Los Secretos de Teresa, mi Abuela | Capítulo 4

Los secretos de Teresa, mi abuela | capítulo 4, retrato realista de mujer madura de 58 años, voluptuosa y segura, en su sala de estar al atardecer con vista al jardín.

Los Secretos de Teresa, mi Abuela

«La primera vez que la vi romper las reglas, entendí que yo también quería aprender a romperlas con ella.»

Capítulo IV

Los Secretos de Teresa, mi Abuela

Capítulo IV…

El aire está frío, más de lo que esperaba.

No es ese frío limpio de madrugada, sino uno más pesado, que se mete entre la ropa y obliga al cuerpo a mantenerse en tensión constante. Camino con las manos dentro de la chamarra de cuero, sintiendo el roce del forro contra los nudillos, intentando anclarme en algo físico que no sea lo que llevo en la cabeza.

No lo consigo. Cada paso hacia la casa de mis abuelos es consciente. Demasiado consciente.

La distancia es corta. Podría hacerla sin pensar, como tantas veces antes. Pero hoy no hay automatismos. Todo está cargado de intención. De expectativa. De una ansiedad que no se parece a nada que haya sentido antes.

No es miedo. No exactamente. Es anticipación.

Una presión interna que no disminuye, que se mantiene estable, como si mi cuerpo ya supiera lo que va a pasar antes de que ocurra.

Respiro por la nariz, lento.

El aire frío ayuda, pero no lo suficiente.

Repaso mentalmente lo que hice la semana pasada. Lo que vi. Lo que encontré. Las imágenes. Las conversaciones. Los videos…

La forma en que todo encajó en una estructura que no conocía, pero que ahora entiendo mejor de lo que debería.

Teresa no improvisa. Teresa responde. Observa. Detecta. Y actúa.

Y yo…

yo voy a entrar en ese mismo juego.

No desde la ingenuidad. No desde la duda. Voy con un plan. Simple. Directo.

Acercamiento progresivo. Lectura constante de su reacción. Nada abrupto. Nada que la obligue a retroceder. Pero tampoco nada que deje espacio para ambigüedad.

Ella ya sabe.

Estoy seguro.

Las miradas del otro día no fueron interpretaciones mías. Fueron correspondidas.

Y hoy…

hoy voy a confirmarlo.

Aprieto ligeramente el bolsillo interno de la chaqueta de cuero que llevo puesta. La caja sigue ahí. Pequeña. Firme. El peso es mínimo, pero simbólicamente es lo más importante que llevo conmigo. No es un regalo casual. Es una declaración. No explícita. Pero tampoco inocente.

Doblo la esquina. La casa aparece al final de la cuadra. La reconozco al instante, pero hoy se siente distinta. No como un lugar familiar. Sino como un punto de acceso. Un umbral.

Disminuyo el paso sin darme cuenta. Mi pulso sube. No por el esfuerzo. Por lo que viene.

Subo los dos escalones de la entrada.

Me detengo un segundo frente a la puerta.

Exhalo.

Toco el timbre. El sonido corta el silencio interior.

Espero.

Unos segundos.

Pasos.

Ligeros.

Reconocibles.

La puerta se abre.

Teresa.

La reacción es inmediata.

Sorpresa. Real.

Pero se transforma rápido. Siempre se transforma rápido en ella.

—Daniel…

Mi nombre en su voz tiene una cadencia distinta. Más baja. Más cercana. Sus ojos recorren mi rostro, bajan apenas, registran. Mi ropa. Mi postura. Mi presencia. No lo oculta.

Yo tampoco. La miro de arriba a abajo sin disimular. Por primera vez. Sin filtros. Sin esa contención automática que siempre tuve con ella.

El vestido.

Blanco con franjas negras a los lados, ajustado con precisión quirúrgica. La tela se pega a su cuerpo como si hubiera sido diseñada para marcar cada curva sin excepción. Es corto. Más de lo que recordaba que ella usara antes. Termina por encima de los muslos, más de la mitad de ellos, dejando ver la firmeza de sus piernas, sus gruesas piernas torneadas. El contraste claro de su piel contra el aire frío que entra desde la puerta.

El cuello un poco alto, desabotonado. Los tres botones abiertos.

Lo suficiente para formar una V que no debería ser sugestiva, pero lo es. No por la profundidad, sino por lo que no puede ocultar. Sus pechos llenan el espacio con una presencia inevitable, tensando la tela, dibujando volumen. Redondos. Y grandes.

No hay exageración. Hay control.

Pulseras finas en la muñeca. Un collar delicado. Aretes discretos.

El maquillaje no es pesado, pero está calculado.

Cada detalle suma. Cada detalle construye.

