. Quería mostrar por completo su torso y que las caricias de aquellas duras uñas pudieran clavarse en su piel. Pero al ver que Lucía arrugaba la frente, se distanció unos milímetros de ella para observarla mejor.

—Dime que no lo haga y pararé —le dijo mientras su camisa se posaba en el suelo de manera despreocupada. Sus manos bajaron hacia el cinturón del pantalón y la volvió a mirar, esperando cualquier gesto en el rostro de la mujer que le hiciera parar, pero no lo encontró. Todo lo contrario, ella lo miraba con deseo y se relamía una y otra vez.

Lucía estaba quemándose viva. La sangre de su cuerpo comenzó a hervir cuando el torso de Andreu quedó al descubierto. Sufriría la ira de Dios por cometer uno de los pecados capitales la gula, puesto que por mucho que comiera de aquel cuerpo, siempre querría más. Tenía ante ella un bombón tan perfecto que pensaba que, si en algún instante le hincaba el diente, lo destrozaría. Su busto trabajado deleitaba los ojos de la mujer. Un torso sin vello, una piel blanca y cubierta de pequeñas pecas que invitaba a hacer todo aquello que a ella se le antojase. Se relamió los labios como si fuese una vampiresa a punto de engancharse al cuello de su presa. Sedienta de alimentarse y devorarlo, porque no iba a dejar ni las migajas. Extendió sus manos y comenzó tocarlo. Él echó la cabeza hacia atrás y gimió ante las suaves caricias de ella. El aullido de placer estimuló los sentidos de Lucía. Quería deleitarlo de la única manera que le gustaba. Miró la cara del joven y sintió su clítoris palpitar; en efecto, la locura los había dominado. Atrapó con sus dedos los oscuros pezones erectos que sobresalían del busto y los presionó con la fuerza de unas pinzas. Andreu gritó y se tambaleó con tanta fuerza que casi se cayó al suelo. Ella lo observó asombrada, ¿lo habría hecho mal? Quizá no debía repetirlo más.

—Me ha gustado —le dijo Andreu cuando recuperó la voz—. Puedes hacerlo las veces que desees.

—Pensé que te había hecho daño —susurró mientras frotaba con las palmas de su mano los doloridos pezones.

—Ha sido maravilloso. —Se inclinó y le dio un tierno beso.

—Bien, acabas de abrir la caja de Pandora. —Andreu arqueó la ceja. No entendía qué quería decir, pero su tono había sido muy excitante. Fuera lo que fuese, sería bienvenido.

—¡Levántate y ponte frente a mí! —ordenó sin titubeos.

Y así lo hizo. Sin terminar de quitarse el cinturón que estrangulaba su enorme erección, se puso frente a ella de pie y ofreciéndose para el sacrificio. Sentada sobre el escurridizo sofá negro de cuero, Lucía se abrió de piernas y colocó a Andreu entre ellas. Levantó sus manos y sacó las uñas para hincárselas en la suave y blanquecina piel. El hombre comenzó a gemir cuando sintió sobre su cuerpo los roces de sus cuchillas. Las piernas empezaron a temblar y casi volvió a perder el equilibrio. Sin embargo, una parte de su cuerpo seguía inamovible, dura, erecta, exigiendo más y más… Lucía entrecerró los ojos y dejó caminar los dedos a sus anchas, hasta que llegó a la hebilla del pantalón. El pecho del muchacho subía y bajaba con rapidez, la excitación lo estaba consumiendo al igual que lo hacía con ella. Atrapó el cuero negro y tiró de él hacia el suelo haciendo que Andreu se arrodillara ante ella. Cuando abrió la boca para poder expresar dolor, Lucía la poseyó e introdujo su lengua con firmeza y dominación. Era suyo, ya no había marcha atrás, él le pertenecía de la misma manera que ella era de él. Con la mirada atónita, el muchacho observaba cómo la mujer que adoraba se quitaba la camiseta y mostraba un bonito sujetador de encaje negro en el que escondía sus bellos pechos.

—¿Qué? —dijo cuándo contempló la cara de asombro del joven—. ¿No me recordabas así? Tal vez la oscuridad de la habitación te hizo ver cosas que no eran —masculló. No le hacía gracia pensar que el joven comenzaba a no gustarle lo que veía.

