Enamorado de Ella | Capítulo 11

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo XI

Enamorado de Ella

Capítulo XI…

Ver para creer

Resopló cada segundo que duró el viaje hacia su hogar. Jamás en su vida había sentido tanto agobio y presión al respirar. De verdad tuvo que esforzarse mucho para no dar la vuelta y caer llorando bajo los brazos de Andreu. Porque cuanto más se acercaba a su casa, más repulsión tenía hacia lo que iba a encontrar; un marido al que no amaba y a quien tan solo le unía unos hijos preciosos. Paró el coche y suspiró varias veces. Si ayer en la noche alguien le hubiese dicho que hoy iba a ser un día crucial para ella, se habría muerto de la risa. Sin embargo, ahora no se reía. Era verdad que todo su orden se había transformado en un caos. En primer lugar su nuevo look, en segundo una borrachera, en tercera posición había sido tratada como una puta por su marido, en cuarto había visto a su amiga Silvia, a la que no veía desde hacía más de una década, y había resultado que era la dueña de un fabuloso y espectacular club de BDSM, y claro está, por último, pero no por ello menos importante, había encontrado un hombre que le hizo perder la cabeza hasta un límite insospechable, tanto como para no querer volver a su hogar nunca más. Parada frente a la entrada de su casa, metió las manos en el bolso para buscar las llaves y escuchó un pequeño ruido que provenía de dentro.

—¿Te has dado cuenta de la hora a la que llegas? —le preguntó su marido mientras le abría la puerta—. ¿Qué narices has estado haciendo?, ¿follando con cualquiera? Porque con esa pinta, solo vas pidiendo guerra.

—Buenas noches a ti también. —Se adentró en el hogar y quiso evitar las gilipolleces de su esposo—. No he hecho nada malo. No creo que llegar a las once de la noche sea motivo de represalia. Fui a la oficina para compartir contigo el resto del día, pero me rechazaste, ¿recuerdas? —Anduvo hasta el salón donde se quitó los altísimos y deliciosos zapatos. Sintió alivio en sus pies cuando los posó en el suelo. El frío los calmó permitiéndole poder caminar hasta el minibar del salón.

—¿Crees que me excita ver a mi mujer vestida como una zorra? —Jorge le gritaba al mismo tiempo que la perseguía.

—Espero que por lo menos me hayas considerado una de las caras. Porque hasta ahora solo he tenido el placer de acostarme con acaudalados — respondió con sarcasmo y tirantez. Fue en ese instante en el que Lucía se regañó por haber vuelto a su casa. Tenía que haber conducido hasta sus padres y les daría algún tipo de explicación banal para quedarse allí…

—No es propio que la mujer a la que considero una esposa ejemplar, aparezca vestida como una ramera. ¿Sabes la cantidad de hombres que has dejado babeando como perros? —chilló airado.

—¿En serio? Pues ya que me consideras una puta, podrías facilitarme el trabajo y ofrecerles mi número de teléfono. —Tomó la primera botella que encontró en el mueble bar y la sirvió en una copa. Luego abrió la puerta del pequeño congelador y cogió dos cubitos con las manos.

—¿Acaso no has bebido bastante? —Agarró la copa de las manos de Lucía.

—Haz el favor de soltarla —le advirtió mirándolo con ira—. Esta noche estás fuera de ti. Fui a la oficina para tener un encuentro sexual con mi marido. Me encontraba sexy y quería que ambos disfrutáramos del momento. Lo que los demás piensen… ¡me es indiferente! Pero que mi esposo se atreva a tratarme así, es endemoniadamente jodido, ¿no crees? —Desató el agarre de la copa y se la llevó a sus labios.

Estaba delicioso, nunca había tenido el placer de saborear un sorbo de ron como lo hacía en ese momento. Eso sí, su marido tenía los ojos ensangrentados por la furia, pero ya se le pasaría. Y mañana volvería su vida de castidad y de indiferencia. Mañana estaría de nuevo atrapada en un matrimonio que la hacía infeliz, que la destrozaba, pero era lo que había elegido.

