
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»
Capítulo I
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria
Sinopsis
La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria es una novela sensual, misteriosa y elegante ambientada en el Madrid de los años veinte, centrada en una joven marquesita que queda viuda muy pronto y se ve liberada socialmente y económicamente. Bella e ingenua, la protagonista deambula entre los salones aristocráticos y las calles señoriales como un fantasma afrodisíaco, embarcándose en una exploración de la seducción, el deseo y la identidad en un mundo donde el erotismo y la fatalidad se entrelazan. La historia expone la vibración perturbadora de los impulsos más íntimos y el eros como fuerza tanto creadora como destructiva en su búsqueda de sentido y deseo.
«El deseo puede borrar incluso a quien creíste ser.»
Capítulo I…
La joven marquesa viuda de Loria, nacida Blanca Arias en Managua, Nicaragua, era la clásica hija de diplomáticos latinoamericanos, de aquellos que tras una gestión tan breve como vacía en Madrid no dejan otro rastro de su paso por la Villa y Corte que una bonita hija casada con un título. Al caer el exótico régimen que exportó a Arias, éste se vio obligado a regresar a la patria que fugazmente lo había encumbrado, para cumplir allá un capítulo más de su oscuro destino.
Blanca se secó las lágrimas vertidas copiosamente en el momento de la separación de los suyos porque era muy mimada por ser la mayor y la más graciosa. Sin embargo, al poco tiempo de la partida de sus padres se había convertido ya en una europea cabal, sustituyendo esos ingenuos afectos por otros y olvidando tanto las sabrosas entonaciones de su vernáculo como las licencias femeninas corrientes en el continente joven, para envolverse en el suntuoso manto de los prejuicios, rituales y dicción de su flamante rango. Estos, Blanca lo sabía pese a sus escasos diecinueve años, constituían sólo una vestidura distinta —en el fondo, todo había sido tan fácil como descartar un huipil en favor de una túnica de Paul Poiret—, vestidura bajo la cual nada costaba ejercer otras libertades que, a condición de acatar ciertas reglas, toda dama civilizada, como ella lo era ahora, tiene derecho a ejercer.
Blanca se complacía en prepararse para ejercerlas bajo la coraza del elegante pero estrictísimo luto que, por el momento, no le permitía ni un ribete de raso ni un bies de seda. Esto le proporcionaba una especie de tregua para que desde el baluarte de su espléndida viudez, protegida por las rejas de las ventanas de su palacete, oteara el horizonte con el fin de elegir acertadamente aquello que más placer podía procurarle. Era joven, era rica, era hermosa: tenía tiempo de sobra para hacer las cosas bien. Y mientras en su languidez se preparaba para ello, ningún ojo intruso, ni el de la marquesa madre, tenía acceso a su alcoba de raso color fraise écrasée, para espiar su entrega a vagas ensoñaciones y roces practicados desde la infancia como ejercicio de su propia libertad, como afirmación y disfrute de sí misma. Estos retozos se prolongaron, en esencia sin dejar de ser lo que siempre habían sido, a lo largo de los cinco meses que duró su matrimonio con el opulento pero inexperto marquesito de Loria, cuyo lamentable fallecimiento se debió a una difteria atrapada a la salida de un lluvioso baile de carnaval al que asistió desacertadamente disfrazado de ícaro.
Blanca no conocía a otro hombre. Al salir del colegio de monjas donde la educaron, subió casi directamente al altar. Pero no sería verídico asegurar que sus cinco meses conyugales le descubrieron —como era de suponer debido a su cuidadosa educación, impartida tanto por las negras del trópico como por las monjas de España— apetitos desconocidos para ella: si queremos ser rigurosos, hay que precisar que Blanca había jugado con estos apetitos desde siempre, con primas y amiguitas, especialmente durante las siestas tórridas de las vacaciones en los amplios caserones de las tierras familiares del Caribe. Sin embargo, jamás se equivocó, dándose cuenta de que sólo se trataba de ejercicios preparatorios para lo verdadero: el futuro, sin duda, le reservaba esa plenitud, porque jamás dudó de su propia belleza, y por ser bella, lo sabía muy bien, tenía derecho a lo mejor en todo. Antes de su matrimonio era una niña. Esos cinco meses, mal que mal, la convirtieron en mujer. Pero no porque Paquito Loria resultara un amante diestro: flaco, pálido, de tez transparente donde destacaban fatigadas ojeras, poseía, sin embargo, la pecaminosa fantasía nacida de agotarse noche tras noche en la soledad de su lecho, en un internado de curas.
