
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo XXX
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo XXX…
Tenía algo más que hacer antes de volver a la mansión de mi padre. Los aldeanos que alguna vez se habían burlado de mí o me habían ignorado se me quedaron mirando con la boca abierta, y algunos se cruzaron en mi camino para preguntar por mi tía y mi fortuna. Fui firme y cortés, aunque me negué a conversar con ellos, a ofrecerles nada que pudieran usar como chisme más tarde. Pero de todos modos me llevó tanto tiempo llegar a la parte pobre de la aldea que para cuando llamé a la puerta de la primera choza casi en ruinas, estaba exhausta.
Los pobres de nuestra aldea no hicieron preguntas en cuanto les entregué las bolsitas de plata y oro. Trataron de rehusarlas, algunos ni siquiera me reconocieron, pero yo les dejé el dinero de todos modos. Era lo menos que podía hacer.
Mientras volvía a la mansión de mi padre me crucé con Tomas Mandray y sus compinches; estaban ahí, sin hacer nada, junto a la fuente de la aldea. Charlaban sobre una casa que se había quemado hasta los cimientos con una familia atrapada en su interior hacía una semana, y se preguntaban si no habría algo que rescatar de entre las cenizas. Tomas me miró durante un largo rato, los ojos pegados a mi cuerpo y una media sonrisa que ya le había visto ofrecer a las chicas de la aldea unas cien veces. ¿Por qué había cambiado de idea mi hermana? Lo miré sin bajar los ojos y seguí adelante.
Ya estaba casi fuera del pueblo cuando la risa de una mujer tintineó sobre las piedras, y al girar en una esquina me encontré cara a cara con Isaac Hale y una joven regordeta que tenía que ser su nueva esposa. Iban del brazo, los dos sonreían, los ojos encendidos desde dentro.
La sonrisa de él se quebró cuando me vio.
Humano…, parecía tan humano con esos miembros flacos, esa figura simple y agradable, pero la sonrisa que tenía un momento antes lo había transformado en otra cosa.
La esposa nos miró a los dos, tal vez algo nerviosa. Como si lo que ella sentía por él, fuera lo que fuese —el amor que yo había visto brillar en esa cara—, fuera tan nuevo, tan inesperado, que temía que se acabara en cualquier momento. Educadamente, Isaac inclinó la cabeza para saludarme. La última vez que lo había visto no era más que un chico; sin embargo, la persona que ahora se me acercaba era distinta… Fuera cual fuese el sentimiento que había florecido entre él y su esposa lo había convertido en un hombre.
Nada…, no había nada en mi corazón ni en mi alma para él, nada excepto una vaga sensación de gratitud.
Después de unos pocos pasos nos dejamos atrás. Le sonreí a él, les sonreí a los dos, e incliné la cabeza mientras le deseaba el bien con todo mi corazón.
El baile que mi padre daba en mi honor se llevaría a cabo dentro de unos días y la casa ya era un frenesí de actividad. Tanto dinero malgastado en cosas que nunca, en ningún momento, habíamos soñado con volver a tener. Le habría rogado que no lo desperdiciara en eso, pero Elain era la encargada de planificarlo y de conseguirme un vestido en el último momento y… bueno, era solamente una noche. Una noche en la que tendría que tolerar a personas que nos habían cerrado la puerta y nos habían dejado morir de hambre durante años.
El sol estaba cerca del horizonte cuando dejé el trabajo de ese día: cavar un parterre cuadrado para la nueva huerta de Elain. Los jardineros se habían horrorizado cuando una persona más de la familia había elegido esa actividad…, como si nosotras fuéramos a hacerlo todo y eso significara que pensábamos dejarlos sin trabajo. Les aseguré que no tenía buena mano para las plantas y que lo único que quería era tener algo que hacer durante el día.
Pero todavía no sabía qué haría con mi semana, o mi mes, o lo que viniera después, fuera el tiempo que fuese. Si la plaga seguía creciendo al otro lado del muro, si esa Amarantha mandaba a sus criaturas para aprovecharse de ello… Era difícil no concentrarme en la sombra que había en mi corazón, la sombra que me seguía paso a paso. No había tenido ganas de pintar desde mi llegada, y el lugar desde el que venían todos los colores, las formas y las luces estaba quieto, callado y triste dentro de mí. Pronto, me dije. Pronto compraría pintura y empezaría de nuevo.