—¡No me joderás! —Jorge sacudió la copa, derramándose el licor por todo el salón. Lucía había girado su cara para ver caer el vaso, pero cuando la torció para reprocharle la acción, se encontró con el golpe de una mano sobre su ojo izquierdo. En milésimas de segundo, ella comenzó a perder la visión y su rostro empezó a palpitar por el dolor. Miró de soslayo a su esposo para intentar ver algún ápice de arrepentimiento, pero no lo halló. Era más, seguía en sus trece mientras continuaba amenazándola—. La próxima vez que vuelvas a la oficina espero que sea con la vestimenta apropiada de una mujer en tu posición. Recuerda quién soy y lo que puedo darte si no obedeces.

Girándose sobre sus talones la dejó allí sola, herida no solo física, sino también mentalmente. Sus temblorosas manos acariciaron con suavidad su rostro. Ardía. Sacó fuerzas de donde no las tenía y se dirigió hacia el congelador. Tomó un par de hielos y, envolviéndolos en un pañuelo de seda, se los puso en el ojo. Sabía que eso no sería suficiente y que mañana amanecería con un hematoma difícil de ocultar. «¡¡Por el amor de Dios!! ¿Qué voy a decir?». La respuesta estaba en huir de allí. Debía marcharse a la casa de campo durante unos días y tal vez el maltrato físico podría desaparecer porque el psicológico no lo haría jamás.

Caminó como una muerta viviente hacia el baño, abrió el grifo de la bañera y dejó que el agua caliente la llenara. Necesitaba una limpieza con urgencia, a ver si de esta forma algo de la podredumbre que le había infligido el que se llamaba su marido, era eliminada. Una vez abrazada por el líquido, apoyó su cabeza sobre la blanda almohada y llevándose las manos a la cara, empezó a llorar. Tras unas desesperadas lágrimas, comenzaron a salir unos gritos ahogados. No quería volver a llamar la atención de Jorge y que se regocijara de lo que había hecho, porque sin lugar a dudas lo haría. Él no era de pedir perdón. Cuando fue capaz de controlar el desconsuelo, abrió los ojos y miró hacia el suelo. El móvil tenía una lucecita que parpadeaba. No tenía ganas de moverse. Solo quería quedarse allí el tiempo suficiente para olvidar lo que había sucedido a lo largo del día.

Durante todos los años de matrimonio, ella siempre había dado y nunca pedido nada a cambio. Nunca discutió por las continuas órdenes que le daba. Él había decidido cómo debía vestir, qué comer, qué beber, e incluso la cantidad de hijos que era recomendable tener con miras a Hacienda para ser tratada como una familia ejemplar. Colegios, ropas, deportes, amigas… Su cabeza empezó a girar al mismo tiempo que veía pasar su vida destrozada por el control y por la apatía. Ella nunca había sido partícipe en nada, ni tan siquiera en la mascota que tenían en casa. Abrió los ojos y contempló el baño. No recordaba haber elegido algo de lo que veía. En verdad, no había escogido nada de lo que se podía encontrar en la casa. Ella tan solo era un mero maniquí para el mundo de su marido. El concepto de mujer florero apareció golpeando su consciencia. Algo dentro de ella quería salir, tal vez se trataba de esa mujer que llevaba hibernando en su interior. La que parecía haber perdido tras años de castigo por las monjas. Las malditas educadoras supieron hacer bien su trabajo, creando una mojigata esposa. Comenzó a meditar sobre aquella época y llegó a la conclusión de que, de entre todas las alumnas del internado, ella era la más moldeable. Quizás esa fuera la razón para separarla de su grupo de amigas. Sin lugar a dudas, la fierecilla domada se convirtió a base de golpes en la mujer perfecta para el acaudalado inversor. Comenzó a encajar las piezas de un puzle que no había resuelto a pesar de haberlo intentado en multitud de ocasiones. Ahora se respondía a los porqués de las visitas de Jorge al maldito convento. Se estaba asegurando que la esposa elegida estaba siendo bien instruida para tal honor. «¡Maldito cabrón manipulador!», pensó mientras golpeaba con fuerza el agua de la bañera. Las monjas le habían facilitado el camino a cambio de unas suculentas donaciones y él consiguió lo que necesitaba, una mujer y el dinero de esta, puesto que, gracias al matrimonio, accedió a la fortuna de su padre y lo manejó a su antojo. Jorge creció en el mundo que deseaba estar, obtuvo un buen puesto en la alta sociedad y fue respetado y valorado por estos.

