Una corte de Rosas y Espinas | Capítulo 9

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Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»

Capítulo IX

Una corte de Rosas y Espinas

Una corte de rosas y espinas I

Capítulo IX…

A la mañana siguiente, mientras Alis y otra mujer me preparaban el baño, diseñé mi plan. Tamlin había dicho que él y Lucien tenían obligaciones que cumplir, y aún no los había visto. Así que localizar a Lucien, estar con él a solas, sería el primer punto de la lista.

Una pregunta como despreocupada que le formulé a Alis hizo que me revelara que creía que Lucien patrullaría las fronteras ese día y se encontraría en los establos preparándose para partir.

Cuando me hallaba a mitad del jardín, caminando, apurada, hacia los edificios que había visto el día anterior, oí a Tamlin a mi espalda que me decía:

—¿No has preparado una trampa hoy?

Yo me quedé paralizada y miré por encima del hombro. Él estaba de pie, a tan solo unos pasos.

¿Cómo lo había hecho para llegar caminando sobre la grava del sendero de forma tan silenciosa? La capacidad de sigilo de los inmortales, sin duda. Me obligué a calmarme física y mentalmente. Y respondí de la forma más amable que pude:

—Dijisteis que estoy segura aquí. Os oí con claridad.

Los ojos de él se entrecerraron, pero hizo lo que supuse era el intento de una sonrisa agradable.

—Mi trabajo de esta mañana se ha pospuesto —dijo. Era verdad, no llevaba la túnica de siempre, tampoco la banda de cuero, y las mangas de la camisa blanca estaban enrolladas hasta los codos, dejando ver sus antebrazos musculosos—. Si quieres recorrer a caballo estas tierras…, si te interesa tu… nueva residencia, te guiaré.

Otra vez se esforzaba por acercarse, aunque cada una de las palabras que había dicho parecieron dolerle. Tal vez Lucien pudiera hacerlo cambiar de opinión. Y hasta entonces…, ¿cuáles serían mis posibilidades si él era capaz de llegar al límite de hacer que los suyos jurasen no hacerme daño para protegerme del tratado? Sonreí con suavidad y le dije:

—Creo que prefiero pasar el día a solas. Pero gracias por el ofrecimiento.

Él se puso tenso.

—¿Y si…?

—No, gracias —lo interrumpí, maravillándome un poco de mi propia audacia. Pero tenía que hablar con Lucien a solas, tenía que tantearlo un poco. Tal vez ya se habría marchado.

Las manos de Tamlin se cerraron en puños, como si estuviera luchando contra el deseo de sacar las garras. Sin embargo, no hizo otra cosa que darse la vuelta y caminar despacio hacia la casa sin decir una sola palabra más.

Con suerte, muy pronto él ya no sería mi problema. Me apresuré a dirigirme a los establos, tratando de ocultar lo que sabía. Tal vez un día, si me liberaban, si había un océano y años entre nosotros, volvería a pensar en el pasado y me preguntaría por qué se molestaba Tamlin en acercárseme.

Intenté no parecer demasiado ansiosa, de no agitarme en exceso cuando por fin llegué a los establos. No me sorprendió que los mozos de cuadra también llevaran máscaras con la cara de un caballo. Sentí un poco de lástima por lo que les había hecho la plaga, las máscaras ridículas que tenían que usar hasta que alguien descubriera cómo deshacer el hechizo que las ligaba a esas caras. Pero ninguno de los mozos me miró siquiera, ya fuera porque no valía la pena o porque ellos también estaban resentidos por la muerte de Andras. Los comprendía.

Cualquier intento de que todo pareciera un encuentro casual se vino abajo cuando hallé a Lucien sobre un caballo negro, sonriéndome con unos dientes exageradamente blancos.

—Buenos días, Feyre. —Intenté disimular la tensión que sentía en los hombros y traté de sonreír un poco—. ¿Vas a cabalgar o estás volviendo a pensar en la oferta que te hizo Tam, la de vivir con nosotros? —Traté de recordar las palabras que había pensado antes, las palabras para ganármelo, pero él se rio, y no fue una risa agradable —. Vamos. Voy a patrullar los bosques del sur y tengo curiosidad por conocer las… habilidades que usaste para derribar a mi amigo…, quiero saber si fue accidental o no. Hace tiempo que no veía a un humano, y mucho menos a una asesina capaz de matar a un fae. Sé buena y ven conmigo a cazar.

Perfecto… Por lo menos esa parte del asunto había salido bien, aunque sonara tan tentador como enfrentarse a un oso dentro de su madriguera. Así que di un paso al costado para dejar pasar a un mozo de cuadra que se movía con una suavidad fluida, como todos por allí. Ni siquiera me miró, ninguna indicación de lo que pensaba acerca de tener a la asesina de un fae en la caballeriza.

