
Revolcadas Nocturnas con mi Madre
«Cuando la lujuria te domina.»
Capítulo II
Revolcadas Nocturnas con mi Madre
Capítulo II…
Estaba observando en medio de la oscuridad, aquella figura curvilínea que dé pie, permanecía bajo el marco de la puerta de mi dormitorio. No podía dejar de mirarla, era como un encantamiento, como si estuviera hechizado. Tampoco podía ver su rostro, pero sabía que tenía la mirada fija en mí.
Era extraño, como si estuviera en otra dimensión. No podía verla bien, era como una sombra, pero a pesar de eso, esa figura, y esas curvas, se me hacían familiares…
¿Acaso…?
¿Acaso era…?
De repente se movió. Había comenzado a acercarse lentamente, muy lentamente. Pensé en encender la lámpara de mi mesita de noche, pero mi cuerpo no respondía, era como si estuviera paralizado. No podía dejar de mirarla, cada vez más cerca.
Observé el reloj y vi que eran casi las dos de la mañana. Volví mi mirada a esa encantadora figura. Dentro del lapso en el que estaba, comencé a recorrerla con la vista.
Esas curvas tan familiares, exuberantes. Comencé a sentir cómo un gran deseo se despertaba en mí. Observaba la silueta de esas piernas, gruesas, torneadas. De esas caderas anchas y redondeadas. Su angosta cintura.
Conforme se acercaba, la luz de la luna me iba permitiendo distinguirla, poco a poco. Comencé a distinguir el color de sus piernas desnudas, me di cuenta que traía puesto un diminuto camisón claro y transparentoso, que apenas cubría ese triángulo, el cual, sabía que habría un delicioso tesoro.
Subí la mirada, recorriendo con mis ojos ese hermoso cuerpo, deleitándome de esa bella y provocativa figura femenina. Descubrí unos grandes pechos, que casi se escapaban por el gran escote de aquel pequeño camisón. Lo ajustado de su camisón resaltada bastante sus senos, rellenos. La luz de la luna me permitió notar incluso la aureola de esos hermosos senos, tan grandes y redondos, y que asomaban en gran proporción en su escote, ya que lo delgada de la tela, la hacía traslucirse. Descubrí que el color del camisón era celeste, tenía encajes en los bordes, y parecía de una tela suave y muy liviana, como una segunda piel.
Subí la mirada más…
Y vi sus ojos… mirándome.
Pero de repente fuertes golpeteos comenzaron a sonar.
Era la puerta.
—¡Despierta!
Abrí mis ojos de golpe.
—¡Se te va hacer tarde! —era la voz de mi madre llamándome.
Era un sueño…
Miré el reloj, eran las seis de la mañana. Recordé que había Quiz en la primera clase, a las siete. Así que rápidamente me puse de pie para ir a bañarme. Pero había un inconveniente, un gran inconveniente. Tenía tremenda carpa en mi pantalón, por la terrible erección que tenía. Pensé en bajarla “manualmente” o salir rápido así, igual el baño quedaba al lado ahí afuera en el pasillo.
Cuando de repente se abre la puerta.
¡Era mi madre!
Fue inevitable que viera el gran “inconveniente” que tenía en ese momento. Yo ahí de pie, con esa carpa, y ella ahí, de pie bajo el marco de la puerta, observándola, sorprendida.
Inmediatamente me la cubrí con las manos. Ella bajo rápido la mirada poniéndose colorada. No sabía ni qué decir ¡ni siquiera pensar en disimular! Cuando ella, así, con el rostro todo colorado y sin mirarme, me dice que bajara a desayunar. Le digo que bueno agachando la mirada, la voz casi ni me sale de la vergüenza.
El día estaba lluvioso, así que con mis amigos preferimos quedarnos en el salón de clases, a la hora del descanso. En la cafetería no había las arepas rellenas de huevo revuelto que siempre compraba, tuve que comer otra cosa, hacía bastante hambre porque no había desayunado…
Intenté olvidarlo otra vez, pero no podía, todavía sentía mucha vergüenza.
¿Qué habrá pensado de mí?
No había podido ni concentrarme en el Quiz, lo más seguro es que lo haya perdido. Y fuera de eso no había asistido Diana, porque había amanecido con resfriado, según sus amigas. Con el día tan frio que hacía, no lo dudo.
