
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»
Capítulo IV
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
Capítulo IV…
La joven marquesa viuda de Loria no quedó, sin embargo, desprovista de protección.
Despidiendo el cortejo fúnebre que partió de los Jerónimos, al que asistieron todas ellas, Blanca, Casilda, Tere Castillo, todas vestidas de un negro tan estricto como si se tratara de un miembro muy querido de la familia, la joven marquesa pudo comprobar algo de lo que nunca antes se había percatado y que le produjo la mayor tranquilidad: don Mamerto no era ejemplar único ni insustituible. Al contrario, los que parecían una serie de facsímiles del occiso despedían el duelo en fila de mayor a menor, y saludaron y se fueron metiendo en los coches del cortejo como una hilera de esos patitos de juguete que los niños arrastran de un cordel y que al moverse inclinan unánimes la cabeza: los hijos y nietos de don Mamerto, todos diminutos, todos amarillentos, y todos, sin duda, incondicionales de Blanca, ahora dueña de los bienes de la casa de Loria. La esposa del más joven de los Mamertos llevaba en sus brazos a un niño en pañales. Después de que se perdió de vista el cortejo, cuando las señoras desconsoladas permanecieron un rato en la escalinata del templo comentando la magnificencia de las flores con que la joven marquesa lo había hecho repletar —todas blancas, como para una boda, observaron—, ésta pidió a la nuera del finado que le permitiera tomar en brazos al nieto… aunque tal vez fuera bisnieto. Mientras Blanca lo mecía en sus brazos haciéndole tiernas carantoñas, hurgó en sus pañales para comprobar si ese crío de rasgos idénticos a los de don Mamerto, era también idéntico más abajo: apenas lo tocó, el mínimo cuernecito, irguiéndose, se puso a su servicio igual que el del occiso, e igual, supuso Blanca, como sería la actitud de los afortunadamente innumerables Mamertos. El veredicto de la marquesa, promulgado a los asistentes entre las lágrimas de su llanto que a todos emocionaron, fue que, andando el tiempo, esa criatura que llevaba en sus brazos sería el vivo retrato espiritual y físico de ese hombre ejemplar que fuera el notario don Mamerto Sosa.
—Estas americanas cursis no soportan perder una ocasión para hacer una escena —comentó Casilda por lo bajo a Tere Castillo.
Pero Blanca, que alcanzó a escuchar la respuesta de Tere sugiriéndole a su íntima que quizás se tratara de una estratagema de la extranjera para poner de su lado a la familia Sosa, no dudó que aun sin sus lágrimas, por lo demás muy sinceramente sentidas, si llevaba cualquier problema a la familia del muerto iba a encontrar un sinnúmero de miembros dispuestos a atenderla con la misma exquisita deferencia de don Mamerto en aquella infausta ocasión.
En la tarde del día siguiente al sepelio, en el fondo para asegurarse de esta fidelidad, Blanca se presentó en el despacho de la familia Sosa. Como sus pensamientos venían ocupados con otros asuntos, no traía preparado un problema preciso que presentarles, de modo que al Mamerto que la recibió levantándose de detrás del mismo escritorio cubierto de legajos que ocupaba su padre e invitándola a tomar asiento en el otro extremo del sofá Chesterfield, ella le propuso lo primero que se le vino a la cabeza: deseaba encargar un retrato de cuerpo entero de Paquito ataviado con su disfraz de Icaro para colgarlo junto a sus antepasados en Alarcón de los Arcos. Rogó al notario que en nombre de ella se pusiera en contacto con Archibaldo Arenas, un retratista muy cotizado en ese momento en los círculos de la gente conocida. ¿Podía ser tan amable como para consultar precios, enviarle fotografías de Paquito, lo que quedaba del disfraz y las alas, solicitarle un boceto y establecer una fecha de entrega? El notario, después de tomar un apunte del asunto, le rogó a la marquesa que se molestara en acompañarlo a entrevistarse con los demás Sosa de la firma, todos descendientes del finado don Mamerto, los que al tener conocimiento de la visita de la señora marquesa se hallaban reunidos aguardándola.
