
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»
Capítulo II
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
Capítulo II…
Lo menos que se diga sobre la boda misma, mejor. Casilda, derrotada por la incontenible pasión de su hijo y por la lógica de Almanza, pretextó el lamentado fallecimiento de una tía-abuela que era superiora en un convento de clarisas en Málaga —no la veía desde que fue su madrina de confirmación— para celebrar la ceremonia estrictamente en privado. Tan en privado que Blanca y Paquito se casaron en el remotísimo pueblo de Alarcón de los Arcos, feudo de los Loria de toda la vida, en la ruinosa iglesia llena de lugareños, únicos seres sobre la tierra, según Almanza, geográficamente determinados para tomar en serio a un papanatas como Paquito por la simple casualidad de su linaje. Y el banquete —si de banquete puede calificarse a tan rústico ágape— fue celebrado en el caserón lleno de goteras y de blasones que nadie, salvo algún aventurado administrador enviado por don Mamerto, suponía Casilda, había visitado en quince años. Asistieron, además de la familia Sosa que era oriunda del poblacho, del grupito de íntimos con que Casilda y Almanza solían reunirse a jugar bridge —para por lo menos tener a alguien con quien morirse de risa comentándolo todo después— y del personal de la Legación, que resultó ser un ejército, sólo las cinco o seis personas que constituían la colonia nicaragüense residente: ellos, impresionadísimos con el moho de tanta antigualla; ellas, ataviadas —era de esperarse— como para un baile en Palacio.
El matrimonio, en su sentido más estricto, fue una cruel desilusión para Blanca: todo lo que fuera juego, roces, labios, risas, cosquillas, caricias, resultó estupendo por imaginativo, por audaz, ya que Paquito no aceptaba límites para el goce siempre que se tratara de formularlo en términos de perverso retozo. Pero noche tras extensa y silenciosa noche en el gran dormitorio de raso que ocupaban en el palacete desde que Casilda se instaló aparte a raíz del matrimonio de su hijo, el marquesito caía derrotado cuando la fogosidad estaba a punto de saciar su apetito: era, hélas, como si todo lo férreo de Paquito se derritiera justo en el ápice del anhelo, humedeciendo sólo el exterior de la admirable flor de carne que Blanca le ofrecía tan sin problemas.
—Rey, mi reycito… —lo consolaba ella, asegurándole que lo que hacían era lo que más le gustaba, y como por otra parte tenían la vida entera por delante para lo otro, por ahora lo mejor sería disfrutar de esto, que ya, le aseguró, era bastante.
A Paquito le parecía demasiado larga la noche, demasiado grande el dormitorio que hasta hacía poco fue el de su madre —ésta, al retirarse, declaró que no estaba dispuesta a hacer el papel de allegada en su propia casa: sin embargo, usaba el palacete como una sucursal de su propio piso modernísimo, recibiendo invitados e impartiendo órdenes allí como si continuara siendo ella, y no Blanca, la señora—, demasiado respetuoso el silencio de la gran casa, podía caérseles encima el baldacchino, alegaba Paquito más y más neurasténico con sus fracasos a medida que pasaban las semanas. Blanca, pese a las protestas de Casilda —que abandonó su relativa discreción de suegra para protestar ante la audacia de la americana al poner en cuestión su gusto para decorar interiores—, hizo quitar el baldacchino, transportar la cama a un reducto más íntimo, e instalar un gran espejo en la pared frente a la cama. Todo inútil.
—Mi rey…, no llores… —seguía consolándolo ella con el propósito de restañar su rabia.
En agradecimiento a la ternura de su esposa, Paquito volvía al ataque, su amor y su orgullo férreamente reconstituidos: era capaz de todo con los dedos, con la rodilla, con los labios ansiosos y atrevidos, hasta con la prominente nariz si hacía falta. Ella, hay que reconocerlo, dotada de esa pasmosa vocación para las perversiones que suele darse aparejada con la ternura en las hembras del trópico, reía y aceptaba y amaba, no sin añorar, es cierto, lo definitivo, pero lo definitivo con Paquito, porque durante esos cinco meses que duró su matrimonio Blanca no soñó con otros hombres, como había soñado antes y como habría de soñar después. Era bellísima. En realidad, más bella a partir de su matrimonio que antes. Como lo sabía, se sentía también capaz de todo, aun de reavivar a Paquito después de sus desfallecimientos noche tras exasperante noche. Se dio cuenta de que iba a tardar. Pero su instinto femenino le aseguraba a su corazón que quizás dentro de no mucho tiempo, Paquito, estimulado por su belleza, entraría triunfante, y como quien dijera, por la puerta principal, a ocupar el sitio de rey que ella le tenía destinado en su cuerpo.