¡Vaya día el de hoy!
—¿Vas a entrenar hoy? —me preguntó uno de mis amigos.
Siendo honesto, no tenía ánimos de ir, el día estaba siendo una completa mierda. Pero del otro lado, me sentía todavía un poco incómodo de lo de esta mañana. No tenía cara para ver a mi madre de frente.
—Si… Apenas terminemos clases.
—Ok. Entonces nos veremos, yo también voy.
La campana había sonado. La clase que seguía era Historia, una de las materias que más me costaba porque no tenía buena habilidad para memorizar tantos datos a la vez de un mismo tema, como las fechas, los autores de cada acontecimiento, etc. Preferiría Física, aunque también fuera de memorización, pero se me hacía más fácil, que los largos acontecimientos de Historia. En fin, creo que iba a ser un día bastante largo.
Abrí la puerta de mi casa. Y era de noche.
Después de salir del gym, con mis amigos fuimos a un centro comercial, a caminar un rato y jugar con las maquinas, y de paso comer algo.
A media tarde me había escrito mi mamá para saber ver si iba a ir a almorzar, le había respondido que no, que iba a comer algo con mis amigos, y llegaba más tarde.
Pasé por el pasillo, volteé a mirar hacia la sala, no había alguien. Así que subí directo a mi cuarto. Estaba todo oscuro ya, no me había dado cuenta de la hora, eran las nueve y media, debían estar acostados todos.
Dejé la maleta. Había sido un día largo, estaba muy cansado, y también tenía mucha hambre. Sólo comimos comida chatarra por ahí. Me cambié de ropa y bajé a la cocina a ver qué había para comer.
La cocina estaba envuelta en una penumbra acogedora a esa hora de la noche, solo iluminada por la tenue luz de la luna. Un casi absoluto silencio, roto solamente por el tic-tac del reloj de pared que había en el comedor. Hacía un poco de frio en la cocina, y además estaba descalzo, para que mis pisadas fueras suaves y así no hacer ruido. No quería despertar a alguien.
Estaba buscando algo para preparar, encontré pan, jamón en la nevera, queso, así que me iba a preparar unos sándwiches. Tampoco es que fuera el súper chef como para preparar algo mucho más elaborado, la otra opción era cereales con leche. Estaba en eso cuando de repente siento una presencia en la entrada de la cocina. Volteé a mirar…
No lo podía creer…
Era la figura con la que había soñado…
No había encendido la luz porque igual entraba un poco por las ventanas. Pero era la misma. Esa figura curvilínea, no podía creerlo. Sinceramente fue más el susto.
¿Acaso era mi mente la que me estaba jugando una mala pasada? ¿era un fantasma?
Esta casa tenía espíritus, creo que tendría que hablar con mi padre de esto. Definitivamente, ya estaba enloqueciendo, hasta alucinaciones tenía.
Vi que la figura se movió y se encendió la luz…
—¿Por qué llegas a esta hora? —me dijo mi madre—. Y veo que ni has comido nada. Estabas con esos buenos para nada, ¿no? ¡Por eso es que no me gusta que salgas con ellos! ¡Porque siempre llegas hasta las tantas!” –
—Eeeh… Perdón, se me hizo un poco tarde.
—¿¡Un poco!? ¿Sabes qué hora es? —me respondió bastante alterada.
—Si, perdón, no va volver a pasar.
—Eso espero. Creo, que voy a poner mis ojos más puestos en ti —fue una amenaza, o una advertencia—. Ahora ven, que yo te preparo algo.
—No te preocupes, yo lo hago.
—¡No! ¡Lo hago yo! —se puso a abrir los cajones y comenzó a sacar cosas.
Después del susto, ya podría relajarme y pensar con claridad. Afortunadamente me di cuenta que no estaba enloqueciendo. Pero también noté que no llevaba puesto ese diminuto camisón como en mi sueño, llevaba una bata larga, que sin embargo no disimulaba sus encantos.
Estaba mirándola, aprovechando que estaba de espaldas a mí. Definitivamente, era muy voluptuosa, que pedazo de trasero se le marcaba en esa bata. La tela tan liviana, que se marcaba la hendidura de entre sus nalgas.