Serían ocho o diez que, después de arremolinarse en torno a Blanca para besarle la mano, se sentaron alrededor de una gran mesa, que le rogaron presidir. Se disponían a informarla sobre ciertos asuntillos confidenciales que, según el Mamerto que hoy la había recibido —o tal vez otro, porque confundidos los viejos con los jóvenes igualmente diminutos resultaba no sólo dificilísimo distinguirlo sino imposible comprender lo que le estaban exponiendo—, era urgente resolver. Su linda cabecita, ceñida por una cloche de hule negro con una hebilla de plata sobre una oreja, en lugar de interesarse por los graves asuntos que intentaban aclararle, miraba uno a uno a los Sosa, viejos, jóvenes, jovencísimos, poniéndolos en fila encima de la mesa y desnudándolos allí por orden de estatura para comprobar cuán efectivamente estimulaba a cada uno su propia zarabanda bailada desnuda frente a ellos, y cuán rápido caían muertos uno a uno al rozarlos con su cuerpo: esos cuellos almidonados, esas pulcras manitas juntas encima de la mesa como si se dispusieran a orar, esos ojos incrédulos tras las gafas ante la frivolidad de su desatención, ante la sonrisa que rozaba sus preciosos labios fruncidos, ante la risa que floreció en ellos al ver a la familia tan compuesta, pese a estar completamente desnudos, ante la carcajada que por fin Blanca no pudo reprimir. Le dieron un vaso de agua para calmar sus pobres nervios mientras el más enterado de los Sosa acotaba:
—Ridi, pagliaccio… —para que los demás respetaran la magnitud del sufrimiento de la sensible marquesita.
Cuando al cabo de un rato ella se tranquilizó, el que llevaba la voz cantante intentó explicarle con el mayor tino que, durante la ausencia de la señora marquesa doña Casilda en París, adonde acababa de trasladarse con el propósito de comprar su equipo de verano para las playas de Biarritz, el conde de Almanza, tal vez por exceso de familiaridad, tal vez por descuido, había dispuesto de los cuantiosos fondos recién ingresados por la venta a una fábrica de chocolates suizos del producto de la nogaleda de Andalucía, propiedad de los Loria de toda la vida —vale decir propiedad mía, se dijo Blanca—, con el fin de comprar un caballo de carrera inglés, de pedigree impecable aunque de performance todavía impredecible.
—¿Almanza? —preguntó Blanca, repentinamente alerta como un sabueso al olor de su presa.
Mientras pedía que le repitieran todo minuciosamente, con cifras y fechas de transacción para esta vez escucharlas con el mayor cuidado, no pudo dejar de desnudar al gentilhombre ausente, el cual, puesto sobre la mesa del consejo, aventajaba a los diminutos Sosa no sólo en talla, sino sobre todo en la virilidad musculada de sus deportivos cuarenta años: evocarlo fue como dejar entrar una bocanada de aire libre en esa encerrada estancia, como una elegante presencia animal en medio de tanto papel, la encarnación misma de la displicencia, el desenfado, el placer en medio de tanta probidad y obligación. Sí. Almanza era un sinvergüenza. Ya se lo había advertido Paquito. Pero cuidado, que no se propasara: ella, al fin y al cabo, era una bravía hembra del continente nuevo, del que no se avergonzaba pese a que eligiera cubrirlo con un barniz de civilización, barniz que estaba dispuesta a romper en cuanto le conviniera, especialmente cuando se trataba de vengarse de un cínico que pretendía hacerla su víctima. Que no le dijeran nada al conde de Almanza, pidió a los asombrados Sosa. Ella se encargaría de arreglar las cosas con él. Por el momento, que no pagaran ninguna de las cuentas que Casilda enviaba desde París y que no le dieran explicación. Estaba harta. Tan harta que si seguían vejándola se proponía liquidar todos sus bienes y comprar medio Nicaragua para explotarlo a su gusto, dejando a Casilda y Almanza con un palmo de narices. Al ver la consternación escrita en el rostro de todos los Sosa ante tal propuesta, que a ellos también los pauperizaría, decidió dejar todas las ideas flotando inconclusas en el aire: salió, repitiendo que estaba harta de que la humillaran, despidiéndose apenas de los Sosa boquiabiertos y de pie en torno a la mesa.
Blanca caminó dos manzanas Serrano abajo sin detenerse ante el escaparate de ninguna tienda. En la Puerta de Alcalá miró su Patek Philippe: sí, pese a que era un poquito tarde, contaba aún, por lo menos, con una hora más bajo el bellísimo cielo de ese atardecer madrileño, y podía emplearla en un paseo por el Retiro que le hiciera olvidar el reciente mal rato.
