Yo te Quiero | Capítulo 5

Portada - Yo te Miro

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo V

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo V…

Después de la proeza que realicé en la boda de Gaia, volver a Roma no ha sido, lo que se dice, un alivio. Como no podía ser menos, Gaia no ha vuelto a dar señales de vida; ahora está pasando la luna de miel en las Seychelles y no tengo la menor intención de molestarla. Además, no tengo ganas ni fuerzas para dar el primer paso hacia la reconciliación. Me temo que necesitaremos tiempo para que la herida cicatrice. Pero estoy segura de que es lo que acabará sucediendo.

Nuestra pelea ha sido, para mí, un cambio doloroso, pero, probablemente, inevitable; tengo la impresión de haber abierto una zona íntima y vulnerable en la que guardaba, sin saberlo, una reserva de amargura y desencanto. Estalló sin previo aviso, toda a la vez, y lamento que haya sido ella la que ha sufrido las consecuencias. Pero ese veneno ocupa ahora todos mis pensamientos y contamina mis emociones. Y yo me siento impotente, no logro librarme de él.

Puede que solo la inocencia y la ternura de Martino logren deshacer, aunque no lo suficiente, el grumo de tristeza que llevo en mi interior. Por eso ahora estoy yendo a verlo. Hemos quedado en Porta Portese a las cinco y tengo que darme prisa si no quiero llegar, como siempre, con retraso, porque me he convertido en una tardona crónica. Él volvió a Roma al día siguiente de nuestra noche veneciana y me ha llamado varias veces desde entonces. Yo le he respondido siempre, pero me he mostrado un poco fría, casi indiferente; he pensado mucho en lo que ocurrió entre nosotros y, pese a que fue una de las noches más bonitas de los últimos meses, he decidido que no se repetirá. Quizá sea una ingenua, pero me gustaría tratar de mantener nuestra extraña amistad y proteger a Martino de los errores que, lo sé, yo acabaría cometiendo. Seguir haciendo el amor con él sería bonito y gratificante para mí, pero solo un poco. Porque en estas condiciones no puedo querer a nadie y, quizá, lo único que conseguiría sería herirlo. Y él no se lo merece. No quiero decepcionarlo, no quiero jugar con él como estoy haciendo con los demás hombres, que no me importan lo más mínimo. Martino es una persona preciosa y frágil y por eso debo alejarlo de mí, para no herirlo.

Mientras cruzo el Tíber recibo un SMS.

Disculpa, llego tarde. Me han retenido en la universidad. Nos vemos dentro de media hora. Confío en que me esperes. 🙁

Sonrío. Y eso que nos lo juramos: «¡Nada de caritas, por el amor de Dios!». Sin embargo, no ha podido resistirlo. Así pues, yo también me siento autorizada a utilizarlas.

No te preocupes. Daré un paseo mientras tanto. Hasta luego. 🙂

Paseo un rato por los callejones del Trastévere hasta que desemboco a las puertas de la iglesia de San Francesco a Ripa. Entro movida por una vaga curiosidad con la esperanza de encontrar un poco de aire fresco. A pesar de que las horas más sofocantes han pasado ya, los adoquines y las fachadas de los edificios emanan aún el calor que han absorbido desde la mañana.

Una vez dentro, aguardo a que mis ojos se acostumbren a la penumbra y a continuación recorro la nave. De repente, me llama la atención una escultura de extraordinaria belleza que se perfila detrás de una especie de telón, en la penumbra de una pequeña capilla. Me acerco a ella sacudida por una poderosa e indescifrable energía. En una placa que hay a un lado de la capilla leo: «Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni de Gian Lorenzo Bernini, 1674».

