Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 39

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Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XXXIX

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XXXIX…

Desde ese momento, todas las mañanas y todas las tardes me llevaban una comida caliente a la celda. La engullía entera, pero maldecía el nombre de Rhysand. Encerrada en ese lugar húmedo, no tenía otra cosa que hacer que pensar en la adivinanza de Amarantha…, de lo cual, por lo general, no sacaba otra cosa que un fuerte dolor de cabeza. La repetí una y otra y otra vez, y nada.

Pasaron los días y no vi ni a Lucien ni a Tamlin; Rhysand no acudió ni una sola vez a provocarme. Estaba sola, completamente sola, encerrada en silencio, aunque los gritos de las mazmorras seguían oyéndose día y noche. Cuando el sonido se volvía insoportable y no conseguía dejar de oírlo, me miraba el ojo tatuado en la palma. Me preguntaba si lo habría hecho para recordarme a Jurian…, una bofetada cruel, mezquina, que me decía que tal vez estaba en camino de pertenecerle a él como el antiguo guerrero humano pertenecía ahora a Amarantha.

De vez en cuando le decía algunas palabras al tatuaje…, y después me maldecía, me llamaba estúpida. O maldecía a Rhysand. Pero habría jurado que una noche, cuando me estaba quedando dormida, el ojo parpadeó.

Si había contado bien el horario que me marcaban las comidas, unos cuatro días después de haber visto a Rhysand en su habitación acudieron dos altas fae a mi celda.

Aparecieron a través de las grietas y se formaron a partir de astillas de oscuridad, como había hecho Rhysand. Pero él se había convertido en una forma tangible, sólida, y estas inmortales permanecieron todo el tiempo como sombras, sus rasgos apenas discernibles, excepto la ropa suelta, flotante, fabricada con telas de araña. No dijeron nada mientras me cogían de los brazos. No peleé contra ellas…, no había nada contra que pelear y ningún lugar adónde correr. Las manos que me sujetaban por los antebrazos eran frías pero sólidas, como si las sombras fueran una capa, una segunda piel.

Sirvientas de su Corte Noche, con toda seguridad las había enviado Rhysand… Podrían haber sido mudas porque no me dijeron nada, se apretaron contra mi cuerpo y pasamos físicamente a través de la puerta cerrada como si esta no estuviera ahí. Como si yo también me hubiera convertido en sombra. Las rodillas, mientras caminábamos a través de las mazmorras oscuras, con el aire lleno de gritos, se me doblaron con la sensación de arañas paseando por mi espalda y mis brazos. Ninguno de los guardias nos detuvo…, ni siquiera miraron en nuestra dirección. Sin duda nos habían hechizado; solo un destello de oscuridad para el ojo del observador accidental.

Las inmortales me llevaron por escaleras polvorientas y pasillos olvidados hasta que llegamos a una habitación inclasificable donde me desnudaron, me bañaron sin demasiados miramientos y después, para mi espanto, empezaron a pintarme el cuerpo.

El contacto con los pinceles era insoportable, frío, me hacía cosquillas, y las manos de ellas eran firmes cuando yo me retorcía. Las cosas empeoraron cuando me pintaron partes más íntimas, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no patearles la cara. No me dieron ninguna explicación, ninguna señal de si eso era otra tortura enviada por Amarantha. Aunque pudiera escapar, no había ningún lugar en el que refugiarme…, no sin hacerle más daño a Tamlin. Así que no pedí respuestas, no luché más y las dejé terminar con su tarea. Desde el cuello hacia arriba mi aspecto era regio: tenía la cara maquillada con cosméticos, carmín en los labios, una mancha de polvo dorado en los párpados, una línea negra en los ojos y el pelo enroscado alrededor de una diadema dorada incrustada con un lapislázuli. Pero desde el cuello hacia abajo era solamente el juguete de un dios pagano. Habían continuado el diseño del tatuaje que tenía en el brazo, y una vez que se secó la pintura, me pusieron un vestido de gasa blanca.