—¿Por qué dices eso? —preguntó atónito.

—Por ese rostro lleno de sorpresa al mirarme. —Llevó una mano hacia el largo cabello del joven y se lo enredó entre sus dedos.

—Estoy sorprendido de tenerte a mi lado. Estoy fascinado por la posesión que he sentido hacia ti. Estoy perplejo de contemplarte… —De repente se quedó callado. Lucía se había colocado tras él, lo había amarrado del pelo con fuerza y buscaba algo sobre la mesa.

—No me gusta nada ese pelo tan largo —murmuró estirando aún más el cabello.

—No te enfades, mañana me lo cortaré si no te gusta. —Andreu se quedó más asombrado si cabía.

En ningún momento pensó que su cabello era un estorbo. Es más, él pensaba que era un rasgo bastante interesante para describirlo. Casi todos sus compañeros de oficio iban con el pelo corto y engominado, sin embargo, él lo llevaba atrapado en una cola o suelto. En el fondo tan solo era un acto de rebeldía. Desde que fue despreciado por Dulce, se lo dejó crecer. De esta forma dejaba de aparentar esa imagen de niño bueno y le servía para espantar a posibles «buitres». De repente tuvo que echar la cabeza hacia atrás con rapidez. Lucía le hacía más daño. Tiraba del cabello sin contemplaciones. Intentó verla y cuando descubrió lo que iba a hacerle, se excitó tanto que sintió cómo su pene erguido escupía las primeras gotas seminales.

—Soy una impaciente. —La mujer sonrió, agachó la cabeza para besarlo y continuó hablando—. No puedo aguantar hasta mañana… —Abrió las tijeras y le cortó de un tajo la trenza que había enredado en su mano. Andreu gritó y ella volvió a besarlo.

Aunque parecía un capricho de mujer, no lo era. Aquello era un gesto que indicaba a los dos el comienzo de una nueva etapa. Ella la había iniciado en el mismo momento que abandonó a su marido y él, al liberarse de una apariencia solitaria y agranujada.

—Esto sobra. —Tiró con rabia el moño al suelo. Los hilos del cabello cayeron despreocupados alrededor de los amantes.

—Lo que desees se cumplirá —susurró Andreu cada vez más excitado.

—Gracias por aparecer en mi vida. —Anduvo despacio hasta colocarse frente a él. Lo contempló desde arriba y sonrió de placer. Por un instante pensó en decirle que se introdujera bajo sus piernas y que se alimentase de lo que ella comenzaba a emanar, pero se contuvo—. Ponte de pie —ordenó.

—No tienes que agradecerme nada, soy yo quien ha vuelto a vivir desde que estás en mi camino. —Se incorporó con ayuda y dejó al descubierto la excitación que brotaba entre sus piernas. Ya no le resultaba incómodo mostrarse tal como se sentía; un hombre hambriento por tocar y amar a la mujer que tenía frente a sí.

Lucía sonrió complacida y se relamió ante el deseo que le provocaba verlo en aquella situación. Volvió a agarrarlo con fuerza por el pelo y lo atrajo hacia su boca. Necesitaba calmar su sed. Se sentía adicta a sus labios. La lengua recorrió su interior buscando la de él. Deseaba hacerle bailar bajo la pasión de las caricias.

De pronto, en mitad de ese apasionado contacto. Ella bajó su mano hacia el pantalón y buscó el sexo de él. Andreu gimió y entrecerró los ojos dejándose llevar por el placer.

—Ya no hablas… —susurró Lucía antes de morderle el lóbulo.

—Mmm… —murmuró el joven.

—Me lo imagino. —Agarró con fuerza el pene entre sus manos y empezó a acariciarlo con suavidad. Pudo sentir entre sus dedos la humedad que expulsaba el sexo masculino. Deseó por unos instantes tenerlo en la boca y poder así tener conciencia del sabor de su hombre, pero se contuvo. Ella no podía dejar de controlar la situación, ahora tenía los hilos para sucumbirlo al placer.

—Lucía… —jadeó Andreu al notar su pene convulsionar en la mano de ella.