Pero no se puede decir que en esta ocasión Blanca Loria gozara precisamente del crepúsculo ni del Retiro, porque en el momento mismo de entrar, como si hubiera estado esperándola, la aparición de Archibaldo Arenas, con su gran chambergo negro y su capa, tensísima la cadena de su perrazo gris dispuesto a romperla para huir, cubrió el paisaje y ocupó por completo el campo visual de la marquesita. La saludó tan sin afectación que después del primer instante de sobrecogimiento Blanca se sintió perfectamente a sus anchas paseando por las avenidas y senderos con tan gentil acompañante. Ambos rieron comentando de Tere Castillo, las dificultades que presentaba como modelo que un día quería aparecer en su retrato vestida como una manóla de Anglada Camarasa y, cuando la tela estaba muy avanzada, se le antojaba posar pensativa, con el codo en una columna griega, y otra vez de amazona inglesa…, a ver cuánto le iba a durar la satisfacción con su cesta de besugos a lo Álvarez de Sotomayor… Tere era imposible, declararon los dos, pero estuvieron de acuerdo en que era un personaje divertidísimo y que esto compensaba.
Se quedaron un momento en silencio uno junto al otro, con el perro quieto a su lado como si comprendiera, mirando el agua gris-limón del lago tan apacible en este atardecer. El pintor se quitó el chambergo para sentir la plenitud del aire penetrando su magnífica melena negra: la luz que bañó su rostro le reveló a Blanca una juventud antes no observada en sus facciones casi tan vulnerables —aunque su muda plegaria fue: ¡no, por Dios, esta vez no tanto!— como las de Paquito. Y con sorpresa que no supo si le agradaba o le desagradaba, vio que los ojos del pintor no eran en absoluto negros como había creído, sino transparentes, grises o color limón como el agua que contemplaban, y, advirtió con un escalofrío que reintegró la sensibilidad de su espíritu a ese magnífico instrumento de sentir que era su cuerpo, exactamente del mismo color de los ojos del perro. Éste, igual que ellos, miraba el agua del lago: ojos color luna, se dijo Blanca. Y porque iba a enloquecer si permitía que la envolviera todo esto, le preguntó a Archibaldo:
—¿Cómo se llama?
—¿Quién?
—El perro.
—Luna.
—Pero si no es hembra…
Blanca enrojeció al escuchar sus propias palabras, que delataban el hecho de que había observado algo que era impropio de una dama observar: que Luna iba vestido de la más acariciable franela gris clara que lo enfundaba entero, incluso aquella parte que era feo ver y que sin embargo la había instado a pronunciar su desatinada frase. Blanca se puso seria, tiesa, muy chic, con los ojos perdidos en la nada ante ella para que su abstracción le impidiera sentir —como estaba sintiendo desde que sus palabras reinauguraron en ella una serie de urgencias que por el momento rechazaba— este impulso de escapar a perderse donde ni ese hombre ni ese perro pudieran jamás encontrarla, aunque no lograba vencer el impulso inverso, igualmente fuerte, de inclinar su cuerpo un poco para sentir un poco, sólo un poco, la proximidad caliente del cuerpo de Archibaldo. Luna, como acudiendo en su auxilio porque la entendía, comenzó a caracolear como un loco de nuevo, poseído de una frenética compulsión que Blanca prefirió no descifrar para no tener que descifrarla en sí misma. Archibaldo, entretanto, con un lenguaje que era mezcla de dominio y ternura, y con la nerviosa fuerza de sus brazos, intentaba aplacar al cachorro que en sus correteos envolvió a Blanca con su cadena. Al desenredarla, Archibaldo tiró al suelo, con un gesto imperioso para dominar al perro, la cloche de hule de Blanca: su cabellera se derramó por sus hombros.
—¿Por que no suelta a ese pobre animal? —le preguntó ella cuando, después de desenredarse y mientras volvía a ponerse la cloche, comenzaron a caminar de nuevo, demasiado rápido porque Luna tiraba de la cadena.
—No se ponga el sombrero…
—¿Está usted loco? ¿En público y sin sombrero? ¿Que no le gusta…?
—Así, tal como estaba hace un minuto, con el lago gris-limón como fondo y la cabellera suelta, me gustaría pintarle un retrato.