Si es que se lo podía llamar vestido. No era mucho más que dos largas tiras de telaraña sutil, lo bastante anchas para cubrirme apenas los senos, ajustadas a cada hombro con broches de oro. Las dos partes flotaban hasta un cinturón enjoyado que me colgaba bajo, sobre las caderas, y allí se unían y seguían hasta el suelo entre mis piernas. Apenas si me cubría algo, y por el frío que sentía sobre la piel me di cuenta de que la mayor parte de mi espalda y mi trasero estaban al descubierto.

La brisa fría que me acariciaba la piel fue suficiente para encender mi ira. Las dos altas fae me ignoraron cuando les pedí que me pusieran otra cosa; sus caras permanecían impasibles, veladas para mí, pero me sostuvieron los brazos con firmeza en el momento en que traté de arrancarme las dos telas.

—Yo no haría eso —dijo una voz profunda, cantarina, desde el umbral. Rhysand estaba reclinado contra la pared, los brazos cruzados sobre el pecho.

Debería haber sabido que era cosa de él, debería haberlo sabido por los diseños que me cubrían el cuerpo.

—Nuestro arreglo no ha empezado todavía —ladré. El instinto que me había dicho una vez que no me enfrentara a Tam y a Lucien me fallaba completamente cuando veía a Rhysand.

—Ah, pero es que tengo que llevarte a la fiesta. —En los ojos de color violeta brillaban estrellas—. Y cuando pensé en ti en esa celda, toda la noche, sola… —Hizo un gesto y las sirvientas inmortales se desvanecieron atravesando la puerta que quedaba a nuestras espaldas. Esbocé una mueca cuando pasaron a través de la madera, sin duda una habilidad que poseía toda la Corte Noche, y Rhysand soltó una risita—. Tienes exactamente el aspecto que esperaba que tuvieras.

De entre las telarañas de mi memoria recordé palabras similares, las que me había susurrado Tamlin en el oído alguna vez.

—¿Es necesario todo esto? —dije, haciendo un gesto hacia la ropa y la pintura.

—Claro —respondió él con voz fría—. Si no, ¿cómo sabría si alguien te toca?

Se acercó y tensé el cuerpo cuando me pasó un dedo por el hombro: la pintura se emborronó. Apenas el dedo abandonó la piel, la pintura se recompuso y los dibujos volvieron a ser lo que eran.

—El vestido no va a mancharse y tampoco te va a costar moverte —dijo, con la cara muy cerca de la mía. Los dientes estaban demasiado próximos a mi garganta para mi gusto—. Y me voy a acordar del lugar donde yo ponga las manos. Pero si alguien te toca, alguien que no sea yo, digamos cierto alto lord que ama la primavera…, voy a saberlo enseguida. —Me tocó la nariz—. Y, Feyre —agregó con un murmullo dulce—, no me gusta que toqueteen lo que me pertenece.

Algo se me congeló en el estómago. Él sería mi dueño durante una semana cada mes. Aparentemente, suponía que eso se extendía también al resto de mi vida.

—Vamos —dijo Rhysand, y me hizo un gesto con la mano—. Ya llegamos tarde.

Caminamos por los pasillos. Los sonidos de la fiesta llegaron al cabo de poco desde el sitio al que nos dirigíamos. Me ardía la cara cada vez que me lamentaba por la tela demasiado fina del vestido. Por debajo de ella cualquiera podía verme los senos; la pintura casi no dejaba nada a la imaginación, y el aire frío de la cueva me ponía la piel de gallina. Con las piernas, los costados y la mayor parte del vientre al aire excepto por esos dos pedazos de tela, tenía que mantener los dientes apretados para que no castañetearan por el frío. Se me congelaban los pies descalzos. Esperaba que fuera cual fuese el lugar al que íbamos, hubiera un fuego gigantesco. Una música extraña, carente de armonía, pasaba a través de dos grandes puertas de piedra que reconocí enseguida. El salón del trono. No. No, cualquier lugar menos ese.

Los inmortales y los altos fae se quedaron con la boca abierta cuando cruzamos la entrada. Algunos se inclinaron frente a Rhysand, otros permanecieron inmóviles. Vi a varios de los hermanos de Lucien reunidos ahí, cerca de la puerta. Las sonrisas que me dedicaron eran maliciosas.