Sus labios. Gruesos. Y de un rojo escarlata. Se curvan en una suave sonrisa, cuando nota mis miradas hacia ella.

—No vas a decir nada… —me dice agrandando un poco su sonrisa, ladeando apenas la cabeza.

—Te ves… —hago una pausa breve— distinta.

No es la palabra correcta.

Pero funciona.

—¿Distinta?

Da un paso hacia atrás, permitiéndome entrar. Paso.

El perfume me alcanza otra vez. Más claro ahora. Más cercano. Más penetrante.

Cierro la puerta detrás de mí.

—Me gusta —añado.

No bajo la mirada esta vez.

Ella lo nota.

Se queda quieta un segundo más de lo normal.

Sonríe.

No como abuela.

Como mujer.

—A ti también te sienta bien eso de volver —responde.

Su mirada baja apenas a mi chamarra de cuero, a mi entrepierna, luego sube de nuevo.

Hay una evaluación. Mutua. Sostenida.

Me acerco un paso. Sin prisa. Sin brusquedad. La distancia se reduce.

—Hola, abuela —digo, más bajo.

Inclino ligeramente el cuerpo. El beso en la mejilla no es rápido. Es lento. Controlado. Más cerca de la comisura de sus labios de lo que debería. Siento su piel. Cálida. Su perfume se intensifica en ese punto exacto.

Su mano se apoya en mi brazo. No me aparta. Al contrario. Se queda. Cuando me separo, ella no rompe el contacto de inmediato.

Luego me abraza.

Y ahí sí lo hace con intención. Se inclina apenas hacia arriba levantando sus talones. Su cuerpo se pega al mío. Sus grandes pechos se presionan contra mi torso. Siento su redondez perfectamente. No es un accidente. No puede serlo.

Sostiene el abrazo un segundo más de lo necesario. Yo no me muevo. No retrocedo. Dejo que ocurra. Comienzo a sentir sus pezones. A pesar de que lleva sostén, los noto, ahora.

Cuando se separa, hay algo distinto en su mirada. Más brillo. Más conciencia.

—Pasa —dice finalmente.

Camina hacia la sala. La sigo. Ahora no intento no mirar. La observo.

El movimiento de sus caderas bajo el vestido. La forma en que la tela acompaña cada paso.

No se nota línea de ropa interior a primera vista.

Voy detrás de ella por el pasillo y no puedo apartar la mirada de sus caderas. El vestido ese, blanco con rayas negras en los costados, parece pintado sobre su cuerpo. Pero no, pintado no es la palabra: la tela está sufriendo. Cada vez que da un paso, la fibra se tensa sobre el abultamiento de sus glúteos hasta volverse casi transparente, mostrando la línea oscura de la tanga que se le mete entre las dos masas de carne, y que ahora, con atención, si noto.

Joder…

Cada vez que da un paso, se levanta una nalga, y luego la otra. Sincronizadamente. grandes. Redondas. Y por lo que se ven, duras.

Sus nalgas son demasiado grandes para ese vestido. Las he visto desnudas en la maldita tablet. Pero verlas así, contenidas, a punto de reventar la costura, es peor. Debido a lo voluptuoso de su culo, el vestido se le sube por detrás, dejando al descubierto casi la totalidad de sus muslos, gruesos, torneados, con esa piel lisa y firme que no debería tener una mujer de su edad.

Ella camina despacio, contoneándose “sin querer”, porque con ese culazo no hay forma de moverse que no sea un espectáculo. Las caderas anchas se balancean de un lado al otro, y en cada vaivén la tela se estira un poco más sobre la redondez perfecta de sus nalgas.

Puedo ver la marca del hilo de su ropa interior marcándose a través de la tela blanca, y perdiéndose entre esa hendidura profunda que divide sus glúteos, y que el vestido no logra ocultar por más que lo intente.

Nada rompe la continuidad de la forma. Es limpio. Es deliberado.

Mi entrepierna se tensa. No puedo evitarlo. Pienso en las fotos, en cómo se abría de piernas frente a la cámara, en cómo se ofrecía y mostraba para que se grabara bien sus tetas enormes. Pienso que ese cuerpo que ahora se mueve frente a mí, consciente de mi mirada, ha sido usado, filmado, compartido, profanado.

Y que no falta mucho, para ser yo quien la tome de las caderas exactamente así, quien levante esos vestidos hasta su cintura, quien hunda mi cara por completo entre ese par de nalgotas, que ahora se contonean a un metro de mí.

—¿Y… a qué debo esta visita tan… puntual? —pregunta, girándose apenas cuando llegamos a la sala. Sonriendo. Sin saber que su propio nieto acaba de imaginarla en cuatro patas.

