
Enamorado de Ella
«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»
Capítulo II
Enamorado de Ella
Capítulo II…
Una obligación agradable
Como cada mañana, Andreu había corrido por el parque, se había dado una larga ducha y ahora se dirigía hacia su trabajo para llenar su tiempo de reuniones, informes y casos nuevos. Llevaba realizando la misma rutina desde mucho tiempo atrás. Pensaba que de esta forma controlaba su vida mejor de lo que había hecho con anterioridad, donde le asaltaron, de repente, multitud
de sorpresas desastrosas. Otra de las razones de mantener esa incansable existencia era no plantearse por qué no podía hallar una mujer que lo amara a él y no a su dinero. Se sentía solo en medio de la nada. Un hombre sin brújula en mitad del desierto, una persona tan vacía en su interior que apenas podía soportar la tristeza de dicha soledad. Sin embargo, su apariencia con los demás era muy diferente. Ocultaba su verdad bajo una máscara de madurez y optimismo.
Saludó a la secretaria y caminó hacia su despacho. Hoy sería un día muy duro: una docena de archivos que repasar, la visita de un nuevo cliente y una deseada reunión con el socio que aumentaría el capital de la empresa. Una agenda de lo más completa, pero como el destino no se puede controlar, a pesar de querer hacerlo, se vio enfrascado en un plan para el que no le había pedido opinión.
—¡Joder, tío! ¿Por qué narices me haces esto? —Andreu giraba el sillón de derecha a izquierda con bastante fuerza. Odiaba cambiar los planes y su hermano le había organizado algo sin su consentimiento.
—¡Es solo un puto cumpleaños! ¿Es que ya no te acuerdas de lo que significa disfrutar? Estás tan absorto en esa mierda de oficina que no ves más allá de esos dichosos papeles.
—Esos dichosos papeles, como tú los llamas, son la razón por la que conduces un Porche y no una chatarra. —Apretó con fuerza los puños y tomó aire despacio. La excusa que daba a todo el mundo sobre el intenso trabajo que había en la oficina le hacía estar liberado de cosas como esta; sin embargo, para Fidel no le servía de nada. Él hacía y deshacía a su antojo y todos los que estaban a su alrededor debían de seguirlo.
—Tengo una reunión muy importante. Llevo meses detrás de ese hombre para que pueda ayudarnos sobre un caso que nos dará más beneficios.
—No te pido que permanezcas todo el tiempo. Pero sí que me gustaría apagar las velas y verme acompañado de mi hermano —dijo, todo afligido—. Aunque no te lo creas, todavía te necesito.
—¿No me vas a pedir nada más? —contestó después de pensárselo durante unos segundos.
—Te lo prometo. Ven a comer y te juro que no te pediré nada más.
—¡Trato hecho! No vale echarse atrás. Mira, Fidel, que te conozco… — Arqueó su ceja derecha y cogió unos informes que estaba valorando.
—Estoy haciendo la cruz de la promesa, hermano. —Sonrió complacido —. ¡Venga, nos vemos a la una y media! La reserva la hemos hecho en el Dos por Dos. Ha comentado la chica que en la misma sala habrá un grupo de mujeres, pero no resultarán un problema porque estaremos alejados de ellas. Esos salones son enormes.
—Fidel, no necesito otra cazafortunas. Tú puedes ser feliz con una arpía interesada en tu cuenta bancaria, pero yo no. Prométeme que no es una encerrona de las tuyas. —Andreu miró hacia la ventana.
—¡Que no, joder! Es solo una reunión de amigos, una comida entre chicos para abrir boca a la fiesta que doy esta noche. —Fidel se frotaba las manos mientras pensaba en la llegada del crepúsculo; música, chicas, juerga, sexo… El cóctel perfecto para finalizar un día de cumpleaños.
—Allí estaré —la voz derrotada de Andreu apareció tras una leve reflexión.
—Gracias, hermano. Te debo una. —Y con la satisfacción de haber ganado una batalla, desconectó la llamada.
¿Cuánto tiempo llevaba enclaustrado entre aquellas paredes? ¿Cuatro, cinco, seis meses?, ¿o tal vez un año y medio? A sus veintinueve llevaba una eternidad jugando a ser el patriarca de la familia. Tal vez se había acomodado a la situación y ahora no quería ver más papel en su vida que los que tenía sobre su mesa. A los cuales daba gracias porque de no ser por ellos el desamor que vivió en el pasado hubiese terminado peor de lo que acabó. La vivencia con Dulce fue el detonante de su enclaustramiento. El apodo se lo había puesto Fidel al descubrir las patrañas que tejía en su mente.
Frunció el ceño y apretó con fuerza los documentos que tenía entre manos al recordar el momento en el que pidió explicaciones a Cayetana por lo sucedido. Ella tan solo gritó, desde la puerta al marcharse, que le daban asco sus caricias, que odiaba cómo hacían el amor y que no se lo habría follado de no ser por la suculenta cuantía que tenía en el banco. Cerró sus ojos y agitó la cabeza para hacer que se marchasen aquellos pensamientos. En algún momento de su vida tendría que olvidar su pasado para comenzar un nuevo futuro, pero por ahora le resultaba imposible.
—Señor Voltaire, la cita de las diez treinta está en la sala de reuniones. — La acaramelada voz de su secretaria interrumpió sus agrios pensamientos.
—Gracias. Elena, necesito el dossier de ese caso. —Andreu fijó su mirada en el cristal del ventanal—. ¿Te importaría traernos un café?
—En cinco minutos los tendrá sobre su mesa. Por cierto, el señor Fidel quiere que le anule la cita de esta tarde. ¿Lo confirma?
—¿Tengo algo importante? —Rezó en voz baja para que sí lo fuera, de ese modo tendría la razón perfecta para anular su invitación.
—Se trata tan solo del señor Ramírez. Desea agradecerle la ayuda en su caso. Hasta el lunes a las once no hay nada interesante —mintió. Pero le daba igual que viniese a verlo el Rey, hoy tenía que sacarlo de aquel lugar fuera como fuese.
—Gracias. Estaré con el señor Martínez en un minuto.
—Se lo haré saber.
Flores, él necesitaba muchas flores para el frío ventanal. A ver si de esta manera, en vez de sentirse helado, se reconfortaba con el perfume de las plantas y el colorido de sus frutos.
Horas después, aparcó en la entrada del restaurante. Le daba igual llegar unos veinte minutos tarde, así aguantaría menos los rebuznos varoniles de los invitados. Echó un vistazo a la fachada del nuevo local y le gustó mucho la sensación de calidez que emanaba. Por un instante pensó que podría celebrar allí las reuniones con los clientes y abandonar el sobrio lugar donde los recibía. Caminó hacia la entrada, abrió la puerta, respiró hondo y levantó un pie para entrar cuando escuchó:
—¿Pasas o te quedas fuera? —Una voz femenina le hizo girarse de golpe y al contemplarla se quedó atónito.
«¡Mierda! La armadura de caballero se ha hecho añicos», pensó.
Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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