Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 26

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Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo XXVI

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo XXVI…

Al día siguiente Lucien se nos unió en el almuerzo, que en realidad, para nosotros tres, era el desayuno. Desde que me había quejado por el tamaño innecesario de la mesa, cenábamos en una versión mucho más reducida.

Lucien se masajeaba las sienes mientras comía; estaba callado, lo cual era raro, y disimulé una sonrisa cuando le pregunté:

—¿Y tú dónde estuviste anoche?

El ojo de metal de Lucien se entrecerró al mirarme.

—Te informo de que mientras vosotros dos bailabais con los espíritus yo tuve que ir a patrullar a las fronteras, nada menos. —Tamlin carraspeó con fuerza y Lucien agregó—: Con algo de compañía, por supuesto. —Me sonrió con picardía—. Dicen los rumores que vosotros no volvisteis hasta después del amanecer.

Miré a Tamlin mientras me mordía el labio. Había llegado a la cama prácticamente en el aire, flotando. Pero la mirada de Tamlin estaba explorándome la cara como si buscara una señal de arrepentimiento, de miedo. Ridículo.

—Me mordiste el cuello la Noche de los Fuegos —dije entre dientes—. Si fui capaz de mirarte después de eso, unos pocos besos no son nada.

Apoyó los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia mí.

—¿Nada? —Sus ojos bajaron hasta mis labios. Lucien se removió en la silla y le pidió al Caldero que lo librara de lo que estaba viendo, pero lo ignoré.

—Nada —repetí con cierta distancia, mirando cómo se movía la boca de Tamlin, absolutamente consciente de cada uno de sus movimientos, enojada por la mesa que nos separaba. Casi sentía la tibieza de ese aliento.

—¿Estás segura? —murmuró, intenso y con un hambre lo bastante irrefrenable como para que yo me alegrase de estar sentada. Si hubiese querido, habría podido tenerme ahí mismo, sobre la mesa. Deseaba sus manos anchas sobre mi piel desnuda, deseaba sus dientes en el cuello, deseaba su boca en cada uno de los rincones de mi cuerpo.

—Estoy tratando de comer —dijo Lucien, y yo parpadeé y exhalé de forma ruidosa—. Pero ahora que tengo tu atención, Tamlin… —terció, aunque el alto lord estaba mirándome a mí de nuevo, devorándome con los ojos.

Casi no conseguía quedarme sentada, apenas si toleraba la ropa sobre la piel demasiado caliente. Con bastante esfuerzo, Tamlin volvió a mirar a su emisario. Inquieto, Lucien se movió en su silla.

—No es que quiera ser portador de malas noticias, pero mi contacto en la Corte Invierno se las arregló para hacerme llegar una carta. —Lucien tomó aire y me pregunté si ser emisario también significaba ser jefe de espías. Y me pregunté por qué se molestaba en decir eso en mi presencia. La sonrisa se desvaneció inmediatamente de la cara de Tamlin—. La plaga —continuó Lucien tenso, con voz suave— se llevó a dos docenas de los jóvenes. Dos docenas… que ya no están. —Tragó saliva—. Les quemó la magia…, y después les abrió la mente en dos. Nadie pudo hacer nada en la Corte Invierno…, nadie consiguió detener el proceso. La pena es… es indescriptible. Mi contacto dice que otras cortes también reciben golpes muy duros, aunque la Corte Noche, claro está, se las ha arreglado para no haber sufrido ninguna herida. Pero parece que la plaga viene hacia aquí…, se desplaza cada vez más al sur con cada ataque.

Toda la tibieza, toda la alegría resplandeciente se alejaron de mí como sangre escurriéndose por una alcantarilla.

—¿La plaga… mata? —me las arreglé para preguntar. Jóvenes. Había asesinado a chicos, como una tormenta de oscuridad y muerte. Y si los hijos eran tan raros como había dicho Alis, la pérdida de tantos de ellos tenía que ser más devastadora que cualquier otra cosa que yo pudiera imaginar.