¡Vaya mujerón que tenía en casa, y no me había dado cuenta!
Pero también observé algo más. Ella se había quedado quieta, ahí de pie sin hacer nada.
¿Qué habrá pasado? ¿Será que cambió de parecer de lo que me iba a preparar, y decidió prepararme mejor otra cosa?
Subí la mirada, y vi su rostro en el reflejo de un vidrio de uno de los armarios de la cocina.
¡Me estaba mirando!
¡Pero que pedazo de imbécil soy, por Dios!
Ella estaba de pie frente a un estante con puertas de vidrio donde se guarda alacena, me estaba mirando por el reflejo del vidrio. Inmediatamente le quité la mirada y tomé las bolsas de pan y el resto de cosas que había sacado para volverlas a guardar, y disimular un poco.
—¡No guardes el queso porque lo necesito!
Lo dejé ahí donde estaba.
No sabía qué hacer. De nuevo había metido la pata. Ella continuó preparándome algo para comer, mientras yo me quedaba ahí, quieto, como un autómata, o un NPC de algún video juego. Al parecer me iba a preparar macarrones con queso, parece ser que eso fue lo que almorzaron y había quedado un poco, también estaba haciendo una ensalada. Pero además noté movimientos bruscos en ella, la miré a su cara y estaba seria, de hecho, estaba haciendo mala cara.
La había jodido, otra vez. ¿Y ahora qué?
Últimamente me he descuidado mucho, me he dejado llevar por los deseos, y eso me puede hacer cometer grandes errores, como ahora. Y si no lograba controlar estas cosas, entonces me podría meter en serios problemas. Lo bueno, es que todavía estaba a tiempo. O eso creía.
Estaba pensando y divagando con la mirada baja, recostado en la encimera central de la cocina, cuando mi madre terminó de prepararme la cena. Me paso el plato en la mano, pero…
—Ya, aquí está tu cena. Come y te subes a dormir.
Ni siquiera me miraba, me lo dijo con una seriedad y frialdad poco común en ella. Así que simplemente tomé el plato y me quedé ahí hundiéndome en la vergüenza, mientras escuchaba sus pasos alejarse.
Definitivamente, tenía que aprender a controlarme.
Había amanecido, era sábado ya. Estábamos a mediados de la primavera, pero el día estaba oscuro. Parece que iba a llover. No tenía planes para ese día, pensé en llamar a mis amigos para ver qué podríamos hacer.
Escuche ruido en la casa. Ya se habían levantado, mire el reloj, eran casi las diez. Me quedé un rato en la cama. La verdad, no tenía muchos ánimos de hacer nada. Me acordé de lo de anoche. Me daba vergüenza bajar y ver a mi madre.
¡Toc toc toc!
Abrieron la puerta.
—¿Es que no piensas bajar a desayunar? ¿te vas a quedar ahí todo el día?
Era mi madre, ya estaba arreglada.
—Nosotros nos vamos con tu padre y los niños, vamos al cumpleaños del hijo de Cristina, mi amiga —me dijo. Continuó—. Abajo está el desayuno, también está hecho el almuerzo. Nosotros llegamos en la noche.
—Ok.
Se despidió y se fue. Creo que todavía seguía molesta, siempre se despedía de beso.
En fin. Le escribí a uno de mis amigos para ver qué hacer más tarde. Quedamos en vernos con los otros e ir a la casa de uno de ellos a jugar videojuegos y pasar el rato. Así que me levanté y me fui a duchar.
Pensaba que iba a ser algo tranquilo, pero llevaron alcohol. También fueron un par de chicas, amigas de uno de mis amigos, y a quienes otros de mis amigos flirtearon. En fin, entre trago y trago pasó el día. Nos divertimos bastante, jugamos con la consola, mientras unos jugaban otros hablaban con las chicas, pusieron música, etc.
Aproximadamente a las nueve de la noche llegué a casa. Me di cuenta que no había nadie, todavía no habían llegado, así que me preparé algo de comer, había pollo en la nevera, eso me ayudaría a bajar un poco el alcohol.
Al rato llegaron todos, llegaron alegres, se ve que la pasaron bien.