—¡Córrete! —le ordenó—. Esto es solo el principio… —Se inclinó de nuevo hacia la boca masculina y la poseyó con fuerza mientras el joven expulsaba el frenesí que le invadía.

Cuando las últimas sacudidas en el cuerpo de Andreu le indicaron que el éxtasis había desaparecido, sacó la mano, la puso frente a su cara y observó con satisfacción el líquido viscoso.

—¡Come! —ordenó.

Andreu abrió la boca y dejó que Lucía introdujera sus dedos en ella. Acató su mandato con gusto. Saboreó todo lo que ella le ofrecía como premio. Y cuando terminó, un pequeño gritito salió desde lo más profundo de su ser puesto que deseaba seguir lamiendo aquella generosa mano.

Los ojos de ella se iban cerrando presa del placer al que estaba siendo sometida. Su lengua lamía una y otra vez sus propios labios imaginándose que dentro de su boca saboreaba el erecto sexo del joven. Agarró con fuerza el cabello su amante y gimió al sentir el orgasmo sacudiendo su cuerpo. Andreu se aferró a sus piernas para que ella no cayese y levantó despacio su rostro. Ambos se quedaron mirando durante unos segundos. Los ojos de él brillaban con tanta intensidad que no les hizo falta susurrar palabra alguna para resumir el momento que habían vivido. Lucía atrapó entre sus palmas el rostro del joven y lo dirigió hacia su boca, lo besó con tanta ansiedad que perdieron el equilibrio y cayeron sobre el sofá. La mujer se levantó, él se incorporó y observó con mucha atención lo que ella tenía previsto hacer.

Frente al muchacho, Lucía se abrió de piernas y se posó sobre las rodillas del joven. Este no apartaba sus ojos de las manos puesto que ella las conducía hacia el sujetador. Lo desabrochó y las liberó de la presión. Andreu pensó que su corazón había emprendido una carrera de Fórmula Uno puesto que lo notaba palpitar en su garganta.

—¿Y bien? —Se restregó su sexo en las piernas del hombre.

—Estoy en el paraíso… —murmuró.

—Estás equivocado, muñeco. El paraíso acaba de abrir sus puertas… — Condujo las enormes manos hacia sus pechos y dejó que los tocara.

Andreu temblaba. No podía creerse lo que le estaba sucediendo. La mujer de sus sueños se exponía a sus toques, a sus caricias, a sus labios. En su vida pensó poder enamorarse con aquella intensidad. Cada poro de su piel gritaba el nombre de ella y el sudor que desprendía su cuerpo eran lágrimas de felicidad. Por fin había encontrado a la compañera perfecta y no la volvería a dejar escapar…

—Quiero… —susurró con suavidad Andreu.

—Adelante… —contestó ella entre gemidos.

Acercó sus labios hacia los duros pezones y los introdujo dentro. Los succionó con fuerza. Los dedos de Lucía se enredaban en su cabello y seguían tirando al mismo tiempo que iniciaba un pequeño baile para frotar sin parar su caliente sexo sobre las piernas del joven.

—Sigue… dame placer… —gemía la mujer entre balanceos.

Por un segundo, solo por un instante, pensó que su sexo explotaría como un volcán dormido durante siglos. Tuvo que dejar de lamer los pechos para controlarse un poco. Metió su nariz en el canalillo e inspiró con fuerza. El olor de Lucía estaba ya dentro de él como su propia esencia. Retiró sus manos de las montañas y las llevó hacia la espalda. Quería que ella sintiese el tacto de sus dedos. Con su rostro enterrado en los senos, empezó a subir y bajar sus falanges en el cuerpo exaltado de Lucía. Al principio dio un respingo. No había intuido el propósito del hombre. Pensó que las posaría en las caderas e intentaría llegar hasta su centro para masturbarla, pero no fue así. Quería hacerla arder. Quería que ella deseara sentir sus besos y sus caricias con tanta urgencia como le sucedía a él. De repente, Andreu se distanció un poco de sus pechos. Lucía arrugó levemente su frente al pensar que no iba a continuar; sin embargo, cuando un suave y delicado calor comenzó a recorrer la piel de sus senos, echó la cabeza hacia atrás y se dejó llevar.