Después de estudiar a su marido y la repetición de su fracaso con bastante desapego pero con la mayor ternura, estableció una especie de estrategia paulatina que le aseguraría, pensó, el triunfo. No tardó en llegar a la conclusión de que aquello que más lo molestaba en la amplitud de la silenciosa noche palaciega y conyugal era la ausencia de lo prohibido, de lo fortuito, de la acechanza, de amenazantes pasos que se acercaran o puertas que se abrieran chirriando en el momento justo, evocando la censura, el castigo, la vergüenza, elementos esenciales, según Blanca, para que su pobre marido conservara su compleja vitalidad —tan distinta a la sencillez americana de la suya— hasta el momento de atacar a fondo. Pero, ¿no era, acaso, imposible producir situaciones de sobresalto en un matrimonio tan convencional como el suyo, de posición económica mucho más que holgada? El artificio: ésa fue la respuesta que se dio Blanca. Y como era decidida además de enamorada e inteligente, una vez que logró aislar los elementos que faltaban se propuso procurárselos al marquesito.
Sería demasiado tedioso describir las ocasiones en que Blanca, por medio de sus escenificaciones quizás demasiado transparentes del peligro, estuvo a punto de conocer la felicidad. Pero no se puede pasar por alto aquella memorable tarde de invierno en que casi llegaron a la culminación: Casilda y Almanza habían convocado en el palacete a Tere Castillo y a Pepe Manzanares, que por entonces andaban liados, para jugar al bridge en una esquina del salón agraciado con la gran chimenea estilo renacimiento francés. Más allá de tresillos y lámparas y mesas Boulle cubiertas de aparatosos marcos y de chucherías carísimas, Blanca y Paquito yacían en cojines frente al alegre fuego del hogar en el que de vez en cuando, venciendo la lasitud, colocaban una que otra pina. Blanca había estado acariciando la cabeza de Paquito largo rato, mientras él, perezoso, bajo la blusa de su mujer, martirizaba amorosamente sus vulnerables pezoncitos. Allá, alrededor de la mesa de bridge, los grandes reían a veces entre los largos silencios de su estéril concentración, pero la presencia tan cercana de su familia, de la cual, para Paquito, emanaba todo castigo, lo enardeció. Blanca abrió el pantalón de su marido, que apareció rojo de fuego propio y reflejado, duro de peligro y de la humedad de los besos de Blanca. Vieron que Almanza se ponía de pie porque en la siguiente mano era su turno hacer de muerto. Le bastaría girar un poco la cabeza para sorprender a la joven pareja.
—Ahora… —susurró Paquito sobresaltado aunque listo al percibir el peligro.
Y puesto que jamás llevaba bragas, justo en espera de una ocasión como ésta, Blanca levantó su breve falda y se subió a horcajadas sobre su marido. Los lindos ojos de la marquesita —erguida sobre el cuerpo de su marido tenía el rostro al mismo nivel que las cubiertas de las mesas y los respaldos de butacas y sofás— encontraron la mirada de Almanza, que hacía rato espiaba a la pareja por el rabillo del ojo. Al sentir que Paquito, bajo ella, comenzaba a flaquear por no encontrar estímulo exterior en que apoyarse, la expresiva mirada de la muchacha imploró la ayuda del gentilhombre: que él, que según se decía lo había hecho todo en la vida —incluso despilfarrar su patrimonio con esa tonadillera gaditana que instaló en el Hotel Negresco, de modo que en buenas cuentas ahora tenía que vivir a expensas de Casilda, vale decir de Paquito—, sí, que él le proporcionara esta ocasión para experimentar la plenitud desconocida, sí, eso es lo que estaban implorando los lindos ojos maliciosos de la marquesita. El conde, caballero y mundano al fin, ducho en decodificar mudas súplicas femeninas, esta vez comprendió también que el mensaje llevaba como posdata la promesa de que después, entre ellos dos, arreglarían cuentas. Almanza se acercó al fonógrafo colocado en el centro de la estancia, a medio camino entre la mesa de bridge y la chimenea, y comenzó a hacer girar la manivela.
—Cuidado, mi rey, que se acerca Almanza —susurró Blanca inclinándose al oído de su marido tremolante de pasión, porque con la proximidad del peligro el pobre pudo por fin sentir toda su propia tensión cumplida en la tensión con que el anillo de carne de Blanca aceptaba ceñirlo.