Clavé la pala en el suelo y puse el pie encima. Descansé un momento. Tal vez los jardineros se habían horrorizado cuando vieron la túnica y los pantalones que me había puesto. Uno de ellos salió corriendo y me ofreció uno de esos sombreros grandes, holgados, que usaba Elain. Lo acepté solo para complacerlos, pues tenía la piel tostada y pecosa por los meses que había pasado dando vueltas por las tierras de la Corte Primavera.
Observé mis manos, aferradas a la parte superior de la pala. Callosas y llenas de cicatrices, líneas de suciedad bajo las uñas. Seguramente se horrorizarían si me veían cubierta de manchas de pintura.
—Aunque te las lavaras, no habría forma de esconderlo —dijo Nesta detrás de mí. Llegaba caminando desde el árbol bajo el que le gustaba sentarse—. Para hacer vida social tendrías que usar guantes y no sacártelos nunca.
Llevaba puesto un vestido sencillo, de color lavanda claro; el pelo recogido a medias y suelto detrás en una cortina dorada. Hermosa, imperial, serena como una de las altas fae.
—Tal vez no quiero entrar en el mundo de los círculos sociales de esta aldea — dije, volviendo a mirar la pala.
—Entonces ¿por qué te molestas en quedarte? —Una pregunta aguda, fría.
Hundí la pala en la tierra; me dolieron los brazos y la espalda cuando tiré a un lado una palada de tierra oscura y hierba.
—Es mi casa, ¿verdad?
—No, no es tu casa —dijo ella directa. Volví a meter la pala en la tierra con un golpe seco—. Yo creo que tu casa está en algún lugar, muy lejos.
Me detuve. Dejé la pala en el suelo y me di la vuelta despacio para quedar frente a ella.
—La casa de la tía Ripleigh…
—No hay ninguna tía Ripleigh. —Nesta metió la mano en el bolsillo y tiró algo a la tierra removida.
Era un pedazo de madera, como si lo hubieran arrancado de algún sitio. Pintado sobre la superficie había un brote de viña y unas flores de dedalera. Flores pintadas en un tono de azul que no era el correcto.
Perdí el aliento. Todo ese tiempo…, todos esos meses…
—El truquito de tu bestia no funcionó conmigo —dijo ella con un filo de acero implacable en la voz—. Aparentemente, para que el hechizo no funcione, lo único que hace falta es una voluntad de hierro. Así que vi cómo papá y Elain pasaban de la histeria y el llanto desatado a nada de nada. Tuve que oírlos hablar de la suerte que habías tenido, lo bueno que había sido que te hubieran mandado llamar de la casa de una tía inventada, qué desastre que un viento fuerte de invierno hubiera destruido la puerta. Y pensé que me había vuelto loca…, pero cada vez que lo pensaba, miraba esa parte pintada de la mesa, las marcas de las garras más abajo, y sabía que el problema no estaba en mi cabeza.
Nunca había oído decir que un hechizo pudiera fracasar así. Pero la mente de Nesta siempre había sido solamente suya. Había levantado a su alrededor paredes tan fuertes, de hierro y acero y madera de fresno, que hasta la magia de un alto lord se había quebrado contra ellas.
—Elain dijo… dijo que habías ido a visitarme. Que lo intentaste…
Nesta soltó un resoplido, la cara seria y llena de esa furia que se contiene durante mucho tiempo, una furia que ella nunca había dominado.
—Él te llevó hacia la noche y dijo no sé qué estupidez sobre el tratado. Y después todo siguió adelante, como si nunca hubiera pasado nada. No estuvo bien. Nada de eso estuvo bien.
Las manos me cayeron a los costados.
—Trataste de buscarme —dije—. Fuiste hasta Prythian a buscarme.
—Llegué hasta el muro. No encontré un lugar por dónde pasar. —Levanté una mano temblorosa y me la llevé a la garganta.
—¿Caminaste dos días hasta allí y dos días de vuelta… a través del bosque, en invierno?
Ella se encogió de hombros mirando la astilla que había arrancado de la mesa.
—Le pagué a esa mercenaria de la aldea para que me llevara. Una semana después de que te fueras. Con el dinero de la piel del lobo. Ella era la única que parecía… bueno, que me creía.
—¿Hiciste eso… por mí?
Los ojos de Nesta, mis ojos, los ojos de nuestra madre, se encontraron con los míos.
