Mi Ardiente Suegra | Capítulo 4

Portada de la historia Mi Ardiente Suegra | Capítulo 4: María, mujer madura caminando por la orilla de la playa en un día soleado al atardecer. Lleva un bikini floreado de dos piezas con pareo ligero, sandalias de playa, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Su figura es curvilínea, con caderas amplias, y su cabello rubio oscuro llega hasta los hombros. El mar y la arena iluminados por la luz cálida del atardecer crean un ambiente veraniego y relajado.

Mi Ardiente Suegra

«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»

Capítulo IV

Mi Ardiente Suegra

Capítulo IV…

Llegué a casa más tarde de lo habitual. El tráfico estaba pesado y mi cabeza… aún más.

Apagué el motor y me quedé unos segundos dentro del carro, con las manos apoyadas en el volante, mirando el reflejo tenue de las luces del edificio frente a mí.

Los últimos días no habían sido normales.

No para mí.

La imagen de María en el pasillo, esa mirada seria, contenida, distinta… no se me había quitado de la cabeza.

No había dicho nada. No había hecho nada. Pero había algo en ese gesto que no encajaba con la forma en que siempre me trataba. Y eso bastaba.

La duda se instaló.

¿Había visto algo?

¿Había notado algo?

¿O solo era una impresión mía?

Exhalé lentamente y salí del auto. Subí las escaleras con esa sensación incómoda pegada al pecho. No era miedo exactamente. Era más bien vergüenza anticipada. Como si una parte de mí ya supiera que había cruzado un límite… aunque nadie lo hubiera señalado en voz alta.

Saqué las llaves y abrí la puerta.

—¿Nelson?

La voz de Lisa llegó desde la sala. Pero había algo distinto en el tono. Más agudo. Más brillante.

—Sí, ya llegué.

Apenas cerré la puerta, apareció frente a mí. Sonriendo. No. No era solo una sonrisa. Era otra cosa. Sus ojos estaban más abiertos de lo normal, brillantes, cargados de una emoción que no intentaba disimular.

Caminó hacia mí casi de inmediato.

—Hola.

No me dio tiempo de reaccionar. Me abrazó con fuerza. Sus brazos rodearon mi cuello y sentí cómo su cuerpo se pegaba completamente al mío. Luego me besó. Un beso rápido, pero cargado de una energía que no venía de la rutina.

Me separé apenas lo suficiente para mirarla.

—¿Qué pasó?

Ella soltó una pequeña risa. Nerviosa. Emocionada.

—Te dije que tenía una noticia.

Asentí. La llamada de la tarde. Lo había olvidado por completo entre todo lo demás.

—Sí…

Lisa se separó de mí solo lo necesario para tomar algo de la mesa.

Una hoja.

La sostuvo entre las manos, pero no me la entregó de inmediato. Primero me miró. Como si necesitara asegurarse de que yo estaba completamente ahí.

—Me llegaron los resultados.

Sentí un pequeño ajuste en el pecho.

La cita médica.

Los exámenes.

Todo eso que había estado en segundo plano… volvió de golpe al frente.

—¿Y?

Su sonrisa creció. Sus ojos brillaron aún más.

—Estoy embarazada.

El tiempo se detuvo un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente.

No lo había esperado tan pronto. Sabía que estábamos intentándolo. Sabía que era una posibilidad. Pero escucharlo así, directo, sin preparación…

Fue distinto.

—Tres semanas —añadió, levantando ligeramente la hoja—. Aquí está.

Miré el papel sin procesar realmente las palabras.

Positivo.

Confirmado.

Real.

Levanté la mirada hacia ella otra vez. Lisa seguía ahí. Radiante. Esperando.

Y entonces reaccioné.

—¿En serio?

Ella asintió de inmediato, riendo.

—Sí.

No pensé más. La abracé. Fuerte. De verdad.

—Lisa…

No terminé la frase. No hacía falta.

Ella me rodeó otra vez con los brazos.

—Lo logramos.

Su voz estaba cargada de emoción. De alivio. De algo que llevaba tiempo esperando salir.

—Lo logramos —repetí.

La besé. Esta vez más lento. Más presente. Cuando nos separamos, ella no se alejó demasiado. Se quedó cerca.