—¿No puedo venir a ver a mi abuela?

Alzo una ceja. Ligero.

Ella se ríe. Pero no es una risa defensiva. Es complacida.

—Claro que puedes —responde—. Solo que no es tan frecuente.

Se acerca a la mesa. Apoya una mano. Se sienta despacio sobre un sofá. Cruzando una de sus piernas sobre la otra. Lento. Sin prisa.

El vestido se sube lo suficiente. Mostrando casi la totalidad de su muslo. Casi llegando a mostrar incluso una de sus nalgas. Miro. No lo oculto. No puedo disimular el deseo que comienza a crecer en mí.

Su mirada lo sigue. Registra. Obviamente, ella es consciente de eso. Y responde.

Aprieta levemente los muslos. Un gesto mínimo. Pero claro.

Asiente. Se dirige a la cocina. La sigo con la mirada hasta que desaparece.

Exhalo. Mi pulso está alto. Pero estable. Mi pantalón no. Intento tranquilizarme. No estoy improvisando. Estoy dentro. Me siento en el otro sofá de al lado.

El sonido de la cafetera se activa. El ambiente se llena de un ritmo doméstico que contrasta con la tensión que se está construyendo.

Regresa con dos tazas.

Se inclina frente a mí, para dejar una taza sobre la mesa de centro. Sabiendo que al hacer eso, sus pechos se estiran hacia abajo por la gravedad. Y noto el canalillo entre ellos por el cuello en V del vestido.

Se vuelve a sentar en donde estaba, quedando ambos en diagonal. Observando así su medio perfil. Se deja caer en el sofá con una elegancia que parece ensayada, cruzando esas piernas gruesas que el vestido blanco apenas logra cubrir. La taza de café humea entre sus dedos.

—Entonces… —dice, cruzando otra vez su pierna, sin preocuparse por la subida del vestido, sin preocuparse por taparse. Mostrando casi todo su muslo. Con su sonrisa complacida. Sosteniendo la taza entre las manos— ¿solo viniste a verme?

—Sí.

La sostengo la mirada. No parpadeo. Ella tampoco. El silencio se alarga. No es incómodo. Es cargado.

—Me alegra —dice finalmente.

Baja la mirada un segundo. La sube otra vez.

—A mí también.

La conversación fluye, pero no importa lo que decimos. Importa cómo. Cada frase tiene doble lectura. Cada pausa suma. Cada gesto construye.

Ella se acomoda. Cambia de postura. Cruza y descruza las piernas. Se inclina ligeramente hacia adelante al hablar. El escote se abre apenas más. Lo suficiente.

Mi mirada baja. Sube. Se encuentra con la suya. No me corrige. No se cubre. Sonríe.

El aire cambia. Se densifica. Se vuelve más lento. Más pesado. Más… íntimo.

—¿Y el trabajo? —pregunta, llevándose la taza a los labios—. ¿Sigue Ernesto pendiente de ti?

—No —respondo, y mis ojos viajan sin permiso al borde inferior de su vestido, donde la tela se ha subido casi por completo con el movimiento. Llegando a mostrar el borde de su nalga—. Desde que entré me da mi espacio.

Ella asiente, y hay algo en la curva de su boca que no es solo cordialidad. Es un saber. Un reconocimiento de que la estoy mirando donde no debería. Y le gusta.

—¿Y las chicas? —suelta de pronto, con un tono falso de inocencia—. En la oficina debe haber alguna que robe tus miradas, ¿no? Alguna secretaria de faldita corta…

La forma en que dice faldita corta es una provocación. Sus ojos brillan por encima del borde de la taza que está terminando, y sé que está jugando. Yo también puedo jugar.

—No —digo, y es verdad, pero no completa—. En la oficina no hay ninguna mujer que me robe las miradas.

Ella sonríe. Ancha. Triunfante.

—Qué bien —dice, y su voz se vuelve un susurro ronco—. Así te tengo solo para mí solita.

Se ríe, un sonido bajo que vibra en su garganta. Pero yo no la sigo en la broma. La miro fijo, y siento cómo la sangre se me calienta en las venas.

—En realidad —digo, despacio—, sí hay una mujer que roba mis miradas.

El aire cambia. Sus dedos se tensan casi imperceptiblemente alrededor de la taza, pero su boca se arquea en esa sonrisa complacida, coqueta, seductora. Esa sonrisa maliciosa que ya he visto antes, en los videos, justo antes de que se pusiera en cuatro patas.

—Ah ¿sí? —pregunta, y su tono es una caricia filosa—. ¿Y quién?

No respondo.

