
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XXII
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XXII…
Me desperté cuando el sol estaba muy alto en el cielo, después de retorcerme y dar vueltas toda la noche, llena de dolor.
Los sirvientes dormían tras la noche de celebración, así que tomé un baño largo, tranquilo. Traté de olvidar la sensación de los labios de Tamlin en el cuello. Tenía un moretón enorme donde él me había mordido. Después de bañarme, me vestí y me senté frente al espejo para hacerme unas trenzas.
Abrí los cajones de la cómoda buscando una chalina o algo para cubrir la piel amoratada que asomaba por encima de la túnica azul, pero después me detuve bruscamente y me miré al espejo. Él había actuado como un bruto y un salvaje, y si esa mañana había vuelto a dejarse llevar por su sentido común, ver lo que había hecho sería un pequeño castigo.
Suspiré, desabotoné el cuello de la túnica y me acomodé algunos mechones de mi pelo rubio castaño detrás de las orejas para que no ocultaran el moretón. Había cruzado un límite, estaba más allá de cualquier deseo de esconderme.
Canturreando para mí misma y balanceando los brazos, bajé por la escalera y seguí los olores hasta el comedor, donde sabía que se servía el almuerzo para Tamlin y Lucien. Cuando abrí las puertas con un gesto brusco, los descubrí despatarrados sobre la silla. Podría haber jurado que Lucien se había dormido con el tenedor en la mano.
—Buenas tardes —saludé con alegría, dedicando una sonrisa artificial al alto lord.
Él parpadeó, mirándome, y los dos inmortales murmuraron unos saludos mientras me sentaba frente a Lucien y no frente a Tamlin, como hacía siempre.
Bebí un largo trago de mi copa de agua y después me serví comida en el plato. Saboreé el tenso silencio cuando terminaba de comer lo que tenía frente a mí.
—Pareces… recuperada —dijo Lucien echando una mirada a Tamlin. Yo me encogí de hombros—. ¿Has dormido bien?
—Como un bebé. —Le sonreí y tomé otro bocado, y sentí que los ojos de Lucien viajaban de forma inexorable hacia mi cuello.
—¿Qué es ese golpe? —quiso saber. Yo señalé a Tamlin con el tenedor.
—Preguntádselo a él. Él me lo hizo.
La mirada de Lucien pasó de Tamlin a mí y después volvió a hacerlo en sentido inverso.
—¿Por qué le hiciste un moretón en el cuello a Feyre? —preguntó con un tono verdaderamente divertido.
—La mordí —dijo Tamlin sin dejar de cortar la carne—. Nos encontramos en el pasillo después del rito.
Me enderecé en la silla.
—Diría que esta humana tiene el deseo de morir —dijo él mientras seguía cortando. Las garras estaban escondidas, pero le tensaban la piel sobre los nudillos. Se me cerró la garganta. Ah, qué furioso estaba…, furioso por mi estupidez, porque yo había abandonado mi habitación, y sin embargo se las arreglaba para mantener la rabia contenida, bien contenida—. Si Feyre no consigue obedecer las órdenes que le doy, no soy responsable de las consecuencias.
—¿Responsable? —estallé yo, poniendo las manos sobre la mesa—. ¡Me acorralaste en el pasillo como haría un lobo con un conejo!
Lucien puso un codo sobre la mesa y se cubrió la boca con la mano; tenía el ojo púrpura muy brillante.
Lucien puso un codo sobre la mesa y se cubrió la boca con la mano; tenía el ojo púrpura muy brillante.
No pude evitarlo. Ni siquiera traté de luchar contra la furia roja que me dominaba los sentidos.
—¡Eres un cerdo, inmortal! —grité, y Lucien aulló y casi se cayó de la silla. Cuando vi la sonrisa y oí el gruñido de Tamlin, me fui de la habitación.
Me llevó un par de horas pintar retratitos de Tamlin y Lucien con rasgos de cerdo. Pero cuando terminé el último —«Dos cerdos inmortales que se revuelcan en su propia mierda», iba a ser el título—, sonreí en la luz clara, brillante, de mi estudio privado. El Tamlin que yo conocía estaba de vuelta.