—Hola amor ¿cómo estás? —me saludó mi madre, parece que ya no estaba molesta. Me saludó con un beso en la mejilla.
—Hola ma, bien.
—¿Y qué hiciste? —No había notado el olor a trago, creo que la comida lo había disimulado.
—Nada raro, salí un rato con mis amigos.
Mi padre después de saludarme se fue a su habitación. Mis hermanos se quedaron en la sala viendo TV.
—Mira, trajimos algo para comer, amor.
Mi madre se puso a preparar unos bocadillos para comer. Pese a que ya había comido algo pensé que unos bocadillos no vendrían mal. Así que me quedé allí.
Todavía estaba un poco entonado por el alcohol, aunque no se notaba mucho. Observaba a mi madre, estaba muy hermosa, se había arreglado muy bien para ir a ese cumpleaños, tenía un pantalón que le quedaba bien ajustado.
No sé por qué no me había fijado antes en ella, era muy distraído, pero desde esa vez, que la vi en el baño.
¡Uff!
Comencé a recordar ese momento. Cómo estaba inclinada con esos shorts, ¡con ese trasero justo al frente mío!
Este pantalón resaltaba mucho su culo, se veían un buen par de nalgas, abundantes y bien paraditas. Comencé a excitarme, fue inevitable. Parece que lo que aún me quedaba de alcohol me desinhibía un poco. Pero mientras la observaba también vi que mi madre hacia movimientos un poco raros, como que a veces no coordinaba bien sus movimientos.
¡Qué extraño! ¿Será que también bebió algo?
El saber que ella también debía estar un poco entonada me prendió más. Ella casi no toma, es muy recatada y siempre está guardando las formas. Por lo que verla así, y más los tragos que tenía en la cabeza, aumentó más mi excitación. Y tuve el impulso de hacer algo que en mis cabales no hubiese hecho.
—Ven te ayudo.
Me puse atrás de ella para “ayudarle”. La tomé de la cintura y con la otra mano tomé una crema de leche que le estaba aplicando a los platos. Continué yo el trabajo. Mientras le iba ayudando, mientras iba tomando los platos y demás utensilios, la iba rozando.
Al principio como que no se daba cuenta y se reía. Pero conforme iban aumentando los roces, apretándome un poco más contra su culo, acariciándole la cintura, notando su piel desnuda, aprovechando que la blusa que traía era un poco corta, noté que se estaba poniendo nerviosa. Ya no se reía, sólo miraba al frente, notando cada vez más mi descaro, y la dureza de mi miembro que prácticamente lo recorría contra su nalga. Detuvo lo que estaba haciendo colocando sus manos sobre la encimera mientras yo terminaba de preparar los bocadillos.
Y cuando ya terminé, me puse bien detrás de ella abrazándola fuertemente por la cintura, apretándola con fuerza, y haciéndole notar al máximo mi envergadura en ese gran culo que se cargaba. Notando también con el abrazo el comienzo de sus pechos.
—Listo mamá, ya acabamos —le dije dándole un beso en el cuello, y me fui.
Inmediatamente vi por el rabillo del ojo como ella, completamente alterada se giraba hacia mí. Pero fui más rápido que el posible reclamo, y entre al baño del primer piso.
Esperé un rato hasta que escuché a mi madre decirles a los niños que se subieran, subiendo ella también. Me asomé, no vi a nadie, así que salí. Miré en la cocina si me habían dejado postre, y efectivamente ahí estaba un plato, lo tomé y subí en silencio, abriendo la puerta de mi cuarto cuidadosamente.
¡Uff!
Trascurrieron los días, en los cuales mi madre se mostró muy seria conmigo. La observaba perturbada, nerviosa, cada vez que nos cruzábamos me percataba de cómo le temblaban los ojos. No me miraba directamente, o por lo menos no cuando sabía que la estaba mirando, porque si notaba que me miraba de reojo. Apenas me hablaba para lo necesario.
Me encontraba en el salón de clases, estábamos realizando un cuestionario sobre La Revolución Industrial. Sólo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared. El profesor sentado en su escritorio mirando unos papeles. Todos los demás en silencio, concentrados en responder. Sin embargo, yo estaba absorto en mis pensamientos, de por sí esta asignatura no se me daba muy bien, intentaba concentrarme, pero me era un poco difícil.