¡Una escultura de Bernini que aún no había visto! Me alegro de haberla descubierto así, por pura casualidad, porque me está dejando literalmente sin aliento. La beata yace en una cama bordada en el mármol con increíble maestría. Un haz de luz penetra por una ventana invisible confiriéndole un halo de misticismo realmente palpable. Tratándose de una beata, lo más extraño es que el cuerpo esculpido transmite una sensualidad poco menos que desbordante: la boca entreabierta, los ojos entornados, la cabeza reclinada, la mano izquierda apoyada en el vientre, la otra justo debajo del pecho, señalando el corazón. Y, además, la cara, su arrobamiento, que Bernini ha fijado para siempre con un perfecto equilibrio entre placer y dolor. La beata está experimentando un éxtasis espiritual, pero su abandono es tan físico que casi parece otra cosa. Puede que sea yo, que en este momento especial de mi vida no soy capaz de pensar en nada más, pero me parece que la expresión que tiene el semblante de Ludovica es casi de gozo… A ello se añaden las vestiduras en desorden que se agitan y se hinchan como si su carne pugnase por salir de ellas para unirse a Dios. Tengo la impresión de sentir la tensión que está experimentando, el magma indefinido que anima esa piedra, viva y eterna gracias a la mano del artista. En pocas palabras, tengo la pura sensación de que la beata está viviendo algo muy parecido a un orgasmo.

Desecho de inmediato ese pensamiento, pero no logro alejarme de ella y me quedo mirándola, absorta. Es como si esta mujer de mármol quisiese hablar conmigo. Intuyo lo que quiere decirme, es algo fuerte, relacionado con la idea de que la carne y el alma no son dos cosas opuestas, sino dos caras del mismo prisma. Inspiro el olor de los cirios encendidos, de la cera que arde, y al expirar siento que yo también estoy ardiendo. En el estómago y en las entrañas.

Permanezco así un rato más, persiguiendo una intuición que no logra tomar forma, hasta que un SMS de Martino me devuelve a la realidad. Me advierte que en cinco minutos estará en Porta Portese.

Ya está, ahora sí tengo una auténtica razón para salir de aquí. Me apresuro a poner orden en mis pensamientos y, sin volverme, me encamino con la cabeza inclinada hacia la salida.

Nos sentamos en un café. Aún hace calor, pero, al amparo de los edificios altos que nos rodean, podemos disfrutar de un poco de sombra. Las mesas contiguas están casi exclusivamente ocupadas por turistas, pero, a juzgar por la decoración, el bar abrió sus puertas un poco antes de que el Trastévere empezase a aparecer en las guías y se convirtiese en un barrio de moda.

Martino está radiante, casi me duele ver la sonrisa amplia y confiada que me dirige. Hablamos un poco de sus estudios y de la boda de Gaia, pero los dos somos conscientes de que estamos evitando el verdadero motivo de nuestro encuentro.

—Oye… —le digo de buenas a primeras aprovechando un momento de silencio —. Quería hablarte de la otra noche —soy la mayor, pese a que me da risa cuando lo pienso, de manera que me corresponde sacar el tema a colación.

Martino asiente con la cabeza. Se ha puesto serio y sus manos se aferran instintivamente a la copa de spritz que tiene delante. Nervioso, empieza a remover el hielo con la pajita.

—La verdad es que no hay nada que decir —declara con voz ronca—. Sé que no estás enamorada de mí. —Haciendo gala de valor, sus ojos vuelven a mirarme, tan serenos y resignados como los de una víctima que se dirige al patíbulo por voluntad propia. Lo ha comprendido todo, lo he subestimado. Esboza una sonrisa forzada. Sé que lo hace con la única intención de facilitarme la tarea.

—Fue precioso, Elena, aunque no vuelva a suceder, porque sé que será así.

Siento que mi corazón, pesadísimo, cae en el adoquinado y se aplasta.

—Es mejor así, créeme —le digo haciendo acopio de todas mis fuerzas.

—Dime solo una cosa: si no fuese por la diferencia de edad, sería distinto, ¿verdad? —me pregunta frunciendo el entrecejo.

Su ingenuidad me abre el corazón. Por mucho que intente afrontar la cuestión como un hombre, Martino no deja de ser un muchacho. Por suerte.

—¿Cómo puedo saberlo? —Me encojo de hombros. Tengo varios años más que él, pero pocas respuestas más—. Lo que sucedió en Venecia también fue importante para mí —le digo con sinceridad—. No fue un polvo sin más. Tenía sentido y sé que siempre será uno de mis recuerdos más hermosos, pero si no queremos estropearlo todo, si no queremos perdernos, es mejor que dejemos las cosas como están.

Martino asiente con la cabeza, parece un buen estudiante tomando apuntes en una lección.

