Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 7

Portada - Yo te Miro

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo VII

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo VII…

El alto fae de cabellos dorados y Lucien estaban sentados a la mesa cuando Alis me condujo al comedor. Ya no había platos frente a ellos, pero los dos seguían tomando tragos cortos en copas de oro. Oro verdadero, no pintado ni chapado. Me pasaron por la mente nuestros cubiertos, todos diferentes entre sí, mientras me detenía en medio de la habitación. Tanta riqueza…, tanta riqueza deslumbrante, y nosotros sin nada.

«Bestia medio salvaje», me había llamado Nesta. Pero comparada con él, comparada con este lugar, comparada con la forma elegante con que ellos sostenían las copas de oro, la forma en que el de pelo dorado me había llamado humana…, nosotros éramos las bestias medio salvajes. Aunque ellos fueran los que podían meterse en una piel con pelo y garras.

La comida seguía en la mesa, la combinación de aromas de las especias me llamaba por el aire. Me estaba muriendo de hambre, me sentía terriblemente mareada.

La máscara del alto fae de cabello dorado brillaba con los últimos rayos del sol de la tarde.

—Antes de que me preguntes de nuevo, te aviso: no va a pasarte nada si comes. —Indicó la silla al otro lado de la mesa. No vi señal alguna de las garras. Cuando no me moví, suspiró con fuerza—. ¿Qué quieres, entonces?

No dije nada. Comer, escaparme, salvar a mi familia…

Lucien habló con mucha lentitud desde el otro lado de la mesa.

—Te lo dije, Tamlin. —Volvió la mirada a su amigo—. Tus habilidades con las hembras se han oxidado un poco en las últimas décadas.

Tamlin. Él miró a Lucien con furia, y se removió en la silla. Yo traté de no ponerme rígida frente a la otra información que había dejado escapar Lucien: «Décadas».

Tamlin no parecía mucho mayor que yo, pero su especie era inmortal. Tal vez tenía cientos de años. Miles. La boca se me secó cuando estudié esas caras raras, enmascaradas…, no humanas, primarias, imperiosas. Como dioses inmóviles o cortesanos salvajes.

—Bueno —dijo Lucien; el único ojo que le quedaba estaba ahora fijo en mí—, después de todo no tienes tan mal aspecto. Un alivio, supongo, ya que vas a vivir con nosotros. Aunque la túnica no es tan bonita como un vestido.

Lobos listos para saltar sobre la presa, eso eran, como su amigo muerto. Yo era totalmente consciente de mi situación, y tomé aire para decir:

—Preferiría no usar vestido.

—¿Y por qué no? —preguntó Lucien con voz suave. Fue Tamlin el que contestó por mí.

—Porque matarnos es más fácil en pantalones.

Mantuve la cara impasible y obligué a mi corazón a calmarse mientras decía:

—Ahora que estoy aquí, ¿qué pensáis hacer conmigo?

Lucien hizo un ruidito despectivo, pero Tamlin ladró impaciente:

—Siéntate.

Había una silla vacía cerca del extremo de la mesa. Tanta comida caliente y cubierta de especias tentadoras… Seguramente los sirvientes habían llevado más mientras yo me lavaba. Tanto gasto inútil. Cerré las manos hasta que se convirtieron en puños.

—No vamos a morderte. —Los dientes blancos de Lucien brillaron de una forma que sugería lo contrario. Yo evité la mirada, evité ese ojo metálico, extraño, animado, que ponía el foco en mí mientras me acercaba muy despacio a la silla y me sentaba.

Tamlin se levantó, caminó alrededor de la mesa, acercándose cada vez más; sus movimientos eran suaves y letales, un predador cuya sangre era poder puro. Me supuso un esfuerzo quedarme quieta, sobre todo cuando él cogió un plato, me lo acercó y puso algo de carne y salsa en él.

Dije con la voz tranquila:

—Puedo servirme sola. —Cualquier cosa, cualquiera, con tal de mantenerlo lejos de mí.

Tamlin se detuvo, tan cerca que un movimiento rápido de esas garras que acechaban bajo la piel podría haberme desgarrado el cuello. ¿Por eso era que la banda de cuero no tenía armas? ¿Quién las necesitaba cuando uno mismo era un arma?

—Es un honor para un ser humano que lo sirva un alto fae —dijo él con la voz ronca.

Yo tragué saliva. Él siguió apilando comida en el plato. Se detuvo solo cuando este estuvo repleto de carne, salsa y pan, y después me llenó el vaso de vino blanco, brillante. Solté el aire retenido cuando volvió a su asiento, y seguramente él lo oyó.