Mi tipo de cacería no se hacía a caballo, ese era el problema. Consistía en acechar con cuidado y poner trampas y lazos. Yo no sabía cazar desde un caballo. Lucien aceptó un carcaj de flechas de manos del mozo de cuadra con un gesto de agradecimiento. Sonreía, pero la sonrisa no llegaba hasta el ojo de metal ni tampoco hasta el otro, el de color rojizo.

—Por desgracia, hoy no hay flechas de fresno.

Yo apreté la mandíbula para que no se me escapara una respuesta. Aunque él tuviera prohibido hacerme daño, no conseguía entender por qué me invitaba, excepto para burlarse de mí en todas las formas que se le ocurrieran. Tal vez estaba aburrido. Eso me favorecía.

Así que me encogí de hombros y traté de parecer tan aburrida como pude.

—Bueno…, supongo que ya estoy vestida para cazar.

—Perfecto —dijo Lucien; su ojo de metal brillaba bajo la luz del sol que atravesaba en diagonal la puerta abierta del establo. Recé para que Tamlin no apareciera por ahí en uno de sus paseos…, recé para que no decidiera ir a cabalgar y nos encontrara juntos.

—Vamos, entonces —asentí, y Lucien hizo un gesto para que los mozos me prepararan un caballo. Me apoyé contra una pared de madera mientras esperaba, mirando de reojo el umbral por si acaso aparecía Tamlin, y ofrecí las respuestas más insulsas que pude a los comentarios de Lucien sobre el clima.

Por suerte, pronto estuve sobre una yegua blanca, atravesando los bosques que se alzaban detrás de los jardines, envueltos en la primavera. Mantuve una distancia razonable entre mi yegua y el inmortal de la máscara de zorro, y deseé que, con ese ojo, no pudiera ver hacia atrás a través de la nuca.

Esa idea me perturbó y traté de apartarla de mi mente, mientras otra parte de mí se maravillaba por la forma en que el sol iluminaba las hojas y crecían las plantas de azafrán como rayos de púrpura vibrante contra los marrones y los verdes. Esos detalles no eran necesarios para mis planes, eran inútiles, y lo único que conseguían era entorpecer todo lo demás: la forma y la inclinación del sendero, qué árboles eran buenos para trepar, los sonidos de las fuentes o los arroyos que habría en los alrededores. Esas eran las cosas que me ayudarían a sobrevivir si lo necesitaba. Pero esos bosques, como el resto de las tierras de Tamlin, estaban profundamente vacíos. No había señales de ningún inmortal, ningún alto fae que vagara por los alrededores. Tanto mejor.

—Bueno, ciertamente tienes bien entendida la parte del silencio de la caza —dijo Lucien, y se retrasó para cabalgar junto a mí. Eso estaba bien…, que viniera él en lugar de tener que parecer demasiado ansiosa, demasiado amigable.

Me ajusté el peso de la banda del carcaj sobre el pecho, después pasé un dedo a lo largo de la curva del arco que llevaba en el regazo. El arco era mucho más grande que el que yo usaba en casa, las flechas más pesadas y de punta más fuerte. Era probable que errara cualquier blanco que encontrase hasta que me acostumbrara al peso y equilibrio de estas armas.

Hacía cinco años había cogido las últimas monedas que le quedaban a mi padre de su fortuna anterior y había comprado un arco y algunas flechas. Desde entonces, había separado una pequeña suma todos los meses para las flechas y las cuerdas del arco.

—¿Y? —me presionó Lucien—. ¿No hay presas lo bastante buenas para la masacre? Ya hemos dejado atrás muchas ardillas y pájaros. —Las copas de los árboles depositaban sombras sobre la máscara con cara de zorro. Sombra, luz y metal brillante.

—Yo diría que hay mucha comida en vuestra mesa y que no necesito agregar nada a eso, sobre todo si siempre sobra tanto. —Dudaba que la carne de ardilla fuera lo suficientemente buena para esa mesa.

Lucien dejó escapar un bufido, pero no dijo nada más mientras pasábamos bajo unas campanillas lila florecidas, los conos violeta lo bastante bajos como para rozarme la mejilla como dedos frescos de terciopelo. El perfume dulce, crujiente, me quedó en los sentidos mientras seguíamos adelante. «No es útil», me dije. Pero… esa zona de arbustos sería un buen lugar para esconderme si llegara a hacerme falta.

—Dijisteis que erais emisario de Tamlin —me atreví a empezar—. ¿Los emisarios suelen patrullar las tierras? —Una pregunta casual, desinteresada.

Lucien hizo chasquear la lengua.