Mis ojos se clavan en los suyos. Los suyos no huyen. Al contrario, se hunden en los míos con una intensidad que me recorre la espalda como un latigazo. El silencio se alarga, denso, caliente. La sala entera se encoge hasta quedar reducida a la distancia entre su mirada y la mía.

Ella sabe. Yo sé que ella sabe. Y ella sabe que yo sé.

Veo cómo su pecho, esos pechos enormes que la tela blanca apenas contiene, se eleva con una respiración más profunda. Sus párpados se entornan, y algo en su rostro se ablanda, se humedece.

La excitación es un animal que se despierta en el espacio vacío entre los dos sofás.

Entonces lo veo.

Bajo el diminuto vestido blanco, bajo esa tela estirada al límite sobre sus muslos, y mostrando casi la totalidad de la piel de estos, Teresa aprieta las piernas. Junta los muslos cruzados con un movimiento lento, deliberado, como si estuviera abrazando algo caliente entre ellos. La presión de sus carnes se marca contra la tela, y por un instante creo ver cómo tiemblan. Se aprieta sus muslos tan fuerte, que la tensión de los músculos es muy visible.

Su sonrisa sigue ahí, pero ya no es coqueta. Es hambrienta.

Ninguno de los dos dice nada. No hace falta.

Su café, del que queda ya muy poco, se enfría. El mío casi ni lo he tocado. Y yo no puedo dejar de mirar el lugar exacto donde sus muslos se juntan, imaginando el calor que está atrapando entre ellos.

Mi excitación en tremenda. Anticipando todo lo que se viene con esa mujer, con esa hembra. La erección que hay en mi pantalón ya es indisimulable. Y sé que ella ya sabe.

Sus ojos me siguen mirando con hambre. Con esa mirada de hembra hambrienta.

Pero la erección es dolorosa. Intento acomodarme mejor. Sintiendo la caja que traje en mi cazadora de cuero.

Entonces recuerdo la caja. La saco con calma.

—Para ti.

Ella despierta de su letargo. La observa.

—¿Qué es?

—Ábrela.

La toma y lo hace. Despacio. Levanta la tapa.

El collar brilla bajo la luz tenue de la sala.

Oro. Fino. Delicado. Pero firme.

Sus ojos cambian. La sorpresa ahora es distinta. Más profunda. Más personal.

—Daniel…

No termina la frase. Se lleva la mano al cuello. Se quita el que tenía puesto. Lo deja a un lado.

Se pone de pie. Camina hacia mí. Se detiene. Me ofrece el collar.

—¿Me ayudas?

Su voz es más baja ahora. Más lenta.

Asiento. Me pongo de pie. Ella se gira. Me da la espalda.

Se hace a un lado su cabello con ambas manos. Deja el cuello completamente expuesto. La piel es clara. Limpia. Tensa.

Y más abajo…

la línea de su espalda baja hasta encontrarse con la curva de sus caderas.

Se inclina apenas. No es necesario. Pero lo hace. Y eso cambia el ángulo. Su trasero se marca más. La tela se ajusta. Se define.

Mi mirada se queda ahí.

Un segundo.

Dos.

Más de lo necesario. No hay interrupción. No hay prisa. Mi mirada recorre toda esa voluptuosidad, que me ha tenido embelesado desde que llegué. Sus nalgas redondas. Marcadas en ese apretado vestido. Sus caderas anchas, y su cintura más delgada que ellas, dando forma a esa curva perfecta y atrayente. Femenina. Sensual.

El vestido blanco se tensa sobre su espalda, sobre el arco de su columna, y más abajo, sobre esa curva imposible que sus caderas dibujan antes de explotar en el par de nalgas.

Tomo el collar. Mis dedos rozan su piel al colocarlo. Ella respira. Más lento. Más profundo. Siento el calor. La cercanía. Me acerco. Mis brazos rodean su cuello para alcanzar el broche, y el perfume de ella, ese olor a crema cara y a algo más profundo, me llena la nariz. Mis dedos tiemblan al intentar enganchar la cadena.

Y entonces lo siento…

Ella empuja ligeramente hacia atrás. Sus glúteos entran en contacto con mi cuerpo. Directo. Preciso.

Es un movimiento mínimo, casi imperceptible. Pero lo suficiente para que la masa caliente y redonda de su culo toque mi entrepierna. Un roce suave, como un saludo. Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza: la sangre se dispara hacia abajo, y en dos segundos estoy más duro que una piedra.

Mi reacción es inmediata. No puedo evitarlo.

—Mmmm… —se me escapa el gemido. Un sonido bajo, gutural, que no puedo tragar.