No quería otra cosa que enterrar la cara en el plato y comer y seguir comiendo todo lo que había en la mesa, pero apreté las manos contra los muslos y miré con detenimiento a los dos inmortales.

Ellos me observaron, los ojos demasiado fijos para que fuera una mirada casual. Tamlin se enderezó un poquito.

—Tienes…, tienes mejor aspecto que antes.

¿Era un cumplido? Yo podría haber jurado que Lucien le hacía un gesto de asentimiento a Tamlin.

—Y tienes el cabello… limpio.

Tal vez era el hambre desesperada que tenía lo que me llevaba a alucinar ese pobre intento de halago. Sin embargo, me recliné en la silla y hablé, sin levantar la voz, como le hubiera hablado a cualquier predador.

—¿Sois alto fae…, de la nobleza de los inmortales?

Lucien tosió y miró a Tamlin.

—Creo que eres capaz de contestar eso.

—Sí —asintió Tamlin, con el entrecejo fruncido como si buscara algo que decirme. Después, se decidió y continuó—: Los dos somos altos fae.

De acuerdo. Un hombre…, un inmortal… de pocas palabras. Yo había matado a su amigo, era una invitada no querida. Claro que él no tenía ganas de hablarme.

—¿Qué vais a hacer conmigo ahora que estoy aquí?

Los ojos de Tamlin seguían fijos en mí.

—Nada. Haz lo que tú quieras.

—Entonces, ¿no soy vuestra esclava? —me atreví a preguntar. Lucien se ahogó con el vino. Pero Tamlin no sonrió.

—No tenemos esclavos.

Disimulé el alivio de la tensión en el pecho.

—¿Y qué hago con mi vida aquí, entonces? —insistí—. ¿Queréis que me gane…, que me gane lo que como? ¿Que trabaje? —Si él no lo había pensado antes era una estupidez hacer esa pregunta, pero yo tenía… tenía que saber.

Tamlin se puso tenso.

—Lo que hagas con tu vida no es problema mío.

Lucien se aclaró la garganta con mucha intención y Tamlin le echó una mirada furiosa. Después de un intercambio que no entendí, Tamlin suspiró y dijo:

—¿No… no tienes pasatiempos?

—No. —No era verdad, pero no pensaba explicarle que me gustaba pintar. No cuando aparentemente le costaba tanto hablarme de forma civilizada.

Lucien musitó:

—Tan típico de los humanos…

La boca de Tamlin se ladeó en una mueca.

—Haz lo que quieras con tu tiempo. Pero no te metas en problemas.

—Así que pensáis retenerme para siempre. —Lo que yo quería decir era: «Así que voy a quedarme en medio de este lujo mientras mi familia se muere de hambre…».

—Yo no hice las reglas —dijo Tamlin, lacónico.

—Mi familia se está muriendo, se mueren de hambre —dije. No me importaba ponerme de rodillas y rogar… No era por eso. Había dado mi palabra y la había mantenido tanto tiempo que no era nada ni nadie sin ella—. Por favor, dejadme ir. Tiene que haber… tiene que haber una manera de darles otra interpretación a las reglas del tratado…, otra forma de expiar lo que hice.

—¿Expiar? —dijo Lucien—. ¿Te disculpaste acaso?

Por lo visto, se habían terminado los intentos de halagarme. Así que miré a Lucien directamente al ojo que le quedaba y dije:

—Lo lamento.

Lucien se inclinó hacia atrás en la silla.

—¿Cómo lo mataste? ¿Fue una lucha sangrienta o un asesinato a sangre fría?

Se me tensó la espalda.

—Le disparé una flecha de madera de fresno. Y después una común en el ojo. No peleó. Tras el primer ataque, lo único que hizo fue mirarme.

—Pero lo mataste de todos modos…, lo mataste aunque no hizo ningún movimiento para atacarte. Y después le arrancaste la piel —siseó Lucien.

—Basta, Lucien —interrumpió Tamlin a su amigo. Su voz fue como un ladrido —. No quiero oír ningún detalle. —Se volvió hacia mí, oscuro, brutal, inflexible.

Yo hablé antes de que él pudiera decir nada.

—Mi familia no va a durar ni un mes sin mí. —Lucien soltó una risita y yo apreté los dientes—. ¿Sabéis lo que es tener hambre? —pregunté mientras la rabia devoraba mi sentido común—. ¿Sabéis lo que es no tener ni idea de cuándo vas a comer de nuevo?

La mandíbula de Tamlin se había puesto tensa.