Y eso me hacía… feliz.
Nos pedimos disculpas a la hora de la cena.
Él me trajo un ramo de rosas blancas de la rosaleda de sus padres, y aunque yo traté de mostrar cierta indiferencia, cuando volví a la habitación me aseguré de que Alis las cuidara bien. Ella se limitó a asentir, tensa, con la cabeza ladeada, antes de prometerme que las pondría en el estudio. Y me dormí con una sonrisa en los labios.
Por primera vez en mucho mucho tiempo, dormí en paz.
—No sé si alegrarme o preocuparme —dijo Alis a la noche siguiente mientras me deslizaba sobre los brazos la enagua dorada que iba debajo de la túnica.
Sonreí un poquito, maravillándome por las intrincadas puntillas metálicas que me colgaban de los brazos y el torso como una segunda piel, antes de caer, sueltas, hasta la alfombra.
—Es un vestido, nada más —dije, y levanté los brazos de nuevo mientras ella me traía la túnica turquesa que me pondría por encima. Era muy fina, lo suficiente para que se viera el oro brillante por debajo. Era leve y airosa, llena de movimiento, como si flotara sobre una corriente invisible.
Alis soltó una risita como para sí misma y me guio hasta el espejo de la cómoda, donde se puso a trabajar un rato en el peinado. No tuve el valor de mirarme mientras ella daba vueltas a mi alrededor.
—¿Eso quiere decir que vais a usar vestidos de ahora en adelante? —preguntó ella mientras separaba mechones de mi pelo para las maravillas que le estaba haciendo, fueran las que fuesen.
—No —respondí con rapidez—. Quiero decir… de día me voy a poner lo de siempre, pero pensé que estaría bien si… pruebo uno por lo menos esta noche.
—Ya veo. Suerte que no estáis perdiendo del todo vuestro sentido común.
Torcí la boca hacia un costado.
—¿Quién te enseñó a peinar así?
—Mi hermana…, y mi madre, y su madre antes que ella.
—¿Siempre has vivido en la Corte Primavera?
—No —respondió, y me recogió el pelo con sutileza—. No, éramos de la Corte Verano, en realidad…, y ahí siguen viviendo los míos.
—¿Y cómo terminaste aquí?
Alis me miró a los ojos en el espejo, con los labios como una línea tensa.
—Decidí venir aquí…, y los míos creyeron que estaba loca. Pero habían matado a mi hermana y a su pareja, y en cuanto a los hijos… —Tosió como si se ahogara con las palabras—. Vine aquí para hacer lo que pudiera. —Me dio una palmada en el hombro—. Mirad.
Y entonces me atreví a mirar mi reflejo en el espejo.
Salí de la habitación a toda velocidad para no perder el valor.
Cuando bajé al comedor, tuve que mantener las manos cerradas a los costados para no ensuciar con el sudor de las palmas las faldas del vestido. Pensé de inmediato en volver arriba corriendo y ponerme pantalones y una túnica. Pero sabía que ya me habían oído, o tal vez olido o detectado mi presencia con esos sentidos tan sensibles que tenían, fueran los que fuesen; y como una huida solo empeoraría las cosas, encontré la fuerza suficiente para empujar la puerta doble.
La charla que estaban teniendo Tamlin y Lucien, fuera la que fuese, se detuvo en seco, y traté de no mirar los ojos abiertos como platos en las caras de los dos mientras caminaba hasta mi lugar de siempre, en el extremo de la mesa.
—Bueno, debo irme ya o llegaré tarde para algo terriblemente importante —dijo Lucien, y antes de que yo pudiera llamarlo y decirle que eso era una mentira obvia o rogarle que se quedara, el inmortal con máscara de zorro desapareció en el pasillo.
