
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XIV
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XIV…
Bosques occidentales. Bosquecito de abedules. Pollo muerto. Lazo doble. Cerca de una corriente de agua.
Repetí mentalmente las instrucciones de Lucien mientras salía de la mansión, atravesaba los cuidados jardines, cruzaba las colinas cubiertas de hierba silvestre, vadeaba arroyos cristalinos y entraba en los bosques primaverales. Nadie me detuvo, nadie me vio salir, arco y carcaj al hombro, el cuchillo de Lucien en la cintura. Llevaba también un morral con un pollo muerto, cortesía del personal de la cocina, que se quedó muy extrañado con mi petición. También me había metido un cuchillo adicional en la bota.
Las tierras estaban tan vacías como la mansión, aunque de vez en cuando veía algo que brillaba con el rabillo del ojo. Y cada vez que me daba la vuelta para mirar, el brillo se convertía en la luz del sol que bailaba sobre un arroyo cercano, o el viento que movía las hojas de un sicomoro solitario sobre una loma. Cuando pasé junto a una charca que se había formado a los pies de una colina alta, habría jurado que cuatro cabezas femeninas salían del agua y me miraban. Me apresuré a seguir adelante.
Cuando entré en los bosques verdes occidentales, se oía solamente el canto de los pájaros que se llamaban y el roce de los animales que se movían entre los arbustos. Nunca había llegado hasta esos bosques en las cacerías con Lucien. No había senderos, ni nada domesticado. Los robles, los olmos y las hayas se entremezclaban en un tejido espeso, y casi ahogaban el resto de la luz de sol que se arrastraba a través de las densas copas. El suelo cubierto de musgo se tragaba cualquier sonido que yo pudiera hacer.
Viejo…, ese bosque era antiguo. Y estaba vivo, vivo de una forma que yo sentía en lo más profundo de mis huesos. Tal vez era la primera humana en quinientos años que caminaba bajo esas ramas oscuras, pesadas, la primera que inhalaba la frescura del tapiz de hojas primaverales que cubría la podredumbre húmeda, espesa.
Abedules…, corrientes de agua. Me abrí paso por los bosques, la respiración tensa en la garganta. La noche era el momento peligroso, me recordé. Solamente tenía unas pocas horas hasta la puesta de sol.
Aunque el bogge nos había asaltado bajo la luz del sol.
El bogge había muerto, y fuera cual fuese el horror del que se estaba encargando Tamlin, vivía en otra parte. La Corte Primavera. Me pregunté de qué formas tendría que responder Tamlin a su alto lord, y si era este el alto lord que le había sacado el ojo a Lucien. Tal vez era la mujer del alto lord, la «ella» que había mencionado Lucien, la que inspiraba tal terror en los dos. Empujé esa idea para alejarla de mi mente.
Mantuve los pasos silenciosos, los ojos y oídos abiertos y el corazón firme. Tuviera defectos o no, yo sabía cazar. Y las respuestas que necesitaba valían el riesgo que iba a correr.
Descubrí un bosquecito de jóvenes abedules delgados, después caminé en círculos cada vez más amplios hasta que encontré el arroyo más cercano. No era profundo, pero sí tan ancho que tendría que saltar corriendo para cruzarlo sin mojarme. Lucien me había aconsejado buscar una corriente de agua, y esta estaba lo bastante cerca como para hacer que me fuera posible huir. Si lo necesitaba. Con suerte, no me haría falta.
Caminé y volví a caminar trazando distintas rutas hacia el arroyo. Y después busqué otras alternativas, por si algo me impedía utilizar las primeras. Y cuando estuve segura de que recordaba cada roca, cada raíz y cada pozo en la zona, volví al pequeño claro rodeado de esos árboles blancos y preparé el lazo.
