
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»
Capítulo X
Yo te Quiero
Trilogía de los Sentidos III
Capítulo X…
Estamos desnudos en la cama, uno frente a otro, los ojos en los ojos, las manos en las manos, mi respiración se mezcla con la suya. Una luz tenue penetra por la ventana y define los claroscuros de nuestros cuerpos, pero ahora es la oscuridad la que debe vencer. Necesitamos la oscuridad total para mirarnos dentro y reencontrarnos como amantes.
Soy yo la que venda en primer lugar a Leonardo con el pañuelo de seda que metí en la maleta pensando en nosotros, luego él hace lo mismo conmigo y me tapa los ojos con una de sus corbatas. A saber si la habrá traído a Estrómboli para esto. De nuevo juntos, él y yo, en un universo sensual y exclusivamente nuestro, cómplices y, esta vez, al mismo nivel.
Me acaricia las mejillas, después el cuello y los hombros. Nuestras caras se acercan, nuestras frentes encendidas se tocan, llenas de deseos y de pensamientos. Nuestros labios se unen y nuestras lenguas se buscan fundiéndose en una danza lenta y atormentadora. Estamos descubriendo de nuevo nuestros cuerpos, los volvemos a modelar con nuestras manos, como si fueran unas formas toscas que hubiese que perfilar. En esta oscuridad y en este silencio florece un deseo carnal auténtico y esencial que hace desaparecer el mundo circunstante.
Siento que su aroma me sube a la cabeza y resbala por mi garganta: aturde los sentidos, casi me da vértigo. Esta noche quiero que lo descubra todo de mí, quiero que me toque, que me saboree.
Le acaricio el pelo mientras él empieza a trazar círculos con los dedos alrededor de mis pechos. Vaga por mi piel, se demora en el lunar antes de llegar a los pezones. Están duros, tensos; juega con ellos unos instantes, luego posa los labios causándome una infinidad de estremecimientos. Mi sexo se calienta y humedece aún más. Me acaricia la barriga e introduce las manos entre mis muslos: es una caricia dulce y leve; cuanto más ligera es más me tormenta.
Entretanto mis dedos fluctúan sobre él, se insinúan con parsimonia en el vello de sus piernas y suben por los pliegues de las ingles notando el profundo calor que emana de ellas. Exploro este cuerpo masculino con las manos con la sensación de estarlo descubriendo en este momento por primera vez. Privada de la vista, tengo la impresión de haber recuperado una especie de virginidad y estar viviendo una experiencia completamente nueva. Me siento confusa, libre, curiosa.
Empiezo a acariciarle lentamente el sexo, con dulzura, con temor y audacia al mismo tiempo. Lo siento crecer en mi mano, de manera que aumento poco a poco la presión sabiendo que debo tocar más hacia abajo que hacia arriba. Lo rodeo apretándolo con el pulgar y el índice, subo desde la base hasta el glande y vuelvo a bajar haciendo unas ligeras presiones que lo hacen gemir. Está excitado, muy excitado, y viene en búsqueda de mi nido caliente. Siento su toque húmedo —debe de haberse mojado los dedos con saliva—. Repite en el clítoris los movimientos circulares que antes ha realizado en mi pecho. Me está acariciando tal y como deseo, y es una sensación celestial. Mi deseo se acrecienta, quiero que siga.
—Leo… —murmuro—. Métemelos, te lo ruego —le pido susurrando.
—Aquí tienes, Elena, todo para ti —responde llenándome con dos dedos. Gimo al sentir que un repentino calor se difunde por todas partes. Dejo que el placer se dilate dentro de mí, hasta el corazón y la mente. Leonardo hurga en mi sexo, que reacciona con una oleada líquida de placer. Mientras tanto, su lengua ávida me invade la boca. La siguen sus dedos, impregnados de mí; me torturan los labios, se introducen, juegan con mi lengua, se dejan chupar para volver a meterse después entre mis piernas.
—Ven aquí —dice de improviso, cogiéndome por las caderas y obligándome a sentarme encima de él, con los muslos sobre los suyos y las piernas rodeándole la cintura. Somos una flor de loto que flota en una extensión de lino perfumado. La nuestra, ahora, es una unión total.
Leonardo hace resbalar sus manos por mis nalgas, pegándome a su cuerpo. Le rodeo el cuello a la vez que muevo ligeramente la pelvis, frotando su erección con mi vulva. Ahora está completamente húmeda y dilatada, lista para acogerlo.