—Voy a saciar mi hambruna… —masculló al mismo tiempo que su lengua abandonaba las duras protuberancias y bajaba por el abdomen hasta su ombligo.

Lucía sabía a la perfección hasta dónde quería llegar y ella lo deseaba tanto como él. Si aquella sin hueso era tan efectiva como parecía, iba a ser recompensada por los años perdidos con Jorge. Solo de pensarlo la humedad caló el pantalón hasta llegar a la piel del joven.

—Quiero desnudarte. —Abrió sus palmas y las extendió por la espalda.

—Me parece bien, puedes hacerlo. —Sonrió complacida.

Andreu la incorporó y la puso de pie. Él hizo lo mismo, pero no se quedó frente a ella, sino que se arrodilló para poder comenzar la tarea de ir eliminando aquellas prendas que los separaban para tener, al fin, ese contacto definitivo. Empezó por las zapatillas y los calcetines. Admiró los cuidados pies y sin pensarlo dos veces, los besó. Lucía sonrió y se mantuvo callada. Quería saber qué más podía ofrecerle el joven. Andreu posó sus manos sobre la cintura femenina y buscó el cordón. Deslazó aquel nudo y bajó con suavidad el pantalón. Ella tan solo tuvo que mover sus plantas para despojarlo del todo.

—¿Sigue gustándote lo que ves? —La pregunta apenas podía ser escuchada ni por ella misma. Estaba tan excitada que no conseguía poner ni el tono dominante que debía. Era la primera vez que se sentía tan venerada que era incapaz de reaccionar.

—Eres la mujer que siempre busqué —confesó entrecortado.

—Pues hazme feliz… —Se abrió de piernas y dejó que él se acoplara entre ellas.

Andreu se colocó tal como le estaba indicando y lo primero que hizo fue acariciarla con la nariz mientras inspiraba su olor y se mojaba por la humedad de su lencería. Estuvo a punto de retirarlas y saborearla sin barreras, pero se decía una y otra vez que debía enloquecerla. Recorrió cada milímetro de la prenda hasta sentir cómo las piernas de la mujer empezaban a tambalearse. Fue en ese instante cuando utilizó su lengua para lamerla sobre la tela, mojándola aún más. Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó que él llevara la iniciativa que desease. Llegados a este punto, el control casi había desaparecido. Como Andreu no obtuvo ninguna negación, repitió una y otra vez los lengüetazos sobre la lencería. Llegó un momento que no supo distinguir si aquella humedad era producida por los jugos de Lucía o por la saliva que segregaba su boca al saborearla. Pero en el fondo le daba igual la razón, lo único importante para él era que estaba llenando su cuerpo de ella. Antes de poder perder su consciencia ante el placer, se envalentonó y llevó un dedo hasta la costura y la apartó con suavidad. Levantó sus ojos y no observó en el rostro de Lucía ninguna negación, así que alzó su boca hacia el sexo femenino y lo absorbió. Paseó su lengua por cada rincón de la sabrosa e hinchada carne. «Dios mío, gracias», pensó mientras cerraba sus párpados y dejaba que todos sus sentidos disfrutaran de lo que estaba ocurriendo. Siguió con su valentía al hacer que uno de sus dedos jugara en aquel terreno. Arrugó la nariz esperando represalias, aunque no obtuvo negativa ante su hecho.

Lucía perdía las fuerzas. Jamás había sentido aquel placer entre sus piernas. El vello lo tenía erizado, su corazón palpitaba descontrolado y su respiración no poseía un ritmo adecuado. De vez en cuando tomaba aire mediante un jadeo o un gemido, aunque no le era suficiente para mantenerse con vida. Alargó la mano y palpó el cabezal del sofá. No quería estropear la situación que estaban viviendo, pero si no se sentaba lo antes posible, caería al suelo sin poder evitarlo. «Por el amor de Dios, ¿dónde está ese control que necesito en estos momentos?», se dijo a la vez que se iba recostando sobre el mueble.

—¿Puedo? —preguntó con timidez el hombre señalando la diminuta y mojada prenda. Lucía tan solo pudo asentir puesto que las palabras no salían por su boca. Andreu las hizo bajar por las piernas y cuando las tuvo en sus manos, las inspiró y las arrugó.