—Soy emisario de Tamlin para cuestiones formales, pero esta patrulla era de Andras. Así que alguien tenía que reemplazarlo. Es un honor hacerlo.

Tragué saliva. Andras tenía un lugar ahí, y amigos…, no había sido un inmortal sin nombre, sin cara. Sin duda, lo extrañaban más que los míos a mí.

—Lo… lo lamento —dije, y lo decía en serio—. No sabía… no sabía lo que él significaba para todos vosotros…

Lucien se encogió de hombros.

—Tamlin dijo lo mismo, y por eso te trajo aquí. O tal vez le pareciste tan patética vestida con esos harapos que le diste lástima.

—No habría aceptado acompañaros si hubiera sabido que ibais a usar la cabalgata como excusa para insultarme. —Alis había dicho que a Lucien no le vendría mal que alguien le replicara. Eso era fácil.

Lucien hizo una mueca.

—Me disculpo, Feyre.

Lo habría llamado mentiroso si no hubiera sabido que él no podía mentir. Lo cual hacía que la disculpa fuera… ¿Qué? ¿Sincera? No estaba segura.

—Así que —continuó él—, ¿cuándo vas a empezar a tratar de persuadirme de que le pida a Tamlin que encuentre una forma de liberarte de las reglas del tratado?

Yo intenté disimular mi sorpresa.

—¿Qué?

—Por eso aceptaste venir, ¿verdad? ¿Por eso llegaste a los establos justo cuando me iba? —Me echó una mirada de costado con ese ojo rojizo—. Sinceramente, estoy impresionado… y me halaga que creas que tengo semejante influencia sobre Tamlin.

No quería mostrarle mi plan…, todavía no.

—¿De qué estáis hablando…?

Su cabeza inclinada era respuesta suficiente. Él soltó una risita y dijo:

—Antes de que pierdas algo de tu precioso tiempo humano, déjame explicarte dos cosas. Una: si yo pudiera imponer lo que quiero, tú te irías ahora mismo, así que no te costaría mucho convencerme. Dos: no puedo imponer lo que quiero porque no hay alternativa a lo que pide el tratado. No hay salida.

—Pero… pero tiene que haber al…

—Admiro tus agallas, Feyre…, realmente las admiro. O tal vez sea solo estupidez. Pero ya que Tam no quiere destriparte, lo cual fue mi primera opción, te vas a quedar aquí. No hay otra salida. A menos que quieras arreglártelas sola en Prythian… y yo no te lo aconsejaría. —Me miró de arriba abajo.

No… no… no podía quedarme allí. No para siempre. No hasta que muriera. Tal vez… tal vez había otra forma o alguien que pudiera encontrar una salida. Dominé mi respiración acelerada y me sacudí los pensamientos punzantes, aterrorizados.

—Un esfuerzo valiente —dijo Lucien con una mueca.

No me molesté en controlar la mirada furiosa que le lancé. Cabalgamos en silencio, y aparte de algunos pájaros y ardillas, no vi nada raro, no oí nada extraño. Después de unos minutos, conseguí controlar lo suficiente mis pensamientos llenos de furia como para decir:

—¿Dónde está el resto de la corte de Tamlin? ¿Todos huyeron de la plaga?

—¿Cómo sabes lo de la corte? —preguntó él con tanta rapidez que me di cuenta de que pensaba que yo había querido decir otra cosa.

Mantuve la cara impávida.

—¿Los señores no siempre tienen emisarios? Y los sirvientes hablan. ¿No les hicieron usar máscaras de pájaros en esa fiesta por eso?

Lucien hizo una mueca. La cicatriz pareció tensarse.

—Cada uno eligió lo que quería usar esa noche para honrar los dones de Tamlin, su capacidad para cambiar de forma. También los sirvientes. Pero ahora, si pudiéramos, nos las arrancaríamos con nuestras propias manos —dijo, y tironeó de la suya. La máscara no se movió.

—¿Qué le pasó a la magia? ¿Por qué ocurrió eso?

Lucien dejó escapar una risa áspera.

—Enviaron algo desde el infierno, desde los agujeros más profundos, más llenos de mierda —dijo; después echó una mirada a su alrededor y dejó escapar una maldición—. No debería haber dicho eso. Si le llega algo a ella…

—¿Ella? ¿Quién?

Su piel, bronceada por el sol, se había tornado de color leche. Se pasó una mano lenta por el pelo.

—No importa. Cuanto menos sepas, mejor. Tal vez a Tam no le suponga un problema contarte lo de la plaga, pero yo creo que los seres humanos son muy capaces de vender la información al mejor postor.

Me inquieté. Los pocos detalles que él me había dado brillaban frente a mí como joyas. Una «ella» que asustaba a Lucien tanto como para preocuparlo, como para que le diera miedo que alguien estuviera escuchando, espiando, controlando lo que él decía. Incluso en ese bosque. Estudié las sombras entre los árboles, y no vi nada.