En el transcurso del baile en que la parejita se conoció, en un momento quizás calculadamente torpe del cake-walk, Blanca de pronto tomó conciencia de atributos tan bien proporcionados como férreos en el hasta ese instante aburridísimo marqués. Sin duda fue el satinado de sus lindos brazos de criolla o la ligereza de su talle libre de ballenas, que las manos del muchacho palparon entre los pliegues de la resbaladiza seda, lo que pusieron en evidencia las cualidades de Paquito. Y Blanca, para su capote, se dijo, cuando al segundo foxtrot se dio cuenta de que los atributos del marqués habían crecido hasta convertirse en algo seguramente insuperable:
—Es lo que he soñado toda mi vida.
Deslizándose en el siguiente fox, boquiabierta de admiración como frente a un monumento, codiciosa como frente a una obra de arte, Blanca concluyó:
—Lo quiero para mí.
No le costó gran trabajo conseguirlo. Paquito, igual que Blanca, venía saliendo del colegio, y el talle de esta exótica flor que exhalaba tan perturbador perfume fue, en buenas cuentas, lo primero diferente a sí misino que sus anhelantes manos encontraron. Su madre, la marquesa viuda, era una imponente señorona de casi cuarenta años. Pasaba parte de los inviernos en París y hablaba francés con acento sevillano, y castellano, por cierto, con acento francés. Como es natural, intentó oponerse a esta insignificante boda del lelo de su hijo, que ahora ostentaba el título y que el día menos pensado podía darse cuenta de que era su derecho disponer de la cuantiosa fortuna de la Casa de Loria. En lo que se refería a ella, su marido le había legado —y no era más que otra de sus cobardes venganzas— una pensión que, hablando mal y pronto, era una porquería.
Durante las visitas del joven marqués al piso de los acogedores diplomáticos que no se daban cuenta de que corrían el riesgo de perder a una hija —o se resignaban a perderla, puesto que disponían de otras cuatro beldades que iba a ser necesario colocar—, Blanca daba su elemental batalla en el rincón turco de la Residencia, sobre un canapé cuajado de cojines, el pebetero exhalando aroma de almizcle. Trabados por corpiños que defendían ansiosos senos, por camisas almidonadas que se resquebrajaban con la incomodidad de ciertas efusiones, por chalecos de piqué rasgados en un momento de pasión, por botones de polainas enredados en encajes cuando las bocas de ambos se hundían en sus anatomías, malamente disimulados por el último número de La Esfera o el tomo de narraciones de Hoyos y Vinent que fingían leer para engañar a los padres o a las hermanas envidiosas y fisgonas, conocieron milímetro a milímetro sus mutuas topografías sudadas de miedo y anhelo, el vaho caluroso de sus vértices vegetados, sus hendiduras y protuberancias hinchadas de amor, mientras sus bocas golosas se llenaban una y otra vez, sin saciarse jamás, con las fragantes carnes del otro. Se consolaban de que las circunstancias no fueran propicias para pasar más allá, diciéndose que era todo un estupendo simulacro para que cuando llegara el momento en que el amor total pudiera atravesarlos, tanto amago realzara lo que sin duda sería un asombroso premio.
Al acercarse el cumpleaños de su amada, Paquito le rogó a su madre que se dignara hacerle una atención a su amiga Blanca Arias. ¿Pero qué atención, por Dios?, clamó al cielo la marquesa viuda. Ella no conocía a esa gente. Les había dado su enguantada mano sólo una vez, cuando Paquita le presentó a la familia completa — Casilda Loria no titubeó en calificarlos de insoportables cuando más tarde su hijo le solicitó su opinión— durante el transcurso de una comida-jazz de beneficencia en el Palace. ¿Qué era lo que le estaba exigiendo su hijo? ¿No bastaría que le mandara un ramo de flores, una caja de confites de violeta?