Ana, mi madre…
Suspiré.
¿Qué era lo que me estaba pasando?
Una cosa es que me llame la atención y que me deleite mirando su hermoso cuerpo. Pero otra muy diferente es hacer lo que estaba haciendo. Esos roces, que fueron absolutamente atrevidos. Además, que a veces mis miradas eran muy descaradas, al punto que ella se percataba de eso.
Ahora que lo pensaba bien, la idea era que ella no se diera cuenta de ello, de lo que me pasaba con respecto a ella, de lo que estaba comenzando a sentir.
Era extraordinario. Cómo de un momento a otro, le pueden cambiar a uno los acontecimientos y los pensamientos, porque antes no tenía este tipo de dilemas en mi mente. Pero fue hasta ese maldito día en el que la vi en el baño, a su culazo y su cuerpazo en esas “fachas”, y desde ahí todo cambio en la manera de ver a mi madre.
Se supone que uno como hijo, no debería tener este tipo de pensamientos con su madre, no deberían ni siquiera pasar por la mente. Pero uno no es ciego, y a veces la tentación es demasiado fuerte.
Además, sentía que mi libido estaba en aumento. No sé, pero desde esa vez mi deseo se ha aumentado considerablemente, al punto de tener que desahogarme todos los días, e incluso hasta dos o tres veces al día. Pensaba que de pronto era por la actividad física que siempre hacía, la buena alimentación, las proteínas, etc. Además, siempre los adultos decían que en la adolescencia las hormonas, por lo general, estaban en una muy alta actividad. Debe ser por todo eso.
Pero desde ese día, todo ha cambiado bastante para mí. Incluso el deseo que he sentido por Diana ya no lo sentía tan fuerte como antes, exactamente desde que me fijé en mi madre.
Y aunque me pese, debo reconocer que la he estado viendo como mujer, como una tremenda mujer. Y también debo reconocer que el mezclar el hecho de que sea mi madre, y también la tremenda mujer y hembra que es, me produce un aumento en mis deseos carnales que nunca había experimentado, ni siquiera cuando perdí la virginidad. Es algo incomparable.
Sonó la campana.
Mierda.
Intenté terminar lo más rápido que pude. Tenía que mencionar 3 causas de la Revolución Industrial. Bueno, sabía que lógicamente una era el crecimiento e inversión de las fábricas en maquinarias y ese tipo de cosas. Por ende, se podría deducir que otra era el crecimiento económico, o sea el aspecto comercial. Me faltaba una, ¿cuál podría ser?
Iba a escribir la primera tontería que se me había acorrido, cuando frente a mi hoja apareció la mano del profesor.
Rayos. Se había terminado el tiempo.
Mientras esperábamos al otro profesor para la siguiente clase, quise distraerme un poco con mis amigos. Estaban hablando sobre una competencia, de skateboarding, decían que iba a ser una gran competencia porque iban a venir unos competidores reconocidos, y mucha gente. Pues uno de mis amigos le gustaba ese deporte y lo practicaba, decía que se iba a inscribir para participar. Nos alegramos por él y le deseamos suerte.
Las clases pasaron sin novedad alguna. Ya estaba entrando por el portal de mi casa. No estaba mi madre, ni mis hermanos pequeños, a lo mejor no tardaban, ellos salían más temprano que yo, y mi madre iba a recogerlos.
Así que me serví el almuerzo que ya estaba preparado. Me dispuse a almorzar cuando recibí un mensaje en mi móvil. Era Diana, me decía si podría acompañarla al centro de la ciudad, necesitaba averiguar unas cosas. Por supuesto, le dijo que sí.
—¡Oye! Así que para eso me trajiste.
—Je je je,. No te quejes que cuando terminemos te invito algo —me decía Diana—. Además, ¿no que haces mucho ejercicio, que nada te queda grande? ja ja ja
Estaba con varias cajas sosteniéndolas en mis manos, eran varias telas y demás materiales. Me dijo que con una prima suya iban a confeccionar varios vestidos. Su prima ya estaba en la universidad y estudiaba diseño de modas. Entonces iba a fabricar varios modelos que ya había diseñado junto con Diana, a quien también le gustaba eso. Y le había pedido el favor de comprar algunos materiales, le había dado una lista con las cosas exactas que debía comprar, ya que estaba un poco ocupada con el estudio y esto sólo era un proyecto personal. Idea de ellas.