Prythian estaba regido por siete altos lores, tal vez esa «ella» era la que gobernaba el territorio donde se alzaba la mansión; si no un alto lord, entonces una alta lady… Si es que tal cosa era posible.

—¿Qué edad tenéis? —pregunté con la esperanza de recibir más información útil. Siempre era mejor eso que no saber nada.

—Soy viejo —respondió él. Estudió los arbustos, pero tuve la sensación de que esos ojos rápidos no buscaban presas. Lucien tenía los hombros demasiado tensos.

—¿Qué clase de poderes tenéis? ¿Podéis cambiar de forma, como Tamlin?

Él suspiró y miró al cielo antes de estudiarme con cansancio, el ojo de metal entrecerrado, fijo, irritante.

—¿Tratas de estudiar mis debilidades para…? —Lo miré con rabia—. De acuerdo. No, no cambio de forma. Solamente Tam lo hace.

—Pero vuestro amigo…, vuestro amigo parecía un lobo. A menos que eso fuera…

—No, no. Andras también era alto fae. Cuando cruzó el muro, Tam lo convirtió en lobo para que nadie supiera que era un inmortal. Aunque probablemente el tamaño fuese señal suficiente…

Me corrió un escalofrío por la espalda, tan violento que no reconocí la mirada roja, furiosa, que me lanzó Lucien. No tuve el coraje de preguntarle si Tamlin también podía cambiarme a mí, darme otra forma.

—De todos modos —continuó él—, los altos fae no tienen poderes específicos como los inmortales inferiores. Yo no soy igual que ellos de nacimiento, si es lo que estás preguntando. No limpio todo lo que veo ni atraigo a los mortales a una muerte por agua ni les contesto cualquier pregunta que puedan tener si consiguen atraparme. Nosotros existimos, solo eso. Existimos… para gobernar.

Me di la vuelta en otra dirección para que él no me viera los ojos cuando los puse en blanco.

—Supongo que si yo fuera una de vosotros, sería una inmortal inferior, no una alta fae… ¿Una inmortal inferior como Alis, dispuesta a serviros todo el tiempo? — Él no contestó, lo cual era lo mismo que un sí. Semejante arrogancia… Con razón, para él era aborrecible la idea de que yo estuviera ahí como reemplazo de su amigo. Y como de todos modos seguramente me odiaría siempre, ahora que había descubierto mi plan antes de que este hubiera empezado a funcionar, le pregunté—: ¿Por qué tenéis esa cicatriz?

—No mantuve la boca cerrada cuando debía y me castigaron por eso.

—¿Tamlin os hizo eso?

—¡Por el Caldero, no! Él ni siquiera estaba ahí. Pero me consiguió el sustituto para el ojo más tarde.

Más respuestas que no eran respuestas.

—¿Así que hay inmortales que contestan cualquier pregunta que se les quiera hacer si los atrapan? —Tal vez ellos sabrían cómo liberarme de los términos del tratado.

—Sí —dijo él tenso—. Los suriel. Pero son viejos y malvados y el riesgo de buscarlos no vale la pena. Y si eres lo bastante estúpida como para seguir simulando que te interesan esas cosas, a mí me va a parecer sospechoso y le voy a decir a Tam que te ponga bajo arresto y no te deje salir de la casa. Aunque supongo que te merecerías lo que te pasara si fueras lo bastante estúpida como para salir a buscar un suriel.

Ah, si él se preocupaba tanto, era que los suriel andaban por ahí, muy cerca, acechando. Lucien volvió con brusquedad la cabeza a la derecha, escuchó, el ojo metálico crujió con suavidad. A mí se me erizó el pelo de la nuca y en un instante tensé el arco y apunté en la dirección en que miraba Lucien.

—Baja el arco —susurró él con voz baja y áspera—. Mierda, baja el arco ahora mismo, humana, y mira directamente hacia delante.

Yo hice lo que él me decía, el pelo erizado en los brazos, y vi que algo se movía entre los arbustos.

—No hagas nada —dijo Lucien, y se obligó a mirar también hacia delante, con el ojo de metal quieto y silencioso—. No reacciones, no importa lo que veas o sientas. No mires a los lados. Mira frente a ti.

Empecé a temblar, tenía las riendas apretadas en las manos cubiertas de sudor. Tal vez me hubiera preguntado si eso no era algún tipo de broma horrible, pero la cara de Lucien se había puesto muy muy pálida. Las orejas de los caballos se aplastaron hacia atrás, pero siguieron caminando como si también hubieran entendido la orden de Lucien.

Y después, lo sentí.

Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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