Enamorado de Ella | Capítulo 18

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo XVIII

Enamorado de Ella

Capítulo XVIII…

Sexo delicioso

Silvia todavía estaba atrapada entre los brazos de su esposo y balanceaba sus pecadoras caderas sobre la erección, la cual, crecía por segundos hasta un tamaño inimaginable. La verdad era que después de tanto estrés un poco de sexo no le vendría mal. Los ojos de Camal estaban llenos de deseo y el roce de sus manos sobre su cuerpo era una deliciosa oda a la locura. Ella abrió un poco más las piernas dejándole espacio para que él pudiera colocar las suyas entre ellas. Un inocente acto que se convirtió en una locura erótica, porque el marido subió la rodilla izquierda hasta su necesitado sexo y comenzó a frotarla sin cesar, haciéndole palpitar la perlita hinchada.

—Creo que esta noche tenemos una nena muy caliente… —le susurró Camal.

—¿Solo esta noche? —le respondió con una gran sonrisa.

—No me refería a ti, me refería a ella… —Hizo un leve movimiento con la cabeza para indicarle hacia dónde debía mirar.

Elsa estaba sentada en su sillón. La escena que observaba entre sus amigos la tenía muy excitada y agitada. Mientras que la feliz pareja comenzaba el precalentamiento sexual, ella tenía la sangre hirviendo y su sexo preparado para ser invadida. Sin embargo, solo se dedicó a mirar y a satisfacerse sola. Su marido era muy celoso de lo suyo. Le dejaba mantener relaciones con otras mujeres, participase él o no, pero le tenía totalmente prohibido estar con otro hombre que no fuera él.

—¿Estás caliente? —le preguntó Silvia mientras lamía el cuello de su marido y levantaba la camisa para dejar al descubierto el torso que la hacía volverse caníbal.

—¿Tú qué crees? Estás gozando de tu marido y yo aquí… solita. — Seguía acariciándose.

—¿Quieres unirte? Seguro que a mí esposo no le importará, y si Sail se siente desplazado, le haremos un hueco otro día —Camal gruñó, esa idea no le hizo gracia. Tanto él como su hermano daban rienda suelta a sus mujeres cuando se trataba de relaciones con otras féminas, sin embargo, tenían muy claro que el único pene de carne que follaba a su mujer era el suyo.

—Prefiero mirar. Por ahora me satisfago bien.

—Como desees… ¡Camal! ¡Serás bastardo! —Silvia no pudo alegar nada más. En represalia a lo que había insinuado, su marido metió dos enormes dedos entre sus piernas y la penetró con fuerza sin avisar.

—¿Dos o tres? —susurró el esposo. Al no tener respuesta inmediata lo hizo él—. Bien, hoy decido yo. Mejor tres, ¿verdad?

Ella agarraba con fuerza los hombros de su esposo. Las uñas se clavaron en la dura y chocolatada piel. Necesitaba amarrarse con todas sus fuerzas al cuerpo masculino porque el brusco balanceo la desequilibraba tanto que podía caer al suelo. Su marido se convertía en una gran bestia cuando adquiría el control y no conseguía tener ni una pincelada de benevolencia hacia ella. Y esa forma de tomarla la volvía tan loca que antes de que pudiera terminar las convulsiones de su primer orgasmo, llegaban las primeras del segundo.

—¡Más! ¡Quiero más! —exigía Silvia al sentir el placer recorrer su cuerpo.

—Por supuesto. Lo que desee mi mujer es una orden para mí.

Camal quitó la mano de entre las piernas, la colocó junto con la otra, en las caderas, y comenzó a arrodillarse. Echó un vistazo hacia Elsa. Estaba con la mano dentro de la ropa. Por la expresión de su rostro supo que se penetraba con suavidad. La sensación de control que tenía sobre las dos mujeres le llevó a un frenesí enloquecedor. Regresó su mirada hacia Silvia y observó en sus ojos el deseo más erótico que jamás hubiese encontrado. Esperaba con ansiedad el siguiente paso. Con rapidez, bajó la pequeña falda y arrancó el fino tanga que, segundos antes, había apartado hacia un lado para masturbarla. Le encantaba que su esposa llevase aquel tipo de prendas, le facilitaban el camino cuando, en el momento que fuese, en el lugar que le diera la gana, quisiera penetrarla hasta dejarla afónica.