Esperé en mi atalaya en un árbol cercano, un roble denso, fuerte, cuyas hojas vibrantes me escondían por completo de cualquiera que pasara por debajo. Esperé. Y esperé. El sol de la tarde trepó por el cielo, y a pesar de que la luz tenía que atravesar las copas, el calor aumentó lo suficiente para que tuviera que sacarme la capa y subirme las mangas de la túnica. Me protestaba el estómago, y saqué un pedazo de queso del morral. Comerme eso sería más silencioso que la manzana que también había cogido de la cocina cuando me iba. En cuanto lo terminé, acosada por el calor, tomé un trago de agua de la cantimplora que había llevado conmigo.
¿No se cansaban Tamlin y Lucien de esa primavera eterna, de ese mismo clima día tras día? ¿Se aventuraban alguna vez en otros territorios aunque fuera para experimentar una estación diferente? A mí no me hubiera importado una primavera templada, infinita, mientras cuidaba a mi familia —el invierno nos ponía peligrosamente cerca de la muerte cada año—, pero si fuera inmortal, tal vez querría algo de variación para pasar el tiempo. Con toda probabilidad querría hacer algo más que acechar dentro de una mansión. Aunque seguía sin reunir el coraje para hacer la pregunta que se me había metido en la cabeza apenas vi el mural del estudio.
Me moví todo lo que me atreví para acomodarme sobre la rama para que no se me durmieran los miembros. Acababa de situarme de nuevo cuando subió hacia mí una onda de silencio. Como si las ardillas, los tordos y las polillas del bosque retuvieran el aliento para dejar pasar algo.
Ya tenía el arco armado. Despacio, puse una flecha en la cuerda. El silencio se acercó más y más.
Los árboles parecían inclinarse, las ramas entretejidas se apretaron de pronto: una jaula viviente para que hasta el más pequeño de los pájaros supiera que no debía apartarse de las copas.
Tal vez todo esto había sido una muy mala idea. Tal vez Lucien había sobreestimado mis habilidades. O tal vez había estado esperando una oportunidad para llevarme al desastre.
Tenía los músculos tensos por el esfuerzo de mantenerlos muy quietos sobre la rama, pero mantuve el equilibrio y escuché. Entonces lo oí: un susurro, como si alguien arrastrara tela sobre musgo y piedra; así, desde el claro, subió el ruido chirriante de un animal que huele algo con hambre.
Había colocado los lazos con cuidado, lo había preparado todo para fingir que el pollo muerto se había alejado demasiado de su territorio y se había roto el cuello tratando de liberarse de una rama caída. Me preocupé por eliminar mi olor todo lo posible. Pero esos inmortales tenían sentidos muy agudos, y aunque había borrado mis huellas…
Hubo un ruido brusco, un zumbido y un alarido hueco, horrible, que hizo que se me paralizaran los huesos, los músculos y el aliento.
Otro alarido enfurecido desgarró el bosque y mis lazos se tensaron pero aguantaron, aguantaron y aguantaron.
Entonces bajé del árbol y fui al encuentro del suriel.
Lucien, decidí mientras me arrastraba hacia el inmortal en el claro entre los abedules. Sí, Lucien realmente me quería muerta.
No sabía qué esperar cuando entré en el círculo de árboles blancos, altos y rectos como pilares, pero no había esperado esa figura alta, flaca, velada, envuelta en ropa oscura, harapienta. Llegué hasta él por detrás de su espalda encogida y conté los nudos de la columna que se le marcaban a través de la tela. Los brazos delgados, grises, cubiertos de costras, trataban de destrozar la cuerda con unas uñas amarillentas, partidas.
«Corre —me susurró una parte primaria, intrínsecamente humana de mí misma —. Corre y corre y nunca mires atrás».
Pero mantuve la flecha preparada.
—¿Sois uno de los suriel? —pregunté con tranquilidad.
El inmortal se puso rígido. Y olió. Una vez. Dos.
Después, despacio, se volvió hacia mí, el largo velo oscuro sobre la cabeza calva, mientras soplaba como una brisa fantasmal.