—No sabes lo feliz que estoy —dijo—. O sea… lo habíamos hablado, lo queríamos, pero… ya es real.

Asentí.

—Sí.

Y lo era. Real. Completamente real.

Lisa comenzó a hablar casi sin pausa.

—Tenemos que empezar a ver todo… el médico, las vitaminas, la alimentación… mamá me va a ayudar con eso…

Caminó hacia la sala mientras hablaba, moviéndose de un lado a otro con energía.

—Y también hay que pensar en el cuarto… bueno, no todavía, pero pronto… y la ropa… y todo…

La observé en silencio unos segundos. Era como verla en otra versión de sí misma. Más viva. Más enfocada. Como si todas las piezas que llevaba tiempo organizando finalmente hubieran encajado.

—Nelson —dijo, girándose hacia mí otra vez—. Vamos a ser papás.

Sonreí. Esta vez sin esfuerzo.

—Sí.

Me acerqué y la abracé otra vez.

—Vamos a ser papás.

Sentí cómo apoyaba la cabeza contra mi pecho. Sus manos se aferraron a mi espalda. El momento se quedó ahí. Suspendido. Importante. Definitivo.

Pero en algún lugar, muy al fondo de mi mente…

Otra cosa seguía existiendo. Silenciosa. Incompleta. La imagen de María. Su mirada en el pasillo. La duda que no terminaba de irse.

La aparté.

No era el momento. No tenía lugar ahí.

Apreté un poco más el abrazo. Lisa levantó la cabeza y me besó otra vez.

—Te amo.

—Yo también.

Las semanas pasaron más rápido de lo que esperaba. El embarazo de Lisa se volvió el eje de todo. Consultas médicas, vitaminas, cambios en la alimentación, conversaciones constantes sobre lo que venía. Ella se adaptó con una naturalidad que me sorprendió. Como si siempre hubiera estado preparada para ese momento.

Sus padres también lo supieron casi de inmediato. Lisa los llamó esa misma noche. Recuerdo su voz emocionada desde la sala, repitiendo la noticia, riendo, escuchando del otro lado. No necesité estar presente para imaginar la reacción.

Alegría. Orgullo.

Especialmente de María.

Y aun así… no volví a verlos.

Cada fin de semana encontraba una excusa distinta. Trabajo acumulado. Cansancio. Algún pendiente urgente en el apartamento.

Lisa insistía al principio, pero no demasiado. Estaba concentrada en su proceso, en su cuerpo, en todo lo nuevo que estaba ocurriendo.

Yo aprovechaba eso.

Evitar se volvió fácil. Porque en el fondo había algo que no podía ignorar. La mirada de María. Esa única vez en el pasillo había sido suficiente para instalar una certeza incómoda. Estaba convencido de que había visto algo. O al menos… sospechado.

Y la idea de enfrentarla, de sostenerle la mirada como si nada hubiera pasado… me resultaba insoportable. Así que simplemente no iba.

Hasta ese jueves.

El teléfono vibró sobre mi escritorio.

Lisa.

Contesté.

—Hola.

—Amor —su voz sonaba animada—. Este sábado vamos a ir donde mis papás.

Cerré los ojos un segundo.

—¿Este sábado?

—Sí. Van a hacer un asado. Van a venir unos compadres de ellos.

No respondí de inmediato.

—Hace rato no vamos —añadió—. Además quiero que vayamos.

Su tono cambió ligeramente en esa última frase. Más firme.

—He estado muy ocupado…

—Nelson.

Me interrumpió.

—Vamos a ir.

Hubo un pequeño silencio. Sabía que no era una sugerencia.

—Va a ser algo pequeño —continuó—. Tranquilo. Solo un rato.

Exhalé despacio. No había salida.

—Está bien.

—¿Sí?

—Sí.

Lisa sonrió al otro lado de la línea.

—Perfecto.

La llamada terminó.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

El sábado. La casa de Rodrigo. Y María.

Esta vez… no iba a poder evitarla.

El sábado llegó más rápido de lo que me hubiera gustado. A las tres y media de la tarde ya estábamos estacionando frente a la casa de Rodrigo y María.

El ambiente se sentía distinto incluso antes de bajar del auto. Música alta. Risas. Voces mezcladas que salían desde el patio.

La reunión ya había empezado.