Se levantó de la bañera y cogió la toalla que tenía a su derecha. «Ni recuerdo si la compré yo», pensó. Al asaltarle de nuevo la rabia por darse cuenta que había sido una marioneta en el mundo idílico que construyó su esposo, decidió tirar la prenda al suelo y salir desnuda de allí.

Una agoniosa asfixia empezó a dominarla. Sus piernas temblaban y apenas se sostenía. Estaba tan aturdida que lo único que pensó era en salir de allí lo antes posible. Se dirigió hacia el balcón y lo abrió con rapidez, dejando que el frío abrazara su cuerpo. Empezó a tiritar. El vaho que emanaba su boca cada vez era más denso y notó que su corazón se iba ralentizando. Se abrazó y miró hacia el cielo. Podía hacer dos cosas: o morir congelada, así no tendría que padecer ni un minuto más las inquisiciones de Jorge, o salir de allí para encontrar una alternativa. Lo sopesó durante tanto tiempo que estuvo a punto de perder la consciencia; sin embargo, esa rabia interior emergió desde lo más profundo de su alma haciendo que el calor y la fuerza que necesitaba, la levantara de su pesadez. Se abrazó y suspiró. «Me toca tomar cartas en el asunto», se dijo. Se giró y corrió hacia el baño para coger el móvil y hacer una llamada de auxilio.

—¡Por fin! ¿Dónde estás? —Elsa le inquiría antes de ella poder saludarla —. Ya me puedes contar qué ha pasado porque me dijeron que saliste más rápida que el correcaminos. ¿El joven no estuvo a tu altura?

—No te llamo para eso —comentó triste.

—¿Qué coño pasa, nena? ¿Dónde estás? —Dejó aparcado el tono burlón con el que le había respondido y empezó a preocuparse.

—¿Quién es? —Otra voz femenina apareció en la conversación con Elsa.

—Es Lucía, cariño. Creo que está en problemas. —En ese instante Lucía volvió a llorar. Elsa se alteró y prosiguió con su interrogatorio—. ¿Dónde estás? ¿Qué ha sucedido? ¿Se trata de tus hijos? ¿Están bien?

—Elsa, me ha pegado. Me ha dado un puñetazo en la cara —explicaba mientras sollozaba sin consuelo.

—¡Lo mataré! ¡Puto bastardo de mierda! ¡Con la cara de ángel que tiene! Ese hijo de puta no llegará a mañana. ¡¡Morirá antes!! —Elsa golpeaba todo lo que encontraba a su alrededor.

—¡Para de una vez y dame el maldito teléfono! Hola, cariño, soy Silvia. Tranquilízate un poco. —Su tono era tan encantador que Lucía obedeció sin rechistar—. Antes de que esta loca me destruya la oficina necesito saber qué ocurre.

—Quiero que Elsa venga a buscarme —gimoteaba—. Jorge me ha atizado, estoy desnuda en el balcón y siento cómo dejo de respirar.

—¿Jorge te ha zurrado? ¡Increíble! Jamás pensé que ese muerto de hambre fuera capaz de hacer una cosa así, pero escucha: ponte algo de abrigo y te recogeremos en diez minutos.

—Que sean cinco, por favor… —suplicó.

—No tardaremos, ahora vístete y espera a que lleguemos. —Su voz cambió a un tono más autoritario. Era la única manera que encontró para hacer despertar a Lucía del shock por el que estaba pasando.

—Que se ponga lo primero que encuentre y que baje esas putas escaleras de mierda. Se viene con nosotras —gritaba furiosa Elsa por detrás de Silvia.

Lucía se mantuvo comunicada con ellas hasta que llegaron al aparcamiento. Había ocultado su cuerpo con el primer albornoz que encontró. Bajó con sigilo las escaleras para no alertar a Jorge, abrió la puerta y buscó el coche. Sus pies descalzos tocaron la fría calle, pero no sintió nada. Se habían convertido en carne acolchada que no era capaz de transmitir a su mente cualquier nueva textura. Silvia abrió la puerta del vehículo y salió a su encuentro. La envolvió entre sus brazos y la condujo al interior.

—Está helada —le dijo a su compañera que mantenía el motor encendido para no perder tiempo—. Pon la calefacción que tirita de frío. ¡Joder, Lucía! ¿Qué has hecho?