—Tu familia está viva y bien atendida. ¿Tan baja es tu opinión de los inmortales que crees que soy capaz de llevarme a su única fuente de ingresos y alimento y no reemplazarla?

Yo me enderecé.

—¿Lo juráis? —Aunque los inmortales no podían mentir, tenía que asegurarme.

Se rio con incredulidad.

—Por todo lo que soy y lo que poseo.

—¿Por qué no me lo dijisteis cuando salimos de la choza?

—¿Me habrías creído? ¿Me crees ahora? —Las garras de Tamlin se hundieron en los apoyabrazos de su silla.

—¿Por qué iba a creer una sola palabra que vos me dijerais? Vosotros sois maestros en enredar las verdades y usarlas en vuestro beneficio.

—Algunos dirían que es poco sensato insultar a un fae en su propia casa —gruñó Tamlin—. Algunos dirían que deberías estar agradecida conmigo porque te encontré antes de que otro de mi especie se presentara a cobrar la deuda, agradecida conmigo por perdonarte la vida y ofrecerte la oportunidad de vivir rodeada de esta comodidad.

Me puse de pie de un salto. ¡A la mierda la sensatez! Estaba por derribar la silla cuando unas manos invisibles me cogieron de los brazos y me volvieron a sentar.

—No hagas lo que estás pensando hacer, sea lo que sea —dijo Tamlin. Me quedé inmóvil mientras el olor de la magia me rozaba la nariz. Traté de retorcerme en la silla, busqué los lazos invisibles. Pero tenía los brazos bien sujetos y la espalda aplastada contra la madera con tanta fuerza que me dolía. Miré el cuchillo junto al plato. Debería haberlo levantado primero…, fuera o no un esfuerzo inútil.

—Te lo voy a decir una sola vez. —La voz de Tamlin era amenazadoramente suave—. Solo una y después quedará en tus manos, humana. No me importa si te vas a vivir a otro lugar de Prythian. Pero si cruzas el muro, si te escapas, nadie va a seguir cuidando a tu familia.

Esas palabras fueron como si hubiera lanzado piedras contra mi cabeza. Si me escapaba, si trataba de huir, con toda probabilidad él hundiría a mi familia. Y aunque me atreviera a correr ese riesgo…, aunque consiguiera llegar hasta ellos, ¿adónde los llevaría? No podía meter a mis hermanas en un barco…, cuando llegáramos al lugar que eligiéramos, fuera cual fuese, un lugar seguro, no tendríamos dónde vivir. Pero que él usara el bienestar de mi familia como arma contra mí, que amenazara su supervivencia si yo no obedecía…

Abrí la boca, pero su voz despectiva, su grito, hizo vibrar los vasos.

—¡¿No te parece justo?! Y si te escapas, tal vez no tengas tanta suerte con el que vaya a buscarte la próxima vez. —Volvió a esconder las garras dentro de los nudillos —. La comida no está encantada, no tiene drogas y es culpa tuya si te desmayas. Así que vas a sentarte a esa mesa, Feyre, y vas a comer. Y Lucien va a hacer todo lo que pueda para ser cortés. —Echó una mirada aguda en dirección a su amigo. Lucien se encogió de hombros.

Los lazos invisibles se aflojaron y yo hice una mueca mientras desentumecía las manos al lado de la mesa. Los lazos en las piernas y en la cintura seguían ahí. Una mirada a los ojos ardientes, verdes, de Tamlin me dijo lo que yo quería saber: era su invitada, pero no iba a levantarme de la mesa hasta que hubiera comido algo. Pensaría más tarde en mi súbito cambio de planes. Ahora…ahora miré el tenedor de plata y lo levanté con mucho cuidado.

Me vigilaban, vigilaban todos mis movimientos, hasta el temblor de la nariz cuando olí la comida que tenía en el plato. No parecía haber ningún aroma metálico. Y los inmortales no mentían. Así que él había dicho la verdad sobre la comida. Pinché un pedacito de pollo y me lo metí en la boca.

Fue un esfuerzo no dejar escapar un gemido. No había probado nada semejante en años. Comparado con eso, incluso lo que comíamos antes de la ruina de mi padre sabía a ceniza. Me comí el plato entero en silencio, demasiado consciente de la mirada de los altos fae, que controlaban cada mordisco, pero cuando estiré la mano para coger otro pedazo de tarta de chocolate, la comida desapareció. Desapareció bruscamente como si nunca hubiera existido, y no quedó ni una miga.

Me tragué lo que tenía en la boca, apoyé el tenedor en la mesa para que no vieran que me temblaba la mano.

—Un bocado más y lo hubieras vomitado todo —dijo Tamlin mientras tomaba un trago de su copa.