Estábamos recorriendo toda la principal del centro, ella iba de aquí para allá, mirando absolutamente todo, se veía que estaba muy emocionada, parece que le hacía mucha ilusión ese proyecto con su prima.
Se detuvo a ver unos vestidos que había en un escaparate. Eran tres, largos, un poco ajustados, me llamó mucho la atención uno azul. Era muy similar al que había usado mi madre una vez, en una de nuestras cenas. Me acordé de cómo le quedaba, como un guante en su piel, y como le resaltaba su cuerpo.
Observé a Diana, también es muy hermosa. Pero mi madre es más voluptuosa. Bueno, era obvio, a lo mejor Diana con el tiempo se pondría así. Recordé a su madre, y aunque sólo la había visto de pasada, si me había fijado que también tenía un buen cuerpo, aunque una vez le escuché decir a las amigas de Diana que estaba operada.
En fin, terminamos de hacer las compras. Me invitó un helado. Entre charla y charla ya estábamos bajo el portal de su casa.
—Gracias… Por acompañarme.
—No hay problema, cuando quieras vuelvo a ser tu cargador personal —le dije, provocando su risa.
—Entonces…
Que ojos tan hermosos, azules, resaltando mucho con la luz del sol. No me había dado cuenta, pero nos habíamos acercado mucho frente.
—Chao…
La estaba mirando fijamente. Hipnotizado. Ella tampoco desviaba su miraba. De repente y que lo notara, me fui acercando hacia ella. Ella había comenzado a cerrar sus ojos, yo igual. Pero justo en el momento en el que nuestros labios se iban a pegar, pasó un vendedor ofreciéndonos cosas.
Nos miramos divertidos, y nos despedimos como siempre.
Atravesé el portal de mi casa, de nuevo. Ya estaba anocheciendo.
¡Me sentía genial! ¡Estuve a punto viejo!
De probar esos labios, gruesos, y rojitos, que deben saber a fresa. Y ella al parecer también estaba dispuesta.
Entré, estaban todos en la sala, excepto mi padre, como ya era costumbre. Mis hermanos estaban jugando y mirando TV. Mi madre estaba en la cocina. Mis hermanos me saludaron felices, preguntándome dónde estaba, yo también los saludé feliz, ¡cómo no estarlo!
Entré a la cocina a saludar a mi madre.
Estaba tan emocionado, que me olvidé por completo de su molestia conmigo. Me sentía un completo galán. Las mujeres no me van a rechazar. No señor. Esa hermosura de ojos claros y cabello rubio. Ya prácticamente, había conquistado su corazón.
Pero vi ese enorme culazo que se gastaba mi madre, bien ajustado en esos pantalones de sastre, con ese par de nalgas bien paradas. Y con el exceso de confianza que tenía, no me pude contener. No me aguanté las ganas.
Ya tenía a una prácticamente conquistada, y esta mujer no iba a ser la excepción.
Así que sin que pudiera reaccionar la saludé abrazándola por la cintura.
—¡Hola mamá! —le di un beso en la mejilla.
Pero también bajé mi mano de su cintura a su culo. Y no me aguanté las ganas de acariciárselo, y darle un apretón a una de esas nalgotas hermosas. Pero inmediatamente me apartó de un empujón.
—Pero ¡¿qué te pasa!? —me quedé de piedra—. ¡Soy tu mamá! ¡A ver si me respetas!
Estaba furiosa, creí que me iba a dar una bofetada.
—¿¡Crees que no me he dado cuenta!? La manera en la que me miras ¡desvergonzado! ¡Ya te pasaste!
Y se subió a su cuarto.
Me quedé ahí, quieto. Y mientras escuchaba la algarabía de mis hermanos en la sala, mi mente estaba bloqueada.
Otra vez. La había cagado.
Este libro, ‘Revolcadas Nocturnas con mi Madre’, es de mi autoría, Annie Zarel.