—¡Hijo de puta! —exclamó Elsa cuando vio el rostro destrozado de su amiga—. ¡Esto no puede quedar así! ¡¡Me cago en su puta madre!! Hay que mandar a los chicos y que ellos le enseñen que a las mujeres no se les pega. ¡Cobarde de mierda! —Golpeaba sin cesar el volante.

—Solo quiero salir de aquí. —Sus dientes castañeteaban. Su mirada asustada se cruzó con la ira que desprendían sus amigas—. Solo quiero salir de aquí…

Los brazos de Silvia continuaban abrazándola mientras se alejaban del lugar. Lucía echó un último vistazo a la casa que un día creyó un hogar y se obligó a dirigir su mirada hacia otro lado. No debería añorar lo que nunca tuvo, porque el hombre que vivía allí en el fondo no había significado nada para ella salvo amargura y desesperación. No se merecía otra oportunidad, ni tan siquiera se le pasó por la cabeza dársela. Había vivido una etapa y ahora debía forjase otra bien distinta. Tan solo pensaba cómo arreglarlo todo para que Jorge no se quedara con los amores de su vida, sus hijos.

—Entraremos por la parte de atrás. —La voz de Elsa atrajo su atención—. De esta manera nadie sabrá que está aquí.

—Lucía —le susurró Silvia—, ¿estás despierta?

—Sí —murmuró.

—Hemos llegado, cariño. Necesito que te incorpores un poquito para que pueda agarrarte y sacarte de aquí. Iremos primero al club…

—¿Al club? Pensé que me llevabas a tu casa… —Lucía cuchicheó mientras abría sus ojos.

—Nena, estás en mi casa. Aquí es donde vivo. —Elsa salió del coche y se acercó a Silvia para ayudarla a sacar a la desvalida mujer.

—Llama a los chicos, no se mueve —le dijo ofreciéndole el auricular.

—Sail, Camal, necesito que vengáis a la puerta del almacén. Sed discretos, traemos a Lucía. —Ella se apoyó en el coche para cubrirlas.

—Tranquila, amour —le dijo Sail con su agradable acento francés—, cuenta hasta tres.

Antes de que pudiera responder, el mastodonte galo salió disparado por la puerta. Elsa echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír.

—Te dije discreción. —El cuerpo de Sail la cubrió por completo. Una enorme montaña la protegía, ciento veinte kilos de puro músculo estaban frente a ella.

—No creo que ese término sea el más apropiado después de ver cómo mi mujer sale por la puerta a toda velocidad y no me responde a las mil llamadas de teléfono. —Él cogió su mentón con sus rudos dedos y los dirigió hacia sus labios—. Espero que estés dispuesta para los azotes que te mereces, pequeña bruja.—

Mmmm… Si me vas a castigar así. ¡Prepárate para más escapadas! — Sus labios fueron besados con fuerza por el marido, mostrándole la desesperación que había sentido durante sus veinte minutos de ausencia.

—¿Estás bien, mon coeur? —la voz de Camal se escuchó tras las caderas de Sylvia mientras ella seguía intentando incorporar a su amiga en el asiento trasero.

—Yo estoy muy bien, pero Lucía está derrotada. Ha llorado tanto que no tiene fuerzas para moverse de aquí. —Camal atrapó la delgada cintura de su mujer y tiró de ella con suavidad. Antes de mirar el cuerpo abatido, la atrajo hacia sí y la besó con tanta pasión y necesidad que Silvia sintió el pálpito de su clítoris en la húmeda y cálida lencería.

—La próxima vez pide ayuda, mon coeur. Me hubiese encantado tener unas palabras con el hijo de puta que le ha hecho eso. —Levantó las cejas y señaló con la cabeza rapada hacia la cara de Lucía.

—Esa es la razón por la que no os hemos llamado —dijo Elsa golpeando el pecho de su esposo—. Nosotras la sacamos de allí, vosotros hubieseis quemado la casa con él dentro.

—Me conoces bien… —Camal sonrió y dejó expuesta su preciosa dentadura blanca.

—Quiero llevarla a casa y mantenerla a salvo. —Silvia acariciaba los largos mechones negros de su amiga mientras yacía inconsciente—. Me da la sensación que además de alcohol, ha tomado algún sedante…

Camal se inclinó hacia el coche y sacó a Lucía como si se tratase de una pluma de pájaro. Se la puso en el hombro y comenzó a andar por el pasillo oscuro. Sail y Elsa le seguían protegiendo la retaguardia, y Silvia intentaba cubrir las partes del cuerpo que se quedaban descubiertas. Los cuatro se dirigieron hacia el edificio anexo, hacia lo que era su hogar.