—No podrá, porque me voy a cortar el pelo à la garçon como se usa…
—Le prohibo que haga tal locura…
—¿Pero por qué no suelta a ese pobre animal? Así podríamos pasear más tranquilos…
—Es muy joven y tonto, podría perderse.
—Pobrecito.
El sol se iba poniendo. Nadie transitaba por el Retiro a esa hora. Sin darse cuenta —¿o él, que seguramente había hecho lo mismo con otras, lo maniobró así?—, Blanca de pronto se encontró en un lugar casi encerrado por sombríos setos: con un pavoroso encogimiento de su sexo pensó que aquí, sin que nadie se diera cuenta, él, o cualquiera, podría ahorcarla, con la cadena de Luna, por ejemplo. Pero Luna ladraba y saltaba porque quería jugar, y casi como si estuviera entrenado para hacerlo volvió a enredar a Blanca con su cadena. Mientras las manos del pintor la liberaban, ella estaba decidiendo que había llegado el momento de enfadarse con él. Antes de que pudiera llevar a cabo su propósito, sin embargo, él la tomó entre sus brazos. Ella no pudo dejar de debatirse un poco para apretar más su delicioso cuerpo, que por primera vez parecía conocer entero, contra el de Archibaldo, que buscaba abrir sus muslos con su rodilla desesperada. Ella, al fingir debatirse, se iba entregando poco a poco, más y más, y al negarle los labios iba permitiéndole que besara su rostro entero, su cuello, su nuca, hasta que Blanca ya no pudo más y le entregó su boca que él abrió con la suya, arrebatándole la respiración y penetrándola con el ansia de su lengua: tuvo que soltar al perro, que a toda carrera y arrastrando su cadena se perdió en la penumbra del parque. Archibaldo metió la mano bajo su falda: Blanca no dejó de percibir la deleitada sorpresa de esa mano al comprobar que no llevaba bragas y encontrarse con la piel satinada de sus caderas, con la dulce curva del vientre que se perdía hacia abajo, en la blandura húmeda de la selva que esa mano iba acariciando. Ella le quitó su boca para murmurarle al oído:
—Aquí no…
—¿Dónde?
—¿No quieres pintar mi retrato?
—En mi estudio.
Todavía se besaban, se palpaban.
—¿Con cuántas, allí…?
—¿Qué importa?
—¿Cuándo…, cuándo…?
Salieron del boscaje hacia el camino.
—Mañana… a las seis. Encontrémonos como por casualidad en la puerta principal de Correos…
Pero era alrededor de Blanca, no de Archibaldo, que caracoleaba y bailaba Luna, haciéndole fiestas, saltándole pesadamente encima, haciéndola reír. En los raros momentos en que se tranquilizaba, ella le hacía mimos mientras los tres se encaminaban hacia la salida de la Puerta de Alcalá, porque comenzaba a caer la noche.
—Salga usted por aquí —le pidió Blanca—, por la puerta de Lagasca…, yo saldré por la otra. Hasta mañana…
—Adiós…
Cuando Blanca se alejaba, Luna comenzó a dar tales gemidos, a saltar de tal manera, que Blanca tuvo que detenerse y, volviéndose hacia él, rió:
—¿Qué te pasa, Luna, corazón?
—Quiere irse contigo.
—¡Pobre…!
—¿Por qué lo compadeces?
—Los que se encariñan conmigo, sufren.
Paquito. Don Mamerto. Pero riendo el pintor la desafió:
—No éste.
—Podría ser la excepción.
—Podría…
—En todo caso, si no sufre uno, sufre el otro.
Eran cosas que le habían dicho las negras, que leía en Zamacois o Alberto Insúa. Archibaldo titubeó apenas, pero con un impulso se lo ofreció:
—Para probarte mi confianza, permíteme regalártelo.
—¿Estás loco…?
Ofendida, sintió como si el ofrecimiento de Archibaldo de regalarle su perro le propusiera un sucedáneo de su propia intimidad, no una medicina sino un placebo. ¿O le estaba ofrendando, en cambio, una intimidad mucho más riesgosa que la alcanzada hasta ahora, aún mayor que la que ella se proponía alcanzar mañana a partir de las seis? Confundida, dio vuelta la espalda al hombre y al perro que querían seguirla, encaminando sus menudos pasos hacia la Puerta de Alcalá.