Ella lo siente. Lo sé porque su espalda se tensa por un instante, y luego, en lugar de apartarse, empuja más. Aprieta su culazo contra mí con una confianza obscena. Mi erección queda atrapada entre el calor de sus dos masas de carne, hundida en ese valle que el vestido dibuja. Bajo la mirada. Veo la tela blanca estirándose sobre mis propios pantalones, veo la forma de mi propio miembro marcándose contra su cuerpo.

Me calienta ver como esas nalgotas se aprietan en mi entrepierna. En cómo mi miembro se hunde entre ese par de montañas de carne. Redondas.

Mi respiración se corta un segundo.

Termino de cerrar el collar. Pero no me separo.

Veo cómo ahora ella comienza a moverse.

De lado a lado.

Despacio.

Restregándose.

El roce es una tortura dulcísima. La tela fina de su vestido, la presión exacta de sus nalgas envolviéndome, el vaivén hipnótico de sus caderas anchas. Escucho su respiración cambiar: ya no es la respiración tranquila de una mujer tomando café. Es profunda, irregular, casi un jadeo contenido. Está excitada. Tan excitada como yo.

Yo tiemblo. Literalmente tiemblo. La dureza de mi miembro es insoportable, siento las venas palpitar contra la tela de mis pantalones, cada latido es un recordatorio de que esto no puede seguir así sin que explote. Siento como mi pene nada perdido entre ese par de nalgotas. Masas de carne dura y redonda.

Mi mano derecha abandona el collar. Se cierra sobre su cadera. La aprieto. Instintivo. Hundo mis dedos en esa carne firme que la tela apenas cubre. Mi izquierda baja a su hombro, siento el hueso bajo la piel suave. Ella responde. Se aprieta más contra mí. No hay duda. No hay error. Estamos en el mismo punto. A punto de cruzar. No hay vuelta atrás.

Empujo.

Duro.

Es solo el primer movimiento, un empujón despacio, duro, profundo, metiendo mi cadera contra su culo con una violencia que apenas puedo contener. Su carne me recibe, me ablanda, me envuelve. Ella deja escapar un gemido ahogado cuando siente la embestida, y su mano busca la mía sobre su cadera, la aprieta, me anima…

Y entonces…

el timbre suena.

Ding-dong.

Seco.

Brusco.

Corta todo.

Ella se queda inmóvil un segundo.

Yo también.

El timbre atraviesa la sala como un balazo.

Nos quedamos congelados. El tiempo se detiene. Su culo todavía presiona contra mi entrepierna, mi mano todavía agarra su cadera, y la respiración de los dos es un eco ronco en el silencio que sigue al sonido.

Ding-dong.

—Mierda… —susurra ella. Su voz tiembla.

Aparto las manos como si su piel quemara. Doy un paso atrás. Nos separamos apenas. La erección me duele físicamente, palpita inútil en el vacío que deja su cuerpo. Teresa se arregla el vestido con un tirón rápido, pasa una mano por su cabello, y cuando se gira hacia mí, nos miramos. Hay algo en sus ojos. Algo que no estaba antes. Y que no desaparece. Pero se contiene.

Sus mejillas están encendidas. Y sus ojos brillan con una mezcla de deseo y frustración.

—Debe ser… Victoria, la vecina —dice, y su voz no es la de una abuela. Es la de una mujer a la que acaban de arrancar de un sueño húmedo.

Asiento. No puedo hablar. Mi garganta es un nudo de saliva y deseo no consumado.

Se recompone.

Respira.

Ella camina hacia la puerta, y yo me quedo en medio de la sala con mi miembro duro. El collar fino puesto en su cuello brillando apenas bajo la luz. Dorado.

—¡Un momento…! —dice.

El pulso aún lo tengo alto. La tensión intacta.

Escucho voces femeninas. Una vecina. Amiga. Reconozco el tono. Casual. Teresa la invita a pasar. No puede no hacerlo.

Regresa conmigo.

—Daniel, ella es…

No escucho el nombre. Respondo automático. Saludo. Sonrío. Cordial. Pero ya estoy fuera.

—Tengo que irme —digo.

La excusa sale sola.

Ella se gira hacia mí rápido.

—¿Ya?

Hay algo en su tono. Urgencia. Ligera.

—Sí.

Me despido de su visita.

—¿Mañana vienes?

Me quedo de pie. Volteo a mirarla.

Teresa está parada junto a su amiga. Su mirada es expectante. Con esa urgencia de no querer dejar escapar algo que pensaba que ya se daba.

Asiento con un gesto en la cabeza. Y salgo.

Ya es de noche. El aire frío me golpea otra vez. Pero ya no se siente igual.

El cursor parpadea otra vez frente a mí. Pero esta vez sí hay movimiento. Archivos abiertos. Correos respondidos. Indicaciones claras al equipo.

