
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XLV
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XLV…
Estaba lejos pero seguía viendo…, veía a través de unos ojos que no eran míos, los ojos de una persona que se levantó despacio desde el suelo agrietado, ensangrentado.
La cara de Amarantha pareció aflojarse con brusquedad. Ahí estaba mi cuerpo, postrado, la cabeza a un costado en un ángulo horrendo y absolutamente imposible. Un reflejo de pelo rojo en la multitud. Lucien.
Las lágrimas brillaban en el ojo que le quedaba cuando levantó las manos y se sacó la máscara.
La cara marcada de forma brutal seguía siendo hermosa, los rasgos angulosos y elegantes. Pero la persona que yo habitaba continuaba mirando a Tamlin, que poco a poco se acercó a mi cuerpo exánime.
Su cara, todavía enmascarada, se retorció, transformándose en algo verdaderamente lobuno cuando levantó los ojos hacia la reina y le mostró los dientes. Se le alargaron los colmillos.
Amarantha retrocedió…, un paso y otro y otro, cada vez más lejos de mi cuerpo. Solo susurró:
—Por favor. —Después estalló la luz dorada.
La reina salió despedida por el aire, arrojada contra la pared más lejana, y Tamlin soltó un rugido que sacudió la montaña mientras se lanzaba contra ella. No conseguí ver el momento en que se transformó en su forma de bestia…: pelo, garras y músculos poderosos.
No había acabado de estrellarse contra la pared cuando él la cogió del cuello, y el suelo crujió cuando la aplastó bajo una pata llena de garras.
Amarantha pataleó y se sacudió, pero no pudo hacer nada contra el ataque brutal de la bestia en que se había convertido Tamlin. La sangre corrió por el brazo peludo del alto lord en el lugar en que ella le hundió las garras.
El attor y los guardias se precipitaron hacia la reina, pero muchos otros inmortales y altos fae, ya sin máscaras, saltaron hacia ellos y los aniquilaron. Amarantha gritó, pateó a Tamlin, le arrojó su magia negra, pero ahora una capa de oro le cubría el pelo de lobo como una segunda piel. Ella no consiguió tocarlo.
—¡Tam! —gritó Lucien, y su voz se oyó por encima del caos. Una espada cruzó el aire, una estrella fugaz de acero.
Tamlin la atrapó con una garra enorme. El alarido de Amarantha se interrumpió bruscamente cuando él le clavó la espada en la cabeza, la atravesó y se hundió en la pared de piedra que había detrás.
Y entonces le cerró las garras sobre el cuello y se lo desgarró. El silencio inundó la estancia.
Solo cuando volví a mirar mi cuerpo roto me di cuenta de quién eran los ojos que yo había estado habitando. Pero Rhysand no se acercó a mi cadáver; se oyeron pasos sobre el suelo, después un relámpago de luz, y unos sonidos llenaron el aire. La bestia ya no estaba.
La sangre de Amarantha ya no estaba en su cara ni en su túnica cuando Tamlin se dejó caer de rodillas frente a mí.
Estudió mi cuerpo flácido, roto, me acunó contra el pecho. No se había sacado la máscara, pero vi las lágrimas que caían sobre mi túnica mugrienta, y oí los sollozos que hacían estremecer su cuerpo mientras me acunaba, me acariciaba el pelo.
—No —jadeó alguien. Era Lucien, con la espada colgando de la mano. Muchos altos fae y también muchos inmortales miraban con los ojos húmedos la ternura con que Tamlin me sostenía entre sus brazos.
Yo quería ir hacia él. Quería tocarlo, rogarle que me perdonara por lo que había hecho, por los otros cuerpos en el suelo, pero estaba demasiado lejos.
Alguien apareció junto a Lucien: un hombre alto, agraciado, de pelo castaño, con una cara parecida a la suya. Lucien no miró a su padre, aunque se tensó cuando el alto lord de la Corte Otoño se acercó a Tamlin y le tendió la mano cerrada.
Tamlin solo levantó la vista en cuanto el alto lord abrió los dedos y le tocó la mano. Una chispa brillante cayó sobre mí, la chispa emitió una luz y desapareció cuando me tocó el pecho.
Se acercaron dos figuras más…, ambos jóvenes y hermosos. A través de ojos que no eran míos, los reconocí instantáneamente. El de piel marrón llevaba puesta una túnica azul y verde y sobre la cabeza, entre blanca y rubia, una guirnalda de flores…: el alto lord de la Corte Verano. Su compañero, de piel clara, vestido de blanco y gris, llevaba una corona de hielo brillante. El alto lord de la Corte Invierno.
Con el mentón levantado, los hombros hacia atrás, los dos dejaron caer las gotas brillantes sobre mí, y Tamlin inclinó la cabeza en un gesto de gratitud.
Después se acercó otro alto lord y depositó una nueva gota de luz. Brillaba por encima de todas las demás, y por el vestido dorado y rojo supe que era el alto lord de la Corte Amanecer. Después fue el alto lord de la Corte Día, envuelto en blanco y oro, la piel oscura resplandeciente con su propia luz interior. Él también me ofreció su regalo y sonrió con tristeza a Tamlin antes de alejarse.
Después llegó Rhysand, que llevaba lo que quedaba de mi alma consigo, y descubrí que Tamlin me miraba…, nos miraba.
—Por lo que ella entregó —dijo Rhysand, y extendió el brazo—, le damos lo que nuestros predecesores otorgaron solamente a unos pocos. —Hizo una pausa—. Ahora estamos en paz —agregó, y yo sentí una pizca de su humor cuando abrió la mano y soltó la semilla de la luz sobre mí.
Con ternura, Tamlin me apartó de la cara el pelo enmarañado. Su mano brillaba como el sol naciente, y en el centro de la palma se formó ese brote extraño, intenso.
—Te amo —susurró, y me besó mientras me ponía la mano sobre el corazón.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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