Era —pensaba Blanca a medida que se apresuraba en dirección a la salida— como si muchas cosas hirvieran dentro de ella: deseo, vergüenza, temor, rabia. El deseo lo aceptaba, disfrutándolo aun tan obsesivamente candente como era. Y la vergüenza y el temor, bueno, al fin y al cabo una señora como ella… y además en un sitio público donde jamás osaría presentarse desprovista de un sombrero a la última moda. ¿Pero por qué rabia? ¿Por qué esta tremenda rabia que le hacía lagrimear los ojos de tal manera que su rimmel, que iba componiendo al salir del Retiro, quedaría hecho un desastre? No, no era rabia contra Archibaldo, todo tendón y nervio sensibles, todo dulce determinación de compartir la intimidad única con ella, que la desconocía en su totalidad. Era otra rabia. Rabia de sentirse humillada, utilizada, abusada, como si dientes ávidos estuvieran mordiendo su bella carne que tanto la enorgullecía: Almanza. Sí. Almanza. Al localizar su rabia con precisión, el nombre del conde había saltado automáticamente a su conciencia. Sí, Almanza. Don Mamerto —uy, en fin, un Mamerto que, claro, no era el verdadero don Mamerto— se lo había dicho esta misma tarde. Frente a la Puerta de Alcalá, ya anochecida, se detuvo un instante: iría de nuevo al despacho de los Mamertos porque quería obtener de ellos más datos para humillar al conde. Miró su Patek Philippe. No: ya era demasiado tarde. Todos los Mamertos, cada uno con la mujer y los hijos correspondientes a su edad, descansaban de la jornada de honrado trabajo en torno a sus mesas camillas. Sin pensarlo —se dio cuenta sólo al llegar frente a Juan de Mena— había bajado muy de prisa por Alfonso XII. Cruzó a la otra acera y entró hasta Ruiz de Alarcón. Sí, porque además de todo, la hermosa casa de pisos en que el conde de Almanza vivía, sin pagar ni una perra de alquiler, en Ruiz de Alarcón, era propiedad de Paquito, vale decir suya. Se le ocurrió ir a manifestarle inmediatamente al conde —ya que por casualidad se encontraba en las inmediaciones de su casa— que muy conde sería, pero que para ella no era más que un caco de la peor especie.
Cuando al entrar la marquesa de Loria le dijo al portero «¿el conde de Almanza?», éste, porque la vio tan bella y de paso tan seguro, o porque Almanza, pese a su tan antiguo lío con Casilda, recibía frecuentes visitas de mujeres que iban a entregársele, no le opuso el menor obstáculo. Subiendo en el ascensor, Blanca se sentó en la banquetita de terciopelo rojo para dar los últimos toques a sus labios — ahora con buena luz—, que el amoroso desenfreno de Archibaldo había ajado. No, se dijo: mostrar su rabia sería indigno de una mujer de mundo que podía darse el lujo de estar por encima de menudencias. En cambio, si Almanza y Casilda se proponían utilizarla a ella, como estaba claro, ella utilizaría a Almanza, que al fin y al cabo no era más que uno de sus tantos sirvientes. No podía negarse que, pese a su seguridad en su propio instinto en tales materias, prefería que mañana Archibaldo no se diera cuenta de su inexperiencia, ya que ni Paquito ni don Mamerto contaban como experiencias en ese sentido. Almanza, reconocidísimo holgazán, podía por lo menos retribuir su generosidad adiestrándola para su entrega de mañana; él, de quien se decía era perito en las lides del amor.
Fuera de esto, tampoco podía negarse que temía, un poquito, hacerle daño a Archibaldo, porque su cuerpo enamorado —la carne demasiado hermosa, como la suya, era cuestión de hechicería, susurraban las oscuras viejas de su infancia en la noche cuando ella era una niña que no podía dormir porque no salía la luna— podía malograr al que estaba destinado a hacerla feliz. Pero eran tonteras de gente primitiva: ella era la marquesa de Loria, llevaba un vestido muy sencillo pero muy a la moda de Drecoll, leía a Rubén Darío y a Villaespesa en sus ratos de ocio, había asistido a alguna conferencia de García Sanchiz, tomaba té en el Ritz, y nada malo, por lo tanto, podía acaecerle. Abrió su cartera y con un cisne se dio un toque de polvos perfumados en la punta de la nariz. Entonces tocó la campanilla.