—Ahora te quiero todo dentro —le digo en un susurro. Es una orden a la que no puede oponerse.
Me ayuda a levantarme para que pueda coger su sexo durísimo y metérmelo.
Cuánto he esperado este momento. No lo recordaba tan grande, tan prepotente.
—Oh, sí, Elena —gruñe al mismo tiempo que me balancea sujetándome por la cintura.
Seguimos las notas de nuestra pasión marcando el ritmo, al principio con lentitud, luego cada vez más deprisa. A medida que aumenta el roce, nuestros gemidos se vuelven más roncos y nuestra respiración más entrecortada. Rodeo su cuello con las manos: está hinchado, caliente. No necesito verlo para saber que está gozando. Noto las venas hinchadas por el esfuerzo y aprieto un poco más para sentir su sangre corriendo bajo mis dedos. Aquí está, en mi mano, toda su energía vital sometida a mi poder. Este hombre, que antes descubría con estupor, casi con temor, ahora me pertenece, su cuerpo obedece al mío. Me siento más fuerte que nunca, absoluta.
A medida que mi pasión se acelera clava con más fuerza las uñas en mis nalgas y acelera su empuje. Poseyéndome se pliega a mi voluntad, penetrándome se convierte en instrumento de mi placer.
El crujido de la cama ahoga nuestra respiración, cada vez más entrecortada. La oscuridad en los ojos, la luz en el interior. Leonardo grita, es un sonido ancestral en el que se entremezclan la muerte y la vida, el dolor y la pasión, el deseo y la rendición. Una voz ensordecedora. Su energía pasa bajo mis dedos, a través de su garganta, sale por la boca, me embiste como una onda magnética y me contagia. Entonces yo también me corro, gritando con él.
Es un orgasmo total, inmenso, que nos proyecta a un espacio donde ya no existimos él y yo, sino solo nosotros, un solo cuerpo y una sola alma pulsando al unísono.
Caemos uno encima del otro abrazándonos estrechamente. Leonardo me quita la corbata de los ojos y yo el pañuelo a él. Parpadeo varias veces para acostumbrarme de nuevo a la tenue luz de la habitación y mi mirada se cruza con la suya, estática y perdida. Nos miramos en silencio, aturdidos y mudos, incapaces de expresar con palabras lo que acaba de suceder.
Me tumbo boca arriba relajando por completo los músculos. Cierro los ojos y me abandono de nuevo a la oscuridad.
Leonardo está a mi lado y con una mano me rasca dulcemente la cabeza.
—Creo que he entendido una cosa, Elena, algo que aún no había sentido —dice mirando el techo. Lo observo con aire interrogativo mientras él se vuelve hacia mí—. Soy tuyo. Quiero ser solo tuyo.
Sonrío, mi corazón emana felicidad. Me acerco a su oreja.
—Y yo quiero ser tuya —susurro antes de darle un fugaz beso en el lóbulo.
Cuando hago ademán de recular me retiene con una mano y busca mi boca, que se abre de inmediato para dejarle espacio. Me aproximo más a él pegando mi pecho al suyo, entrelazo mis piernas con las suyas rodeando con una su cintura. Nuestros cuerpos están enroscados, entre nosotros no hay confines. Ahora existo en esta trama de respiración y saliva, de sentidos y pensamientos, y estoy bien, no deseo estar en ningún otro lugar.
Por un instante me pregunto cómo puedo haber estado lejos de él durante esos meses. Cómo he podido hacer el amor con otro. Cómo he podido tolerar el olor de otro.
Al cabo de unos instantes nuestros sexos se buscan de nuevo. Él roza el mío con el suyo, con una dulzura lacerante, y yo lo secundo. El deseo asciende una vez más, impetuoso e indómito, un deseo inagotable que solo podrá saciar un nuevo orgasmo.
Con un movimiento rápido, Leonardo me gira y me atrae hacia él. Mi espalda se funde con su pecho a la vez que me susurra al oído:
—Eres mía, ahora puedo hacer contigo lo que quiero. —Me besa la nuca, sus besos son cada vez más audaces y me transmiten descargas violentas de placer.
—Siempre y cuando me guste —contesto hundiendo la cabeza entre los hombros para defenderme, pero solo un poco. Siento su sexo contra mis nalgas, liso y duro. Me acaricia con los dedos justo debajo del culo.