Rhysand no me tocó, pero caminaba lo bastante cerca de mí como para que fuera obvio que yo estaba con él, que le pertenecía. No me habría sorprendido si me hubiera puesto un collar al cuello y una correa. Tal vez lo haría en algún momento, ahora que estaba atada a él, con la negociación marcada en la piel.

Hubo susurros que se oyeron por debajo de los gritos de la celebración y hasta la música se detuvo mientras la multitud se separaba para dejarnos pasar hasta la tarima donde estaba Amarantha. Levanté el mentón; el peso de la diadema hacía que se me clavara en el cráneo.

Había ganado a la reina en la primera prueba. La había ganado también en las tareas sin sentido. Podía llevar la cabeza en alto.

Tamlin estaba sentado junto a ella en el mismo trono, vestido con la ropa de siempre, sin armas encima. Rhysand había dicho que quería decírselo en el momento oportuno, que quería hacerle daño a Tamlin revelando el intercambio que yo había aceptado. Hijo de puta. Un hijo de puta astuto, malvado.

—Feliz mitad del verano —dijo Rhysand, y se inclinó frente a Amarantha. Ella llevaba puesto un vestido lujoso de tonos púrpura y lavanda, como una orquídea, sorprendentemente modesto. Yo era una salvaje frente a esa belleza tan bien cuidada.

—¿Qué has hecho con mi prisionera? —preguntó ella sonriendo, aunque la sonrisa no se le reflejaba en los ojos.

La cara de Tamlin era como de piedra…, excepto por la fuerza que hacían sus manos sobre los brazos del trono, con los nudillos en blanco. No había garras a la vista. Por lo menos conseguía mantener a raya esa señal de su temperamento. Había cometido una gran estupidez al aceptar la oferta de Rhysand. Rhysand, con las alas y los espolones por debajo de esa superficie hermosa, perfecta; Rhysand, capaz de deshacer una mente por completo. «Lo hice por ti», quería gritarle yo.

—Hicimos un trato —respondió Rhysand. Compuse una mueca cuando él me apartó un mechón de pelo de la cara. Me pasó los dedos por la mejilla… en una caricia suave. La habitación del trono estaba en completo silencio cuando pronunció las siguientes palabras, dirigidas a Tamlin solamente—: Una semana conmigo en la Corte Noche todos los meses como intercambio por mis servicios de curación después de la primera prueba. —Me levantó el brazo izquierdo para mostrar el tatuaje, cuya tinta no brillaba tanto como la del resto de la pintura que llevaba sobre el cuerpo—. Para el resto de su vida —agregó con tono desenfadado, pero ahora miraba con fijeza a Amarantha.

La reina de los inmortales se enderezó un poquito; hasta el ojo de Jurian estaba fijo en mí, en Rhysand. «Para el resto de su vida…», había dicho él, como si ese tiempo fuera a ser largo, muy largo. Rhysand pensaba que yo iba a pasar las pruebas.

Lo miré de perfil: la nariz elegante, los labios sensuales. Juegos…, a Rhysand le gustaban los juegos, y fuera cual fuese el que estaba jugando en ese momento, supuse que yo iba a ser una pieza clave.

—Disfruta de mi fiesta —fue la única respuesta de Amarantha, que seguía toqueteando el hueso que le colgaba del cuello. Rhysand me puso una mano sobre la espalda para llevarme al centro de la estancia, para alejarme de Tamlin, que seguía aferrado al trono.

La multitud se mantuvo a una prudente distancia de nosotros y yo no pude hacerle un gesto a nadie: tenía miedo de tener que volver a mirar a Tamlin, o tal vez de encontrarme a Lucien…, de contemplar la expresión de su cara cuando él me viera.