Los lazos que me retenían se aflojaron. Era un permiso silencioso para que me retirara.

—Gracias por la comida —dije. Era lo único que se me ocurría.

—¿No vas a quedarte a tomar algo de vino? —dijo Lucien, como un veneno suave, desde donde estaba sentado.

Puse las manos sobre los apoyabrazos de mi asiento para levantarme.

—Estoy cansada. Me gustaría dormir.

—Hace décadas que no veo a uno de vosotros. —Lucien hablaba despacio—. Pero vosotros no cambiáis nunca, así que no creo equivocarme cuando pregunto por qué razón os parece tan desagradable nuestra compañía cuando es probable que los hombres de allá no sean gran cosa.

En el otro extremo de la mesa, Tamlin le echó una mirada larga, de advertencia. Lucien lo ignoró.

—Vos sois alto fae —dije tensa—. Os preguntaría entonces para qué os molestáis en invitarme…, en cenar conmigo. —Qué tonta era… Esos dos podrían haberme matado cien veces.

Lucien dijo:

—Cierto. Pero hazme un favor y contesta: eres una mujer humana y sin embargo prefieres comer carbón antes que sentarte con nosotros más de lo necesario. Olvida esto. —Hizo un gesto leve hacia el ojo de metal y la cicatriz brutal que le cruzaba la cara—. Seguramente no somos tan feos. —Típica arrogancia inmortal. Por lo menos en eso las leyendas tenían razón. Me guardé ese pensamiento—. A menos que tengas a alguien en tu casa. A menos que haya una fila de pretendientes en la puerta de tu covacha que haga que nosotros te parezcamos gusanos…

Había mucho de rabia en eso, y sentí cierta satisfacción cuando dije:

—Tenía un trato cercano con un hombre de mi aldea.

Antes de que ese tratado me arrancara de ahí, antes de que fuera tan claro que los altos fae pueden hacernos lo que quieran y nosotros no tenemos con qué devolver el golpe.

Tamlin y Lucien intercambiaron miradas, pero fue Tamlin el que preguntó:

—¿Estás enamorada de ese hombre?

—No —dije, con voz tan indiferente como pude. No era mentira, y si yo hubiera sentido algo así por Isaac, mi respuesta habría sido la misma. Ya era bastante que un alto fae supiera que existía mi familia. No necesitaba agregar a Isaac a esa lista

Por segunda vez, se volvieron a mirar.

—¿Amas a otro? —preguntó Tamlin a través de los dientes apretados. A mí se me escapó una risa histérica.

—No. —Los miré a los dos. Qué estupidez. Esos seres letales, inmortales…, ¿no tenían nada mejor que hacer?—. ¿En serio es eso lo que queréis saber sobre mí? ¿Si sois más hermosos para mí que los hombres humanos? ¿Si tengo un hombre en casa? ¿Para qué os preocupáis por preguntarlo si estoy condenada a quedarme aquí durante el resto de mi vida? —Una corriente roja de rabia me corrió por los sentidos.

—Queremos saber más de ti porque vas a quedarte durante un buen tiempo —dijo Tamlin; sus labios eran como una línea fina—. Pero la vanidad de Lucien suele ganar a sus modales. —Suspiró como si estuviera listo para acabar conmigo y dijo—: Vete a descansar. La mayor parte de los días estamos muy ocupados, así que si necesitas algo, pídeselo al personal. Ellos se encargarán.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué sois tan generoso?

Lucien me observó con una mirada que sugería que él tampoco tenía ni idea, que al fin y al cabo yo había matado a su amigo, pero Tamlin fijó los ojos en mí durante un largo momento.

—Porque mato demasiado —dijo por fin, encogiendo los anchos hombros—. Y tú eres lo suficientemente insignificante como para no molestar en estas tierras. A menos que decidas empezar a matarnos.

Un calor leve me subió a las mejillas, al cuello. Insignificante…, sí, yo era insignificante para esas vidas, insignificante frente a ese poder. Tan insignificante como los dibujos desvaídos, descascarillados, que había pintado en la choza.

—Bueno…, gracias —dije, aunque no sentía ningún tipo de agradecimiento.

Él inclinó la cabeza en un gesto distante y me hizo un ademán para que me fuera. Despedida. Como la despreciable humana que era. Lucien levantó el mentón y me mostró una media sonrisa perezosa.

Ya había tenido suficiente. Me puse de pie y retrocedí hacia la puerta. Darles la espalda habría sido como darle la espalda a un lobo que podía decidir en un instante si matarme o perdonarme la vida. Ellos no dijeron nada cuando me deslicé por la puerta y salí al pasillo.