—¡Mierda! —exclamó con la diminuta prenda en su mano—. Debería haberla utilizado antes de arrancarla. Me divierte frotarla en ese coño húmedo que tienes…

Tras el suave quejido de Silvia, le arqueó las caderas hacia él y metió su boca dentro del cálido y chorreante sexo. Le deleitaba lamerla, saborearla, olerla, porque no había nada más perfecto que comer su miel y oler su aroma a deseo. Un monstruoso gruñido salió de la boca del hombre al sentir en sus papilas la ardiente impregnación femenina. Apartó con suavidad los labios vaginales y empezó a introducir su sin hueso traviesa. Silvia comenzó a perder la estabilidad. Buscaba con la mirada un punto donde apoyar sus agitadas manos, pero la niebla que apareció en sus ojos le hizo no hallar nada cercano. De pronto, un calor apareció entre sus muslos, Camal había abandonado el sexo para lamer la miel que tenía entre las piernas.

—¿Ya? —preguntó asombrada. Le había sabido a poco.

—¡Ni de coña! —La cogió en brazos y la llevó al sillón que estaba cerca de la espectadora excitada. Si se mantenía cerca de Elsa, la haría participar en el aquelarre siempre sin romper la norma que ambos hermanos poseían.

Silvia cayó con los brazos hacia arriba y las piernas estiradas. Camal recorrió con las grandes y anchas palmas las delgadas piernas de su mujer. De repente, una mano tocó el hombro del hombre. Era Elsa que parecía unirse a la fiesta. Él frunció el ceño porque no deseaba tener problemas con su hermano. Entonces, la mujer le dio un beso en la mejilla y sonrió.

—Solo con ella… —murmuró sin voz presa de la excitación. El hombre asintió.

Cogió la mano femenina y la condujo hacia el sexo de su mujer.

—Dale lo que se merece mientras me despojo de mis ropas —dijo con una voz ronca.

Y así lo hizo. Se arrodilló y comenzó a masturbarla sin parar. Silvia gemía de placer al contemplar la escena. Para ella era todo un frenesí estar entre las caricias de las personas que más amaba y necesitaba en el mundo.

—Quiero saborearla —dijo Elsa a Camal. Y este, con una sonrisa, le dio su permiso.

Atrapó las rodillas de la mujer y se las abrió con suavidad. Le gustaba deleitarse mirando el sexo húmedo y palpitante de su amante. Agachó la cabeza y se metió donde quería estar. Rozando los labios hinchados y bebiendo de la miel que ella expulsaba sin parar. De repente, los gemidos de Silvia se quedaron mudos ante un fuerte aullido gutural que salió despedido de la garganta del hombre. Se estaba masturbando ante la escena que estaba presenciando. Echó la cabeza hacia atrás, la hizo golpear en la pared al ritmo de sus caricias en su sexo. Miró fijamente a su mujer y gritó al eyacular en su mano. Su cuerpo se movía sin control. Su rostro mostraba dolor, placer, deseo… mordió sus labios y sonrió con malicia.

—¿Tienes el coño bien comido? —Se acercó hacia su esposa y le apartó el pelo despeinado.

—Tu hermano me castigará por esto —susurró Elsa levantando por un instante su rostro del sexo de Silvia.

—No tiene por qué. En ningún momento voy a tocarte y ya sabes que no te deseo, pero sí que me excita verte con mi mujer. Y ahora ella me va a hacer más feliz. —Agachó su cabeza y le dio un beso en los labios.

Silvia asintió como pudo. Sabía a la perfección qué es lo que pretendía hacer su marido. Abrió su boca y lo recibió tal como se merecía. Primero lo acarició con su lengua y poco después lo introdujo en su hirviente morro. Sonrió cuando observó que su esposo echaba la cabeza hacia atrás y comenzaba a temblar de gusto. Volvería a explotar si seguía de aquel modo.