Una cara que parecía tallada sobre huesos gastados por el tiempo, secos; la piel inexistente; una boca sin labios y dos largos dientes sostenidos por encías ennegrecidas; agujeros oblicuos en lugar de nariz, y ojos…, ojos que no eran más que pozos arremolinados de color blanco lechoso…, el blanco de la muerte, el blanco de la enfermedad, el blanco de los cadáveres que alguien ha roído hasta limpiarlos.
Por encima del cuello desgarrado de las ropas oscuras, asomaba un cuerpo de venas y huesos, tan seco, sólido y horrendo como la textura de la cara. Soltó la soga y los dos dedos extremadamente largos entrechocaron, como si me estudiara.
—Humana —dijo, y la voz era al mismo tiempo una y muchas, vieja y joven, hermosa y grotesca.
Las entrañas se me convirtieron en agua.
—¿Tú has preparado esta trampa inteligente, malvada, para mí?
—¿Sois uno de los suriel? —pregunté. Mis palabras eran apenas una corriente desgarrada de aire.
—Sí, sí, sí. —Clic, clic, clic hacían los dedos unos contra otros, uno por cada palabra.
—Entonces la trampa era para vos —me las arreglé para decir.
«Corre, corre, corre».
La cosa se quedó sentada, los pies desnudos, retorcidos, atrapados en mis lazos.
—Hace eras que no veo a una mujer humana. Acércate para que vea a la que me ha capturado.
No hice nada semejante.
La cosa dejó escapar una risa jadeante, horrenda.
—¿Y cuál de mis hermanos traicionó mis secretos?
—Ninguno. Mi madre me contaba historias sobre vosotros.
—Mentira… Huelo las mentiras en tu aliento. —Volvió a aspirar aire por los dos agujeros, los dedos siguieron chocando unos contra otros. Después movió la cabeza a un costado, un movimiento errático, extraño. El velo negro se movió con él—. ¿Qué podría querer una mujer humana de un suriel?
—Decídmelo vos —respondí con suavidad.
Él dejó escapar otra risa breve.
—¿Una prueba? Una prueba tonta e inútil, porque si te has atrevido a capturarme, debes necesitar conocimiento con mucha urgencia. —No dije nada, y él sonrió con esa boca sin labios, los dientes grisáceos horrendamente grandes—. Hazme tus preguntas, humana, y después libérame.
Tragué saliva.
—¿Hay… hay alguna forma en que pueda regresar a mi casa?
—No a menos que quieras que te maten y también a tu familia. Tienes que quedarte aquí.
El último jirón de esperanza al que había estado aferrándome, el último optimismo tonto, tembló en el aire y murió. Antes de mi pelea con Tamlin esa mañana ni siquiera se me había ocurrido la idea. Tal vez solo había venido por despecho. Así que…, bueno, si estaba ahí enfrentándome a una muerte segura, entonces tal vez pudiera averiguar algo a cambio.
—¿Qué sabéis de Tamlin?
—Sé más específica, humana. Sé más específica. Porque yo sé muchas cosas sobre el alto lord de la Corte Primavera.
La tierra pareció inclinarse bajo mis pies.
—¿Tamlin es…, Tamlin es un alto lord?
Clic, clic, clic.
—¿No lo sabías? Interesante.
No únicamente un inmortal intrascendente o el dueño de una mansión, sino… sino el alto lord de uno de los siete territorios. Un alto lord de Prythian.
—¿Tampoco sabías que esta es la Corte Primavera, humana diminuta?
—Sí, sí…, eso lo sabía.
El suriel se acomodó en el suelo.
—Primavera, Verano, Otoño, Invierno, Amanecer, Día y Noche —musitó como si yo no le hubiera contestado—. Las siete cortes de Prythian, cada una dirigida por un alto lord, todos letales, cada uno a su manera. No es que sean poderosos, son el Poder. —Por eso Tamlin había sido capaz de enfrentarse al bogge y sobrevivir. Alto lord.
Me guardé mi miedo.
—Todos en la Corte Primavera usan máscaras, tienen que hacerlo, y vos no… — dije con cuidado—. ¿No sois miembro de la corte?