Almanza, vestido con un pijama de cosaco de raso violeta, pero llevando una especie de horrible antifaz que le aplastaba los bigotes, entreabrió la puerta. La cerró de golpe. Tras un instante, ahora con los mostachos rampantes y arriscados, le abrió a Blanca de par en par la puerta de su casa.
—¿Puedo pasar…? —preguntó ella tímidamente, titubeando en el umbral.
—¡Qué honor!
Almanza le explicó que acababa, justamente, de hacer gimnasia, por eso lo encontraba así, en déshabillée. Es decir, había estado entreteniéndose un rato —y ahora que no estaba Casilda debía confesar que tenía mucho tiempo libre— levantando unas pesas: ya podía verlas ella misma en ese rincón, junto a su modesta biblioteca.
—¡Ah! ¡Es usted un intelectual! —exclamó ella acercándose a la estantería, no sin antes observar que la mano de su suegra dominaba en forma despótica la decoración de ese piso que guardaba sólo un insignificante rincón para los trofeos ecuestres del conde. Además, observó Blanca, era un piso relativamente pequeño, en lo que se veía la avaricia de Casilda, que ahorraba en todo para prodigarse placeres a sí misma.
—Caballero Audaz… Felipe Trigo… Vargas Vila… Hernández Cata… —iba leyendo Blanca en los lomos de los libros, dándole la espalda a Almanza, que la seguía un poco confuso porque no comprendía la razón de tan intempestiva visita. Ella se dio vuelta bruscamente, y encarándolo le preguntó—: ¿Lee usted a Rubén Darío?
Los dos rostros estaban, ahora, muy cerca el uno del otro, el de Almanza congelado en una sonrisa de incrédulo regocijo.
—¿Sabía usted que es compatriota mío? El conde tardó sólo unos segundos en absorber el posible significado de que ella, al pronunciar el nombre del divino Rubén, acercara dos centímetros, no más pero dos centímetros llenos de deliciosa intención, su rostro juvenil al suyo. Tartamudeó un poco al responder:
—Pero…, pero por cierto —aunque, recuperándose al instante, prosiguió con el debido estilo—: ¿quién que se precia de tener un alma sensible, de ser un hombre civilizado, en fin, no conoce «Era un aire suave, de pausados giros…»? Pero, Blanca, no nos quedemos de pie. Pasa por aquí por favor, siéntate, ponte cómoda aquí en el diván, mira, te pondré este cojín en la espalda para que estés mejor, y este otro aquí para que descanses el brazo. ¿Quizás un poco más alto? ¿No? Bueno, si así estás más cómoda… ¡Qué precioso vestido! Te felicito, eres de las pocas mujeres en Madrid que saben conciliar el luto con el chic. ¿Quieres beber algo…, un poco de pernod…? ¿Un té? Lástima que justamente hoy sea el día libre de mi servicio.
¿O es que Casilda, cuando se va de viaje, te corta los víveres y te deja sin criados para ahorrar? No porque le apeteciera sino con el fin de hacerlo trabajar mientras ella se iba quitando los guantes con la lentitud de quien monda delicadísimos frutos, Blanca titubeó:
—¿A ver…? No sé…, tal vez sí…
Un bel homme, Almanza, con la musculatura —algo pesada para Blanca, que soñaba con amantes felinos— de sus pectorales relucientes en el raso violeta de su blusa de cosaco. Y su cabeza de prócer totalmente hueca —¡no lo iba a saber ella, cuyo continente producía abundantes cosechas de esos señores!—, pero colocada como la de una estatua sobre la construcción clásica de su cuello y sus hombros. Al mirarla Almanza antes de obedecer sus deseos —que, como debía ser, para él eran órdenes—, Blanca notó que el conde aspiraba de modo que se hinchara su pecho y vibraran las aletas de su aguileña nariz, arqueando a la vez, casi imperceptiblemente, la ceja izquierda.
—Aunque no…, pero sí. Sí. ¿Un té…? —rogó ella.