¿Qué más podía hacer si no estaba dispuesta a enredarse con esa gente?
—Que los invites a nuestro palco en el Real.
Casilda Loria, irritada ante la utilización del posesivo al que por primera vez y evidentemente como medio de coerción echaba mano su hijo, dirigió su respuesta no a él sino a su gran y buen amigo el conde de Almanza, un sportsman familiar de la casa, a la que lo unía un vago parentesco andaluz, y que lucía arriscados mostachos parecidos a los del laureado poeta don Eduardo Marquina:
—¿No te parece una tragedia tener un hijo tan redomadamente imbécil? ¿Crees justo que, siendo como he sido la más sacrificada de las madres, Paquito me exija que haga el papelón de lucirme una noche de abono en el Real con una gorda emperifollada como cocinera de fonda en Domingo de Ramos, y él, lustroso y negro como piano de cola? Además, esa noche dan Lohengrin, una ópera difícil y, debo confesar, algo aburrida, que ellos no serán capaces de apreciar. No comprendo de dónde habrá sacado esa chica su piel tan clara, su belleza…
—¡Ah! ¿Entonces la reconoces…?
A Casilda no le gustaba hablar directamente con Paquito, que, según ella, era frío como masa sin hornear y tenía un permanente olor a desayuno de internado en el aliento: lo dejó con la pregunta en fa boca al salir de paseo con Almanza para estrenar el Isotta-Fraschini.
Bajando la escalera de mármol del palacete —que peligraba terminar en manos de esa advenediza— mientras el sol que atravesaba las garzas de los vitrales iba cambiando los colores de su estilizado rostro, atento, como de costumbre, a los sabios consejos de su amigo, Casilda se fue dando a la razón: que no fuera tonta, le decía Almanza, al fin y al cabo eran las perras de Paquito, ya mayor de edad, las que pagaban el nuevo coche y el mecánico italiano con gorra y polainas. Por suerte, Paquito era totalmente lelo y, si se casaba, pasaría mucho tiempo absorto en Blanca —el conde utilizó el vernáculo «encoñado» sin que la altiva marquesa siquiera pestañeara—, de modo que tardaría mucho en interesarse por averiguar con don Mamerto Sosa, el notario de toda la vida que corría con los asuntos de los Loria y que solía ponerse pesado, a quién pertenecía el derecho legal de abrir y cerrar la bolsa de la familia. Tenían tiempo de sobra para buscar soluciones. Que Casilda no se preocupara. Blanca, por otra parte, era sola, o casi sola, porque, dada la fragilidad de los regímenes políticos americanos, sus padres partirían pronto, sin dejar a nadie que vetara por ella. ¡Qué peligroso sería, en cambio, si a Paquito se le ocurriera enamorarse de una de las siete hijas de Pepe Manzanares, por ejemplo, que tenía en la punta de los dedos el monto del capital y los réditos de las fortunas de toda la grandeza de España! Que los dejara entretenerse, pronunció el conde. Ya tendrían tiempo de hacerle una zancadilla al estúpido de don Mamerto para que lo dispusiera todo para ventaja de ellos dos, antes de que el chiquillo despertara. En todo caso, si Casilda prefería no lucirse por ahora con esos diplomáticos insignificantes, era facilísimo arreglárselas para que la concurrencia del Real se diera cuenta de que se trataba de invitados de Paquito —que tenía edad de sobra para hacerse cargo de compromisos como éste—, y no suyos: él, personalmente, se encargaría de que trajeran champán rosado, del más dulce, en el momento oportuno. Eso, por ahora, bastaba. Más tarde, claro, podía venir el trago amargo de la boda misma. Él no pretendía que fuera a ser fácil neutralizar a esa gente que parecía recién bajada de los árboles. ¿Pero para qué adelantarse tanto?
—¿De dónde habrá sacado su belleza esta criatura…? —musitó el conde de Almanza, y cubriendo las rodillas de la marquesa viuda y las propias con su chal de pieles, golpeó el cristal que los separaba del mecánico para que hiciera arrancar el coche.
