Enamorado de Ella | Capítulo 10

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo X

Enamorado de Ella

Capítulo X…

Juramento

Fidel acompañó a su hermano al ático. No estaba seguro de cómo este iba a reaccionar ante la nueva situación. Nunca lo había visto tan destrozado, ni siquiera cuando descubrió que la arpía lo había engañado durante tanto tiempo tuvo un gesto de dolor en su rostro. Supo entonces que la ruptura fue una liberación para él. Pero esta ocasión era especial. Había llorado… ¿De verdad que se había enamorado de ella? Durante el trayecto, Andreu le contó que la había perseguido por toda la ciudad desde que abandonó el restaurante y que por ese motivo había llegado al club. Aquello le dejó anonadado; su hermano, la persona más cuerda del mundo, ¿persiguiendo a una mujer? «¡¡Ver para creer!!», se decía Fidel en sus pensamientos. Si Andreu incumplía normas, iba tras una mujer, se escondía como un hábil ladrón y se desnudaba para introducirse en un club de BDSM, tenía que ser por varias razones: drogas o que en efecto ella era su estrella. En el fondo, lo comprendía. Ella emanaba sexualidad por cada poro de su piel. Era difícil contener la mirada cuando pasaba cerca. No es que fuera la típica modelo de extrema delgadez, no. Lucía tenía unas buenas caderas, la espalda grande y unas piernas de vértigo. Su pelo azabache palidecía aún más su blanquecino rostro, ese que tapaba con un sutil maquillaje. La nariz pequeña y chata. Unos ojos verdes escarlata que cuando la mirabas deseabas caer a sus pies sin soltar ni una sola palabra. Sin olvidar los sonrojados y perfilados labios. Siempre que no hubiesen sido besados… A grandes rasgos le recordaba mucho a su amada; Alta y con esos andares que te hacen caer más rápido que una fila de fichas de dominó. Pero su mujer era más dura, más estricta, más dominante. Sonrió al recordar las terribles penurias a las que fue sometido hasta alcanzar el corazón de su Ama. La llamaban Ama Hielo porque nadie había conseguido calentar su cuerpo, hasta que llegó él y la cautivó con su dolor. Ofreciéndose como sacrificio en cada una de sus sesiones, despertó de su letargo al escondido corazón y comenzó a sentir amor.

Giró la vista hacia su hermano. Se apoyaba sobre la pared del salón y tenía la mirada perdida. Por más que había insistido en quedarse esa noche con él, este lo había rechazado categóricamente. No deseaba estar con nadie. Quería ahogar sus penas en soledad. No podía dejarlo así. No podía ver que el hermano, que había cuidado la familia desde que su padre falleció, que lo había sacado en más de una ocasión de la cárcel, se quedara con los brazos cruzados y bañado en ríos de lágrimas porque no volvería su amada. Ahora debía de hallar la manera de recompensar tantos años de generosidad.

—¿Estás seguro de que no quieres compañía? Esa bebida es mucho para ti, deberías compartirla. —Fidel estaba en la puerta viendo como Andreu atrapaba entre sus manos una botella de whisky.

—La ocasión lo merece, ¿no crees? —Se descalzó, se quitó el traje que le oprimía y se dirigió hacia el baño.

—Una ducha caliente te vendrá bien. Descansa, mañana te llamaré —le dijo mientras salía.

—Llámame el lunes, pienso estar inconsciente todo el fin de semana — gritó al mismo tiempo que abría el grifo de la ducha.

Andreu escuchó cómo se cerraba la puerta, ahora estaba solo. Dio un interminable sorbo a la botella comenzando así el deseado camino hacia el desfallecimiento. Cuando consiguiese estar en el momento más álgido de la borrachera, intentaría borrarla de su mente.

El agua caliente comenzaba a llenar la enorme bañera de porcelana blanca. Posó la botella sobre la cerámica verde esmeralda que rodeaba la tina caliente, y terminó de desnudarse. Le pareció una tarea bastante difícil puesto que el alcohol comenzaba a recorrer sus venas y no podía posar las manos con exactitud sobre las prendas. Se sumergió con lentitud en el agua. El vapor cubrió todo el baño. Parecía ofrecerle la imagen de tristeza y tenebrosidad que sentía su interior. Miró de reojo al enorme espejo que tenía enfrente y gruñó enojado. Cuando lo puso en el lugar soñó con ver reflejado el rostro de placer de la mujer que compartiese su vida. Vería proyectada innumerables situaciones sexuales que tendrían en el sitio. Caras repletas de sonrojo por la pasión, expresiones al gemir, el rápido movimiento del agua cuando la penetrase… Ese espejo revelaría esa oda al amor que tanto añoraba. Estuvo a punto de arrojar sobre él el bote de cristal que tenía en su derecha, pero al final le surgió una idea mejor. Se incorporó y escribió con espuma el nombre de ella. Regresó a la bañera y se dejó calentar por el agua que aún mantenía su temperatura. Sumergió la cabeza e intentó aguantar todo lo que pudiese hasta fallecer, pero no lo consiguió. El instinto de supervivencia logró hacerle respirar, recobrando así la vida que no deseaba vivir. Las manos taparon su cara y empezó a llorar con amargura. En el fondo odiaba sentirse así. Jamás hubo una mujer que lo hubiese noqueado como lo hizo Lucía. «¡Joder!», gritaba una y otra vez. Si hubiesen estado veinte minutos más, le habría pedido matrimonio… Apartó las manos de su cara y sintió algo fuera de lo normal, su sexo se había puesto erecto. Tan solo con el hecho de recordar los besos y las caricias que se habían regalado, la excitación volvía dura y exigente a su verga. Apoyó su cabeza sobre la almohadilla, cerró los ojos, y cubriendo con su mano el sexo alterado, empezó a masturbarse pensando en el olor de su pelo, en el balanceo de sus caderas, en la figura escandalosa que resaltaba el atrevido vestido, en la suavidad de la espalda, en sus besos, en sus susurros… Notaba cómo latía su verga, cómo convulsionaba preparándose para impulsar el semen viudo. Chilló el nombre de ella tantas veces como su polla escupía las inocuas semillas. No era la liberación de un sexo sin finalizar lo que necesitaba, demandaba tener cerca el cuerpo de la mujer que nombraba. Sintiendo todavía el leve temblor de su orgasmo, cogió la botella y bebió con ahínco. Medio desvaído por la sacudida y por el alcohol, se levantó de la bañera y, desnudo, caminó hacia el salón. Se paró cuando llegó al ventanal que daba a la amplia terraza. El cristal estaba empañado. Debía de hacer muchísimo frío fuera porque nunca lo había visto así. Sin embargo, más ebrio que sobrio, abrió la ventana y salió sin taparse para respirar el aire nocturno. Seguía agarrando la botella en su mano a cada paso que daba por la gélida terraza, daba un sorbo al whisky. Miró hacia el cielo y descubrió que había un montón de estrellas brillantes. Hacía mucho tiempo que no observaba una noche tan estrellada. Apoyó la mano libre sobre una de las tumbonas que había por allí y comenzó a hablar en voz alta.

—Mi padre me enseñó a no rendirme jamás —balbuceaba a las estrellas levantando la mano de la botella—, a luchar por todo lo que amaba: Familia, trabajo, amigos, amor… —Algo de baba caía por una de las comisuras de sus hermosos pero incontrolados labios—. ¡Y voy a seguir su consejo! Yo, Andreu Voltaire, hago el siguiente juramento: no me daré por vencido hasta que esa mujer sea mía. ¿Habéis escuchado? —gritó y, resbalándose, cayó desplomado al suelo.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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