—¿Qué tenéis pensado hacer? —preguntó Sail cuando dejaron sobre una cama caliente el cuerpo de Lucía.

—Yo iría y le cortaría los huevos de cuajo —contestó Elsa apretando con fuerza sus puños.

—Mon amour, creo que eso es un delito —dijo Sail con una enorme sonrisa en su boca.

—¿Tú crees? —Arqueó su ceja derecha y entrecerró los ojos.

—Lo sé muy bien… —La abrazó con fuerza desde atrás y besó su mejilla derecha—. Aunque ya sabes que para mí es todo un placer tener esas manitas ahí abajo.

—Lo mejor será que ella decida —intervino Silvia—. Cuando se sienta con fuerzas, sabrá qué opción es la más adecuada. Tened en cuenta que tiene tres hijos pequeños y ese capullo siempre le ha estado amenazando con ellos.

—Sigo pensando que si nos lo quitamos de en medio, no habrá caso. ¿No conocías a alguien de la cárcel?

—¿Yo? —preguntó con cara de inocente su marido—. Si yo soy muy buena gente y nunca he visitado ese tipo de lugares…

—Claro… díselo al que te escupió en la cara. —Se giró y le puso el dedo en la nariz.

—Odio los gérmenes. Y ese tipo me echó muchísimos. —Se apartó y besó la palma de su mano.

—Como ha dicho Silvia, la mejor opción es esperar a que ella se recupere del trauma. Y sobre el tema de sus hijos lo tengo claro, si ese capullo los utiliza para joderla, entonces… le joderemos nosotros a él. ¿Alguna objeción al respecto? —Nadie dijo nada—. Pues entonces… todo aclarado. Marchémonos a descansar que hoy ha sido un día bastante duro.

—Sí, muy duro. Como lo que tengo entre mis piernas —le susurró Sail a Elsa.

—No estoy para eso… —le respondió intentando separarlo de ella. Pero no lo consiguió. Era igual que querer mover una montaña que se encuentra en tu paso.

—¿De verdad? —Sail bajó su mano y la introdujo dentro del pantalón. Sin pedir permiso, separó con sus dedos la escueta lencería e introdujo dos dedos dentro del sexo de ella y comenzó a juguetear en su interior—. Si estás cachonda perdida —le siguió susurrando—, eres una perra en celo cuando te cabreas y eso me vuelve loco, ya lo sabes.

—Sail… —murmuró.

—Di mi nombre, punto de correrte —jadeaba sobre la boca de la mujer.

—Sail…

—¡Vamos, grítame! —Sus dedos se movían cada vez más rápidos. Él seguía apoyándola sobre la pared. La besaba mientras que su otra mano buscaba dentro del escote el pezón al que presionar.

—Nosotros nos vamos… —habló Camal cogiendo a su esposa en brazos —. Tenemos un asunto que arreglar. He de castigar a esta mujer por haber salido sin la protección de su marido.

—Ajá… —respondió Sail sin mirarlos—. Vas a correrte, ¿verdad? Lo veo en tu cara. Tus ojos brillan y tus mejillas ya tienen ese sonrojo que adoro.

—¡Fuerte! —exigió Elsa—. Necesito que me folles con fuerza.

Sail sacó con rapidez la mano del sexo y la utilizó para alzarla en brazos y llevarla hasta el sillón. La puso espaldas a él. Le bajó los pantalones, se desabrochó la cremallera y, dirigiendo su gran erección hacia la apertura, la penetró con la intensidad que ella demandaba.

—¿Así? ¿Te gusta más así? —preguntaba al mismo tiempo que la bamboleaba con tanta intensidad que la cabeza de ella golpeaba sobre el respaldo del asiento.

—¡Sí! —gritó.

—¡Córrete, zorra! ¡Córrete para mí! —exclamaba entre gemidos—. ¿Quién es tu dueño? ¿Quién es el motor de tu vida? —Sus grandes manos agarraban la cintura de ella y la empalaba cada vez más salvaje, más bárbaro.

—¡Tú! —aulló presa del deseo.

—¡Grita mi nombre!

—¡¡Sail!!