Mantuve el mentón en alto. No dejaría que nadie notase mi debilidad, no iba a dejar que nadie supiera cuánto me había costado que me expusieran así frente a todos, que los símbolos de Rhysand estuvieran ahí, pintados sobre mi piel, sobre cada parte de mi cuerpo, que Tamlin me viera tan humillada. Rhysand se detuvo frente a una mesa cargada de comida exquisita. Los altos fae que la rodeaban acabaron con todo rápidamente. Si había otros sirvientes de la Corte Noche alrededor, ninguno arrastraba ondas de oscuridad como hacían Rhysand y sus sirvientas, y ninguno se atrevió a acercársele. La música aumentó de volumen, lo suficiente como para pensar que había un baile en algún punto de la estancia.

—¿Vino? —preguntó él, y me ofreció una copa. La primera regla de Alis. Negué con la cabeza.

Él sonrió y volvió a ponerme la copa delante.

—Bebe. Vas a necesitarlo.

«Bebe», repitió mi mente, y se me movieron solos los dedos en dirección a la copa. No. No, Alis había dicho que no bebiera el vino de ese lugar…, que ese vino era distinto del vino alegre, liberador, del solsticio.

—No —repetí, y algunos inmortales que teníamos a nuestro alrededor soltaron una risita.

—Bebe —ordenó él, y mis dedos traicioneros se acercaron a la copa.

Me desperté en la celda, metida todavía en ese pañuelo que él llamaba «vestido». Todo giraba en torno a mí con tanta fuerza que casi no llegué al rincón para vomitar, una y otra vez. Cuando vacié el estómago, me arrastré hasta el rincón opuesto de la celda y me dejé caer.

El sueño me vino en rachas mientras el mundo seguía dando vueltas con violencia a mi alrededor. Estaba atada a una rueda que giraba y giraba y giraba y giraba…

No es necesario decirlo, pero estuve descompuesta casi todo el día. Acababa de comer algo de la cena caliente que había aparecido hacía unos momentos cuando crujió la puerta y surgió una cara dorada de zorro acompañada de un ojo de metal entrecerrado.

—Mierda —exclamó Lucien—. Sí que hace frío aquí.

Cierto, pero yo estaba demasiado dominada por las náuseas para darme cuenta. Levantar la cabeza me costaba mucho y no vomitar la comida, todavía más. Él se sacó la capa y me la puso alrededor de los hombros. El calor pesado se coló dentro de mí.

—Mira eso —dijo dirigiendo la vista a la pintura. Por suerte, estaba toda intacta, excepto unos pocos lugares en la cintura—. Hijo de puta.

—¿Qué pasó? —conseguí decir, aunque no estaba segura de querer una respuesta. Mi recuerdo era un borrón oscuro de música salvaje.

Lucien retrocedió.

—No creo que quieras saberlo.

Estudié las pocas manchas en mi cintura, como si unas manos me hubieran sostenido por ahí.

—¿Quién me hizo eso? —pregunté con voz tranquila, los ojos sobre la pintura emborronada.

—¿Quién te parece?

Mi corazón se encogió y miré al suelo.

—¿Tam…, Tamlin lo vio?

Lucien asintió.

—Rhys lo hacía para eso, para que él se enfureciera, únicamente para eso.

—¿Y sucedió? —Yo seguía sin poder mirar a Lucien a la cara. Sabía que, por lo menos, no me habían violado: solo me habían tocado el costado. Era lo que decía la pintura.

—No —respondió Lucien, y yo sonreí.

—¿Qué…, qué es lo que hice? —Me acordé de la advertencia de Alis. Lucien soltó un suspiro y se pasó una mano por el cabello rojo.

—Hizo que bailaras para él casi toda la noche. Y cuando no estabas bailando, te sentaba sobre sus rodillas.

—¿Qué tipo de baile? —seguí insistiendo.

—No el que bailaste con Tamlin en el solsticio —dijo Lucien, y a mí me ardió la cara. Desde el barro de mis recuerdos de la última noche, me acordé de la cercanía de cierto par de ojos de color violeta…, unos ojos que brillaban con malicia mientras me miraban.

—¿Frente a todo el mundo?

—Sí —contestó Lucien, con mayor amabilidad de la que yo le hubiera oído jamás. A mí se me tensó el cuerpo. No quería su lástima. Suspiró y me cogió el brazo izquierdo para examinar el tatuaje.