—Si tanto te gustan, tengo muchas como esas —dijo con sarcasmo al ver cómo las sostenía y las adoraba.

—Las quiero todas, pero solo hay un requisito —Se colocó de nuevo entre las piernas y le acarició los labios vaginales con su vaho.

—¿Cuál?

—Que todas y cada una de ellas… —recorrió con su lengua la hendidura. Apartó con sus manos de los carnosos pliegues y dejó el clítoris expuesto para su placer. —Mordió la perla hinchada y Lucía gritó. —Este precioso sexo… —arremetió con su lengua con tanta fuerza que quiso follarla con ella.

Lucía buscaba con sus manos algo en lo que poder aferrarse y transmitirle esa desesperación que tenía al ser abatida por las incesantes ondas del placer. Sonreía, lloraba, gritaba, sollozaba y no cesaba de morderse los labios. En algunos momentos sentía vergüenza de sí misma, pero se esfumaba el negativo pensamiento cuando volvía a ser sacudida por el placer. «Este chico es bueno, muy bueno con la boca», consiguió meditar en un instante de tregua. Levantó la cabeza y lo observó. Sus ojos se cruzaron unos instantes y ella pudo contemplar el brillo de sus mofletes. Toda su excitación estaba siendo recogida por él y eso la excitaba tanto que era capaz de cerrar los ojos y levitar.

—¿Qué me responderías si te digo que necesito darte más placer? — preguntó el joven levantando un poco su rostro y dejando ver las chispas de sus ojos.

—¿Qué tienes pensado?

—Tan solo quiero darte placer. —Una de sus palmas empezaron a frotar su sexo haciendo que ella diera un respingo inesperado.

—No sé… tendría que meditarlo.

—Puedo estar así todo el tiempo del mundo. —Seguía rotando y agitando a la mujer con las fuertes caricias.

—Andreu… creo… —Echó la cabeza con brusquedad hacia atrás y jadeó con ahínco.

—Grita. Grita cuanto quieras, mi amor. Escuchar tu placer es la mejor melodía que escucharé en mi vida —le comentó al mismo tiempo que introducía en ella dos dedos e iniciaba un incesante bombeo.

Lucía no podía parar de gemir. Miles de estrellas luminosas llenaban sus ojos y la convulsión de su cuerpo apenas la dejaban permanecer quieta en el sillón. Si continuaba de aquella forma terminarían los dos en el suelo.

—Me voy a correr —sollozó mientras sentía en su cuerpo la llegada del orgasmo.

—¿Quién te lo impide? —Seguía follándola con sus manos.

La mujer golpeó con fuerza el brazo del sofá y chilló con energía el nombre de él cuando se sumergió en la llegada del clímax. Su garganta, seca de tantos jadeos, expulsaba pequeños gruñidos y alaridos. Era incapaz de mantener los brazos firmes, un muñeco de trapo.

—¿Te gusta, ma vie? ¿Adoras esto tanto como lo hago yo? —Su boca tomó las últimas gotas de miel que la mujer emanó de su orgasmo—. Tan sabrosa, tan deliciosa, ¿te gusta esto? Porque yo me muero por seguir tomando lo que me das. No puedo parar de beber de ti.

—No lo hagas, te lo ruego. —Ella arqueó sus caderas hacia él, ofreciéndose como una sacerdotisa a su pueblo. Ya no sentía dolor en su cuerpo, ni arrastraba pena su alma, todo se había quedado atrás, como si tan solo hubiese sido una pesadilla de la cual ya se despertó.

—No puedo parar, ma vie. Soy tuyo, ¿recuerdas? —Mordió con mucha delicadeza el botón inflamado haciendo que ella volviera a gritar su nombre. Eso endureció más su polla que no paraba de llorar gotitas seminales. Escuchar su nombre en la mujer que adoraba era el mayor placer que podía ofrecerle. Los dedos perversos volvieron a su vagina, regresando a su cuerpo los vapuleos del clímax. Pudo sentir cómo los músculos vaginales se apretaban sobre ellos, mientras era embestida sin cesar—. Córrete para mí, ma vie. Deja que vea lo bella que estás mientras te desbordas en mi boca.

—Andreu… ¡Voy a salir disparada!

