
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XXIX
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XXIX…
Inventar historias sobre el tiempo que había pasado con la tía Ripleigh me exigió un esfuerzo mínimo. Dije que le leía todos los días, que me había enseñado cómo comportarme desde su lecho de enferma y que la había cuidado hasta que, hacía quince días, había muerto dejándome toda su fortuna.
¡Y vaya fortuna!: los baúles que me acompañaban no contenían ropa solamente; varios estaban llenos de oro y joyas. No joyas talladas, sino piezas en bruto, enormes, que hubieran podido comprar mil mansiones.
Papá estaba haciendo el inventario de esas joyas. Se había encerrado en el estudio que daba al jardín, donde estábamos sentadas en la hierba con Elain. Lo veía a través de la ventana, inclinado sobre el escritorio con una pequeña balanza pesando un rubí en bruto del tamaño de un huevo de pato. Se le había aclarado la vista de nuevo y se movía con una gran precisión, una vitalidad que no había visto en él desde antes de la decadencia familiar. Hasta la cojera le había mejorado como por milagro con un tónico y un ungüento que un sanador desconocido de paso por la aldea le había entregado sin cobrarle nada. Habría quedado en deuda con Tamlin solamente por ese regalo.
Ya no se lo veía con los hombros caídos ni con la vista baja, nublada. Ahora papá sonreía con libertad, se reía con facilidad, y siempre estaba mimando a Elain, que a su vez lo mimaba a él. Nesta, en cambio, todo el tiempo estaba callada y vigilante, nunca contestaba a Elain con más de una palabra o dos.
—Esos bulbos —dijo Elain, y señaló con una mano enguantada un grupo de flores rojas y blancas— provienen de los campos de tulipanes del continente. Papá prometió que la próxima primavera me va a llevar a verlos. Dice que hay kilómetros y kilómetros de esos campos llenos de flores. —Le dio unas palmaditas al suelo fértil, oscuro. El jardincito debajo de la ventana era suyo: había elegido cada uno de los brotes y los arbustos y los había plantado con sus propias manos; no quería que nadie más lo cuidase. Hasta regaba y sacaba las malas hierbas. Aunque, admitió, los sirvientes la ayudaban a llevar los pesados baldes de agua. Se habría maravillado si hubiese estado frente a esas flores que nunca se secaban en la Corte Primavera, habría llorado frente a los jardines a los que yo me había acostumbrado.
—Deberías venir conmigo —siguió Elain—. Nesta no quiere porque dice que no le apetece arriesgarse a cruzar el mar, pero tú y yo… Ah, lo pasaríamos muy bien, ¿no crees?
La observé de perfil. Mi hermana sonreía satisfecha…, más bonita que nunca, incluso con ese vestido sencillo de muselina que usaba para las tareas de jardinería. Tenía las mejillas rojas debajo del sombrero grande y holgado.
—Creo… creo que me gustaría ver el continente —dije.
Eso era cierto, me di cuenta en ese momento. Había tanto en el mundo que no había visto, que ni siquiera había pensado en visitar. Que ni siquiera había podido soñar con visitar.
—Me sorprende que estés tan ansiosa por irte la próxima primavera —dije—. ¿La primavera no es justo la mitad de la temporada? —La temporada de actos sociales, que aparentemente había terminado hacía apenas unas semanas, llena de fiestas, bailes y almuerzos, y chismes, chismes, chismes. Elain me había contado todo eso en la cena de la noche anterior, sin notar que para mí suponía un esfuerzo tragarme la comida. La carne, el pan, las verduras, todo era igual, y todo era ceniza cuando me llegaba a la boca, ceniza cuando lo comparaba con lo que había comido en Prythian —. Y me sorprende que no tengas una fila de pretendientes en la puerta, de rodillas, pidiendo tu mano.
Elain se puso roja pero clavó la palita en el suelo para sacar un hierbajo.
—Sí…, bueno, habrá otras temporadas. Nesta no te lo ha dicho, pero esta temporada ha sido… algo rara.
—¿De qué manera?
Ella encogió los hombros delgados.
—Todos actuaban como si hubiéramos estado enfermos durante ocho años o nos hubiéramos ido de viaje a un país lejano…, no a unos pocos pueblos de distancia, en esa choza. Es como si lo hubiéramos soñado todo…, lo que nos pasó en esos años, quiero decir. Nadie comentaba una sola palabra de eso.
—¿Y tú pensabas que iban a decir algo? —Si éramos tan ricos como sugería la casa, seguramente había muchas familias dispuestas a olvidar la mancha de nuestra anterior pobreza.
—No…, pero me hizo… me hizo desear volver a esos años, a pesar del hambre y el frío. Esta casa parece tan grande a veces, y papá siempre está ocupado, y Nesta… —Miró por encima del hombro hacia mi hermana mayor, que estaba junto a un árbol retorcido, contemplando el vasto territorio de nuestras tierras. La noche anterior, Nesta casi no me había dirigido la palabra, y no me había hablado en absoluto durante el desayuno. A mí me había sorprendido que se nos uniera en el jardín, pero se quedó junto al árbol casi todo el tiempo—. Nesta no terminó la temporada. No quiso decirme por qué. Empezó a rechazar todas las invitaciones. Ya casi no habla con nadie y me siento muy mal cuando mis amigos vienen de visita, porque ella los incomoda mucho cuando los mira de esa forma… —Elain suspiró—. Tal vez podrías hablar con ella.