—¿En qué estabas pensando? ¿No sabías que yo iba a venir en cuanto pudiera?

Aparté el brazo con brusquedad.

—¡Me estaba muriendo! Tenía fiebre…, apenas si conseguía mantenerme consciente… ¿Cómo se supone que sabría que ibas a venir? ¿Que comprenderías la rapidez con la que mueren los seres humanos de esas cosas? Me dijiste que dudaste el día de los naga…

—Le juré a Tamlin…

—¡No tuve opción! ¿Crees que voy a confiar en ti después de lo que dijiste en la mansión?

—Arriesgué el cuello por ti en la prueba. ¿No es eso suficiente? —El ojo de metal zumbó con suavidad—. Tú dijiste tu nombre para salvarme…, a pesar de lo que te dije, de todo lo que te hice, dijiste tu nombre. ¿No pensaste que yo iba a ayudarte después de eso? ¿Con juramento o sin él?

No me había dado cuenta de que eso significara tanto para Lucien.

—No tuve alternativa —reconocí de nuevo en un jadeo.

—¿No entiendes lo que es Rhys?

—¡Claro que sí! —ladré. Después suspiré—. Sí —repetí y miré el ojo que tenía dibujado en la palma—. Pero está hecho. Así que no tienes que cumplir el juramento que le hiciste a Tamlin, el juramento de protegerme…, no tienes que sentir que me debes nada por salvarte de Amarantha. Lo habría hecho solo para borrar la sonrisa de las caras de tus hermanos.

Lucien chasqueó la lengua, pero el ojo que le quedaba brilló con fuerza.

—Me alegro de ver que no le vendiste a Rhysand tu espíritu humano, tan vivo, tan hermoso, ni tampoco ese empecinamiento.

—Una semana de mi vida cada mes. Solamente eso.

—Sí, bueno…, veremos si será así cuando llegue el momento —gruñó él, y el ojo de metal se desvió hacia la puerta—. Tengo que irme. Está a punto de cambiar la guardia.

Dio un paso para irse, y entonces le dije:

—Lo lamento…, lamento que ella te castigara por ayudarme en la prueba. Oí… —Se me cerró la garganta—. Oí que hizo que Tamlin te aplicara el castigo… —Él se encogió de hombros y agregué—: Gracias. Por ayudarme, quiero decir.

Él fue hasta la puerta y por primera vez noté que se movía con mucha tensión en el cuerpo.

—Por eso no pude venir antes —dijo él, y le temblaba el cuello—. Ella usó… nuestros poderes para que no se me curase la espalda. No he podido moverme hasta hoy.

Se me hizo difícil respirar.

—Toma —dije, y le devolví la capa mientras me ponía de pie. El frío súbito me puso la piel de gallina.

—Quédatela. Se la he quitado a un guardia cuando venía hacia aquí. —En la escasa luz brillaba el símbolo bordado de un dragón dormido. El escudo de armas de Amarantha. Hice una mueca pero me la volví a poner—. Además —agregó Lucien—, con ese vestido ya he visto lo suficiente de ti como para que la imagen me dure toda la vida. —Enrojecí cuando él abrió la puerta.

—Espera —dije—. ¿Tamlin…? ¿Está bien? Quiero decir… el hechizo que le lanzó Amarantha para que no hable…

—No hay ningún hechizo. ¿No se te ocurrió que Tamlin actúa así para que Amarantha no sepa cuál de los tormentos a los que te somete lo afecta más?

No, no se me había ocurrido.

—Está jugando un juego peligroso, eso sí —manifestó Lucien mientras salía por la puerta—. Todos estamos en eso.

A la noche siguiente me volvieron a pintar y me llevaron a la habitación del trono. No era un baile esta vez…, solamente un poco de entretenimiento nocturno. Y al parecer, el entretenimiento era yo. Después de tomar el vino, sin embargo, ni siquiera me di cuenta de lo que pasaba. Una suerte.