—Ya llegaron —dijo Lisa, acomodándose el cabello frente al espejo del visor.

Asentí sin decir nada. Apagué el motor.

Durante un segundo me quedé inmóvil, con las manos sobre el volante. La incomodidad seguía ahí. Más leve que días atrás, pero presente.

Respiré hondo.

—Vamos.

Bajamos. La puerta estaba entreabierta. Al entrar, el sonido se hizo más claro. Risas fuertes. Música vieja. El olor inconfundible de carne asándose. Desde la sala se veía el patio. Rodrigo estaba de pie junto a la parrilla, cerveza en mano. A su lado, un hombre que ya conocía, Pedro, su compadre, hablaba con entusiasmo, gesticulando mientras sostenía otra botella. Amelia, su esposa, estaba sentada junto a María, conversando.

Todo parecía… normal.

Como siempre. Pero en cuanto cruzamos la puerta, María levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron. Y ahí estuvo el momento. Breve. Suficiente. No pude sostenerle la mirada. La bajé casi de inmediato. Un gesto automático. Instintivo.

Vergüenza.

—¡Llegaron! —dijo Rodrigo desde el patio.

Su voz rompió cualquier tensión. Lisa avanzó primero.

—Hola.

Saludó a todos con naturalidad. Abrazos. Besos. Risas.

—Hola, Nelson.

Su tono era el de siempre. Ni frío. Ni distante. Levanté la mirada apenas lo necesario.

—Hola.

El saludo fue rápido. Un beso en la mejilla. Un contacto breve. Y para mi sorpresa…

No había rastro de aquella seriedad de la última vez.

Nada.

Su expresión era completamente normal. Amable. Como siempre.

Ese contraste me descolocó más que cualquier otra cosa.

Entramos al patio. Lisa me hizo saludar con los compadres.

—Ellos son Pedro y Amelia. ¿Los recuerdas?

Pedro me estrechó la mano con fuerza.

—¡Al fin te vuelvo a ver!

—Igual.

Amelia sonrió con amabilidad.

Nos sentamos. Rodrigo no tardó en acercarse con una cerveza en la mano.

—¡Hombre! —dijo, dándome un abrazo fuerte, palmadas en la espalda incluidas—. Hace rato no te veía.

—He estado ocupado.

—Siempre dicen lo mismo.

Me pasó una cerveza.

—Siéntate.

El ambiente era ligero. Relajado. Ya había varias botellas abiertas sobre la mesa. Y varias más esperando.

Miré alrededor. Arnold no estaba.

—¿Y Arnold? —pregunté.

Lisa respondió.

—Se fue de viaje.

—¿Otra vez?

—Sí. Tres meses. Un proyecto de la universidad.

Asentí. Tenía sentido. Arnold siempre encontraba alguna oportunidad para moverse.

La tarde comenzó a avanzar entre comida y bebida. Rodrigo y Pedro hacían un dúo natural. Chistes constantes. Historias exageradas. Risas contagiosas.

Pedro tenía ese tipo de humor que llenaba el espacio sin esfuerzo. Rodrigo le seguía el juego. Yo participaba. Reía. Comentaba.

El alcohol ayudaba. Una cerveza. Luego otra. Después otra más.

Lisa y María no tomaban. Amelia apenas probaba por insistencia de su esposo. El resto… seguíamos el ritmo.

El ambiente se volvió más suelto. Más ruidoso. Más vivo. Y por momentos… olvidé todo lo demás.

La incomodidad. La vergüenza. Incluso a María, por momentos. Porque cada vez que se movía por el patio…

La veía.

El vestido ajustándose suavemente a su cuerpo. El movimiento de sus caderas al caminar. La forma en que se inclinaba sobre la mesa. Y entonces la imagen regresaba.

La prenda. El encaje. El baño.

Tomé otro trago de cerveza. Intenté mantenerme en la conversación. Pero después de un rato el efecto del alcohol comenzaba a mezclarse con algo más. En algún momento de la tarde, la presión en la vejiga se volvió evidente.

Demasiadas cervezas.

Me levanté.

—Voy al baño.

Nadie le dio importancia. Entré a la casa. El ruido del patio quedó atrás. El pasillo estaba en silencio. Caminé hasta el baño. Entré. Cerré la puerta. Me apoyé frente al inodoro. El sonido del flujo de agua llenó el espacio.

