Mi Ardiente Suegra | Capítulo 2

Portada de la historia Mi Ardiente Suegra | Capítulo 2: María, mujer madura caminando por la orilla de la playa en un día soleado al atardecer. Lleva un bikini floreado de dos piezas con pareo ligero, sandalias de playa, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Su figura es curvilínea, con caderas amplias, y su cabello rubio oscuro llega hasta los hombros. El mar y la arena iluminados por la luz cálida del atardecer crean un ambiente veraniego y relajado.

Mi Ardiente Suegra

«La tentación no me quitó lo que tenía… me obligó a elegir quién quería ser.»

Capítulo II

Mi Ardiente Suegra

Capítulo II...

El lunes siempre tenía el mismo ritmo.

Llegar temprano, café fuerte, revisar correos, abrir los archivos que se habían acumulado durante el fin de semana. Nada dramático, pero suficiente para que la mañana desapareciera rápido.

Mi oficina estaba en el séptimo piso de un edificio gris en el centro de la ciudad. Una empresa de ingeniería que se dedicaba principalmente a proyectos de infraestructura urbana: cálculos, presupuestos, informes técnicos.

Trabajo preciso.

Metódico.

Horas frente a documentos que exigían concentración constante.

Ese lunes no era diferente.

Tenía tres carpetas abiertas sobre el escritorio y una hoja de cálculo en la pantalla del computador. Revisaba números, ajustaba columnas, comparaba presupuestos de materiales.

Cifras.

Decimales.

Porcentajes.

Todo perfectamente ordenado.

Y aun así, mi mente no estaba completamente ahí.

No era distracción abierta. No era que dejara de trabajar. Simplemente había momentos en que la concentración se aflojaba unos segundos.

Entonces aparecía la misma escena.

La piscina.

María saliendo del agua.

Cerré uno de los archivos y me recosté un poco en la silla.

Apenas habían pasado dos días desde que regresamos del viaje. Sin embargo, la rutina ya había retomado su control sobre todo.

Lisa había salido temprano hacia su oficina. Yo también. Desayunamos rápido, casi sin hablar, cada uno pensando en sus pendientes del día.

Normalidad.

Eso era lo que se suponía que debía quedar del paseo.

Un recuerdo agradable.

Nada más.

Abrí nuevamente la hoja de cálculo.

Intenté concentrarme en los números.

Pero después de varios minutos leyendo la misma fila sin procesarla del todo, solté un suspiro corto y me froté los ojos.

Necesitaba despejar la cabeza.

Me levanté de la silla y caminé hacia la ventana de la oficina.

Desde el séptimo piso la ciudad parecía ordenada. Tráfico constante, edificios alineados, gente moviéndose con prisa entre semáforos. Un mundo funcional. Predecible.

Apoyé una mano en el vidrio y respiré hondo.

Y entonces, inevitablemente, el recuerdo volvió.

El traje de baño floreado. La tela húmeda marcando sus caderas cuando salió de la piscina.

No era una imagen exagerada. No había nada explícito en ella.

Solo la forma del cuerpo. Voluptuoso.

Esa era la palabra que me había venido a la mente ese día.

Voluptuoso.

María siempre había tenido ese tipo de figura. Pero nunca la había visto tan claramente como en la playa. Las reuniones familiares no daban ese tipo de perspectiva. Vestidos sueltos. Blusas amplias. Posturas sentadas alrededor de una mesa. La ropa cotidiana oculta muchas cosas.

El traje de baño, en cambio, no dejaba demasiado margen para la imaginación.

Caderas amplias. Piernas gruesas. Una cintura que todavía mantenía una curva marcada.

No era el cuerpo de una mujer joven. Pero tenía presencia. Peso. Algo sólido.

Me sorprendí reconstruyendo mentalmente la escena con más detalle del necesario.

El agua bajando por sus piernas. El movimiento de sus caderas cuando caminó hacia la silla para tomar la toalla.

Apoyé la frente contra el vidrio y cerré los ojos un momento.

Era absurdo.

Pero mi mente siguió avanzando. Sin pedir permiso.

Comparación.

El cerebro siempre compara. Es una reacción casi automática.

Lisa.

María.

Dos cuerpos completamente distintos.

Lisa era delgada. Siempre lo había sido. Caderas discretas. Piernas largas. Una figura más recta, más ligera. Elegante, incluso. Su cuerpo tenía la estética de la juventud: líneas finas, proporciones suaves.

María era lo contrario. Curvas pronunciadas. Caderas anchas. Muslos fuertes. Un busto más lleno. Glúteos más grandes.

Donde Lisa tenía líneas… María tenía volumen.

Donde Lisa tenía ligereza… María tenía peso.

Y de forma incómodamente evidente, la palabra apareció en mi cabeza.

Carne. Más carne. Más cuerpo. Más lugar donde agarrar.

Fruncí el ceño de inmediato.

Ese pensamiento me incomodó más que las imágenes anteriores. Porque no era solo observación. Era evaluación. Comparación directa.

Abrí los ojos y me separé de la ventana.

Esto estaba tomando una dirección innecesaria.

Volví al escritorio y me senté frente al computador otra vez.

Respiré hondo.

Trabajo. Eso era lo que tenía que hacer.

Abrí nuevamente el archivo de presupuesto.

Columnas. Números. Cálculos estructurales.

Durante varios minutos logré concentrarme de verdad. Mi mente volvió al terreno que conocía mejor: lógica, proporciones, datos concretos. Ahí no había espacio para distracciones.

Hasta que el teléfono vibró sobre el escritorio.

La pantalla mostró el nombre de Lisa.

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Lo que comenzó como una simple mirada terminó convirtiéndose en un secreto que Nelson ya no puede controlar.

Mientras el embarazo de Lisa transforma su matrimonio, la presencia de María comienza a ocupar un lugar cada vez más peligroso dentro de su mente… y de su vida.

En Mi Ardiente Suegra, cada encuentro cambia algo, y cada silencio esconde mucho más de lo que parece.

Este contenido forma parte del Plan Esencia.

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