Noche tras noche me vistieron de la misma forma y me hicieron acompañar a Rhysand hasta la sala del trono. Así me convertí en el juguete de Rhysand, en la puta de la puta de Amarantha. Me despertaba con vagos rastros de recuerdos…, de bailar entre las piernas de Rhysand mientras él se quedaba sentado en una silla y reía, de sus manos manchadas de azul por los lugares en que me tocaba la cintura, los brazos, pero de alguna forma, nunca más que eso. Hacía que yo bailara hasta que me descomponía, y cuando cesaba de vomitar, me decía que siguiera bailando.

Me despertaba enferma y exhausta todas las mañanas, y aunque la orden de Rhysand a los guardias seguía vigente, las actividades nocturnas me dejaron absolutamente agotada. Me pasaba los días durmiendo para tratar de digerir el vino de los inmortales, dormitando para escapar de la humillación que sufría. Cuando podía, pensaba en la adivinanza de Amarantha, le daba vueltas palabra por palabra… Nada.

Y cuando volvía a entrar en esa sala del trono, me permitían solamente una mirada rápida a Tamlin antes de que me dominara la droga del vino. Y todas las veces, todas las noches, en esa única mirada, yo dejaba ver el amor y el dolor que me subían a los ojos cuando se encontraban con los suyos.

Estaban terminando de pintarme y de vestirme —esa noche, la tela transparente y sutil era de un color entre sangre y naranja— cuando entró Rhysand en la habitación. Como siempre, las sirvientas de sombra atravesaron las paredes y desaparecieron. Pero en lugar de hacerme un gesto para que me acercase, Rhysand cerró la puerta.

—Tu segunda prueba es mañana por la noche —dijo con voz neutra. El hilo dorado y plata de la túnica negra brillaba bajo la luz de las velas. Él nunca usaba otro color de ropa.

Fue como si me hubieran golpeado con una roca en la cabeza. Había perdido la cuenta de los días.

—¿Y?

—Tal vez sea la última —dijo él; se reclinó contra el marco de la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Si me estás provocando para que juegue otro de esos jueguecitos tuyos, pierdes el tiempo.

—¿Me vas a rogar que te conceda una noche con tu amado?

—Ya voy a tener esa noche y todas las que la sigan cuando pase la tercera prueba.

Rhysand se encogió de hombros, después me dedicó una sonrisa mientras se impulsaba con los hombros para separarse de la puerta y daba un paso hacia mí.

—Me pregunto si tenías tantas espinas con Tamlin cuando fuiste su prisionera.

—Él nunca me trató como a una prisionera…, o una esclava.

—Claro que no… ¿Cómo iba a hacer eso? No con la vergüenza que siente por la brutalidad de su padre y sus hermanos, esa vergüenza que pesa sobre él, pobre, noble bestia. Tal vez si se hubiera preocupado por averiguar una cosa o dos sobre la crueldad, sobre lo que significa ser un alto lord, habría impedido la caída de la Corte Primavera.

—Tu corte también cayó.

La tristeza parpadeó en sus ojos de color violeta. No la habría notado si no la hubiera sentido… muy en el fondo de mi ser. Mi mirada pasó al ojo que él me había tatuado en la palma de la mano. ¿Qué clase de tatuaje era ese? Pero en lugar de ello, pregunté:

—Cuando te movías libremente en la Noche de los Fuegos, durante el rito, dijiste que eso te había costado mucho. ¿Fuiste uno de los altos lores que vendieron su alianza a Amarantha a cambio de no vivir aquí abajo?

La tristeza que había en sus ojos, proviniera de donde proviniese, desapareció, y solo quedó una titilante calma fría. Habría jurado que una sombra de alas enormes se dibujaba en la pared detrás de él.

—Lo que yo haga o no por mi corte no es de tu incumbencia.

—¿Y qué ha estado haciendo ella en los últimos cuarenta y nueve años? ¿Teniéndoos a todos en su corte y torturando a cualquiera como le place? ¿Para qué? —«Cuéntame algo sobre la amenaza que significa esto para la especie humana — quería rogarle en realidad—. Cuéntame lo que significa todo esto, dime por qué han tenido que pasar tantos horrores».