Los ojos de Tamlin se habían ensombrecido y meneaba la cabeza despacio, como si tratara de quitarse de encima la pena y el horror de esas muertes.

—La plaga puede lastimarnos en formas que tú no… —Se puso de pie con tanta rapidez que la silla se derrumbó en el suelo. Sacó las garras y gruñó hacia el umbral abierto, se veían sus caninos largos y brillantes.

La casa, generalmente llena de susurros de faldas y charlas de sirvientes, estaba en silencio.

No como el silencio preñado de la Noche de los Fuegos, sino más bien una quietud temblorosa que hacía que quisiera meterme debajo de la mesa. O empezar a correr. Lucien soltó una maldición y sacó la espada.

—Lleva a Feyre a la ventana, junto a las cortinas —gruñó Tamlin sin apartar los ojos de las puertas abiertas. La mano de Lucien me tomó del codo y me levantó de la silla.

—¿Qué…? —empecé a decir, pero Tamlin volvió a gruñir. El sonido hizo eco por la habitación. Cogí uno de los cuchillos de la mesa y dejé que Lucien me arrastrara hasta la ventana, donde me empujó contra las cortinas de terciopelo. Quise preguntarle por qué no se molestaba en esconderme detrás de ellas, pero el inmortal de la máscara de zorro apretó la espalda contra mí y me cobijó entre él y la pared.

El olor de la magia me subió a la nariz. Aunque la espada señalaba al suelo, la mano de Lucien se cerró con fuerza alrededor de la empuñadura hasta que se le pusieron blancos los nudillos. Magia…, un hechizo para que no me vieran. Para ocultarme, para hacerme parte de Lucien, invisible, escondida por la magia y el olor del inmortal. Miré a Tamlin por encima del hombro de Lucien; el alto lord respiró hondo y guardó los colmillos y las garras; la banda de cuero llena de cuchillos apareció de la nada sobre su pecho ancho. Pero no desenvainó ninguno cuando enderezó la silla y se sentó a limpiarse las uñas. Como si no pasara nada. Pero alguien llegaba, alguien lo suficientemente horrible como para asustarlos…, alguien que querría hacerme daño si sabía que estaba allí.

La voz ceceante del attor me atravesó la memoria. Había criaturas peores que él, me había dicho Tamlin. Peor que los naga y el suriel, y también que el bogge.

Unos pasos sonaron en el vestíbulo. Regulares, pesados, relajados.

Tamlin siguió limpiándose las uñas. A mi lado, Lucien asumió la posición de quien mira por la ventana. Los pasos sonaron con más fuerza, el ruido de unas botas sobre las baldosas de mármol.

Y después apareció.

Sin máscara. Como el attor, él pertenecía a otra corte. Pertenecía a otro. Y peor que eso…: yo ya lo conocía. Me había salvado de aquellos tres inmortales en la Noche de los Fuegos.

Con pasos demasiado llenos de gracia, demasiado felinos, se acercó a la mesa y se detuvo a pocos metros del alto lord. Era tal como yo lo recordaba: la ropa refinada, rica, recamada con jirones de noche, una túnica de color ébano con brocado de oro y plata, pantalones oscuros y botas negras que le llegaban a las rodillas. Nunca me había atrevido a pintarlo, y ahora supe que nunca tendría el valor de hacerlo.

—Alto lord —saludó con un sonsonete el desconocido inclinando levemente la cabeza. Nada parecido a una reverencia.

Tamlin se quedó sentado. Con la espalda hacia mí, yo no le veía la cara, pero su voz estaba surcada de violencia cuando dijo:

—¿Qué quieres, Rhysand?

Este sonrió —su belleza rompía corazones— y se llevó una mano al pecho.