La rutina avanza con normalidad, al menos en la superficie. He logrado recuperar el control operativo. Las decisiones salen con precisión, las reuniones fluyen, los números encajan.

Desde afuera, no hay fisuras. Desde adentro, es otra historia.

Han pasado algunos días desde el sábado.

Desde ese momento en la sala. Desde el timbre. Desde la interrupción. Y, sobre todo, desde lo que no ocurrió… pero quedó suspendido.

Apoyo la espalda contra la silla, sin dejar de mirar la pantalla. Mis dedos siguen moviéndose sobre el teclado, pero la mente ya no está completamente en lo que hago. Se desplaza. Regresa. Reproduce.

El domingo. Vuelvo a ese día con una claridad incómoda.

Fui. Tal como le dije. No podía no ir. No después de cómo nos quedamos. La expectativa era distinta desde que crucé la puerta. Más contenida en apariencia, pero más cargada por debajo.

—¡Hola muchacho!

Mi abuelo estaba ahí.

La escena se recompuso en un segundo. Saludo normal. Abrazo medido. Conversación ligera. Nada fuera de lugar.

Pero todo lo que estaba debajo… seguía ahí. Activo. Latente.

Nos dirigimos a la sala. Había algunos sillones corridos. El televisor estaba encendido.

Llegué a la casa pensando que sería una tarde normal, de esas de domingo aburrido con los abuelos. Pero ella tenía otros planes.

Teresa no tardó en aparecer.

Y desde el primer segundo supe que no iba a desperdiciar la situación.

El atuendo no era casual. Nunca lo es.

Leggings celeste…

Ajustados al punto de parecer una segunda piel. No era solo que se adaptaran a su cuerpo. Era que lo comprimían, lo moldeaban, lo proyectaban hacia afuera. Las caderas marcadas con precisión, los glúteos definidos sin margen de error, las piernas tensas, firmes, visibles en cada movimiento.

Demasiado evidente para ser funcional.

Demasiado específico para ser coincidencia.

La calza celeste era una provocación andante, de esos que parecen pintados sobre la piel. Y no era cualquier calza: era al menos dos tallas menos de la que debería usar. Lo sabía porque la tela brillaba en las costuras, estirada al límite sobre la curva explosiva de sus caderas, hundiéndose en la ranura de sus glúteos como si estuviera hecha a medida para marcar cada centímetro de su anatomía. Sus piernas, gruesas, torneadas, se movían dentro de esa prisión de licra celeste con una libertad que era pura mentira.

El top.

Tirantes delgados.

Escote abierto.

Mismo color. La tela estirada por el volumen de sus pechos, sin posibilidad de disimulo. Cada vez que se inclinaba, que giraba, que respiraba más profundo… el movimiento se notaba.

No era provocación directa. Era algo más calculado. Más constante.

Ajustado, escotado, sosteniendo sus pechos enormes como dos balas de cañón a punto de dispararse. Los senos se le aplastaban uno contra el otro formando ese surco profundo que ya había visto en las fotos, pero que, en vivo, bajo la luz de la sala, me golpeaba con el doble de fuerza. La tela del top apenas cubría la mitad de cada uno, dejando ver la curva inferior, la palidez de la piel, la sombra tentadora.

—Voy a hacer un poco de ejercicio —dijo en algún momento, como si necesitara justificarlo—. Unos estiramientos.

No lo necesitaba.

Me recuesto ligeramente en la silla, desviando la mirada un segundo hacia la ventana de la oficina.

Recuerdo cada detalle.

Demasiados.

Ernesto, mi abuelo, estaba en un sofá, me comentaba de algo de una reunión, estaba concentrado mirando algunos datos en su tablet. Yo asentía a lo que decía. Pero mi atención estaba en otro lado. Sentado, con los pies clavados al suelo, viendo cómo ella se estiraba en la alfombra.

Tenía que sostener la conversación con mi abuelo. Responder. Asentir. Mantener el ritmo. Pero mi atención estaba fragmentada. Dividida entre lo que debía hacer… y lo que no podía dejar de ver.

Teresa moviéndose en la sala como si el espacio le perteneciera de una forma distinta. Estirando los brazos. Inclinándose hacia adelante. Girando el torso.

Todo con una lentitud que no era funcional.

Era consciente. Dirigida.

Y siempre… siempre dentro de mi campo de visión.

Hubo un momento específico. Lo recuerdo con precisión. Aprovechó que mi abuelo se dispuso a responder una llamada y salió de la sala para hablar. Se inclinó más de lo necesario, apoyando las manos en el respaldo de una silla. La línea de su cuerpo se tensó. El tejido de los leggings se estiró al límite. No había nada que imaginar. Nada que completar. Todo estaba ahí. Directo. Claro.