—Te aprecio mucho, ¿sabes? —añado después acariciándole el pelo.

Ya está, he dicho lo esencial. Y Martino no hace nada para obligarme a cambiar de idea. Ahora me siento más ligera. Nos levantamos de la mesa y nos encaminamos, uno al lado del otro, a su parada.

—Te llamo dentro de unos días —le prometo cuando veo llegar el tranvía. Él tarda un poco en responder. Se mira la punta de las All Star como si en ellas estuviese escrito lo que debe decir.

—Oye, dejemos pasar un poco de tiempo, ¿de acuerdo? —suelta al final de un tirón—. Prefiero que no nos veamos por el momento.

Recibo la respuesta como una bofetada. Es justo que sea así: no puedo pretender que todo vuelva a ser como antes y que sigamos con nuestra relación como si no hubiese pasado nada. He sido una ingenua egoísta. Me duele, pero lo acepto.

—De acuerdo —concluyo, y esta vez soy yo la que tiene que hacer un esfuerzo para sonreír—. Quiero que sepas que, cuando quieras, puedes contar conmigo.

—Entonces adiós. —Casi sin mirarme, sube al tranvía, que lo engulle y se lo lleva de allí.

«Escapa, Martino. Y, si puedes, no pienses en mí».

Al entrar en casa casi tropiezo con Paola, que se está peinando delante del espejo del recibidor.

—¿Adónde vas? —le pregunto, curiosa.

—Tengo una cita.

Comprendo que se trata de ese tipo de cita.

—¿Y no me dices nada? —Por lo general nos lo contamos todo.

Ella deja de peinarse y me mira entre resentida y pesarosa.

—Es que no ha habido forma…

—Pero si vivimos juntas…

—Sí, lástima que tú nunca estás en casa… y cuando estás o duermes o estás delante del ordenador haciendo a saber qué.

Suena, a todas luces, a reproche. Por un instante temo que nos enzarcemos en un ajuste de cuentas sobre nuestra convivencia y no tengo ningunas ganas de eso. Ahora no.

—En cualquier caso, se llama Monique, es de mi edad, francesa y trabaja en Villa Médicis —me revela Paola borrando mis temores con una sonrisa. Debe de haber decidido que por el momento le basta con provocarme.

—¡Vamos, cuéntame algo más! —la apremio dándole un pequeño puñetazo en un hombro. Quizá aún quede margen para insistir.

Me cuenta que la ha conocido en el trabajo. Monique es la responsable de la recepción de la villa, no tiene novio ni marido y vive libremente su homosexualidad. No es como Borraccini, la ex de Paola, además de mi profesora de restauración, que mantuvo su relación en la clandestinidad durante varios años.

—A decir verdad, hace tiempo que me invita a salir y siempre me he negado — prosigue Paola—. Pero esta noche me he dicho: ¿Por qué no?

En el último año, después de poner punto final a su relación con Gabriella, Paola ha afrontado el dolor con un valor y un aguante que pocas veces he visto en nadie. No se ha derrumbado en ningún momento ni se ha regodeado en la autocompasión. Ha seguido haciendo lo mismo de antes. Únicamente su mirada parecía más apagada. Su corazón se había encerrado en sí mismo y ella lo llevaba dentro como un peso muerto. Se obstinó en permanecer sola y durante varios meses no ha querido ver a nadie. Con todo, no se ha endurecido, como suele ocurrir en esas situaciones.

De manera que ese «¿por qué no?» implica que se está dando la oportunidad de tener una nueva vida, una nueva felicidad. No sé si Paola es consciente, pero la forma en que me mira me hace pensar que sí.

—Claro, ¿por qué no? —repito esbozando una leve sonrisa.

—Sé que te parecerá una banalidad —me dice mirándose al espejo con ojos resplandecientes—, pero Monique es distinta a las mujeres que he frecuentado en el pasado. Incluso en el caso de Gabriella, siempre he sido yo la que las buscaba, la que debía luchar para poder disfrutar de un poco de tiempo en su compañía. Ella, en cambio, me colma de atenciones. Te confieso que me siento cohibida, no estoy acostumbrada.