—¿Rhysand? Vamos, vamos, Tamlin. ¿Hace cuarenta y nueve años que no te veo y me llamas Rhysand? Solo mis prisioneros y mis enemigos me llaman así. —La sonrisa se le ensanchó cuando terminó de hablar. Algo en esa cara se volvió salvaje y letal, algo que jamás había visto en Tamlin. Se dio la vuelta y retuve el aliento mientras él fijaba la vista sobre Lucien—. Una máscara de zorro… Muy apropiada para ti, Lucien.

—Al infierno contigo, Rhys —ladró Lucien.

—Siempre es un placer tratar con la chusma —replicó Rhysand, y volvió a mirar a Tamlin. Yo seguía sin respirar—. Espero no haberos interrumpido.

—Estábamos en mitad del almuerzo —respondió Tamlin, su voz vacía de tibieza. La voz de un alto lord. Oírla hizo que se me congelaran las entrañas.

—Estimulante —dijo Rhysand.

—¿A qué has venido, Rhys? —quiso saber Tamlin sin moverse del asiento.

—Quería ver cómo andaban las cosas por aquí. Quería ver cómo os iba. Saber si recibisteis mi regalito.

—Tu regalo fue innecesario.

—Pero un buen recuerdo de los días de diversión, ¿no es cierto? —Rhysand hizo chasquear la lengua y echó una mirada alrededor de la habitación—. Casi medio siglo encerrados en el agujero de una propiedad en el campo. No sé cómo os arregláis. Pero —continuó, encarándose a Tamlin— eres un hijo de puta tan empecinado que esto tiene que haberte parecido un paraíso comparado con Bajo la Montaña. Supongo que lo es. Sin embargo, me sorprende: cuarenta y nueve años y ningún intento de salvarte, ni tú ni a tus tierras. Ni siquiera ahora que las cosas vuelven a ponerse interesantes.

—No hay nada que hacer —aceptó Tamlin con voz baja.

Rhysand se acercó a él; sus movimientos, suaves como la seda. La voz se le convirtió en un susurro…, una caricia erótica que me llenó de calor las mejillas.

—Qué lástima que seas tú el que tiene que afrontar la peor parte del asunto, Tamlin…, y una lástima todavía mayor que estés tan resignado a tu destino. Tal vez seas caprichoso, pero esto es patético. Qué diferente es este alto lord del líder brutal de la banda de guerreros que conocí hace siglos.

Lucien lo interrumpió.

—¿Quién eres tú para juzgar? Eres solamente la puta de Amarantha.

—Tal vez yo sea su puta, pero tengo mis razones para eso. —Me encogí cuando la voz se le afiló bruscamente hasta volverse peligrosa—. Por lo menos no perdí el tiempo entre setos y flores mientras el mundo se iba al infierno.

La espada de Lucien se levantó unos centímetros.

—Si crees que eso es lo único que hice, estás equivocado, y pronto vas a enterarte.

—Querido Lucien. Ciertamente les diste algo de que hablar cuando te cambiaste a Primavera. Cosa triste, la verdad, ver a tu madre de luto perpetuo desde que te perdió.

Lucien levantó la espada hacia Rhysand.

—Ten cuidado con esa boca sucia.

Rhysand rio…, la risa de un amante, baja, suave y muy íntima.

—¿Te parece que esa es forma de hablarle a un alto lord de Prythian?

Mi corazón se detuvo. Por eso habían huido los inmortales en la Noche de los Fuegos. Ir contra él hubiera sido suicida. Y por la forma en que la oscuridad parecía ondear sobre ese cuerpo perfecto, por esos ojos de color violeta que ardían como estrellas…

—Vamos, Tamlin —dijo Rhysand—. ¿No deberías recriminar a tu lacayo por hablarme de esa forma?

—Yo no uso de esta forma el rango en mi corte —dijo Tamlin.

—¿Ah, sigues con esas costumbres? —Rhysand se cruzó de brazos—. Pero es tan divertido cuando se humillan. Supongo que tu padre no se molestó en mostrarte…

—Esta no es la Corte Noche —siseó Lucien—. Y tú no tienes poder aquí…, así que vete. A Amarantha se le está enfriando la cama.