—Creo que sí te gustará —murmura pegándose aún más a mí y empujando su pelvis contra la mía.
De repente, me da un empujón seco y me pone boca abajo con las piernas inmovilizadas entre las suyas. Me vuelvo unos milímetros buscando su cara y veo que un destello diabólico le enciende la mirada. Su mano aprieta mis nalgas y las acaricia relajando los músculos y deleitando mi piel. Apoya un dedo justo encima de mi sexo, lo mueve en círculo y se detiene un poco antes de llegar al ano. ¿Querrá metérmelo? Jadeo con fuerza, aplastada por su peso. Se sienta a horcajadas sobre mí, siento que su sexo erecto roza mis piernas.
—Esta noche quiero poseerte por completo. Todas las partes de tu cuerpo — susurra besándome el coxis, lamiéndolo, hambriento.
Me tenso al instante.
—¿A qué te refieres con todas las partes? —Intento desasirme, pero él me lo impide obligándome a permanecer en esa posición.
En lugar de contestar, empieza a pasar la lengua por la parte posterior de mis muslos hasta llegar a las nalgas. Los músculos se contraen y se colapsan después dulcemente. Es tan placentero que lanzo un gemido. De acuerdo, Leonardo, me fío de ti, me rindo, no tengo elección.
Siento que una gota de aceite resbala por mi espalda, luego otra, y otra más. El dedo de Leonardo recoge el aceite, lo extiende por mis nalgas y entra en mí con delicadeza, detrás, donde nunca he dejado que nadie me conozca.
Pero ahora es diferente, con él deseo cosas que jamás habría imaginado.
—Despacio, por favor —susurro.
—Relájate, Elena… Relájate y no pienses en nada.
Siento un leve escozor y luego una sensación de plenitud fluida que me invade por delante y por detrás. Una onda de trasgresión y fantasía recorre todo mi cuerpo y choca en mi vientre. Una burbuja de excitación se disuelve entre mis piernas. Es un goce distinto, nuevo, sumamente sensual.
Leonardo hunde el dedo humedecido hacia arriba, en dirección al hueso sacro, y con unos movimientos ligerísimos, pero firmes, ensancha las paredes internas. Emito un gemido de puro placer. La única forma de deshacer el grumo de miedo y curiosidad que tengo en mi interior es abandonar toda resistencia.
Acerca su pene túrgido a mi ano y, con una lentitud irreal, lo introduce. Mis músculos ceden, los tejidos se ensanchan como por arte de magia para recibirlo, al mismo tiempo que mi sexo alberga uno de sus dedos y mi cuello se deja seducir por su lengua.
—Dios mío, Elena, eres fantástica —ruge, con la voz en el borde de la excitación.
Jamás he experimentado nada similar, es increíble: es un terremoto de placer, un dolor que se transforma en deseo y después en éxtasis. Me siento vulnerable e inerme, pero en mi rendición hay una fuerza inmensa, porque quiero ser completamente suya.
Leonardo me está guiando por los lugares más inexplorados de mi cuerpo, unos lugares cuya existencia ignoraba y que ahora colmamos juntos con una luz cegadora. Su sexo permanece inmóvil dentro de mí, en tanto que su dedo explora mi nido; luego empieza a moverse lentamente, dentro y fuera, y yo me abandono. Lo que él me está haciendo es divino.
Oigo sus gritos, profundos y roncos, y grito con él, encontrando mi dulcísima liberación. Me corro de nuevo, por tercera vez, gritando su nombre al cielo, en tanto que él se detiene vertiendo en mi interior su corazón y su alma.
Dejo que su cuerpo caiga sobre el mío hasta cubrirlo por completo. Después, entrelazo mis tobillos a los suyos al mismo tiempo que él me sujeta las muñecas con las manos, como si quisiese aprisionar toda la energía que ha descargado en mí.
Quiero a este hombre con todas mis fuerzas, pero me niego a que el peso de las palabras arruine el momento que estamos viviendo.
Estamos agotados, exhaustos, hemos consumido todas las emociones. A nuestro alrededor solo hay paz y silencio. El mundo ha dejado de existir, el tiempo se ha detenido y solo estamos él y yo.
Siento nuestros sexos relajados. Leonardo se aparta para dejarme respirar, me vuelvo hacia él y nos sonreímos como si hubiésemos hecho el amor por primera vez en nuestra vida. La sensación de plenitud que he sentido hace poco aún no se ha desvanecido. Nos abrazamos sin cesar, sin decir una palabra, dejándonos envolver por el sonido de nuestras respiraciones.