—La Dama de la Montaña no necesita excusas para sus actos.

—Pero…

—Las celebraciones nos esperan. —Rhysand hizo un gesto hacia la puerta detrás de él.

Sabía que estaba pisando terreno peligroso, pero no me importaba.

—¿Qué quieres de mí? Además de molestar a Tamlin.

—Molestarlo es el mayor de mis placeres —dijo él con una reverencia burlona—. Y en cuanto a tu pregunta, ¿por qué necesitaría un macho de cualquier especie razones para disfrutar de la presencia de una hembra?

—Me salvaste la vida.

—Y a través de tu vida, salvé la de Tamlin.

—¿Por qué?

Él me guiñó un ojo y se pasó una mano por el pelo entre negro y azul.

—Esa, Feyre, es la cuestión, ¿verdad? —Y diciendo eso, me sacó de la habitación.

Llegamos a la sala del trono y me preparé para que me drogaran y me humillaran nuevamente. Pero todos miraban a Rhysand entre la multitud…, era a Rhysand al que vigilaban los hermanos de Lucien. La voz de Amarantha llamándolo se oyó con claridad por encima de la música.

Rhysand hizo una pausa y miró a los hermanos de Lucien, que caminaban hacia nosotros con la atención puesta en mí. Ansiosos, hambrientos…, malvados. Abrí la boca; no me importaba el orgullo, estaba dispuesta a pedirle a Rhysand que no me dejara sola con ellos mientras él se encargaba de Amarantha, pero me puso una mano en la espalda y me condujo al interior de la sala.

—Quédate cerca y mantén la boca cerrada —me murmuró al oído mientras me llevaba por el brazo. La multitud se separó como si estuviéramos envueltos en fuego y nos dejó ver lo que teníamos frente a nosotros.

Frente a nosotros no; me corrijo: frente a Rhysand.

Un alto fae de piel marrón sollozaba en el suelo ante la tarima. Amarantha sonreía como una víbora…, con tanta intensidad que ni siquiera me dedicó una mirada. Junto a ella, Tamlin, del todo impasible. Una bestia sin garras.

Rhysand me miró fugazmente con el rabillo del ojo, una orden silenciosa para que me quedara donde empezaba la multitud. Lo obedecí, y cuando dirigí la atención a Tamlin, deseé que me mirara, que me mirara solo…, pero él no lo hizo, estaba por completo concentrado en la reina y en el macho que había frente a ella. Entendí.

Amarantha se acarició el anillo mientras miraba cada movimiento de Rhysand, que se le acercaba.

—Un súbdito de la Corte Verano —dijo refiriéndose al macho que se encogía a sus pies— trató de escapar por la salida que da a la Corte Primavera. Quiero saber por qué.

Había un alto fae atractivo, de gran estatura, de pie al borde de la multitud, el pelo casi blanco, los ojos de un azul cristalino que rompía el corazón, la piel de un color caoba intenso, hermoso. Pero tenía la boca tensa y su atención pasaba de Amarantha a Rhysand. Ya me había fijado en él durante la primera prueba. El alto lord de la Corte Verano. Antes brillaba, casi emitía una luz dorada; ahora estaba mudo, apagado. Como si Amarantha le hubiera extraído hasta la última gota de poder mientras interrogaba a su súbdito.

Rhysand se metió las manos en los bolsillos y se acercó al macho que estaba en el suelo.

El inmortal de Verano se encogió aún más, la cara brillante de lágrimas. A mí se me revolvió el estómago de miedo y vergüenza cuando el macho se mojó los pantalones delante de Rhysand.

—P-p-por favor —tartamudeó.

La multitud estaba sin aliento, el silencio era sobrecogedor.

Con la espalda vuelta hacia mí, Rhysand tenía los hombros relajados, ni un centímetro de la ropa fuera de lugar. Pero apenas el macho dejó de temblar en el suelo, supe que sus espolones se habían hundido en la mente del inmortal.