Traté de no respirar con fuerza. Rhysand…, él era el que había mandado esa cabeza. Como regalo. Me estremecí. Esa mujer, esa Amarantha, ¿estaba también en la Corte Noche?

Rhysand rio con ironía, pero después, bruscamente, se plantó frente a Lucien, con demasiada rapidez para que yo pudiera seguirlo con mis ojos humanos. Le gruñó en la cara. Lucien me apretó contra la pared con la espalda con tanta fuerza que tuve que ahogar un grito cuando sentí que se me clavaba la madera.

—Yo estaba matando en el campo de batalla antes de que hubieras nacido siquiera —ladró Rhysand. Después, con tanta rapidez como había entrado, se alejó, indiferente y descuidado. No, nunca me atrevería a pintar esa gracia inmortal, oscura…, ni en cien millones de años—. Además —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos—, ¿quién crees que le enseñó a tu adorado Tamlin los aspectos más sutiles de las espadas y las mujeres? No creerás que aprendió todo eso en los campitos de guerra de su padre.

Tamlin se frotó las sienes.

—Déjalo para otro momento, Rhys. Con toda seguridad nos veremos muy pronto. —Rhysand se alejó andando en zigzag hacia la puerta.

—Ella se está preparando en serio para enfrentarse a ti. Dado vuestro estado actual, creo que puedo informarla sin temor a mentir de que ya te das por vencido y que vas a reconsiderar la oferta. —Lucien contuvo el aliento cuando Rhysand pasó frente a la mesa. El alto lord de la Corte Noche pasó un dedo por el respaldo de mi silla…, un gesto casual—. Estoy deseando ver vuestras caras cuando…

Rhysand estudió la mesa.

Lucien se puso tenso y envarado y me apretó todavía más contra la pared. La mesa estaba puesta para tres, mi plato de comida a medio terminar justo frente al alto lord de la Corte Noche.

—¿Dónde está tu invitado? —preguntó, levantando mi copa y oliéndola antes de dejarla en su lugar.

—He hecho que se marchara cuando he sentido que llegabas —mintió Tamlin con tranquilidad. Rhysand volvió a mirar al alto lord; su cara perfecta vacía de emoción hasta que las cejas se elevaron. Un brillo de sorpresa, tal vez hasta de incredulidad, cruzó sus rasgos, pero volvió la cabeza como un látigo hacia Lucien. La magia me llenó la nariz y miré a Rhysand con un terror total, sin diluir, cuando él retorció el gesto de rabia.

—¿Te atreves a hechizarme a mí? —gruñó, y sus ojos de color violeta ardieron cuando taladraron los míos. Lucien se limitó a apretarme más contra la pared.

La silla de Tamlin chirrió cuando él la corrió hacia atrás. Se levantó, las garras al aire, más mortales que ninguno de los cuchillos que llevaba en la banda de cuero.

La cara de Rhysand se convirtió en una máscara de furia tranquila mientras no dejaba de mirarme.

—Me acuerdo de ti —ronroneó—. Me parece que ignoraste el consejo que te di y volviste a meterte en problemas. —Se volvió hacia Tamlin—. ¿Quién es tu invitada?

—Mi prometida —contestó Lucien.

—¿Ah, sí? Y ahí estaba yo, pensando que seguías llorando a tu amante plebeya después de tantos siglos —dijo Rhysand, y se me acercó a grandes pasos. La luz del sol no brillaba sobre el metal de su túnica, como si se asustara de la oscuridad que él esparcía a su alrededor.

Lucien escupió la mano de Rhysand y puso la espada entre él y yo. La sonrisa llena de veneno de Rhysand se amplió.

—Si derramas un poco de mi sangre, Lucien, verás con qué velocidad la puta de Amarantha puede hacer sangrar a toda la Corte Otoño. Especialmente a esta adorable señorita.