Fue entonces cuando ambos jadearon con más vigor. Elsa se llevó las manos hacia los erectos pezones y los apretó como si se tratasen de pinzas. Levantó la cabeza ante el placer al que estaba siendo sometida y gritando de nuevo el nombre de su amante, se corrió. Sail sintió cómo una descarga invadía su sexo y notó viajar el semen por los conductos de este. Alzó también la cabeza y exclamó:

—¡Mía, joder, eres mía!

Ambos comenzaron a zarandearse. Sail agarró con más brío el cuerpo de su mujer para que no pudiera caer. Acercó su boca hacia la espalda y le dio un tierno beso.

—Que no se te olvide, desbocado.

—Yo también te quiero… —respondió Elsa.

La cálida luz solar pasaba con suavidad entre unas oscuras cortinas. Cuando Lucía abrió los ojos, descubrió que no estaba en su dormitorio. En efecto, todo lo sucedido no había sido una pesadilla. Sus manos tocaron la hinchada mejilla y expresó en su rostro cierto malestar, el dolor permanecía en la zona. Se sentó en la cama y quiso mirarse en el primer espejo que encontrara, pero no halló ninguno. La habitación estaba prácticamente desnuda. Una cama enorme, una pequeña mesita, una cómoda y una especie de sillón a los pies fue lo único que encontró. ¿Dónde la habían metido? Se levantó inquieta y se dirigió hacia la puerta, necesitaba salir de allí. Pero antes de poner la mano sobre el pomo para poder girarlo, alguien lo hizo primero.

—Buenos días, dormilona. —Elsa apareció con una enorme sonrisa. Llevaba en su mano un gran vaso de café.

—Buenos días. ¿Dónde estoy? —le preguntó mientras retrocedía para dejarla pasar.

—Estás en nuestra casa —la voz de Silvia apareció detrás del cuerpo de Elsa. —Ahh, eso me tranquiliza —dijo con sarcasmo.

—Sé que le había prometido a Silvia que no te presionaría, pero me resulta imposible ver esa cara y no preguntarte qué narices ha pasado. —Elsa posó el vaso en la mesita y se sentó sobre la cama.

—Es la pregunta del millón —respondió mientras atrapaba el café. Tras unos segundos de reflexión, se colocó frente a sus amigas y comenzó su relato —: Estaba furioso. Nunca lo había visto así. No creo que la razón fuese el vestido o el llegar más tarde de lo normal a casa. En verdad pienso que todo su coraje nació porque perdió el control de la situación. Como ya sabéis, todo ha estado supervisado por él, y que yo me desmadrara sin su permiso no sentó bien a su ego.

—Quizá yo también pierda el control… —advirtió Elsa endureciendo su rostro angelical.

—Lo debería haber dejado antes. Esto me ha pasado porque yo no he tenido el valor suficiente para abandonarlo. —Las miró con pesar.

—Nunca fue la mejor opción para ti. Siempre hemos creído que te involucraste en una relación que no era la idónea. En el convento se rumoreaba que el bastardo pagó a las monjas para que le recomendaran una chica de alto poder adquisitivo y docilidad. —Silvia permanecía de pie y observaba cada movimiento de su amiga.

—Yo también he llegado a esa conclusión… —murmuró apenada.

—Pero el pasado, pasado está —gritó Elsa—. Ahora debes comenzar una vida nueva, claro que antes hay que destrozar al cabrón.

—Primero quiero traer a mis hijos conmigo. Están con mi madre y he de advertirla, en la medida de lo posible, de que deben permanecer allí y no marcharse con Jorge porque si lo hacen, no los volveré a ver más. —Caminó hacia la mesita donde tenía el móvil para llamar a su casa, pero no tenía batería—. Necesito un teléfono.

—Puedes llamar desde la oficina, saldrá en oculto, de esta manera te ahorras dar explicaciones incómodas —dijo Silvia.

—Gracias, chicas, de verdad. Gracias por estar conmigo en estos momentos. Creo que si no llega a ser por vosotras, todavía estaría allí llorando por la vida que me ha tocado vivir. Sé que empezar de nuevo no va a fácil, pero si permanecéis a mi lado, lo superaré.

—Siempre… —Elsa estiró su mano derecha hacia el frente.

—Estaremos… —Silvia colocó la suya encima.

—Juntas —cerró el juramento Lucía.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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