Y volvió a saber lo que era ser arremetida por un increíble orgasmo. Mientras aullaba como una loba, él seguía presionando sus dedos dentro de ella. No daba crédito a lo que le estaba sucediendo. Por primera vez se había corrido dos veces y, para más inri, lo había hecho sobre la boca de un hombre. Ni en sus mejores sueños, aquellos en los que varios sementales la manoseaban y le ofrecían un placer pecaminoso, lo había imaginado. Sus pensamientos se esfumaron como el humo de un cigarro ante una ventisca al sentir una leve presión donde nunca la habían invadido: su ano.

—Relájate, princesa —le dijo al ver la tensión que un mísero roce le había provocado—. ¿Nunca te han tocado aquí? —Ella meneó la cabeza—. ¡Bendito Dios! ¿Dime que seré el primero? ¡Jura que cuando estés preparada, tendré ese regalo! —Ella asintió. Cómo se iba a negar ante la emoción que observó en el joven. Estaba segura que si le pedía la luna, cogería una escalera y se la traería.

Andreu besó con ternura el caliente lugar que había devorado y se alzó para dejarse contemplar antes de echarse sobre ella y convertirse por fin en un solo ser. Apoyó las palmas sobre ambos lados del sofá y, alzando la cabeza, dejó que su boca ahora saboreara los duros pezones. En un arrebato de locura, los mordió e hizo gritar a Lucía. Esta le agarró del pelo con fuerza y tiró de él hacia arriba hasta que sus rostros quedaron al mismo nivel.

—Me estás enloqueciendo, pequeño diablo. Ahora me toca a mí, quiero que grites lo mismo que yo. —Ella se lamió los labios anticipando su jugada y Andreu pensó que no podría vivir ni un minuto más sin ella.

Lucía le empujó hacia atrás y lo dejó caer sobre el sofá. Era su turno y le haría enloquecer lo mismo que había hecho él con ella. Se agachó y sacó la lengua ante la atenta mirada del joven que no cesaba de temblar. Llevó su mano hacia el erecto sexo y dejó liberado el capullo sonrojado de su caparazón de piel. Miró endiablada al muchacho y lamió despacio el miembro. Sabía a salado. Tal como se imaginó que sabría. Continuó su manjar hasta que el pene comenzó a ponerse tan rígido que los conductos empezaron a drenarse de semen. Estaba a punto de salpicarla. Cualquier roce más y él explotaría como un misil.

—Lucía, no podré aguantar más, y no quiero correrme así. No hoy… — Andreu se quedó petrificado ante sus dos palabras. «No hoy», como dando ya por sentado que estarían todo el tiempo del mundo juntos y ninguno de los dos había dicho nada al respecto.

—Bueno, seré compasiva contigo. Pero te advierto que la próxima vez no lo seré. —Besó la erección y se incorporó de nuevo.

Escuchar de la boca de Andreu que habría un mañana la colmó de alegría. Estaba desesperada por decirle que, aunque parecía una locura, ella deseaba estar a su lado hasta que ambos decidiesen lo contrario, pero se controló. Después de todo lo que le había sucedido necesitaba ir con tranquilidad.

—Quiero estar dentro de ti… —le canturreó.

Lucía sonrió. Se relajó sobre el sillón y elevó sus caderas para dar paso a lo que él le suplicaba; unirse en un solo ser.

Andreu lo hizo poco a poco, como si intentara desvirgar a una virgen. Sus caricias hacia Lucía eran delicadas y sensuales, la trataba con tanto esmero que parecía una figurita de cristal. Pero cuando ella notó todo su miembro dentro, un estallido eléctrico apareció en los dos. Andreu perdió el control. Empezó a embestirla con fuerza, dejándose llevar por el lobo que brotaba en su interior. Ella era suya y la marcaba como un animal salvaje. La voracidad que desprendía al sentirse dentro rayaba la demencia. Y perdió la poca cordura que tenía cuando sintió la presión de su miembro prepararse para estallar. Las uñas de ella se clavaron en su espalda como cuchillos y el grito del joven hizo eco en la boca de ella. Los dientes mordían sus labios hinchados haciendo inseparable la unión. Sin embargo, cuando los zarandeos del cuerpo femenino le indicaban que el orgasmo estaba sucumbiendo a la mujer, ella soltó el duro amarre, se abrazó a él y puso la cabeza sobre su hombro. El hombre la entrelazó con más fuerza y la presionó sobre su sexo. Ambos sudaban por la pasión, estaban a punto de culminar su lujuria. Lucía abrió la boca y mordió algún lugar del torso masculino. Se dejó llevar por la loba que dormía en su interior, lo marcaba como una hembra marca a su macho, con uñas y dientes. Andreu también se liberó y notó cómo su sexo expulsaba dentro de ella el líquido resultante de su demencia. Los temblores recorrieron su cuerpo y mirando de reojo a la mujer que yacía flácida sobre él, pensó que estaba donde debía estar, con la diosa que amaba.