El alto lord de Verano se había quedado quieto también…, y era dolor, dolor real y miedo lo que brillaba en sus ojos azules, sorprendentes. Verano era una de las cortes rebeldes, recordé. Así que este era un alto lord nuevo, sin experiencia, que todavía tenía que aprender a tomar decisiones que costaban vidas.

Después de un momento de silencio, Rhysand miró a Amarantha.

—Quería escapar. Llegar a la Corte Primavera, cruzar el muro y huir al sur, a territorio humano. No tuvo cómplices, ni ningún motivo excepto su propia cobardía patética. —Hizo un gesto con la cabeza hacia el charco de orina bajo el macho. Pero con el rabillo del ojo vi cómo el alto lord de Verano se relajaba un poco…, lo suficiente para hacer que me preguntara… qué clase de decisión había tenido que tomar Rhys en el momento en que había hurgado en la mente del macho.

Sin embargo, Amarantha puso los ojos en blanco y se acomodó sobre el trono.

—Quiébrale la mente, Rhysand. —Movió la mano hacia el alto lord de la Corte Verano—. Después puedes hacer lo que quieras con el cuerpo.

El alto lord de la Corte Verano se inclinó, como si le hubieran otorgado un regalo, y miró a su súbdito, que se había quedado quieto y tranquilo en el suelo, abrazado a sus rodillas. El inmortal macho ya estaba listo…, aliviado incluso.

Rhys sacó una mano del bolsillo y la movió. Podría haber jurado que veía unos espolones fantasmales cuando los dedos se le curvaron levemente.

—Me estoy aburriendo, Rhysand —dijo Amarantha con un suspiro, jugueteando de nuevo con el hueso. No me había mirado ni una sola vez, demasiado concentrada en su presa.

Los dedos de Rhysand se curvaron hasta formar un puño.

Los ojos del macho se abrieron mucho, después se pusieron vidriosos mientras caía de costado en el charco de sus propios líquidos. Le salió sangre de la nariz, de las orejas y corrió por el suelo frente a nosotros.

Así de fácil…, así de rápido, con esa irreversibilidad… Muerto.

—Te he dicho que le destrozaras la mente, no el cerebro —ladró Amarantha. La multitud murmuró, se removió inquieta. Lo único que quería era desaparecer de nuevo en ella, arrastrarme de vuelta a mi celda y quemar el recuerdo de lo que había visto. Tamlin no se había inmutado, no había movido un músculo. ¿Qué horrores habría visto en su larga vida si ni siquiera eso había roto su expresión distante, su control?

Rhysand se encogió de hombros y volvió a meter la mano en el bolsillo.

—Perdón, mi reina. —Dio media vuelta sin que ella le dijera que podía retirarse y no me miró mientras se dirigía hacia la parte de atrás de la sala del trono. Me puse a su lado, controlé el temblor, traté de no pensar en el cuerpo tendido que quedaba ahí detrás, o en Clare…, que seguía clavada a la pared.

La multitud no se nos acercó, sino que se alejó mucho para dejarnos pasar.

—Puta —sisearon algunos cuando pasó Rhysand—. Puta de Amarantha. —Pero muchos le ofrecieron sonrisas vacilantes y palabras elogiosas—: Has hecho bien en matarlo. Bien por matar al traidor.

Rhysand no se dignó a mirar a ninguno, con los hombros todavía relajados, andando sin prisas. Me pregunté si alguien, excepto él y el alto lord de la Corte Verano, sabía que esa muerte había sido un acto de piedad. Estaba dispuesta a apostar que había habido otros involucrados en ese plan de huida, tal vez hasta el alto lord de la Corte Verano.

Pero quizá guardar esos secretos era algo que se había hecho solamente para jugar los juegos que tanto le gustaban a Rhysand. Tal vez ayudar a ese macho inmortal matándolo en lugar de quebrarle la mente y dejarlo como un tonto lleno de baba había sido solo otro movimiento calculado.

En ese largo camino por la sala del trono, Rhysand no se detuvo ni un instante, pero cuando llegamos a la comida y el vino al final de la estancia, me dio una copa y se tomó otra él. No dijo nada. Después, el vino me llevó al olvido.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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