Y dejó caer sus guantes junto a su rebajado zapato de charol. Almanza, al instante, se arrodilló junto a ella para recogerlos. Blanca aprovechó ese momento para cruzar una pierna sobre la otra, de modo que se deslizara la seda de su falda, descubriendo su rodilla y, más arriba de la liga, exactamente junto a los mostachos del conde, un centímetro de la tersa piel del muslo decorada por un lunarcito. Arrodillado, él quiso trenzar la pasión de su mirada con la de ella. Blanca la esquivó. No obstante, Almanza depositó un ligero beso sobre ese lunarcito, haciéndole cosquillas placenteramente con sus mostachos, los que iban a continuar su caricia muslo arriba, pensó Blanca con un brote de encantado rubor. Pero no: sólo si ella se lo permitía. Y no estaba dispuesta a permitirle este estilo frívolo, evidentemente tan fácil para él. Le asestó, en cambio, una bofetada en el ojo izquierdo. Se puso de pie, furibunda ante la magnitud del ultraje. Él también se puso de pie, también furibundo, el ojo de la ceja antes enarcada ahora lagrimeando, su pecho casi rozando los pezones de Blanca, dispuestos bajo la seda de su vestido. Ambos acezaban de ira, sus alientos mezclados, la pasión de sus miradas hecha un nudo. Le quedaba menos de medio segundo, calculó Blanca, para elegir: besar o no esos labios sombreados por el bigote. En cambio, le dio otra bofetada a Almanza, con la otra mano, en el otro ojo, gritándole:
—¡Golfo!
Y otra palmada más:
—¡Chulo! ¡Se lo contaré a mi suegra!
Esta vez Almanza alcanzó a agarrarle la mano. De un empellón la tumbó en los cojines del diván y se dejó caer encima de ese turgente cuerpo que se debatía contra el suyo. Metió sus experimentadas manos bajo su falda, encontrando de inmediato allí el centro eléctrico que se encendía y se humedecía, ante lo cual Almanza no dudó vencer. Blanca, toda fuego, pataleaba a pesar de todo y rasguñaba, mientras él iba rasgándole el vestido, dejando expuestos sus pechos, que mordía sin misericordia, haciéndola chillar enloquecida entre los improperios que su linda boca lanzaba — ladrón, chulo, viejo, sinvergüenza ladrón, la nogaleda, el caballo, Casilda, el piso, cínico, hipócrita—, cruzándose de muslos para rechazar esas caricias, que no eran caricias sino una insultante agresión de depurada técnica, para que el conde no conociera el secreto interior de su cuerpo con esa palanca de hierro cuya fuerza estaba separando sus dos cuerpos ya casi desnudos entre los jirones de sus ropas. Si Almanza quería algo, que se diera el trabajo de violarla pese a que sus uñas manicuradas en punta rasguñaban el rostro del conde hasta hacerlo sangrar y rasgaban su blusa de cosaco, exponiendo sus pectorales vellosos. Sus insultos —puta, cursi, entrometida, creía que él no se daba cuenta, bastaba ya de pretensiones, si las ganas se le notaban en el olor que se sentía desde lejos, que para qué había venido a su casa, entonces, ramera— sólo la tornaban más bravía y ni siquiera le entregaba la boca ni relajaba sus muslos mientras ambos se revolvían juntos entre los cojines. ¡Qué se creía esta americana de mierda…! Almanza la planchó con su poderoso cuerpo. Tomó un cojín de raso y lo aplastó contra ese rostro embellecido por el terror y la furia y el evidente deseo: sí, que tuviera miedo. Que se ahogara de terror frente a él, que era un hombre de verdad, y no un pelele como Paquito. Que intentara insultarlo ahora que ni siquiera podía respirar.
Cuando el pavor que la tornó exánime —no podía ser otra cosa— la hizo relajar sus maravillosos muslos, el conde la penetró con una de sus famosas embestidas, sintiendo la espléndida golosura con que ella lo devoraba. Quitó el cojín que tenía sobre ese rostro, gloriosamente bello con sus ojos cerrados y llorosos pero que él quería ver abiertos, brillantes, redondos y vivarachos como le gustaban: retiró su miembro del capullo que lo aprisionaba. Sólo entonces, disgustada, Blanca abrió sus ojos implorantes, aterrados de perderlo todo, y rodeando la cintura del conde con el nudo de sus muslos lo atrajo de nuevo sobre sí. Abrió sus labios para aceptar su boca y devorar su lengua.
Él, entonces, esta vez, la fue penetrando suavemente, como tan bien sabía — incluso pareciendo no tener intenciones de hacerlo—, hasta una profundidad de su persona que la marquesita viuda de Loria ni siquiera sospechaba poseer, durante un tiempo que se prolongó anochecido, caliente y húmedo, hasta lo que a ambos les pareció una versión perfectamente satisfactoria del infinito.
Este libro es del autor José Donoso.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:
