Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 41

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Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XLI

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XLI…

Lo que siguió a la segunda prueba fue una serie de días que no quiero recordar. Una oscuridad permanente se asentó sobre mí y empecé a desear el momento en que Rhysand me daría esa copa de vino de inmortales y podría perderme durante unas horas. Dejé de pensar en la adivinanza de Amarantha…, era imposible. Sobre todo para una humana analfabeta, ignorante.

Pensar en Tamlin hacía que las cosas empeoraran. Ya había pasado dos de las pruebas de Amarantha, pero sabía, lo sabía muy dentro de mi corazón, que la tercera sería la que me llevaría a la muerte. Después de lo que le había pasado a su hermana, de lo que había hecho Jurian, no me dejaría salir de ese lugar con vida. No era que yo no la entendiera. Pasaran los siglos que pasasen, dudaba que pudiera olvidar o perdonar nada parecido a eso si lo hubieran sufrido Nesta o Elain. Pero eso no significaba que fuera a salir de este subterráneo con vida.

El futuro que había soñado era solamente eso: un sueño. De todos modos, envejecería y me secaría mientras él seguiría siendo joven durante siglos, tal vez milenios. En el mejor de los casos, pasaría algunas décadas con él y después moriría.

Décadas. Por eso era por lo que estaba peleando yo: un relámpago en el tiempo para ellos…, una gota en la laguna de los eones de los inmortales.

Así que bebí el vino con ansia; dejé de preocuparme por mi identidad y por lo que me había importado alguna vez. Dejé de pensar en el color, en la luz, en el verde de los ojos de Tamlin…, en todas esas cosas que había querido pintar y nunca pintaría.

No iba a salir viva de esa montaña.

Caminaba hacia la cámara en la que me vestían las dos sirvientas de sombra de Rhysand, mirando la nada y pensando en menos que nada, cuando oí un siseo y el batir de unas alas en el aire desde una curva más adelante. El attor. Las inmortales que iban conmigo se pusieron tensas pero levantaron un poquito el mentón.

Nunca me había acostumbrado al attor, pero había llegado a aceptar esa presencia maligna. Ver cómo se ponían tensas mis dos escoltas despertó en mí un miedo dormido y se me secó la boca cuando nos acercamos a la curva. Aunque estábamos veladas y cubiertas por la sombra, cada paso me acercaba más a ese demonio alado. Los pies se me volvieron de plomo.

Después se oyó el gruñido de una voz gutural, grave, en respuesta al siseo del attor. Ruido de garras sobre la piedra. Mis escoltas intercambiaron miradas, me empujaron a un nicho en la pared y un tapiz que un segundo antes no estaba ahí cayó sobre nosotras; las sombras se profundizaron, se solidificaron. Tuve la sensación de que si alguien separaba el tapiz de la pared solamente vería piedra y oscuridad.

Una de ellas me tapó la boca con la mano y me sostuvo con fuerza contra ella; las sombras se deslizaron por encima de nuestros brazos. Olía a jazmín… Nunca había notado eso antes. Después de todas esas noches, seguía sin saber sus nombres.

El attor y su compañero aparecieron delante, en la curva, y siguieron hablando… en voz baja. Solo cuando conseguí entender sus palabras me di cuenta de que estábamos haciendo mucho más que escondernos.

—Sí —estaba diciendo el attor—, desde luego. Ella se va a sentir muy feliz cuando sepa que por fin están preparados.

—¿Los altos lores van a contribuir con sus fuerzas? —preguntó la voz gutural. Habría jurado que resoplaba como un cerdo.

Se acercaron y siguieron acercándose, pero no advirtieron nuestra presencia. Mis dos escoltas me apretaron más, tanto que de pronto me di cuenta de que estaban reteniendo el aliento. Sirvientas… y espías.

—Los altos lores van a hacer lo que se les ordene —afirmó el attor relamiéndose, y su cola se movió como un látigo en el suelo, no una sino varias veces.

—Oí decir a los soldados de Hybern que el alto rey no está contento con esta situación. Amarantha hizo una negociación muy tonta. La última vez, ella le costó la guerra por esa locura que tenía con Jurian; si ahora le vuelve la espalda de nuevo, el rey no va a estar tan dispuesto a perdonarla. Robarle sus hechizos y tomar un territorio para ella es una cosa. No ayudarlo en la causa que a él le interesa y por segunda vez es otra.

Hubo un siseo alto y me estremecí cuando el attor le mostró los dientes a su compañero.

—Milady no negocia cuando los acuerdos no son ventajosos para ella. Les deja tener esperanzas, pero en cuanto la esperanza se rompe, se convierten en sus cómplices, cómplices sometidos por completo.

En ese momento seguramente pasaban frente al tapiz.

—Espero que así sea —replicó la voz gutural. ¿Qué clase de criatura era esa cosa para estar tan poco amedrentada frente al attor? La mano de sombras de mi escolta me apretó la boca y el monstruo pasó despacio frente a nosotras.

«No confíes en tus sentidos», repitió el eco de la voz de Alis en el interior de mi cabeza. El attor ya me había atrapado una vez cuando yo pensé que estaba a salvo.

—Y será mejor que domines esa lengua —advirtió el attor—. O Milady la va a dominar por ti…, y sus pellizcos no son amables.

La otra criatura resopló como un cerdo.

—Estoy aquí con la inmunidad del rey. Si tu lady cree que está por encima de él porque es la reina de esta tierra destrozada, se va a acordar muy pronto de alguien que puede arrebatarle todos sus poderes…, sin hechizos ni pociones.

El attor no contestó…, y una parte de mí deseó que contestara, que ladrara una respuesta. Pero no, se quedó en silencio y el miedo me golpeó el estómago como una piedra que alguien tira a un pozo.

Tuviera el rey de Hybern los planes que tuviese, esos planes por los que había estado trabajando largos años, por lo que yo acababa de oír ya no pensaba esperar más en su campaña para volver a tomar el mundo mortal. Tal vez Amarantha recibiría pronto lo que tanto deseaba: la destrucción de mi reino.

Se me enfrió la sangre. Nesta… Ah, confiaba en que Nesta se llevase a mi familia, en que los protegiera.

Las voces se desvanecieron y pasó un largo minuto hasta que las dos sirvientas se relajaron. El tapiz desapareció y volvimos a seguir nuestro camino por el pasillo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté, mirándolas mientras las sombras se aclaraban a nuestro alrededor… aunque nunca del todo—. ¿Quién era ese? —quise saber.

—Problemas —contestaron las dos al mismo tiempo.

—¿Rhysand lo sabe?

—Lo sabrá pronto —afirmó una de ellas. Volvimos a caminar en silencio hacia la habitación donde me vestían.

De todos modos, no había nada que pudiera hacer con respecto al rey de Hybern…, no mientras estuviera atrapada en Bajo la Montaña, no cuando ni siquiera había podido liberar a Tamlin y mucho menos a mí misma. Y con Nesta preparada para huir y llevarse a mi familia, no había nadie más a quien enviar una advertencia. Así que los días siguieron pasando y mi tercera prueba se fue acercando más y más.

En ese tiempo, creo que me hundí tanto en mí misma que fue imposible que pudiera volver a salir a la superficie. Estaba mirando el baile leve de la luz a lo largo de las piedras húmedas del techo de mi celda —como la luz de la luna sobre el agua— cuando un ruido viajó hasta mí, pasó a través de las piedras, ondeó sobre el suelo.

Estaba tan acostumbrada a las extrañas flautas y tambores de los inmortales que cuando oí esa melodía cantarina pensé que era otra alucinación. A veces, si miraba al techo el tiempo suficiente, se convertía en una vasta extensión de cielo nocturno y me sentía una cosa pequeña, poco importante, que se dejaba arrastrar por el viento.

Miré el pequeño agujero de ventilación en el rincón del techo; de ahí provenía la música. Su origen tenía que estar muy lejos porque era solamente un movimiento leve de notas, pero cuando cerré los ojos la oí con mayor claridad. La vi…, sí, la vi. Como si fuera una pintura grandiosa, un mural viviente.

Había belleza en esa música…, belleza y bondad. La música se plegó sobre sí misma como una pasta que cae desde un bol, una nota sobre la otra, fundiéndose para formar un todo, elevándose, llenándome por dentro. No era música salvaje pero había una violencia apasionada en ella, una alegría y una pena que se alternaban y crecían. Me llevé las rodillas al pecho porque necesitaba sentir la fortaleza de mi propia piel a pesar de la mugre de la pintura que quedaba sobre ella.

La música construyó un sendero, un pasaje sostenido por arcos de color. La seguí, caminé y salí de la celda, atravesé capas de tierra, subí y subí hacia campos llenos de flores, y más aún, por encima de las copas de los árboles, hacia el cielo abierto. El pulso de la música era como el latido de unas manos que me empujaban con dulzura hacia adelante, guiándome a través de las nubes. Nunca había visto nubes como esas…, en los lados discerní caras llenas de pena y caras hermosas. Se desvanecieron antes de que pudiera verlas con demasiada claridad, y entonces miré a la distancia, hacia el lugar desde el que me llamaba la música.

Era una puesta o una salida del sol. Sus rayos llenaban las nubes con colores magenta y púrpura, y se fundieron con mi sendero y formaron una banda de metal brillante oro y naranja.

Quería desvanecerme en ella, quería que la luz del sol me quemara, me penetrara, quería llenarme de una alegría tan inmensa que terminaría por convertirme en un rayo de sol. Esa no era música para bailar…, era música para adorar, música para llenar las grietas del alma, para llevarme a un lugar en el que no había dolor.

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que la tibieza húmeda de una lágrima me cayó en el brazo. E incluso entonces me aferré a la música, me agarré a ella como a un borde de piedra que impedía que me cayera. No me había dado cuenta de lo mucho que deseaba no caer en esa oscuridad profunda, de lo mucho que necesitaba quedarme ahí, entre las nubes, el color y la luz.

Dejé que los sonidos me conquistaran, que me recorrieran el cuerpo con sus tambores y me llenaran de paz, de tranquilidad. Arriba, arriba, subiendo hacia un palacio en el cielo, un pasillo de alabastro y piedra de luna donde todo lo que era hermoso, dulce y fantástico vivía en paz. Lloré…, lloré por estar tan cerca de ese palacio, lloré por la necesidad que sentía de estar ahí. Todo lo que yo quería estaba ahí…, aquel al que yo amaba estaba ahí.

La música era de los dedos de Tamlin, que me tamborileaban sobre el cuerpo; era el oro de sus ojos verdes, la curva de su sonrisa. Era su risita susurrante y la forma en que decía esas dos palabras. Sí, esa era la razón por la que yo luchaba, eso era lo que yo había jurado salvar.

La música se elevó, más fuerte, más grandiosa, más rápida, fuera cual fuese el lugar en el que la estuvieran tocando, una onda suave que se convirtió en una nota aguda y quebró la penumbra de la celda. Un sollozo tembloroso se rompió dentro de mí cuando ese sonido desapareció. Me quedé ahí sentada, temblando y llorando, la piel expuesta, desnudada por la música y el color que me habían abierto la mente.

Cuando las lágrimas se detuvieron (aunque el eco de la música seguía ahí), me acosté sobre el jergón de paja y escuché mi propia respiración.

La música se filtró a través de mis recuerdos, los unió unos con otros, los convirtió en una manta ceñida a mi alrededor, una manta que me entibió los huesos. Miré el ojo en el centro de la palma de mi mano, pero lo único que hizo el ojo fue devolverme la mirada…, sin moverse en absoluto.

Dos días más hasta la prueba final. Solamente dos días y entonces sabría lo que tenían planeado para mí los remolinos del Caldero.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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