Pensé en decirle a Elain que Nesta y yo no habíamos tenido una conversación civilizada en años, pero entonces, ella agregó:
—Fue a verte, no sé si lo sabes…
Yo parpadeé y la sangre se me heló en las venas.
—¿Qué?
—Bueno, se fue solamente una semana y dijo que se le estropeó el carruaje cuando no había hecho ni la mitad del camino, y que por eso volvió. Pero claro, tú no lo sabes, nunca recibiste las cartas.
Miré a Nesta, de pie, tan quieta bajo las ramas; la brisa del verano moviendo la falda de su vestido. ¿Me había ido a buscar y se lo había impedido la magia, un hechizo que le había lanzado Tamlin?
Me volví hacia el jardín y descubrí que Elain tenía los ojos fijos en mí.
—¿Qué?
Elain negó con la cabeza y continuó arrancando hierbajos.
—Pareces… Estás tan diferente. Incluso suenas diferente.
Era verdad. La noche anterior me había costado creer a mis propios ojos cuando me vi en un espejo del vestíbulo. Tenía la misma cara, pero había… había un brillo en mí, una especie de luz que era casi indetectable. Sabía sin ninguna duda que eso era por haber pasado un tiempo en Prythian, que toda esa magia se me había pegado de alguna forma. Temía el día en que se desvanecería para siempre.
—¿Pasó algo en casa de tía Ripleigh? —preguntó Elain—. ¿Conociste… a alguien?
Me encogí de hombros y arranqué del suelo una mala hierba que crecía cerca de mi mano.
—Buena comida y mucho descanso, eso solamente.
Pasaron los días. La sombra que llevaba dentro de mí siguió teniendo el mismo peso; aborrecía hasta la idea de pintar. En lugar de eso, pasaba casi todo el tiempo con Elain en su jardincito. Me sentía satisfecha con solo escuchar cómo hablaba acerca de cada arbusto, cada flor, acerca de sus planes para empezar otro jardín cerca del invernadero, tal vez una huerta si conseguía aprender lo suficiente sobre cómo trabajarla en los próximos meses.
En ese lugar de la casa, Elain parecía llena de vida y tenía una alegría contagiosa. No había sirviente o jardinero que no le sonriera, y hasta la cocinera en jefe, siempre cortante, buscaba excusas para llevarle platos de galletas y tartas en distintos momentos del día. A mí me maravillaba que todos esos días de pobreza no le hubieran robado la luz. Tal vez la habían entristecido un poco, pero ella era generosa, cariñosa y estaba llena de amabilidad; una mujer que a mí me enorgullecía conocer y llamar hermana.
Papá terminó de contabilizar mis joyas y el oro. Yo era extraordinariamente rica. Invertí un pequeño porcentaje en sus negocios, y cuando vi la suma impresionante que me quedaba, hice que me entregara varias bolsas de dinero y salí de la mansión con ellas en las manos.
La mansión quedaba a solo cinco kilómetros de nuestra choza derruida y el camino me era conocido. No me importó que el ruedo del vestido se ensuciara en el lodo del sendero embarrado. Me gustaba escuchar el viento en los árboles y oír el susurro de la hierba alta. Si me dejaba ir lo suficiente en mis recuerdos, conseguía imaginarme en una caminata con Tamlin a través de los bosques.
No tenía razones para creer que volvería a verlo pronto, pero cada noche me iba a la cama rezando para despertarme en su mansión o recibir un mensaje pidiéndome que volviera a su lado. Pero mucho peor que mi desilusión porque nada de eso había sucedido era el miedo terrible, insistente, que sentía cuando pensaba que él estaba en peligro, que Amarantha, fuera quien fuese, le haría daño de alguna forma.
«Te amo». Casi oía esas palabras, casi lo oía diciéndolas, casi veía la luz del sol sobre su cabello dorado, sobre el verde deslumbrante de sus ojos. Casi sentía su cuerpo apretado contra el mío, los dedos de él sobre mi piel.
Llegué a una curva en el camino, una de esas curvas que conocía tanto que habría podido recorrerla con los ojos cerrados, y ahí estaba.
Tan pequeña…, era tan pequeña la que había sido nuestra choza. El antiguo jardín de Elain era un montón de hierbajos y algunas flores silvestres, y las marcas para alejar a los inmortales seguían talladas en el umbral de piedra. Habían reemplazado la puerta principal —destruida la última vez que yo la había visto—, pero uno de los paneles de las ventanas circulares seguía roto. El interior estaba oscuro, y en el suelo no se veían marcas de ningún tipo.
Volví a recorrer el sendero invisible que había seguido todas las mañanas a través de la hierba alta, desde la puerta de la casa hasta la línea de árboles. El bosque…, mi bosque.
Me había parecido tan terrorífico entonces, tan letal, hambriento y brutal. Y ahora parecía… de lo más normal.
Volví a mirar esa casa oscura, triste, el lugar que había sido una prisión para mí. Elain me había dicho que la extrañaba, y yo me pregunté qué veía ella cuando miraba la choza. Me pregunté si vería un refugio en lugar de una prisión, un refugio contra un mundo que tan pocas cosas buenas tenía… Aunque ella siempre había tratado de encontrarlas, a pesar de que a mí ese intento me pareciera tonto e inútil.
Ella había mirado esa choza con esperanza; yo la había mirado con odio. Ahora sabía cuál de las dos era la más fuerte.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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