Al cabo de un rato Leonardo se vuelve de espaldas, me coge una mano y la apoya en su corazón. Lo abrazo hundiendo la cara en su ancha espalda. Es un escudo, una roca. Sin embargo, mis ojos no pueden ignorar el ancla tatuada en su piel, las dos eles entrelazadas: Leonardo y Lucrezia. A pesar de que en estos días no la ha nombrado en ningún momento, jamás podré liberarme del fantasma de esa mujer que, a todos los efectos, sigue siendo su esposa. Ni siquiera puedo pronunciar esas palabras. Porque Lucrezia volverá, lo presiento. Pese a que es solo un pensamiento, siento una fuerte punzada en el corazón, de manera que me apresuro a apartarlo de mi mente. En este momento mi felicidad es tan plena y luminosa como la luna que diviso por la ventana. Ninguna sombra debe oscurecerla.
El cielo es una alfombra de estrellas cuando nos sentamos en la terraza para disfrutar de la brisa que llega del mar. Las luces del pueblo se están apagando, pero el volcán no se apaga nunca: emite chorros y borbotones que, con un ritmo incesante, aclaran el azul oscuro de la noche.
En el estéreo de la sala suena apaciblemente Goodnight Lovers de Depeche Mode. Leonardo canturrea siguiendo las notas, como le he oído hacer un sinfín de veces; es algo espontáneo, tierno, su forma de expresar una alegría simple, casi infantil. Y es adorable. Sonrío socarronamente sin que me vea, extiendo las piernas y las apoyo en la barandilla mirando el mar, negro con la noche al fondo. El Strombolicchio se erige solitario a lo lejos con su faro iluminado. A la claridad de la luna resulta majestuoso.
—Parece el guardián de Estrómboli —comento en voz alta.
—Sí… —concuerda Leonardo mirando el horizonte oscuro. Se vuelve y, escrutándome la cara, se levanta de golpe del banco. Me coge una mano y, como si estuviese pensando algo, me dice—: Ven conmigo.
Frunzo el entrecejo.
—¿Adónde?
—Ya verás. —Su pecho se hincha bajo la camisa—. Vamos, levántate.
Sonrío. A saber lo que tendrá en mente, pero por nada del mundo quiero hacerle esperar.
Poco después estamos surcando las suaves olas en la oscuridad a bordo de una pequeña zodiac, con la luna sobre nuestras cabezas y la isla de Estrómboli a nuestras espaldas. Navegamos hacia el Strombolicchio, Leonardo quiere llevarme allí. Al cabo de unos minutos llegamos al lugar que, hasta hace un instante, para mí era solo un sueño, una fantasía: el islote con las escarpadas escolleras y el faro, que proyecta en el horizonte su haz de color amarillo pálido.
Leonardo atraca la zodiac en la ensenada donde comienza la escalera de piedra que sube como una lengua engastada en la roca. Basta una mínima fuente de luz para moverse por aquí, así que Leonardo enciende la pequeña linterna que ha traído. Siempre piensa en todo y estos días me está transmitiendo una seguridad que nunca me infundió en mis meses de pasión en Venecia y Roma.
Visto de cerca, el escollo es mucho más grande de lo que parecía desde la terraza de casa y se cierne sobre nosotros como una especie de monstruo marino mitológico emergido de las aguas, amenazador y primitivo. Me siento minúscula y, después de todo lo que ha ocurrido esta noche, no sé si aún voy a tener fuerzas para escalar este majestuoso cono de roca. Sin contar con que, últimamente, no sé por qué, sufro un poco de vértigo; hace unos días que lo siento y, por suerte, se ha manifestado ahora y no cuando trabajaba en los frescos subida a un andamio. Siento ya el vacío en la barriga.
Leonardo me mira e intuyo su sonrisa en la penumbra.
—¿Te preocupa la subida?
—En absoluto —contesto, convencida—. Al contrario, no veo la hora de empezar. —En realidad estoy aterrorizada, pero no quiero que lo note.
—Son doscientos peldaños —me explica precediéndome con la linterna—. Pero cuando era pequeño contaba siempre alguno más.
—Hum… ¡Alentador! Un bonito desafío para alguien que acaba de recuperar el uso de una pierna. —Le cojo una mano para sentirme más segura. La barandilla de hierro es tan baja que a cada peldaño creo que me voy a caer. El panorama me va dejando sin aliento a medida que ascendemos.