Sentí todo el peso de la atención concentrada que Tamlin ponía en mí…, en cada inspiración, en cada movimiento que yo hacía. Estudié los candelabros sobre la repisa junto a la mesa. No tenía nada que decir que no fuera absurdo, y sin embargo, por alguna razón, mis labios decidieron moverse.
—Estás tan lejos. —Hice un gesto como abarcando el largo de la mesa que nos separaba—. Es como si estuvieras en otra habitación.
Una gran parte de la mesa desapareció y Tamlin quedó a menos de dos metros de mí, sentados a una mesa infinitamente más íntima. Jadeé y casi me caí de la silla. Él se rio cuando me quedé mirando aquel sorprendente cambio.
—¿Mejor así? —preguntó.
Ignoré el olor metálico de la magia y dije:
—¿Cómo… cómo se hace eso? ¿Adónde ha ido a parar la mesa?
Él inclinó la cabeza.
—Está entre nosotros. Piénsalo, como un armario para las escobas ubicado entre nuestros mundos. —Flexionó las manos e hizo girar el cuello, como si intentara aliviar un dolor.
—¿Cansa? —El sudor parecía brotarle del cuello.
Dejó de flexionar las manos y apoyó las palmas sobre la mesa.
—En otro tiempo era tan fácil como respirar. Pero ahora…, ahora requiere concentración.
Por la plaga de Prythian; por todo lo que pesaba sobre él.
—Podrías haberte levantado y sentado más cerca, con eso bastaba —dije.
Tamlin me miró con una sonrisa perezosa.
—¿Y perderme la oportunidad de alardear frente a una mujer hermosa? Nunca. — Sonreí mirando mi plato—. Es que estás realmente preciosa —insistió él con calma —. Lo digo en serio —agregó cuando hice una mueca con la boca—. ¿Te has mirado en el espejo?
Aunque el moretón todavía me afeaba el cuello, era cierto que tenía buen aspecto. Femenino. No hubiera llegado al extremo de llamarme una belleza, pero… no me había parecido horrible. Unos meses en ese lugar habían hecho maravillas: me habían cambiado los rasgos afilados, desagradables, de la cara. Me atrevería a decir que también me había subido cierto tipo de luz a los ojos…, mis ojos, no los de mamá, no los de Nesta. Los míos.
—Gracias —respondí, y me sentí agradecida por no tener que decir ninguna otra cosa mientras él me servía y después se servía a sí mismo. Cuando tuve el estómago lleno, me atreví a volver a mirarlo, a mirarlo pausadamente.
Tamlin se reclinó hacia atrás en la silla, pero sus hombros estaban tensos, su boca era una línea estrecha. Hacía días que no había tenido que acudir a la frontera; no había vuelto agotado y cubierto de sangre desde la Noche de los Fuegos. Y sin embargo… había llorado por el inmortal sin nombre de la Corte Verano, el de las alas arrancadas. ¿Qué dolor, qué peso soportaba por los que había perdido en el conflicto, fueran quienes fuesen los que habían muerto en la plaga o en los ataques en las fronteras? Alto lord, un puesto que no había querido ni esperado… y que, sin embargo, se había visto obligado a acarrear el peso que iba con él de la mejor manera posible.
—Ven —dije, y me levanté de la silla y le cogí la mano. Los callos de su palma rozaron los míos, pero los dedos se le tensaron cuando levantó la vista y me miró—. Tengo algo para ti.
—Para mí —repitió él con cuidado mientras se levantaba. Lo saqué del comedor. Cuando le iba a soltar la mano, él no liberó la mía. Eso fue suficiente para que yo caminara muy deprisa, como si pudiera correr más que mi corazón desatado por la mera presencia de ese inmortal a mi lado. Lo llevé pasillo tras pasillo hasta que llegamos a mi pequeño estudio de pintura, y entonces, por último, me soltó la mano mientras yo buscaba la llave. El aire frío me mordió la piel cuando ya no tuve el calor de la suya envolviéndome.
—Sabía que le habías pedido una llave a Alis, pero no pensé que realmente cerraras la puerta con ella —dijo a mi espalda.