—Yo no soy miembro de ninguna corte. Soy más viejo que los altos lores, más viejo que Prythian, más viejo que los huesos de este mundo.
No había duda de que Lucien había sobreestimado mis habilidades.
—¿Y qué puede hacerse con esa plaga que se esparce por Prythian, robando la magia, alterándola? ¿De dónde ha venido?
—Quédate con el alto lord, humana —dijo el suriel—. Es lo único que puedes hacer. Vas a estar segura. No interfieras, no vayas a buscar respuestas, no después de hoy, o la sombra que se extiende sobre Prythian te va a devorar. Él te protegerá de ella, así que quédate cerca de él y todo va a mejorar.
Esa no era exactamente una respuesta.
—¿De dónde ha venido la plaga? —repetí.
Los ojos lechosos se entrecerraron.
—El alto lord no sabe que has venido hoy aquí, ¿verdad? No sabe que su mujer humana vino a atrapar a un suriel porque él no puede darle las respuestas que ella busca. Pero es demasiado tarde, humana…, para el alto lord, para ti, tal vez también para tu reino…
A pesar de todo lo que había dicho, a pesar de su orden —«quédate con el alto lord», «no vayas a buscar respuestas»—, lo que hizo eco en mi mente fue el «su mujer humana». Y me hizo rechinar los dientes.
Pero el suriel siguió hablando:
—Del otro lado del violento mar del oeste hay otro reino de inmortales llamado Hybern, regido por un rey malvado, poderoso. Sí, un rey —repitió cuando yo levanté una ceja—. No un alto lord…, allí el territorio no está dividido en cortes. Allí él es la ley. Los humanos ya no existen en ese reino…, aunque el trono en el que se sienta el rey está fabricado con huesos humanos.
Esa isla enorme que yo había visto en el mapa, la que no había entregado ninguna tierra para que la habitaran los humanos después del tratado. Y… y un trono de huesos. El queso que había comido se convirtió en hierro dentro de mi estómago.
—Hace ya tiempo que el rey de Hybern está disconforme con el tratado que firmaron los otros altos fae con los humanos. Está resentido porque lo obligaron a firmarlo, porque lo obligaron a dejar libres a sus esclavos humanos y a quedar confinado en esa isla verde al borde del mundo. Y por eso, hace unos cien años, envió a sus comandantes más leales, a los que tenían su confianza, a sus guerreros más mortales, a lo que quedaba de los ejércitos que una vez navegaron hacia el continente para librar una guerra tan brutal contra vosotros, los humanos, todos tan hambrientos y malvados como él. Como espías y cortesanos y amantes, se infiltraron durante cincuenta años en varias cortes y reinos e imperios de los altos fae en todo el mundo, y cuando recogieron suficiente información, él ideó un plan. Pero hace casi cinco décadas, uno de los comandantes lo desobedeció. La Traición. Y… —El suriel se enderezó—. No estamos solos.
Saqué el arco y lo armé, pero apunté hacia el suelo mientras miraba con cuidado entre los árboles. Todo a nuestro alrededor se había quedado en silencio.
—Humana, tienes que liberarme y escapar —dijo el suriel, los ojos llenos de muerte cada vez más grandes—. Corre hacia la mansión del alto lord. No te olvides de lo que te he dicho: quédate con el alto lord y vive hasta que todo se corrija.
—¿Qué pasa? —Si sabía quién se acercaba, tal vez tendría mayores posibilidades de…
—Los naga…, inmortales hechos de sombra, odio y podredumbre. Han oído mi grito y te han olido. Libérame, humana. Si me encuentran aquí, van a meterme en una jaula. Libérame y vuelve junto al alto lord.
«Mierda. Mierda». Me lancé sobre el lazo, tratando de preparar el arco y de buscar el cuchillo.
Pero cuatro figuras sombrías se deslizaron entre los abedules, tan oscuras que parecían hechas con un pedazo de noche sin estrellas.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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