Un momento después, la risa como un ladrido de Lucien hizo eco en los pasillos, seguida por un gruñido agudo, feroz, que lo obligó a callarse.

Esa noche dormí a ratos; la traba que cerraba la puerta de mi habitación parecía
una burla.

Me desperté por completo antes del alba, pero seguí mirando el techo adornado con filigranas, cómo se colaba la luz creciente entre las cortinas, saboreando la suavidad del colchón. En casa, yo salía de la choza apenas amanecía, aunque mis hermanas me chistaban para que no hiciese ruido todas las mañanas, enojadas porque yo las despertaba temprano. Si hubiera estado en casa, ya habría ido a los bosques, no habría querido perder ni un momento de la preciosa luz del sol, estaría escuchando la charla adormilada de los pocos pájaros del invierno. En lugar de eso, ese dormitorio y la casa más allá de las paredes se hallaban en silencio; la enorme cama, desconocida y vacía. Una pequeña parte de mí extrañaba la tibieza de los cuerpos de mis hermanas contra el mío.

Nesta estaría estirando las piernas y sonriendo en ese espacio más grande. Seguro que me imaginaba en el vientre de un inmortal; probablemente eso la satisfacía y contaría la noticia para hacerse la víctima con los aldeanos. Tal vez mi fatídico destino haría que algunos entregaran, compasivos, unas sobras a mi familia. O tal vez Tamlin les había dado suficiente dinero o comida, o lo que él supusiera que significaba «cuidarlos», y así sobrevivirían ese invierno. O tal vez los aldeanos se habían puesto en contra de mi familia, tal vez no querían que los asociaran con Prythian, tal vez los habían echado de la aldea.

Enterré la cabeza en la almohada y subí las mantas más arriba. Si Tamlin les había dado algo, y si esos beneficios fueran a terminar apenas yo cruzara el muro, seguramente en lugar de festejar mi regreso lo lamentarían.

«Tienes el cabello… limpio».

Un cumplido patético. Yo suponía que si él me había invitado a vivir ahí, me había perdonado la vida, no era del todo… malvado. Quizá había estado tratando de suavizar de algún modo la forma horrible en que nos habíamos conocido. Quizá habría una forma de persuadirlo de que encontrase un resquicio para hacer que la magia del tratado me dejara ir. Y si no un resquicio, puede que una persona…

Estaba pasando de un pensamiento a otro, intentando entender ese laberinto de sucesos, cuando oí un ruido en la traba de la puerta y…

Un golpe y un alarido. Me puse en pie de un salto y encontré a Alis derrumbada en el suelo. La soga que había hecho con los adornos de las cortinas colgaba suelta desde el lugar en que la había colocado para que golpeara la cara de cualquiera que entrase en la habitación. No había podido hacer más que eso.

—Perdón, perdón —balbucí, y salté de la cama, pero Alis ya se había levantado y refunfuñaba mientras se alisaba el delantal. Frunció el entrecejo, mirando la soga que colgaba de un gancho.

—¿Qué es esto?, ¡por el sagrado nombre del Caldero…!

—No supuse que entraría nadie tan temprano. Pensaba sacarlo y…

Alis me examinó de pies a cabeza.

—¿Y creéis que un poquito de soga, un golpe en la cara, va a impedir que os rompa los huesos? —Se me congeló la sangre en las venas—. ¿Pensasteis que esto nos haría algo… a cualquiera de nosotros?

Yo me habría seguido disculpando de no ser por el desprecio que noté en sus palabras. Crucé los brazos.

—Es solo una alarma para tener tiempo para huir. No una trampa.

Ella parecía dispuesta a escupirme, pero de pronto entrecerró los ojos.

—No sois más rápida que nosotros, muchacha —dijo.

—Lo sé —asentí, con el corazón por fin tranquilo—. Pero prefiero estar preparada ante la muerte.

Alis ladró una risa.

—Mi señor os dio su palabra: podéis vivir aquí. Vivir, no morir. Nosotros obedecemos. —Estudió el pedazo de soga que colgaba frente a ella—. ¿Teníais que arruinar esas hermosas cortinas?

Yo no quería… traté de impedirlo, pero me surgió en los labios una sonrisa. Alis se dirigió con grandes zancadas hasta lo que quedaba de las cortinas y las abrió; al otro lado, el cielo seguía siendo de un color azul oscuro, casi negro, con pinceladas de tonos magenta y naranja de la aurora creciente.

—Perdón —me disculpé de nuevo.

Alis hizo chasquear la lengua.

—Por lo menos estáis dispuesta a luchar, muchacha. Eso tengo que admitirlo.

Abrí la boca para contestar, pero en ese momento entró otra sirvienta con una máscara de pájaro y una bandeja con el desayuno en la mano. Me deseó buenos días en tono cortante, puso la bandeja en una mesita junto a la ventana y desapareció en la cámara de baño que estaba a un lado. El sonido del agua corriente llenó la habitación.

Me senté a la mesa y estudié la avena, los huevos y la panceta…, sí, panceta. La comida seguía siendo parecida a la que conocíamos al otro lado del muro. No sé por qué había esperado otra cosa. Alis sirvió una taza de algo que se parecía al té en aspecto y en olor: aromático, de cuerpo fuerte, sin duda importado y muy costoso. Prythian y mi tierra no eran exactamente lugares fáciles de alcanzar.

—¿Qué es este lugar? —pregunté con voz tranquila—. ¿Dónde está este lugar?

—Es seguro, y eso es lo único que hace falta que sepáis —dijo Alis, dejando la tetera sobre la mesa—. Al menos esta casa lo es. Si vais a estar husmeando por ahí, manteneos alerta.

Bien. Si ella no iba a responder a eso… lo intentaría de otro modo.

—¿De qué clase de… inmortales debo cuidarme?

—De todos —respondió—. La protección de mi señor solo funciona en este territorio. Van a perseguiros y a mataros únicamente por ser humana…, y eso sin contar lo que le hicisteis a Andras.

Otra respuesta inútil. Me dediqué a mi desayuno, saboreando cada sorbo de té, y ella se dirigió a la cámara de baño. Cuando terminé de comer y de bañarme, rechacé la oferta de Alis y me vestí con otra túnica exquisita, esta de un púrpura tan profundo que podría haber sido negro. Deseaba saber el nombre de ese color. Me puse las botas marrones que había usado la noche anterior, y cuando me senté frente a la cómoda de mármol para que Alis me trenzara el cabello, hice una mueca al observar mi reflejo.

No era agradable…, aunque no por el aspecto. Tenía la nariz bastante recta, rasgo que había heredado de mi madre. Recordaba todavía cómo arrugaba la nariz para expresar una alegría fingida cuando uno de sus amigos fabulosamente ricos hacía una broma en absoluto divertida. Pero por lo menos tenía la boca de rasgos suaves, como mi padre, aunque esa boca convertía en una burla las mejillas demasiado hundidas. No quise mirarme los ojos levemente rasgados hacia arriba. Yo sabía que habría visto a Nesta o a mi madre mirándome. A veces me había preguntado por qué se había sentido tan insultada mi hermana por mi aspecto. Yo no era tan fea, pero… tenía demasiado en mí de personas que habíamos amado y odiado para que Nesta lo tolerara. Para que yo lo tolerara.

Aunque suponía que para Tamlin…, para un alto fae acostumbrado a la belleza etérea, sin mácula, había sido difícil encontrar un cumplido para hacerme. Maldito inmortal.

Alis terminó de hacerme la trenza y yo salté desde el taburete antes de que ella pudiera ponerme flores en el pelo; las había llevado en una canasta. Habría vivido según correspondía a mi nombre si no hubiera sido por la pobreza, pero nunca me había importado demasiado el aspecto. La belleza no significaba nada en el bosque.

Cuando le pregunté a Alis qué tenía que hacer ahora —qué tenía que hacer con el resto de mi vida mortal—, ella se encogió de hombros y sugirió una caminata por los jardines. Casi me reí, pero mantuve la lengua quieta. Habría sido una tontería ofender a aliados potenciales. Dudaba que ella tuviera el oído de Tamlin y todavía no podía preguntarle según qué, pero por lo menos la charla me daba la oportunidad de entender en parte lo que me rodeaba… y averiguar si había alguien que pudiera hablarle a Tamlin por mí.

Los pasillos estaban silenciosos y vacíos, lo que era raro para unas tierras tan grandes. Había oído los nombres de otros inmortales la noche anterior, pero no había visto ni oído señales de ellos. En los pasillos flotaba una brisa fragante con perfume a… jacintos —los conocía aunque solo fuera de haberlos visto en el jardincito de Elain— y arrastraba consigo el trino agradable de un verderón, un pájaro que en casa no habríamos oído hasta dentro de varios meses, si es que alguna vez lo oíamos.

Casi había llegado a la escalera principesca cuando me fijé en las pinturas.

El día anterior no me había permitido mirar, pero ahora, en el pasillo vacío, sin nadie que me viera…, me detuvo un rayo de color sobre el fondo sombrío, triste, una rebeldía de color y textura que me obligó a permanecer frente al marco dorado.

Nunca…, nunca había visto nada semejante.

«Es una naturaleza muerta, nada más», se dijo una parte de mí. Y eso era: un florero de cristal verde con un ramo variado de flores que se abrían desde la boca estrecha del mismo, pimpollos y pétalos de todas las formas, tamaños y colores: rosas, tulipanes, peonías, campanillas azules, botones de oro, lazos de novia…

La habilidad con que se había hecho esa pintura tan parecida a la vida, más viva que la propia vida… Solamente un florero contra un fondo oscuro… pero mucho más que eso: las flores parecían vibrar con una luz propia, como desafiando las sombras que se reunían a su alrededor. La maestría que se necesitaba para hacer que el florero captara esa luz, redoblara la luz dentro del agua, como si tuviera peso propio sobre el pedestal de piedra… Era increíble.

Lo hubiera mirado durante horas —mirar las innumerables pinturas colocadas a lo largo de ese único pasillo me habría llevado todo el día—, pero… el jardín. Planes.

Y sin embargo, cuando me alejé caminando, me fue imposible negar que el lugar donde me encontraba era mucho más… civilizado de lo que yo había esperado. Pacífico, incluso, aunque me costara admitirlo.

Y si los altos fae eran más amables de lo que me habían hecho creer las leyendas y los rumores humanos, entonces tal vez no fuera tan difícil convencer a Alis de mi desdicha. Si me la ganaba, si la convencía de que el tratado se había equivocado al pedir ese pago, tal vez ella intentaría encontrar una forma de que yo pagara la deuda y…

—Tú —dijo alguien, y salté hacia atrás un paso. Bajo la luz de las puertas de cristal que daban al jardín se dibujaba una enorme silueta masculina.

Tamlin. Llevaba puesta su ropa de guerrero, cortada para resaltar su cuerpo atlético. Tenía tres simples cuchillos colocados en la banda de cuero, tan largos como para pensar que era muy capaz de destriparme tan fácilmente con ellos como con las garras de bestia que escondía bajo la piel. Llevaba el pelo rubio recogido hacia atrás. Su cara despejada revelaba las orejas puntiagudas y la máscara extraña, hermosa.

—¿Adónde vas? —dijo, con voz lo bastante brusca como para sonar casi como una orden. «Tú…». Me pregunté si recordaba mi nombre.

Tardé un momento en obligar a mis piernas a que se enderezaran desde mi posición en cuclillas.

—Buenos días —dije sin expresión. Era un saludo mejor que: «Tú»—. Dijisteis que podía pasar mi tiempo como quisiera. No sabía que estaba bajo arresto en la casa.

Su mandíbula volvió a tensarse.

—Claro que no estás bajo arresto.

Mientras él mascaba aquellas palabras, yo no conseguí ignorar la belleza pura, masculina, de su fuerte mandíbula, la riqueza de la piel tostada, dorada. Era probable que fuera atractivo… si se sacara la máscara.

Cuando se dio cuenta de que no iba a contestarle, me mostró los dientes en lo que yo supuse que era un intento de sonrisa y dijo:

—¿Quieres una visita guiada?

—No, gracias —me las arreglé para decir, consciente de cada movimiento incómodo que hacía mi cuerpo mientras lo rodeaba para seguir adelante, hacia el jardín.

Él me cortó el paso… y se acercó tanto que tuve que retroceder.

—He estado sentado ahí dentro toda la mañana. Necesito aire. —«Y tú eres tan insignificante que no me molestarías».

—Estoy bien —dije, tratando de alejarme como por casualidad—. Ya habéis sido demasiado generoso conmigo… —Procuré sonar como si lo sintiera.

Una media sonrisa no tan agradable. No estaba acostumbrado a que lo rechazaran; de eso no tuve dudas.

—¿Tienes algún problema en particular conmigo?

—No —respondí con tranquilidad, y me fui caminando por la puerta.

Él dejó escapar un ruido despectivo.

—No voy a matarte, Feyre. Yo no rompo mis promesas.

Casi me caí por los escalones que bajaban al jardín porque me volví para mirarlo por encima del hombro. Él permaneció de pie, sin moverse, tan sólido y ceremonioso como las pálidas piedras de la mansión.

—Matarme no… Pero ¿y hacerme daño? Esas palabras, ¿son una trampa? ¿Una que puede usar Lucien contra mí…, o cualquier otro en este lugar?

—Tienen órdenes estrictas de no tocarte.

—Pero sigo atrapada en vuestro reino, y por romper una regla que yo ni siquiera sabía que existía. ¿Por qué estaba vuestro amigo en los bosques ese día? Yo creía que el tratado prohibía a los inmortales entrar en nuestras tierras.

Él se limitó a mirarme. Me pregunté si no habría ido demasiado lejos. Tal vez lo había provocado en exceso. Quizá él se daba cuenta de por qué se lo había preguntado.

—Ese tratado —dijo él con tranquilidad— no nos prohíbe hacer nada, no a nosotros, nada excepto esclavizar a humanos. El muro es un inconveniente. Si quisiéramos, podríamos atravesarlo y matarlos a todos.

Puede que estuviera obligada a vivir en Prythian para siempre, pero mi familia… Me atreví a preguntar:

—¿Y a vos os gustaría hacerlo?

Él me miró de arriba abajo, como si estuviera decidiendo si yo valía el esfuerzo de darme una explicación.

—No tengo interés en las tierras de los mortales, aunque desconozco las intenciones de los otros de mi especie.

Pero seguía sin contestar a mi pregunta.

—Entonces ¿qué estaba haciendo vuestro amigo allí?

Tamlin se quedó inmóvil. Tenía una gracia extraterrenal, primaria, hasta en la respiración.

—Hay…, hay una enfermedad en estas tierras. En todo Prythian. Ya hace cincuenta años que existe. Por eso esta casa y estas tierras están tan vacías. La mayoría de los míos se marcharon. La peste se extiende lentamente, pero ha hecho que la magia actúe… de una manera extraña. Mis poderes también están disminuidos. Estas máscaras —se tocó la suya—…, estas máscaras son el resultado de un brote de la enfermedad que tuvimos durante un baile de disfraces hace cuarenta y nueve años. Y seguimos sin poder sacárnoslas.

Atrapados detrás de las máscaras… durante casi cincuenta años. Yo me hubiera vuelto loca, me habría arrancado la piel de la cara.

—No llevabais máscara cuando erais una bestia… y vuestro amigo tampoco.

—La peste es cruel.

Vivir como bestia o vivir con la máscara.

—¿De qué… de qué clase de enfermedad se trata?

—No es una enfermedad, en realidad no es una plaga en el sentido estricto. Tiene que ver solamente con la magia, con los que viven en Prythian. Andras había atravesado el muro ese día porque lo mandé a buscar una cura.

—¿Y puede perjudicar a los humanos? —Se me retorció el estómago—. ¿Se va expandir al otro lado del muro?

—Sí —asintió él—. Hay… hay una posibilidad de que afecte a los mortales y a su territorio. Más que eso, no lo sé. Se mueve con lentitud y tu especie está a salvo por ahora. No ha progresado en décadas… La magia parece estable aunque está débil. — Que hubiera admitido todo eso decía muchísimo sobre la forma en que él se imaginaba mi futuro: yo nunca volvería a casa, nunca me encontraría con otro ser humano a quien pudiera darle noticias de esa vulnerabilidad secreta.

—Una mercenaria me dijo que creía que tal vez los inmortales estaban preparándose para atacar. ¿Está relacionado con esto?

Un rastro de sonrisa, tal vez un toque de sorpresa.

—No lo sé. ¿Hablas mucho con mercenarios?

—Hablo con cualquiera que se moleste en decirme algo útil.

Él se irguió y solamente su promesa de no matarme impidió que yo me cubriera para defenderme. Entonces echó los hombros hacia atrás, como intentando ignorar el insulto.

—Ese cable que ataste en tu habitación, ¿era para mí?

Hice un ruido con los labios.

—¿No os parece lógico por mi parte?

—Tal vez pueda vivir dentro de la forma de un animal, Feyre, pero soy civilizado.

Así que recordaba mi nombre. Pero le miré las manos, las puntas de las garras, afiladas como navajas, que se insinuaban a través de la piel tostada.

Él notó la mirada y ocultó las manos detrás de la espalda.

—Te veré a la hora de la cena —dijo con voz afilada.

No era una pregunta, y yo asentí mientras me alejaba entre los setos; no me importaba adónde ir, lo único que quería era que él se quedara muy atrás.

Una enfermedad en sus tierras que afectaba a la magia y secaba el poder que tenían… Una peste mágica que tal vez un día llegaría al mundo humano. Después de tantos siglos sin magia, nosotros no teníamos defensa contra ella, contra lo que fuera que eso pudiera hacerles a los humanos.

Me pregunté si algún alto fae se preocuparía por avisar a los míos. No me llevó mucho tiempo encontrar la respuesta.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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