El color desapareció del rostro de Lucien, pero mantuvo la compostura. Fue Tamlin el que respondió:

—Baja la espada, Lucien.

Rhysand me echó una mirada.

—Sabía que te gusta caer bajo con tus amantes, Lucien, pero nunca pensé que te mezclarías con basura mortal.

Mi cara ardió. Lucien estaba temblando, de rabia o de miedo o angustia, no podía discernirlo.

—La lady de la Corte Otoño se lamentará mucho cuando reciba noticias de su hijo menor. Si yo fuera tú, mantendría a tu nueva mascota bien lejos de tu padre.

—Vete, Rhys —ordenó Tamlin, de pie a la espalda del alto lord de la Corte Noche.

Todavía no había insinuado ningún movimiento de ataque a pesar de las garras, a pesar de que Rhysand se me acercaba. Tal vez una batalla entre los dos altos lores destruiría la mansión hasta sus cimientos…, dejando solo una estela de polvo. O tal vez, si Rhysand era realmente el amante de esa mujer, el castigo por herirlo sería desproporcionadamente grande, en especial con la carga añadida de tener que enfrentarse a la plaga.

Rhysand echó a Lucien a un lado como si fuera una cortina.

No había nada entre nosotros ahora, y el aire era frío y cortante. Pero Tamlin permaneció en su lugar y Lucien no hizo mucho más que parpadear cuando Rhysand, con una suavidad terrorífica, me quitó el cuchillo de las manos y lo arrojó al otro lado de la habitación, roto en mil pedazos.

—Eso tampoco te iba ayudar, de todas maneras —me dijo este—. Si fueras sabia, huirías gritando de este lugar, de esta gente. Me maravilla que aún estés aquí. —La confusión que sentía debía de estar escrita en mi cara, porque Rhysand rio con fuerza —. Oh, ¿no lo sabe?

Temblé, incapaz de encontrar las palabras o el coraje necesarios.

—Te doy unos segundos, Rhys —le advirtió Tamlin—. Unos segundos para irte de aquí.

—Si yo fuera tú, no me dirigiría a mí de esa manera.

Contra mi voluntad, mi cuerpo se enderezó, cada músculo se tensó, mis huesos crujieron. Era magia, pero también algo más profundo. Era algo que se apoderaba de mí y que tomaba el control; incluso regía los latidos de mi corazón.

No podía moverme. Una mano invisible con dedos como espolones estaba escarbando en mi mente. Y lo supe… Un solo golpe de esas garras mentales y mi ser dejaría de existir.

—Déjala en paz —dijo Tamlin con brusquedad, pero no avanzó. Había algo de pánico en sus ojos mientras su mirada iba de mí a Rhysand—. Ya es suficiente.

—Me había olvidado de que las mentes humanas son tan fáciles de destrozar como una cáscara de huevo —amenazó Rhysand, y deslizó un dedo por la base de mi cuello. Me estremecí; mis ojos brillaban como brasas—. Mira qué encantadora es, cómo está tratando de no llorar de terror. Será rápido, te lo prometo.

Si no hubiera conservado un mínimo control sobre mi cuerpo, habría vomitado.

—Tiene los pensamientos más deliciosos sobre ti, Tamlin —dijo—. Se pregunta cómo se sentirían tus dedos sobre sus muslos, y también entre ellos. —Soltó una risita. Aunque había revelado mis pensamientos más privados, aunque hervía de vergüenza y de indignación, seguía temblando por la garra que constreñía mi mente. Rhysand se volvió hacia el alto lord—. Dime, disculpa mi curiosidad: ¿por qué se pregunta si le gustará que muerdas sus pechos del modo en que mordiste su cuello?

—Déjala ir. —El rostro de Tamlin estaba distorsionado por una rabia tan salvaje que despertó un terror nuevo, diferente y más profundo en mí.