—Su madre es evidentemente una cualquiera, aunque ya jubilada —opinó Casilda —. La chiquilla debe ser hija de algún marinero norteamericano borracho de paso por un puerto del Caribe…
La noche de la invitación, la marquesa de Loria recibió al diplomático, a su esposa y a su hija en el antepalco, donde nadie los veía. Sí, se dijo Casilda: la chiquilla era soberbia y pasaría el escrutinio en cualquier parte, con sus grandes ojos redondos como de monito vivaracho, los labios fruncidos y frutales, los dientes fuertes, albos, húmedos. Sus brazos, torneados como por un maestro, arrancaban de la perfección de axilas secretas apenas reveladas por el rebaje del vestido escotado y sin mangas. Pero las piernas eran un tris cortas. Era, no obstante, un animalito fresco y fragante que le daría buen trabajo a su hijo, aunque su figura algo potelée —lo que el tiempo y la molicie agravarían— jamás alcanzaría un auténtico chic. Tenía buen gusto el chiquillo. Heredado, claro, de su madre: bastaba mirar a Almanza.
En cuanto se apagaron las luces y comenzó el Preludio del primer acto, Casilda invitó a los dos Arias mayores a instalarse junto a ella en la primera fila del palco. Detrás de su mami se sentó Blanca, y detrás de ella, arrimando su silla e inclinándose sobre su antebrazo apoyado en el respaldo de la silla de su amada, Paquito le señalaba cosas en el programa. En el fondo más oscuro del palco se dejó caer el conde de Almanza gruñendo que se disponía a dormir: detestaba a Wagner porque gritaban tanto, y además en alemán.
Cuando se alzó el telón sobre un claro de bosque junto a un río de Brabante, Paquito se inclinó al oído de Blanca para ir explicándole en voz muy baja lo que transcurría en escena: Ortruda y Telramondo eran muy malos, cosa evidente desde el comienzo pese a que Ortruda no abría la boca en todo el primer acto, y Elsa, porque era muy guapa y porque iba vestida de blanco, era muy buena, esperando que ante las acusaciones de sus perversos tíos acudiera algún caballero para defender su honra en el Juicio de Dios. Junto a los labios del marquesito la oreja de su amada era nívea, apenas sonrosada como el más delicado capullo, y hablándole, Paquito no pudo resistir la tentación de arriesgarse a besarle el lóbulo. Oriruda se puso de pie con ademán furioso, pero como su furia no era provocada por lo que él acababa de hacerle a Blanca, que nadie pudo ver —Casilda demasiado ocupada en esconder su rostro tras el abanico; la diplomática demasiado extasiada ante los brillantes de Elsa que, según le acababa de informar Almanza, eran regalo de un connotado político conservador; y el Ministro demasiado ufano con el relumbre de sus condecoraciones —, Paquito osó recorrer, rozándolo con la punta de la lengua, ese laberinto de carne fresca que no tardó en enlibiarse, recibiendo en sus papilas el estremecimiento con que Blanca acogía su caricia: el marqués estaba seguro, porque la conocía, de que nada, ni un parpadeo, delataría su placer. Con la mano sin programa —oculta entre la sillita dorada y la partición entre los palcos— acarició, primero, las varillas del respaldo de la silla de su amada, hasta abajo, hasta el asiento, y allí, después de posarse unos angustiosos segundos en la seda granate, se introdujo —muy suavemente— entre ésta y el sublime trasero de Blanca. Al comprobar que, como si lo esperara, ella no daba ni un respingo, sobo y resobó la misteriosa ensenada que separaba sus nalgas.