—Me parece una magnífica premisa —le digo pasándole el bolso—. Monique ya me cae simpática. —En efecto, si algo debe aprender Paola es a aceptar que la quieran sin peros ni condiciones.

—¿Qué piensas? ¿Estoy bien? —me pregunta volviéndose hacia mí.

—Estás perfecta —afirmo mientras la sigo en el umbral.

Paola baja a toda prisa la escalera dejando detrás un rastro de Chanel número 5. Cierro la puerta a mi espalda.

Una vez sola en el recibidor, observo unos segundos mi imagen reflejada en el espejo. Me acerco a él, demorándome con un poco de desconfianza, como se hace con los desconocidos, para observar mi cara.

Paola quizá vaya camino de encontrarse con un nuevo amor. ¿Y yo? ¿Qué puedo hacer esta noche?

Yo no, yo sigo por mi camino de distracciones y atajos. Quizá esta noche llame a Davide, le pediré que salgamos a beber algo y luego ya veremos. Lo conocí hace un mes, en el gimnasio, y lo único que sé de él es que es diseñador gráfico publicitario y que tiene dos perros. Pero es más que suficiente, dado que nos hemos acostado ya una vez y fue más que agradable.

Lo último que quiero hoy es quedarme aquí sola rumiando.

Esta noche saldré, aunque sé que no encontraré el amor. Después de todo, creo que ni siquiera lo necesito.

Davide se ha levantado pronto para ir al trabajo y se podría decir que me ha echado de la cama.

Aún atontada, he cogido dos autobuses para volver al centro y ahora estoy desayunando en el bar que hay debajo de casa con el firme propósito de subir a dormir como es debido. Mientras bebo a toda velocidad el capuchino disfrutando del aire acondicionado, varias escenas de la noche —no estoy preparada, aún no— pasan por mi mente: las manos de Davide explorándome, frías, desabridas, su cuerpo desnudo bregando sobre el mío, yo, que jadeo y gimo como exige el guion; una ficción que ambos aceptamos de buen grado, como si fuese normal o, incluso, placentera. El vino que bebimos en abundancia y la marihuana que cultiva en su terraza fueron algunas de las cosas más agradables de la velada. Pero en el recuerdo todo aparece confuso e insípido, como un dibujo descolorido por el agua.

Aparto la mirada del fondo de la taza. Al otro lado del escaparate mis ojos se encuentran con otros, oscuros y magnéticos, imposibles de olvidar: Lucrezia. Parpadeo tratando de convencerme de que son las secuelas de la velada, pero la visión permanece en su sitio, casi parece que me esté esperando. Pago el desayuno y salgo del bar casi de puntillas. Me habré equivocado, lo espero de verdad, probablemente la haya confundido con otra persona, aunque también es posible que sea ella y que esté aquí por casualidad. No por mí.

—Elena —me llama acercándose a mí.

El hecho de que sepa cómo me llamo genera un cortocircuito instantáneo en mi cerebro. La última —y única— vez que nos vimos fue en la puerta del piso de Leonardo y estoy segura de que ni siquiera nos presentamos.

—¿Podemos hablar un segundo? —me pregunta tirando el cigarrillo al suelo. No me había dado cuenta de que estaba fumando. La miro con mayor atención. Es solo un poco más alta que yo, pero lo que hace que resulte imponente a mis ojos y que casi me produzca temor son sus hombros anchos y huesudos, que parecen dibujados bajo una camiseta ligera. Me parece más demacrada que la última vez que la vi, hace ya muchos meses: tiene las mejillas hundidas y unas ojeras oscuras y profundas. Aun así, su belleza lunar permanece intacta, incluso bajo el sol estival. Pese a que no puedo verlo, sé que conserva el tatuaje en la espalda: las dos eles casi apoyadas la una en la otra, Lucrezia y Leonardo, el signo indeleble de su unión.

—No sé de qué tenemos que hablar —mascullo sin acabar de entender qué emociones debo sentir ni cómo debo reaccionar ante su presencia.

—De Leonardo.

Apenas pronuncia ese nombre —hace meses que no lo he nombrado, exceptuando en sueños—, se hace un silencio plúmbeo. Esta mujer y yo deberíamos ser enemigas simplemente por el papel que desempeñamos —ella es la esposa y yo la amante— y no comprendo de qué forma lo que nos divide puede ser un motivo de diálogo.