—Eres preciosa —le dijo mientras besaba con ternura las sonrojadas mejillas.

—Uhm. —Lucía cerró los ojos, dejándose llevar por el momento tan maravilloso que estaba viviendo—. ¿Te has parado a pensar en cuántas normas nos acabamos de saltar? —Sonrió.

—En lo único que piensa mi mente en estos segundos es en recuperarme y volver a sentirme caliente entre tus piernas. —Se recostó a su lado y la abrazó con fuerza.

—Eres un diablillo, ¿lo sabes? —Ella se aferró a los brazos masculinos.

—Y tú eres ma vie —le susurró.

—¿Qué significa eso? —Ella cerró sus ojos. No era un buen lugar para estar desnudos y dormir, pero estaba agotada, la había dejado exhausta.

—Es francés y significa «mi vida». Ya sabes que mi padre era galo. — Inspiró el aroma de su pelo.

—No puedo ser tu vida, Andreu. Llevamos muy poco tiempo juntos. —El cuerpo de Andreu se tensó al escuchar aquellas palabras. No podía pensar ella que lo abandonaría, sería su muerte.

—Bueno, pero podemos llegar a un acuerdo, si te parece bien.

—¿Un acuerdo? —Ella se sorprendió. Se giró hacia él y lo encontró sonriente. Estaba encantador con los labios hinchados y las mejillas rojas de pasión.

—Sí, uno sexual. Podemos acordar sexo sin compromiso durante un tiempo razonable. Si vemos que esto no tiene un sentido, se habla y se olvida. Pero si esto provoca que nos enamoremos…

—No sé qué pensar… —Ella estaba loca por aceptarlo. Sabía que su corazón le pertenecía, pero antes debía arreglar el asunto de su divorcio. Le era primordial dejar sus cadenas liberadas.

—¿Acaso no has disfrutado? Si no es así, puedo intentarlo de nuevo. —La besó.

—Vale —respondió al fin—. Acepto tu acuerdo. Sexo sin compromiso. ¿Reglas?

—No hay reglas. —Rozó con su nariz la de ella.

—Entonces… ¿puedo venir cuando desee sexo a tu oficina?

—Eso será lo mejor del día, Lucía. Verte entrar por la puerta deseando ser saciada, necesitando que mi cuerpo satisfaga todos tus deseos… Solo de pensarlo, mi sexo ya ha reaccionado. —Cogió una de las manos y se la llevó hacia su verga para que ella confirmase su entusiasmo.

—¿Y si te pido que vengas al club? —Ella levantó una ceja mientras una sonrisa irónica apareció en su boca. Sabía la sensación que le había producido y lo quería poner a prueba.

—Pues te preguntaré ¿qué quieres que lleve puesto? —Soltó una carcajada sonora.

—¡Mentiroso! —le dio un codazo en el estómago—, si no te gusta estar allí.

—Pero por tenerte entre mis brazos haría lo que fuera. —La volvió a besar, y ella lo quiso con más fuerza—. Duerme, ma vie. Debes descansar. Quiero que estés en plenas facultades para aprovechar al máximo nuestro acuerdo sexual. —La sonrisa traviesa no desaparecía de su rostro.

—¿Velarás mi sueño? —Atrapó una de sus manos y se la llevó a su boca.

—Con mi vida, si hiciese falta. —La abrazó y besó su hombro.

—Gracias… —murmuró dejando que el sueño la envolviera.

—A ti por devolverme las ganas de vivir.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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