Pero las yemas de sus dedos, ansiosas de carne viva, rodearon morosamente la cadera, arrastrándose, después, sobre el satín duchessedel vestido a lo largo del muslo aceptante. Más que aceptante, percibió Paquito: Blanca presionaba su mano con ese muslo, ofreciéndole el tierno animalito que lo aguardaba agazapado entre ese muslo y el otro, allá en el fondo al que era necesario llegar mientras las arias de amor incomparable se sucedían unas a otras en escena: debía alcanzar el borde de la cortísima falda. Sin moverse, sin que cambiara la atención de su rostro semisonriente que reflejaba los luminosos pormenores de la escena, Paquito estiró su brazo un poco más, sintiendo estremecerse a su amada al encerrar con su mano su rodilla, y más aun al hurgar en la corva caliente, que ella aprisionó flexionando su pierna y apretándosela con la pantorrilla. Al sincronizar este apasionado movimiento secreto con un elegante movimiento público, Blanca cogió el programa que Paquito sostenía con su mano libre y tras estudiarlo brevemente lo dejó caer abierto sobre su falda para proteger la mano del marquesito que indagaba con demasiada audacia bajo su vestido, rebasando la liga, llegando por fin a la ansiada piel del muslo para incursionar más arriba, allí donde aparecía esa primera vegetación en que demoró sus caricias. No avanzaría más, se dijo: que Blanca, enloquecida, le rogara, le exigiera, mediante un movimiento del muslo, que se atreviera a avanzar hasta la exquisita meta. En el momento de la llegada del cisne por el agua de cartón, Casilda miró orgullosa —como si fuera propietaria de toda la utilería— a Blanca. Descubrió tal concentración en su rostro desconocedor de refinamientos que no pudo sino meditar en cómo algunos seres muy primitivos, por ejemplo esta lindísima muchacha, tienen una pureza tal que les facilita la comprensión de lo más inaccesiblemente selecto del arte. Antes de terminar el primer acto, ella y Almanza se excusaron porque habían prometido ir a jugar unas manos de tresillo en el antepalco de la prima de éste, Teresa Castillo, que se ofendería de muerte si la dejaban sola durante el segundo acto, que era aburridísimo: preferían pasarlo jugando al naipe. Volverían hacia fines del acto.
Al regresar y tomar asiento, Casilda vio el par de jóvenes perfiles tan absortos en los trágicos resultados del desatino de Elsa, que le dirigieron sólo la más somera sonrisa de acogida. En cuanto la marquesa se instaló, los dos perfiles reconstituyeron el cuño de una pareja imperial en una moneda. Casilda suspiró: ella ya no era joven. Había visto demasiada ópera en su vida: ya estaba un poco blasée, de modo que si bien el arrobo musical de Blanca Arias le pareció conmovedor por lo ingenuo, también lo encontró exasperantemente americano. Almanza, saliendo del antepalco justo antes de que bajara el telón, les participó que tenía listo el champán. Casilda abrió camino a sus invitados antes de que encendieran las luces y la gente comenzara a enarbolar los anteojos para ver quién visitaba el palco de quién.
La charla en el antepalco de Casilda Loria fue extremadamente animada en esa ocasión: la esposa del Ministro no se cansaba de admirar las largas trenzas rubias de Elsa, haciendo notar que ella, en su patria, tenía primas con cabelleras tan largas y rubias como la de la soprano, y además ¡unos ojazos azules…! Almanza no estimó necesario desengañarla señalándole que en este caso se trataba de una peluca, porque si bien la Velázquez era guapa, tenía el pelo color ala de cuervo. No lo iba a saber él, que la conocía desde sus modestos comienzos, porque, como él, era de Huelva, y se le notaban el acento andaluz y la tonadilla de fandango hasta cantando en alemán. Paquito, entretanto, locuaz como nunca antes, relataba lo transcurrido en escena a Su Excelencia, que no se había enterado de nada. Al bacerlo, el marquesito se llevaba los dedos de la mano izquierda a la nariz, olisqueándolos mientras miraba a Blanca de reojo. Ella, consciente de lo que él hacía, se esforzaba por contener la risa: sólo permitía que aflorara como encantadores hoyuelos en sus mejillas. Irritada al ver lo que su hijo hacía, Casilda lo riñó:
—No sigas sacándote los mocos en presencia de tus amigos. Parece mentira que tengas veinte años y no se te hayan quitado tus costumbres de colegial…