En la mesa de bridge, entretanto, reinaba un reconcentrado silencio, dejando a los otros tres aislados en un área distinta del salón, junto a la chimenea. Almanza escogía un disco. Lo puso, colocó sobre él la aguja que chirrió un poco, y se oyeron los compases de La boda de la muñeca pintada. El conde inclinó su noble cabeza hacia la corneta del fonógrafo como para oír mejor, pero en realidad para evitar que el ramo de crisantemos amarillos en el jarrón de Lauque le impidiera compartir el gozo de la pareja junto al fuego: Blanca, enhiesto el tronco otra vez, los párpados húmedos de amor, hundía lenta, sabiamente su ligero cuerpo sobre el de Paquito en posición decúbito dorsal, insinuando, con un levísimo va y viene que percibían sólo las papilas más sensibles del marqués, el ritmo del fox-trot del gramófono. Paquito, para tocar por fin fondo y hacer total su delirio, se aferró de los glúteos de Blanca, abriendo desmesuradamente los ojos con la sorpresa de su maravillosa hazaña. Por desgracia, su vista tropezó con la mirada permisivísima del conde disimulando su deleite detrás de los crisantemos, inclinado igual al perro de la RCA Víctor junto a la corneta del gramófono. Le bastó ver esa complacencia, sentir esa complicidad para que de pronto todo en él se replegara, cayendo derrotado allí mismo cuando tenía ya lubricado su camino hacia el triunfo, sin sentir ni siquiera la descarga inútil que de ordinario empapaba a Blanca. El conde, satisfecho porque creía haber cumplido su cometido y por lo tanto iba a poder cobrarle su cuenta en especies a la marquesita, volvió a alejarse hacia la mesa de bridge donde los demás comentaban los resultados de esa mano
—Con una mano así —alegaba Pepe Manzanares— no podía hacer nada.
Paquito sepultó su rostro en sus brazos cruzados, sostenidos en sus rodillas recogidas. Al oír las palabras del rotundo Pepe, el marquesito no pudo refrenar su impulso de contradecirlo:
—La mano es lo único que no falla… —declaró Paquito, casi llorando.
—Shhhh… —susurró Blanca.
—¡Qué catarro, hijo mío! —exclamó Casilda sin levantar su vista de su mano llena de picos, ni esperar una respuesta a su comentario—. Blanca, ¿has preguntado si trajeron del convento de las monjitas, donde las mandé hacer, las alas del vestido de Paquito para el baile de mañana? Que se las pruebe inmediatamente.
—¿Para qué, si no soy capaz de volar?
—¿Lo vas a disfrazar de Mermoz? —preguntó Tere Castillo, lanzando al centro del tapete un as de corazones—. No es que quiera disminuírtelo, pero no me parece que Paquito tenga el tipo adecuado…
—Va de ícaro —repuso Almanza—. Aunque, como está resfriado, no quiero pensar cómo le va a quedar el gabán encima de su túnica y sus alas.
—No hará frío mañana por la noche —dictaminó la marquesa viuda arrastrando todos los picos y todos los corazones de la mesa—. De modo que Paquito no irá hecho un mamarracho con su trajecito de semidiós estropeado por un democrático gabán.
Paquito, en efecto, no llevó gabán. Todos admiraron mucho la habilidad con que las purísimas manos monjiles habían teñido y pegado plumas de gallina para prestar veracidad a sus alas. Pero perdió su coronita de laureles sobredorados con purpurina al poco rato de comenzar el baile, y sin ella, pegado a las faldas de Blanca porque tanta algarabía le causaba desazón, decidieron huir del baile cuando éste comenzaba a arder. Para que Casilda no se enterara de esta defección, no pidieron el Isotta- Fraschini —ese sinvergüenza del mecánico italiano estaría jugando al naipe con los demás mecánicos en el asiento trasero de algún coche, de modo que prefirieron no hacerlo llamar—, sino que corrieron hasta la parada de taxis de la esquina. Mientras hacían ese brevísimo trayecto cayó el chaparrón que desbarató las alas del infortunado marquesito, pegando las plumas empapadas a su cuerpo y al vestido húmedo adherido a su espalda y sus muslos, de modo que llegó tiritando y hecho una lástima al palacete. Ese invierno andaba mucha difteria por Madrid: falleció dos días después del miércoles de carnaval, Francisco Javier Anacleto Quiñones, marqués de Loria, antes de cumplir los veintiún años, dejando a toda su parentela desconsolada, muy especialmente a su joven viuda —nacida Blanca Arias, hija del recordado diplomático nicaragüense, como apuntaron las crónicas mundanas de los periódicos —, cuya belleza, todos lo observaron en las gradas de los Jerónimos, de donde por cierto partió el cortejo fúnebre, se veía realzada por el luto.
Este libro es del autor José Donoso.
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