—Qué bien lo haces, ma vie —exclamó Camal entre jadeos y acariciando con sus dedos el rostro húmedo de su esposa—. Eres tan buena que me harás correrme pronto. El hombre se retiró como pudo del amarre con su mujer. Ella se había vuelto tan demente que no le dejaba retirarse y este no quería correrse todavía. A pesar de la pequeña queja de Silvia, se alejó de ellas y caminó desnudo hasta la mesa. Buscó entre los cajones algo con hincapié y se giró para mostrarles lo que tenía en sus manos.

—Creo que este es el tamaño de tu marido. —Sonrió levantando uno de los consoladores que guardaban allí.

Elsa asintió y comenzó a retirarse de entre las piernas de Silvia. No le hizo ninguna gracia pensar que ya debía de abandonarla, pero mientras que su esposo estuviese presente, debía acatar las normas que él imponía. Una vez que se encontraban las dos solas… la cosa cambiaba.

—¡Toma! —Se lo puso en las manos—. Termina como puedas…

—Sail no quiere que me folle otro hombre, pero no le importa que lo haga una mujer —dijo mientras se bajaba los pantalones.

—¿Qué propones? —Camal sonrió y agarró su pene con fuerza. La insinuación de la mujer lo había descontrolado y comenzaba a expulsar gotitas de semen.

—Que me masturbe con la boca mientras tú la bombeas con ese tremendo sexo. —Levantó las cejas.

—¡Sí! —exclamó Silvia entusiasmada.

—Los deseos de ella, son órdenes para mí. Si lo ve bien, yo también. — Sonrió.

Silvia se incorporó del sofá y cogió la mano de la mujer para dirigirla hacia el lugar donde ella había yacido. La colocó hacia arriba y levantó sus piernas dejando el sexo brillante para ser devorado. Camal volvió a gritar, estaba poseído por el deseo y la locura de sentir pronto un sexo caliente. La esposa se arrodilló y bajó su boca hacia la vagina llorona de Elsa. Sacó la lengua y empezó a saborear su manjar. Mientras Elsa se dejaba comer y su cuerpo se envolvía en el baile del erotismo, el hombre se acercó por detrás de la mujer y levantó con suavidad las caderas para facilitar la entrada de su polla. Pero cuando la iba a penetrar se paró, agachó la cabeza y mordió los labios hinchados que sobresalían de entre las piernas. Silvia alzó la cabeza y chilló de gusto. Miró de reojo a su marido y sintió que el amor hacia él crecía todavía más. Estaba dispuesta a renegar de todo por tenerlo a su lado. Frunció despacio el ceño al recordar que casi lo perdió cuando le dispararon en la puerta, pero como era un gran macho, digno del linaje del que procedía, sobrevivió.

—Rico, rico. Mejor que un buen vino… —musitó el hombre al levantar la cabeza y mostrar a su compañera los enormes colmillos blancos.

—Estoy segura que me has hecho dos agujeros —jadeó Silvia.

—Te pondré dos bonitos aros de oro, así podré tirar de ellos a mi antojo. —Volvió a sonreír y le dio un gran palmetazo en el glúteo—. Ahora mete esa cabeza entre las piernas, que yo te voy a transportar a la luna.

Camal no tuvo miramientos, dejó abierta la bendita puerta vaginal y conduciendo con la mano su polla, la invadió con fuerza. Los tres gritaron por el éxtasis. El hombre dirigía a las dos con sus movimientos. Una de las manos de su esposa acompañó a las caricias de la lengua que ofrecía a su amiga. Si ella llegaba, intentaría que lo hicieran todos. Él separaba y acercaba la pelvis haciendo que las fricciones enloquecieran a los tres.

—¡Correos! —vociferó desesperado—. ¡Vamos, nena, córrete conmigo! —comentó el marido mientras clavaba sus colmillos sobre la espalda femenina.

—¡Sí! —aulló Elsa que se llevaba las manos a los descubiertos pezones y los presionaba con fuerza mientras la lengua traviesa hacía su cometido: conducirla hasta el orgasmo.

Y rodeados de gemidos, sudor y olor a sexo, los tres consiguieron satisfacerse. La primera en salir de la sala fue Elsa, dejando solos al matrimonio.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? —La lengua de Camal recorría la piel de su esposa.

—No tanto como yo. —Se incorporó a pesar del peso desplomado sobre ella, y llevó sus manos hacia el precioso rostro de su marido, lo atrapó con cariño y besó sus exquisitos labios rojos.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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