—Lo sé todo sobre vosotros —me dice clavando sus ojos en los míos—. Lo comprendí enseguida, el día en que llamaste al timbre de nuestra casa. Leonardo me lo contó después todo.

En este momento, la idea de haber sido objeto de una confidencia entre marido y mujer me repugna. Pero, sobre todo, me resulta tremendamente dolorosa. Me gustaría saber qué fue lo que Leonardo le dijo de mí, cómo archivó la cuestión, pero no soy capaz de preguntárselo. Las palabras se quedan obstruidas en mi garganta. Quizá decidieron liquidarme como un simple desliz, una de esas escapadas que, una vez superadas, refuerzan ulteriormente la armonía conyugal.

—Perdoné a mi marido por lo que hizo mientras yo estaba ausente, pero ahora es distinto… —Un destello siniestro cruza por sus ojos y su voz asume un tono grave—: ¿Os seguís viendo? —No parece una pregunta, sino más bien una afirmación.

—¡¿Qué?! —La insinuación me parece tan absurda que suelto una risotada histérica—. Pero si hace meses que no veo a Leonardo…

Lucrezia me observa desde detrás de sus espesas pestañas; es evidente que no me cree.

bien, pero salta a la vista que ya no es el de antes. Está siempre distraído, ausente. Tiene la cabeza en otro sitio…

—Aun en el caso de que sea así, esa cuestión no me concierne. Desde hace mucho tiempo. Te he dicho que ya no lo veo —la interrumpo con brusquedad. Ya no me río. La situación me está sacando de mis casillas.

—Debes olvidarlo. Quiero retomar la vida de antes con él —continúa Lucrezia impertérrita—. Y tú…, tú eres solo una obsesión de la que tiene que librarse.

Esto sí que es demasiado. No puedo seguir escuchándola. Además del dolor y la desesperación que siento por haber perdido al amor de mi vida por su culpa, ahora tiene el valor de acusarme; soy la obsesión de su marido, por supuesto… El corazón me late acelerado, pero trato de dominarme. Sé que Lucrezia es una mujer inestable, puede que se encuentre en una fase en la que haya perdido por completo el contacto con la realidad, de manera que debo ser yo, que estoy bien de la cabeza y más equilibrada, la que restablezca un mínimo de sensatez entre nosotras.

—Oye… —le digo con suma calma—. Si las cosas no funcionan entre vosotros, yo no tengo la culpa, desde luego. Habla con tu marido en lugar de hacerlo conmigo.

—Todo funciona bien entre nosotros, excepto tú.

Por sus ojos pasa un destello de orgullo y desesperación que casi me conmueve. Frente a mí se encuentra una mujer enamorada; enamorada y dispuesta a todo para recuperar a su marido.

—Pero también he venido a decirte algo más —prosigue—. Leonardo ha tenido muchas mujeres, no creas que eres diferente de las demás… Al final se cansará y volverá a mi lado, como siempre.

Es cierto, lo he descubierto a mi pesar: Leonardo ya ha vuelto a su lado. He aprendido la lección, ella es la única que parece no haberla asimilado por completo.

—Perfecto —concluyo tragando un grumo de dolor—. Por lo que veo, todos estamos de acuerdo. Haced vuestra vida, que yo haré la mía. Ya no existo, olvidaos de mí para siempre. —Inicio la marcha para cruzar la calle, pero ella me retiene.

—¡Espera! —sisea con una rabia ciega en los ojos—. Aún no he acabado contigo. —Sus dedos delgados se hunden en mi brazo. Es un depredador que quiere torturar a su presa.

—¡Déjame en paz! —grito exasperada liberando por fin toda la angustia que llevo dentro. Me suelto de ella dándole un empujón, pero calculo mal la fuerza y tropiezo en la acera. El pie se queda en vilo en el bordillo, sin encontrar apoyo. Me caigo. Apenas me da tiempo a oír el chirrido de unos frenos y un grito de terror, mío o de Lucrezia, no sabría decirlo. El coche me golpea de lleno. Lo único que siento es el estruendo que produce la chapa y una punzada desgarradora en una pierna.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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