Se puso en cuatro patas. La calza celeste se tensó sobre su culo como una segunda piel, mostrando cada redondez, cada movimiento de sus caderas cuando arqueaba la espalda. Los glúteos se le abrían y cerraban con cada respiración, masivos, pesados, imposibles de ignorar. Se notaba incluso el hilo delgado de su diminuto tanga.

Sentí la sangre bajarme de golpe. Mi entrepierna comenzó a presionar contra la bragueta de mis pantalones en cuestión de segundos.

Trago saliva.

Recuerdo, cómo Teresa se giró un poco, apenas, en ese momento. Justo lo suficiente para verme. Para registrar. Para verificar que yo estaba mirando. Y luego sonrió. No abierta. No evidente. Una sonrisa lenta, cómplice, que me recorrió la columna vertebral como un dedo de hielo y fuego a la vez. Una sonrisa contenida. Satisfecha. Como si confirmara algo. Como si supiera exactamente lo que estaba provocando. Y lo disfrutara.

Mi cuerpo reaccionó. Instantáneo. Inevitable. Tuve que ajustar la postura. Cruzar ligeramente la pierna. Cambiar el ángulo. Disimular. No por mí, por mi abuelo, que igual estaba cerca, lo escuchaba hablando de negocios. Como si el mundo siguiera intacto.

Ella no paró. Se recostó en la alfombra. Pasó a estirar las piernas, abriéndolas en una V enorme, mostrando la costura central de la calza hundida entre sus muslos. Luego se inclinó hacia adelante, el top se le deslizó un par de centímetros más, y vi cómo sus pechos enormes se apretaban contra sus rodillas. La tela del top crujió. Sus pezones ya se marcaban de una manera grotesca, como dos bolitas. Redondas y duras.

—Mira que flexible soy —dijo, en un susurro, dirigiéndose a mí, con esa voz de miel espesa.

Escuché a mi abuelo reír desde donde estaba, no lo veía, pero lo escuchaba, continuaba en su llamada. Él siempre había sido de ese tipo, bonachón, confiado, incluso en los asuntos de negocios. Su filosofía positiva incluso lo hacía pasar algunas veces por ingenuo, por lo menos en asuntos personales. Si Teresa llevaba poniéndole los cuernos desde hace tiempo, sin que se dé cuenta… Aunque en los negocios siempre la ha ido bien.

— ¡Ja, ja, ja! No me digas que el gerente de la sucursal se quedó dormido en medio de la reunión, ¡ese es un caso digno de estudio! —comentó. Lo escuchaba riéndose. Totalmente ajeno a lo que sucedía en la sala.

Yo no podía reír. Mi miembro era un puño de carne dura contra mi muslo, y cada vez que ella se movía, cambiaba de postura, arqueaba la espalda o dejaba caer los hombros para que el escote se abriera un poco más, yo tenía que contener un gemido.

En un momento dado se puso de pie y se inclinó hacia una mesita para alcanzar su botella de agua. La calza se estiró al máximo sobre sus nalgas, y yo pude ver, de nuevo, a través de la tela celeste, la línea oscura de su tanga marcándose contra la carne.

Me mordí el labio. La erección ya me dolía.

Ella se giró, me vio apretando las piernas, vio el bulto inconfundible en mi pantalón, y soltó una risita baja. No dijo nada. No hacía falta.

El resto de la tarde fue una coreografía de insinuaciones disfrazadas de casualidad.

Aprovechó que mi abuelo subió un momento al estudio.

Se sentó frente a mí en el suelo, con las piernas abiertas, la licra marcando cada pliegue de su entrepierna. Se marcaba el bulto de su vulva, la hendidura de su vagina, apretada en su tanga y sus leggins celeste. Se estiró hacia atrás apoyándose en las manos, empujando el pecho hacia arriba, los senos a punto de escaparse del top. Parecían querer explotar. Sus pezones como dedales, absolutamente marcados. Alcancé a ver un poco sus areolas. Se puso de cuclillas para recoger algo del suelo, dándome la espalda. Y sus glúteos, enormes, redondos, quedaron a la altura de mis ojos.

Tuve que contenerme con fuerza, para no estirar la mano y apretar duro ese par de nalgotas.

Aprieto los dedos sobre el borde del escritorio. Aquí en la oficina. Recordando…

No fue un juego unilateral. Eso quedó claro. Porque no se detenía. Al contrario.

Ajustaba los movimientos. Variaba las posturas. Cambiaba de ángulo. Siempre dentro del límite de lo plausible. Pero empujándolo. Probándolo. Midiendo hasta dónde podía llegar sin romper la escena.

Y yo…

yo no la detuve.

No podía. No quería. Ese es el punto. Ese es el detalle que termina de definir todo. No era solo reacción. Había participación. Silenciosa. Pero real.

Era una escena clara de exhibición suya.

Exhalo lento.

Regreso al presente un segundo.

Abro otro archivo. Reviso cifras. Corrijo un detalle.

Pero la mente sigue allá.

En esa sala.

En ese domingo.

En ese equilibrio absurdo entre lo correcto y lo que estaba pasando realmente.

Al final de la tarde, cuando me despedí, todo volvió a comprimirse en un momento breve.

Mi abuelo había vuelto a la sala.

Teresa se acercó para despedirse.

La cercanía fue… medida. Pero suficiente.

—El próximo sábado podrías venir temprano —dijo—. Necesito que me ayudes a acomodar una cosa.

El tono. No fue neutro. No fue casual.

Fue una invitación con forma de excusa.

Me miró directo a los ojos, con esos ojos claros que ya comenzaban a corromper cada uno de mis pensamientos. Sucios.

—Claro —respondí.

—Así aprovechas mejor el día.

Sonrió. Ligero. Sostenido.

Mi abuelo soltó una risa corta desde el sillón.

—Eso, eso… —dijo—. Que el muchacho trabaje.

La frase flotó en el aire. Simple. Inofensiva. Pero yo ya no la escucho así. No después de todo.

Asentí. Me despedí. Ella me acompañó a la entrada. Su mano rozó mi brazo. Un roce breve, caliente, deliberado.

Mi abuelo se asomó desde el pasillo.

—Teresa siempre está cambiando los muebles de lugar. Dale una mano, Daniel, que yo ese día tengo junta. Acabo de confirmar—. Y subió al segundo piso, seguro al estudio.

Teresa se giró. Me miró con esa sonrisa malvada, que ya conocía de aquellos videos suyos.

—Ya verás —dijo.

Me guiñó un ojo. Y me dio un beso. Suave. Despacio. En la comisura de mis labios.

—Sábado —repitió—. Temprano.

Mi corazón acelerado. Y la certeza de que ese sábado no iba a haber ningún mueble que acomodar. Sino otra cosa.

Ahora, en mi oficina, miro el calendario. Jueves. Faltan dos días.

Desabrocho el botón del pantalón para aliviar la presión. No sirve de nada.

Dos días.

Desde ese momento todo se reorganizó en torno a ese sábado.

Regreso completamente al presente.

La oficina. El escritorio. La pantalla. Pero ahora con otra capa encima.

Anticipación…

Vuelvo a mirar el calendario en la esquina inferior de la pantalla. Faltan dos días, me repito con ansiedad. Dos. Nada más. Mi cuerpo sigue reaccionando solo de pensarlo. Cada vez más duro. Cada vez más pálpitos en la dureza.

La imagen se construye sin esfuerzo.

La casa vacía. El silencio. Ella. Sin interrupciones. Sin terceros. Sin necesidad de disimulo. Su cuerpo desnudo. Sus senos inmensos. Su culazo… Conformado por ese par de nalgotas. Grandes y redondas. El hilito del tanga en medio, perdido.

La diferencia es abismal. Me paso la mano por el cabello. El pulso se acelera apenas. No por ansiedad descontrolada. Por expectativa.

Es distinto. Más enfocado. Más dirigido.

El celular vibra.

Mensaje de Ernesto, mi abuelo. Lo abro. Confirmación de agenda. Reunión el sábado entre gerentes. Fuera de la casa. Fuera de la ecuación.

Sonrío apenas. Marco respuesta. Breve. Formal.

Pero por dentro… la reacción es otra.

Más profunda. Más inmediata. Otro pálpito en mi miembro, anticipando…

Recuerdo una frase que mi abuelo me dijo en una de las conversaciones recientes.

“En este negocio, el capitán siempre debe estar en el barco.”

La dijo con convicción. Con esa seguridad que siempre transmite.

Yo asentí. Incluso sonreí.

Pero ahora la frase se reconfigura en mi cabeza.

Porque este sábado… el barco va a estar vacío.

Y yo voy a estar ahí.

Cierro el chat. Dejo el celular sobre el escritorio. Me recuesto en la silla, mirando al frente.

Ya no hay duda. No hay incertidumbre. Todo está alineado. El contexto. El momento. La disposición de ella. La mía.

Siento de nuevo esa sensación, en mi vientre. Esas “mariposas”. Ese corrientazo que viaja hasta mi entrepierna.

La dureza que tengo en mi erección, es pura anticipación. De lo que viene. De lo que va a suceder este fin de semana.

Dos días…

Este libro, ‘Los Secretos de Teresa, mi Abuela’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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