Lo miré con intensidad por encima del hombro mientras empujaba la puerta.
—Todo el mundo espía en esta casa. Yo no quería que tú o Lucien entraseis aquí hasta que yo estuviese lista.
Di un paso en la habitación oscura y me aclaré la garganta, una petición sin palabras para que él encendiera las velas. Le llevó más tiempo que antes, y me pregunté si acortar la mesa lo había agotado más de lo que demostraba. El suriel había dicho que los altos lores eran el poder, así que… algo tenía que estar verdadera y terriblemente mal si le costaba tanto recuperarse. La estancia se iluminó de forma gradual, aparté de mi mente esa preocupación y seguí adelante por la habitación. Respiré hondo e hice un gesto hacia el caballete y la pintura que había colocado ahí. Esperaba que él no viera las que había apoyado contra las paredes.
Giró sobre sus pies, mirando a su alrededor.
—Sé que son raras —le advertí, con las palmas de mis manos de nuevo sudorosas. Me las puse detrás de la espalda—. Y sé que no se acercan siquiera…, que no son tan buenas como las que tienes en la galería, pero… —Me acerqué a la pintura que estaba sobre el caballete. Era una impresión, no una copia de la realidad—. Quería que vieras esta —dije, y señalé la mancha de verde, oro, plata y azul—. Es para ti. Un regalo. Por todo lo que hiciste.
El calor me subió a las mejillas, el cuello, las orejas, mientras él se acercaba en silencio al lienzo.
—Es el bosque…, con la laguna de luz de las estrellas —expliqué con rapidez.
—Sé lo que es —murmuró él, estudiando la pintura. Retrocedí un paso, incapaz de tolerar la tensión que significaba verlo mirándola, deseando no haberlo llevado, culpando al vino que había tomado en la cena, al estúpido vestido. Él la examinó durante una eternidad, después puso los ojos en la primera pintura que estaba contra la pared.
Se me encogió el estómago. Un paisaje perezoso de nieve y árboles como esqueletos y nada más. Para cualquiera que no fuera yo, era… era la nada, suponía. Abrí la boca para explicárselo, deseando haber dado la vuelta a los cuadros hacia la pared, pero él empezó a hablar.
—Ese era tu bosque. Donde cazabas. —Se acercó al lienzo mirando el frío deprimente, vacío, el blanco y el gris, el marrón y el negro.
»Esa era tu vida —afirmó él.
Yo me sentía demasiado mortificada, demasiado asombrada para contestar. Caminó hasta la pintura siguiente en la pared. Oscuridad y marrón denso, pecas de rubí y naranja que se apretaban sobre él.
—Tu choza de noche.
Traté de moverme, de decirle que dejara de mirar esas y mirara las otras que había preparado, pero no pude…, no podía siquiera respirar con facilidad mientras él miraba y seguía mirando. La siguiente pintura: una mano masculina, ruda, tostada, convertida en puño sobre el heno, las briznas pálidas, entrelazadas con mechones marrones y dorados…, mi cabello. Se me revolvió el estómago.
—El hombre que veías… en la aldea. —Inclinó la cabeza de nuevo y estudió el cuadro y dejó escapar un gruñido bajo—. Mientras hacíais el amor. —Dio un paso atrás y miró la hilera de pinturas—. Esta es la única que tiene algo de brillo.
¿Eran… celos?
—Era el único alivio que yo tenía. —La verdad, no pensaba disculparme por Isaac. No cuando Tamlin acababa de llevar a cabo el Gran Rito. No lo recriminaba por eso, pero si él pensaba sentir celos de Isaac…
Seguramente Tamlin se dio cuenta, porque contuvo la respiración una vez y después soltó un suspiro largo, controlado, antes de moverse hacia el cuadro siguiente. Altas sombras de hombres, gotas rojas que les caían de los puños, de los mazos de madera, hombres que se mostraban amenazantes y llenaban los bordes de la pintura mientras se inclinaban sobre la figura encogida en el suelo, la figura cubierta de sangre, la pierna doblada en un ángulo imposible.