—Aquello no estuvo bien —dijo de nuevo. Tamlin se había equivocado cuando hablamos sobre ello: si mi padre iría a buscarme alguna vez…, si mi padre no tenía el coraje, no tenía esa rabia. Como mucho, le habría pagado a alguien para que lo hiciera. Pero Nesta lo había hecho, con la mercenaria. Mi hermana odiosa, fría, había estado dispuesta a enfrentarse a Prythian para rescatarme.
—¿Qué pasó con Tomas Mandray? —le pregunté. Mis palabras salieron estranguladas.
—Me di cuenta de que no iba a acompañarme a salvarte de Prythian. —Y para ella, con ese corazón rabioso, que no cedía, ese descubrimiento había sido una línea imposible de cruzar.
Miré a mi hermana, la miré en serio, esa mujer que no toleraba a los aduladores que la rodeaban ahora, que nunca había pasado un día en el bosque pero se había metido en territorio de lobos… Que había envuelto la pérdida de nuestra madre, después de la ruina, en una rabia congelada y una enorme amargura, porque ese enfado había sido una línea para aferrarse a la vida; la crueldad, un alivio. Pero a ella le había importado, sí, en el fondo le había importado, y tal vez amaba con mayor ferocidad de lo que yo comprendía, más profundamente y con mayor lealtad.
—Tomas nunca te mereció —dije con suavidad.
Mi hermana no sonrió, pero una luz brilló en esos ojos entre grises y azules.
—Cuéntame todo lo que pasó —me dijo. Fue una orden, no una petición.
Así que lo hice.
Y cuando terminé la historia, Nesta se me quedó mirando un largo rato y después me pidió que la enseñara a pintar.
Enseñar a pintar a Nesta fue tan placentero como yo esperaba y nos dio una excusa para evitar los sectores más frenéticos de la casa, cada vez más caótica a medida que se acercaba la fecha del baile. Era fácil conseguir pinturas y otros materiales, pero explicarle mi manera de pintar, convencerla de que expresara lo que tenía en la mente, en su corazón… no lo era tanto. Por lo menos copiaba mis pinceladas con mano sólida y precisa.
Cuando salimos de la habitación tranquila que habíamos preparado, las dos manchadas de pintura y de carbón, en el castillo estaban terminando los preparativos. Había lámparas de cristales de colores en el largo sendero de entrada, y dentro, guirnaldas y adornos de flores de todos los colores en todas partes. Hermoso. Elain había seleccionado las flores en persona, una por una, y había dado instrucciones al personal para colocarlas en ese orden.
Nesta y yo nos deslizamos escaleras arriba, pero cuando llegamos al descansillo aparecieron mi padre y Elain, cogidos del brazo.
La cara de Nesta se tensó. Mi padre murmuraba alabanzas a Elain, que le sonreía iluminada, y le apoyaba la cabeza en el hombro. Y yo me alegré por ellos, por la comodidad y la facilidad de la vida que vivían, por la alegría en las caras de mi padre y de mi hermana. Sí, tenían sus pequeñas penas, pero los dos parecían tan…, tan relajados.
Nesta cruzó el vestíbulo y yo la seguí.
—Hay días —dijo ella cuando pasamos por la puerta hacia su habitación, que estaba justo frente a la mía— en que me dan ganas de preguntarle a papá si se acuerda de los años en que casi nos morimos de hambre.
—Tú te gastabas cada una de las monedas que entraban en casa —le recordé yo.
—Sabía que tú podías conseguir más. Y si no, entonces quería ver si él iba a intentar hacerlo en lugar de ponerse a tallar esas piezas de madera. Quería ver si realmente iba a pelear por nosotras. Yo no podía ocuparme de nosotros, no como lo hacías tú. Y te odiaba por eso. Pero a él lo odiaba más. Lo sigo odiando.
—¿Él lo sabe?
—Siempre ha sabido que lo odio, incluso antes de que fuéramos pobres. Él dejó que mamá se muriera… Tenía una flota de barcos a su disposición para buscar una cura en cualquier parte del mundo; podría haberle pagado a alguien para que entrara en Prythian y les rogara a los inmortales que nos ayudasen. Pero la dejó morir…
—Él la amaba, Nesta…, lloró por ella. —Pero yo no sabía cuál era la verdad… Tal vez las dos lo eran.
—La dejó morir. Tú irías hasta el fin del mundo para salvar a tu alto lord.
Se me encogió el pecho de nuevo, pero solamente dije:
—Sí, es verdad. —Y me metí en mi habitación para prepararme.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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