—¿Cómo va la pierna? ¿Te duele? —me pregunta Leonardo.
—No, estoy de maravilla. —Con toda probabilidad, es mérito del aloe milagroso y de que de vez en cuando me paro para recuperar el aliento. Pero ahora la pierna no es lo que me preocupa, sino la distancia que me separa del mar. Pienso que desde aquí arriba el impacto podría ser mortal.
Al llegar a la cuarta rampa de escaleras miro hacia abajo y el mundo que queda a mis pies me parece minúsculo. Estrecho la mano de Leonardo, tan cálida y sólida, e intento mantener los ojos pegados a su espalda. En la cima se recortan dos espolones que parecen unos dragones caídos del cielo.
Unos peldaños más y hemos llegado, por fin. Arriba hay una amplia terraza bordeada de pretiles de piedra y al fondo, solitaria, destaca la torre blanca del faro.
Boqueo, pero el espectáculo es fantástico, estamos a cincuenta metros por encima del mar y a dos pasos del cielo.
Echo una última mirada al vacío que se abre a nuestros pies y que, ahora, me fascina. El mar es una inmensa extensión negra y mientras lo miro un escalofrío me recorre la espalda.
—¿No te parece maravilloso desde aquí arriba? —me pregunta Leonardo acercándose a mí.
—Sí, pero asusta un poco. —Me aferro a su costado instintivamente y él me atrapa entre sus brazos.
Después nos sentamos juntos en un cubo de piedra que hay bajo el faro. Leonardo se quita la camisa para secarse el sudor con el viento tibio de la noche. Mis ojos no pueden por menos que detenerse allí, en el tatuaje que está entre sus omóplatos torneados. Y con él se vuelve a asomar a mi mente la imagen de Lucrezia, justo donde la dejé hace poco.
Mi expresión debe de haber cambiado, porque Leonardo me escruta con aire inquisitivo.
—¿Qué pasa?
«Nada», me gustaría decirle, pero me muerdo los labios. En el fondo, no tengo ningún motivo para esconderme y no quiero que existan tabúes o cosas no dichas entre nosotros. Tarde o temprano tendremos que afrontar el tema de Lucrezia. Por eso decido hacerlo ahora.
—Pensaba en Lucrezia… ¿Has vuelto a saber algo de ella? ¿La volverás a ver?
Inspira hondo y se vuelve hacia mí apretándome una mano entre las suyas.
—Hace mucho que no hablo con ella, pero creo que tarde o temprano lo haré — responde con voz serena y mesurada—. Lucrezia es la mujer a la que quise durante muchos años y con la que compartí todo, lo bueno y lo malo. No puedo ni quiero borrarla de mi vida.
—Comprendo. —Aprieto ligeramente los labios.
—Lo que intento decirte, Elena, es que yo estaré a su lado cada vez que me necesite. Es una persona frágil, sumamente complicada, y no puedo abandonarla — prosigue, hundiendo sus ojos magnéticos en los míos—. Pero ya no la quiero, si es eso lo que quieres saber. Puedo tener por ella afecto, interés, dedicación…, pero el amor es otra cosa, ahora lo he comprendido.
—¿Y qué es? —le pregunto mirándolo intensamente.
—Eres tú. Es la posibilidad de abrirme a la vida que me ofreces. —Me da un beso en la frente—. Ya te lo he dicho, Elena. Estoy iniciando una nueva fase y no me resulta fácil, pero quiero intentarlo. Tú eres mi renacimiento.
—De acuerdo —susurro apoyando la frente en la suya—. Me fío de ti.
Somos dos náufragos que han arribado a la misma orilla, dos supervivientes que se tienden la mano.
—Mira. —Leonardo alza la barbilla hacia el cielo. El volcán está eructando en este instante, escupiendo chispas de fuego al azul del cielo.
—Nos está saludando —comento. Ya no me da miedo, como el primer día.
Leonardo me mira y, sonriendo, me lanza un desafío:
—La próxima subida que te espera es allí arriba, a las bocas del volcán.
—Acepto —digo buscando el calor entre sus brazos desnudos.
Me siento fuerte, ya nada me asusta. Estoy preparada para afrontar nuevas pruebas, porque mis miedos se han desvanecido en el fuego de nuestro amor.
Si Leonardo está conmigo, puedo hacer lo que sea.
Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