Paquito, amurrado, quedó silencioso, consumiendo copa trás copa de champán, inquieto porque, aunque hacía cinco minutos que había comenzado el último acto, aún no ocupaban sus lugares en el palco. Cuando por fin volvieron a sus sitios, Blanca hizo un tubo con el programa. Lo irguió, acariciándolo tiernamente, repetidamente, con la otra mano, de arriba para abajo y de abajo para arriba. La mano izquierda de Paquito, ansiosa de no perder el precioso tiempo que les quedaba antes de finalizar el espectáculo, ya hurgaba, entre los muslos ávidamente separados de Blanca, en ese capullo viscoso cuyo pistilo se proponía enloquecer. Comprendiendo la sugerencia del programa enhiesto, con la mano libre se buscó a sí mismo, soñando que la caricia que Blanca le prodigaba al programa se la estaba prodigando a él, para así alcanzar un éxtasis de amor paralelo al de Elsa y Lohengrin a orillas del río de Brabante. Ahora. Ahora mismo. Era cuestión de prolongar el dúo apasionado unos minutos más porque aún no llegaba el cisne…
Cuando el tenor comenzó «In fernen Land…», Paquito y Blanca, tensos, cerca del éxtasis, agitados, permanecían sin embargo casi inmóviles porque cualquier gesto podía delatarlos impidiéndoles llegar a la culminación. Ella mantenía fijo el sonriente rostro resplandeciente con las luces del drama escénico, pero en secreto rotaba las caderas, la dulce parte de abajo de su cuerpo sumida en la oscuridad y adherida a la seda del vestido y al asiento, conservando, sin embargo, el torso perfectamente quieto. Desde el fondo del palco el conde de Almanza contemplaba con indecible arrobo tan furtiva como eficaz calistenia. No había perdido ni un gesto, ni un movimiento, ni un segundo del tierno devaneo de esos dos palomos, recordando, no sin una medida de nostalgia, que algo no muy diferente —tomando en cuenta las dificultades presentadas por la indumentaria femenina de hacía quince años— sucedió con Casilda en este mismo palco, en presencia del cegatón de su marido: daban, hizo memoria, La judía, de Halévy. Embelesado, rejuvenecido por el ritmo sutil pero enloquecedor de los jóvenes, que se iba haciendo más y más frenético a medida que las sudorosas exigencias de amor crecían en escena, el conde se unió a la exquisita Blanca, a Paquito, a la música que los transportaba en su sensualidad declamatoria, que él iba siguiendo y compartiendo.
En el momento en que el tenor revela ser hijo de Parsifal y concluye la romanza con un tuttiác de la orquesta, Blanca, Paquito y Almanza se estremecieron al unísono. Blanca, con los párpados entornados, se hundió en tan suave quejido de éxtasis que la marquesa viuda la miró: ¡esta gente!, pensó. Pero al ver en ese lindo rostro el profundo transporte de emoción artística en ese instante de música sublime, quedó muy edificada. Temiendo un vahído de Blanca, se dispuso a ofrecerle su Frasquito de sales: vio que sin quitar los ojos de la escena se abanicaba con el programa, lo que pareció suficiente para reanimarla. Por última vez antes de partir, Casilda paseó su vista por el teatro. Paquito aprovechó esta concentración de su madre para abrocharse. Almanza lo imitó también rápidamente, porque había reconocido los gestos característicos de Casilda al reunir pañuelo, anteojos, cartera, antes de la partida.
La marquesa de Loria se puso de pie. Pretextando tenerles verdadero pavor a las aglomeraciones debido a su asma, se despidió someramente —pero afable, para que su hijo no tuviera nada que reprocharle si las cosas pasaban a más— de los invitados: susurró que no quería estropearles el final de la ópera. Y mientras en el antepalco echaba sobre los hombros de Casilda la suntuosa estola de petit-gris, el conde de Almanza oyó que ella murmuraba, mitad dirigiendo a él su comentario, mitad reflexión para sí misma:
—Esta chica es realmente muuuuuyyyy sensible a la música…
—Muuyyy… —asintió el conde.
Y tomando a su gran y buena amiga del brazo, bajaron juntos, como tantas veces, la escalinata de mármol del Teatro Real, no sabían por qué un poco meditabundos esta vez, dejando que Paquito, que ya era grande, se ocupara de sus invitados.
Este libro es del autor José Donoso.
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