Todo era normal.

Hasta que, casi por reflejo…

Giré la cabeza.

La repisa.

Ahí estaba.

Otra vez.

Una prenda.

Esta vez más pequeña. Más estrecha. Color rojo. Encaje fino.

Casi… una tanga.

Sentí el cambio inmediato. El pulso. La respiración. Todo.

Terminé. Pero no me moví.

Me acerqué. La tomé. Era ligera. Suave. El encaje se deslizaba entre los dedos. Más delicado que las anteriores. Más… provocador.

La observé unos segundos. Evaluando cada detalle. La forma. El diseño. La intención detrás de esa prenda.

La imagen apareció sola.

María usándola. Esa tela mínima sosteniendo apenas sus curvas. Ajustándose a su cuerpo. Marcando la línea de sus caderas. El contraste entre la tela roja y su piel.

Tragué saliva. La acerqué lentamente.

El olor era claro.

Perfume.

Y debajo… ese rastro íntimo que ya reconocía.

Cerré los ojos un instante.

El efecto fue inmediato. Más fuerte que antes. El alcohol amplificaba todo. Las imágenes. Las sensaciones. La falta de control.

Mi cuerpo reaccionó sin resistencia.

Una erección firme. Intensa. Como hacía tiempo no sentía.

Apoyé una mano contra el lavamanos. Respiré más pesado.

La imagen de María se volvió más nítida. Más cercana. Más presente. Su cuerpo. Sus caderas. Esa prenda sobre su piel. Moviéndose. Respirando. Cerca. Demasiado cerca.

Y entonces dejé de pensar.

El hedor a encaje usado me sube a la cabeza como un golpe de ron barato. Ya no pienso en la vergüenza, en las semanas de mirar al suelo cuando ella cruzaba su mirada conmigo. Solo existe la sangre golpeándome las sienes, la verga dura contra la bragueta, el ruido de la fiesta al otro lado de la puerta como un latido lejano.

La enrosco en mi puño, el panty rojo, y me lo llevo a la nariz otra vez mientras desabrocho el pantalón. La saco con una mano, ya escurriendo, la punta caliente y bruta. Me froto con la tela, con ese triángulo de encaje que apenas cubre nada, imaginando el culo de ella, sus nalgas apretadas.

El perfume dulzón se mezcla con un olor a hembra, a carne, y empujo contra mi propia mano como un animal.

Mi mente empieza a fluir herméticamente.

La puerta se abre sin que haga ruido la cerradura. Es ella.

María me mira fijo, sin esa cara de reproche de antes. Hay algo en sus ojos, un brillo pesado, y el alcohol me hace pensar que es un espejismo. Pero cierra con el pestillo. El golpe seco se oye por encima de la música de mierda que viene del jardín.

—¿Te gusta tanto? —dice con la voz ronca, y no es una pregunta.

Se acerca. Me quita la tanga de la mano con una lentitud obscena. Luego se da la vuelta, se baja los pantalones de lino con un gesto brusco, y veo el mismo encaje puesto, la tela roja hundida entre sus nalgas. Me agarra por la nuca y me empuja hacia ella.

—Deja de pensar, Nelson —dice, y yo entierro la cara ahí, en el calor que despide, oliendo su carne a través de la tela.

Ella empuja sus caderas hacia atrás, me siente contra su rajita, y su mano va a buscar mi verga para guiarla. Cuando la saca de la tela y la mete entre sus piernas, empujando el encaje a un lado, el contacto es un fogonazo.

Está escurriendo. La humedad me quema. Entro en ella sin suavidad, apretándole las caderas, y su gemido se pierde en el estrépito de una risotada que llega de afuera.

Reacciono.

El tiempo se volvió difuso.

La mente completamente ocupada en esa imagen. En esa fantasía que ya no intentaba controlar. Más intensa. Más cruda. El alcohol eliminaba cualquier filtro. Solo quedaba el impulso.

El ruido regresó de golpe.

Abrí los ojos.

La respiración aún agitada. La prenda seguía en mi mano. Manchada.

No hice nada. No la limpié. No intenté corregirlo. Solo la observé un segundo.

Luego la dejé en la repisa. Tal como estaba. Sin pensar demasiado.

Me lavé las manos. Me miré en el espejo.

Mi expresión… extrañamente normal. Casi relajada. Como si nada hubiera pasado.

Abrí la puerta. Salí al pasillo.

El ruido del patio volvió a envolverme. Risas. Música. Conversaciones. Regresé a la mesa.

—¿Todo bien? —preguntó Rodrigo.

—Sí.

Tomé otra cerveza. Me senté. Sonreí. Participé en la conversación. Como si nada hubiera pasado.

Pero por dentro…
algo ya había cruzado un punto del que no era fácil volver.

Salimos de la casa de Rodrigo y María ya entrada la noche. El aire estaba más frío, y el silencio de la calle contrastaba con el ruido que habíamos dejado atrás.

Lisa caminaba a mi lado con una sonrisa ligera.

—Estuvo bueno, ¿no?

Abrí el carro y asentí.

—Sí.

Mi voz sonó más grave de lo normal. El alcohol seguía presente en mi cuerpo. No lo suficiente para perder el control… pero sí para aflojar ciertos límites.

Durante el trayecto, Lisa habló casi todo el tiempo.

—Pedro es demasiado chistoso.

—Sí.

—Y mi papá… peor. Se potencian.

Solté una pequeña risa.

—Es una mala combinación.

Ella me miró.

—Hace rato no los veía así.

—¿Así cómo?

—Relajados. Felices.

Asentí sin apartar la vista del camino. Llegamos al apartamento unos minutos después. Subimos en silencio. Apenas cerré la puerta, Lisa dejó el bolso sobre la mesa y se giró hacia mí.

—Me gustó hoy.

No respondió. Solo sonrió. Pero esta vez no era la sonrisa tranquila de antes. Había algo más. Una energía acumulada. El ambiente. La música. La conversación. Todo eso parecía haberse quedado en su cuerpo.

Caminó hacia mí. Sin prisa. Pero sin duda.

—A mí también —respondí.

No hizo falta decir más.

Se acercó y me besó. Un beso directo. Más firme que los de rutina.

Respondí de inmediato. Mis manos fueron a su cintura. Las suyas subieron por mi cuello. El contacto fue más intenso desde el inicio. Sin transición. Sin pausa.

Lisa se pegó a mí con decisión.

—Vamos —murmuró.

No esperó respuesta. Comenzó a moverse hacia el dormitorio. Sin separarse. Nos besábamos mientras caminábamos. Torpes. Rápidos.

Las manos comenzaron a moverse con urgencia. Ropa cayendo en el camino. Primero su blusa. Luego mi camisa. El resto siguió sin orden.

Entramos al dormitorio. La puerta quedó abierta. No importaba. Todo era más rápido. Más intenso.

La empujé contra la cama. Sin cuidado. Sin delicadeza. Sus piernas se abrieron antes de que tuviera que pedirlo. Ya estaba mojada. La sentí cuando la punta rozó su entrada, esa humedad caliente que me hizo apretar los dientes.

Me hundí en ella de una sola vez, sin previo aviso, y su cuerpo se arqueó con un jadeo ahogado. El sonido de los golpes empezó seco, rápido, mis caderas estrellándose contra las suyas como si las odiara.

—Ahhh Ahhh Ahhh

Cada embestida sacaba un gemido corto de su garganta.

La agarraba de las caderas, apretando hasta que los dedos se me hundían en la carne, sintiendo cómo se abría para recibirme toda, cómo chorreaba alrededor de mi verga cada vez que salía.

El colchón rechinaba con el ritmo, y yo no pensaba en nada más que en seguir empujando. Más fuerte. Más hondo.

Lisa reaccionaba con una entrega que no había visto en días. Su respiración era más agitada. Más sonora. Sus manos se aferraban. Su cuerpo respondía con fuerza. Y eso solo alimentaba más la intensidad.

El alcohol en mi sistema amplificaba cada sensación. Pero no era solo eso. Había algo más. Algo que ya reconocía.

La imagen apareció sin aviso.

María.

No Lisa.

María.

Su cuerpo más lleno. Más pesado. Más presente. La prenda roja. El encaje. La forma en que se ajustaría a sus caderas.

Cerré los ojos un instante. Y no la aparté. La dejé ahí. La sostuve. La desarrollé. La hice más clara. Más real.

El efecto fue inmediato. Mi ritmo cambió. Más fuerte. Más descontrolado.

Lisa reaccionó de inmediato.

—¡Sí!… ¿¡Que rico! ¡Así, así!

Su voz se quebró en un sonido más alto. Más entregado. Se aferró a mí con más fuerza. Su cuerpo respondió sin resistencia. Como si ese cambio la arrastrara también.

La seguía viendo. A ella. A María. No a Lisa.

Las caderas más anchas, ese par de nalgas que el panty rojo apenas cubría, las nalgotas apretadas contra el encaje. Y algo se rompió dentro de mí.

Mi ritmo se volvió animal. Empecé a darle más duro, más crudo, como si la que estaba debajo mío fuera ella. Cada embestida era un castigo. Un deseo.

Lisa soltó un grito que nunca le había escuchado, algo agudo, casi desesperado, y sus manos se aferraron a mis brazos como si fuera a soltarse.

—¡Así! —gritó, y su voz se rompió—. ¡Más fuerte! ¡Dame toda esa verga!

Me agarró las nalgas, me apretó contra ella para que me hundiera más, y yo se la metí entera, sintiendo cómo su cuerpo temblaba. La empujaba como si fuera una perra, llenándola toda, y en mi cabeza era María la que gimiera así. La que pidiera más. La que se dejara partir en dos.

Su cuerpo bajo el mío. Esa prenda mínima marcando sus curvas. Su respiración. Su calor. Todo construido en mi mente con una claridad inquietante.

Lisa gemía. Aprobaba. Se entregaba.

—¡Ahhh, Ahhh, Ahhh, más, más!

Y yo…

No estaba completamente ahí.

La intensidad creció hasta volverse casi abrupta. Más rápida. Más exigente. Más cruda. Hasta que el cuerpo simplemente respondió.

El cuerpo de Lisa empezó a tensarse. A temblar.

Pero yo ya no la veía a ella. Veía a María. Su boca entreabierta. El encaje rojo marcándole la piel. El olor a su perfume mezclado con el sudor.

Sentí que se me subía por la espalda, ese calor que sube desde los huevos hasta la punta, y cuando llegó el momento me solté dentro sin pensar. No me contuve. Descargué todo, chorros calientes que sentía cómo le llenaban el fondo, mientras mis caderas seguían empujando por puro reflejo.

El cuerpo de Lisa se sacudió debajo de mí, su orgasmo agarrándola al mismo tiempo, pero yo ya estaba en otro lado.

La verga se me fue quedando blanda dentro de ella, y cuando por fin paré, me di cuenta de que había dejado de ser yo. Solo quedaba la imagen de María. Y el vacío.

El silencio llegó de golpe. Pesado. Interrumpido solo por la respiración de ambos.

Lisa se dejó caer sobre la cama. Sonrió. Satisfecha.

—Wow…

Cerró los ojos un momento.

—Eso sí…

No terminó la frase. No hacía falta. Me recosté a su lado. El techo volvió a aparecer sobre mí. Mi respiración aún no se estabilizaba del todo.

Lisa se acercó. Apoyó la cabeza en mi pecho.

—Te extrañaba así.

No respondí de inmediato. Pasé una mano por su brazo.

—Sí…

Pero mi mente… seguía en otro lugar. En otra imagen. En otro cuerpo.

Pasaron varios días. La rutina volvió a imponerse con facilidad. Trabajo, tráfico, llamadas, correos. Lisa seguía inmersa en todo lo relacionado con el embarazo, cada vez más conectada con esa nueva etapa que comenzaba a tomar forma.

Esa tarde Lisa me había dicho que había salido más temprano del trabajo e iba a la casa de sus padres.

—Pasa por mí cuando salgas —me dijo en la mañana.

Así que cuando salí de la oficina conduje directo hacia allá.

El sol comenzaba a bajar cuando estacioné frente a la casa. Respiré hondo antes de bajar. Todavía había algo incómodo en mí cada vez que cruzaba esa puerta. Algo que no terminaba de acomodarse.

Toqué el timbre. Lisa abrió casi de inmediato.

—Hola.

Me dio un beso rápido.

Me di—Pasa.o un beso rápido.

Entré. La casa estaba tranquila. Demasiado tranquila.

—¿Y tu papá? —pregunté mientras dejaba las llaves en el bolsillo.

—Salió un momento.

Asentí.

Desde la sala, María levantó la mirada. Estaba sentada en el sofá. Sola.

—Hola, Nelson.

Su voz sonó suave. Me acerqué.

—Hola.

El saludo fue el de siempre. Un beso en la mejilla. Pero cuando me separé, noté algo. Otra vez. En su mirada.

No era la frialdad de la última vez. Era diferente. Más… presente. Como si me observara con una atención distinta. Una que no recordaba antes.

No dije nada. Me senté junto a Lisa.

—Le estaba contando a mi mamá lo de los planes para el bebé —dijo Lisa de inmediato.

Tomó mi mano con naturalidad.

—Todo salió bien.

—Qué bueno —respondí.

María sonrió.

—Sí, todo va perfecto.

Su tono era cálido. Genuino.

—Ahora solo falta esperar —añadió.

Lisa se acomodó en el sofá.

—Estábamos hablando de todo lo que viene.

Y no tardó en retomar.

—Todavía no sabemos el sexo… pero igual ya quiero comprar cosas.

Rodé los ojos ligeramente.

—Ya empezamos.

—Es imposible no ver cosas —respondió—. Paso por una vitrina y me quedo mirando todo.

María rió suavemente.

—Es normal.

Su expresión cambió al hablar del tema. Se suavizó. Se iluminó.

—A mí me hace mucha ilusión —dijo—. Tener un bebé otra vez en la casa…

No terminó la frase. Pero no hacía falta.

Lisa la miró.

—Te vas a cansar de verlo.

—Eso nunca.

Se miraron. Compartían algo en ese momento. Una expectativa común. Un entusiasmo que las conectaba.

—Ya quiero tenerlo en brazos —añadió María.

—Yo también.

La conversación siguió por ese camino. Nombres. Posibles fechas. El baby shower. Lisa mencionó algunas ideas. María aportó otras. Ella vende decoraciones por internet, como independiente, mencionaba que tal vez podría encontrar algo para niños con sus proveedores.

Yo escuchaba. Intervenía de vez en cuando. Pero mi atención no estaba completamente en las palabras. Había algo más. Algo más sutil.

Cada vez que María hablaba… notaba su mirada. No constante. Pero recurrente. Se posaba en mí un segundo más de lo normal. Como si midiera algo. Como si evaluara. O tal vez solo… como si fuera consciente de mi presencia de una manera distinta.

No era incómodo. Pero tampoco era lo de antes.

El tiempo pasó sin que lo notáramos demasiado. Hasta que Lisa miró la hora.

—Nos tenemos que ir.

Se levantó. Yo hice lo mismo. María también. Nos acercamos a la puerta. El momento de la despedida llegó con la misma naturalidad de siempre. Lisa la abrazó.

—Nos vemos en la semana.

—Claro.

Luego fue mi turno. Me acerqué.

—Chao.

María sonrió. Pero esta vez… fue diferente. Más lenta. Más marcada. Sostuvo mi mirada un segundo. Luego, cuando me acerqué para el beso en la mejilla… Su mano se apoyó en mi brazo. Un contacto suave. Pero firme. No fue un gesto casual.

Se quedó ahí un instante más de lo necesario. Su pulgar se movió apenas. Una caricia leve. Casi imperceptible. Pero completamente consciente.

Me quedé inmóvil un segundo. No reaccioné de inmediato. Ella se separó. Como si nada.

—Cuídense.

Su tono volvió a la normalidad. Lisa ya estaba abriendo la puerta. Salimos. El aire de la tarde nos recibió. Caminamos hacia el auto.

Lisa hablaba de algo que habían mencionado dentro. No la escuché del todo. Mi mente seguía en ese último gesto. La mano en mi brazo. La forma en que había sostenido el contacto. La mirada.

No encajaba. No era un gesto maternal. No era casual.

Subí al carro. Encendí el motor. Miré al frente. Intenté racionalizarlo. Tal vez era por el embarazo. Por la emoción. Por el ambiente. Por cualquier cosa.

Pero no. Había algo más. La duda cambió de forma. Ya no era solo si María había notado algo. Era otra cosa.

Este libro, ‘Mi Ardiente Suegra’, es de mi autoría, Annie Zarel.

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