Tamlin soltó una maldición.
—Estabas ahí cuando le destrozaron la pierna a tu padre.
—Alguien tenía que pedirles piedad.
Tamlin dirigió la mirada en mi dirección, la mirada de alguien que entiende, y se volvió para mirar el resto de las pinturas. Ahí estaban todas las heridas que había estado lamiéndome poco a poco en esos últimos meses. Parpadeé. Unos pocos meses. ¿Acaso mi familia creía que iba a quedarme para siempre con esa tía que supuestamente se estaba muriendo?
Por último, Tamlin miró la pintura del bosque y la laguna de la luz de las estrellas. Hizo un gesto con la cabeza: le gustaba. Pero señaló la pintura de los bosques cubiertos de nieve.
—Esa. Quiero esa.
—Es fría y melancólica —protesté, escondiendo mi mueca—. No va con este lugar. En absoluto.
Se acercó a la pintura y la sonrisa que me dedicó fue más hermosa que cualquier colina encantada o laguna de luz de las estrellas.
—La quiero de todos modos —insistió con suavidad.
Nunca había deseado nada tanto como deseaba sacarle la máscara y contemplar el rostro que había debajo, descubrir si tenía que ver con lo que yo había soñado.
—Dime si hay alguna forma de ayudarte —dije agitada—. Con las máscaras, con la amenaza que se llevó tanto poder, sea la que sea. Dime… dime lo que puedo hacer para ayudarte.
—¿Una humana quiere ayudar a un inmortal?
—No me provoques —le advertí—. Por favor…, dime…
—No hay nada que yo quiera que hagas, nada que puedas hacer… Ni tú ni nadie. La carga es mía; yo tengo que llevarla.
—No tienes que…
—Sí. Lo tengo que afrontar, que aguantar, Feyre…, tú no lo resistirías.
—¿Así que tengo que vivir aquí para siempre sin saber la profundidad, el alcance, de lo que está pasando? Si no quieres que entienda lo que ocurre…, ¿preferirías…?
—Tragué saliva—. ¿Prefieres que busque otro lugar donde vivir? ¿Un lugar donde yo no sea una distracción?
—¿No te enseñó nada Calanmai?
—Solo que la magia te convierte en un bruto.
Él se rio aunque la risa no era totalmente divertida. Cuando me quedé callada, suspiró.
—No, no quiero que vivas en otra parte. Te quiero aquí, donde puedo cuidarte…, donde puedo volver a casa y saber que estás aquí, pintando, segura.
Yo no conseguía desviar la vista de sus ojos.
—Al principio pensé en mandarte lejos —murmuró—. Parte de mí todavía cree que debería haberte buscado otro lugar para vivir. Pero tal vez fui egoísta. Aun cuando dejaste tan claro que estabas más interesada en ignorar el tratado o encontrar una forma de escapar a tus obligaciones, no fui capaz de dejarte ir…, de encontrar un lugar en Prythian donde estuvieras lo bastante cómoda como para que no intentaras huir.
—¿Por qué?
Levantó la pequeña pintura del bosque congelado y la examinó de nuevo.
—He tenido muchas amantes —admitió—. Hembras de alta cuna, guerreras, princesas… —La rabia me golpeó con fuerza, muy dentro en las entrañas, cuando pensé en ellas…, rabia contra sus títulos, su hermosura, que estoy segura de que tenían, su cercanía con él—. Pero ellas nunca entendieron lo que era para mí, lo que era en realidad ocuparme de mi pueblo, de mis tierras. Las heridas que siguen ahí, lo que son los días malos. —Mis celos furiosos desaparecieron como el rocío de la mañana cuando él sonrió frente a mi pintura—. Esto me recuerda eso.
—¿El qué? —jadeé.
Bajó la pintura y me miró directo a los ojos.
—Que no estoy solo.
Esa noche no cerré con llave la puerta de mi dormitorio.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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