—Si te sirve de consuelo —le confesó Rhysand—, ella habría sido la indicada para ti… y tú habrías logrado salirte con la tuya. Un poco tarde, sin embargo. Es más terca que tú.

Esas garras invisibles acariciaron mi mente con pereza una vez más… y luego desaparecieron. Me desplomé y me abracé las rodillas; me sentía como si me hubieran despojado de mi ser. Quería evitar sollozar, gritar, vaciar mi estómago en el suelo.

—Amarantha va a disfrutar destrozándola —comentó Rhysand—. Casi tanto como va a disfrutar verte mientras le arranca pedazos del cuerpo, uno por uno.

Tamlin estaba helado; los brazos, las garras, le colgaban a los costados del cuerpo. Nunca lo había visto así.

—Por favor —fue lo único que dijo.

—¿Por favor qué? —preguntó Rhysand con amabilidad, como para convencerlo. Como un amante.

—No le digas nada de ella a Amarantha —le pidió Tamlin. Se percibía la tensión en su voz.

—¿Y por qué no? Como su puta —replicó Rhysand lanzando una mirada en dirección a Lucien—, tengo que contárselo todo.

—Por favor —consiguió decir Tamlin, como si le resultara difícil respirar. Rhysand señaló al suelo y su sonrisa se volvió feroz.

—Pídemelo de rodillas y tal vez considere si se lo digo o no a Amarantha. — Tamlin se dejó caer de rodillas e inclinó la cabeza.

—Más abajo.

Tamlin puso la frente y las manos en el suelo, cerca de las botas de Rhysand. Me daban ganas de llorar de rabia al ver cómo lo obligaban a humillarse, al ver a mi alto lord caer tan bajo.

—Tú también, niño zorro.

La cara de Lucien estaba oscura, pero también se puso de rodillas y apoyó la frente en el suelo. Deseé tener el cuchillo que Rhysand me había arrebatado, deseé cualquier cosa con la que pudiera matarlo. Dejé de temblar lo suficiente como para oír lo que decía:

—¿Estáis haciendo esto por vosotros o por ella? —preguntó. Después se encogió de hombros, como si no estuviera obligando a humillarse a un alto lord de Prythian —. Estás demasiado desesperado, Tamlin. Resulta… poco atractivo. Cuando te transformaste en alto lord te volviste muy aburrido.

—¿Vas a decírselo a Amarantha? —insistió Tamlin, sin levantar la cara del suelo.

Rhysand sonrió satisfecho.

—Tal vez lo haga, tal vez no.

En un veloz movimiento, demasiado rápido para que yo lo detectase, Tamlin se puso de pie, los colmillos largos, letales, muy cerca de la cara de Rhysand.

—Nada de eso —dijo este, chasqueó la lengua y empujó a Tamlin con una sola mano—. No con una dama presente. —Sus ojos se posaron en mi cara—. ¿Cómo te llamas, amor?

Si le daba mi nombre…, y el nombre de mi familia, provocaría más dolor y más sufrimiento. Tal vez él buscara a mi familia y los arrastrara a Prythian para atormentarlos, solamente para divertirse. Pero era muy capaz de arrancarme el nombre de la mente si dudaba demasiado. Mantuve la mente en calma, en blanco, y solté el primer nombre que me vino a la memoria, una amiga de mis hermanas, una chica a quien yo nunca había dirigido la palabra y cuya cara ni siquiera recordaba.

—Clare Beddor. —Mi voz no era más que un jadeo.

Rhysand se volvió hacia Tamlin, imperturbable frente a la proximidad del alto lord.

—Bueno, esto ha sido muy divertido. En realidad, no me había divertido tanto en años. Ya estoy ansioso por veros a los tres en Bajo la Montaña. Le daré vuestros saludos a Amarantha.

Después, Rhysand se desvaneció en la nada, como si hubiera pasado a través de una grieta del mundo, y nos dejó solos en un silencio horrible, tembloroso.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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