
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo X
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Capítulo X…
Se me heló la sangre cuando sentí un frío acechante que se arrastraba, pegado a mí. No veía nada, nada excepto un brillo vago con el rabillo del ojo, pero el caballo se tensó entre mis piernas. Obligué a mi cara a no expresar nada. Hasta los bosques primaverales, tranquilos, parecieron retroceder, secarse y congelarse.
La cosa fría susurró al pasar, hizo un círculo. Yo no la veía pero la sentía con claridad. Y en la parte de atrás de la mente, una voz antigua, vacía, me murmuraba:
Voy a aplastarte los huesos con las garras; voy a beberte la médula; voy a darme un banquete con tu cuerpo. Yo soy lo que temes; yo soy lo que te aterroriza… Mírame. Mírame.
Traté de tragar saliva, pero se me había cerrado la garganta. Mantuve los ojos en los árboles, en las copas, arriba, en cualquier cosa excepto la masa fría que daba vueltas a nuestro alrededor una y otra y otra vez.
Mírame.
Quería mirar…, necesitaba ver lo que era.
Mírame.
Clavé la vista en el tronco áspero de un olmo distante, pensé en cosas agradables. Como pan caliente y estómagos llenos…
Voy a llenarme la panza de ti. Voy a devorarte. Mírame.
Un cielo nocturno lleno de estrellas, sin nubes, pacífico, brillante, infinito. Un amanecer de verano. Un baño refrescante en una charca del bosque. Encuentros con Isaac, ese perderme lejos de mí misma durante una hora o dos, perderme en su cuerpo de hombre, en las respiraciones compartidas de los dos.
La cosa estaba alrededor de mí, en todas partes, tan fría que me castañeteaban los dientes.
Mírame.
Miré fijamente hacia delante, miré y miré el tronco de árbol; no me atrevía a parpadear. Me dolían los ojos; se me llenaron de lágrimas y las dejé caer, me negué a reconocer a esa cosa que acechaba a nuestro alrededor.
Mírame.
Justo cuando pensaba que iba a ceder, cuando me dolían tanto los ojos de no mirar, el frío desapareció detrás de un arbusto, dejando un rastro de plantas en movimiento. Solamente después de que Lucien hubo soltado el aire y nuestros caballos hubieron meneado la cabeza me atreví a relajarme en la montura. Hasta las plantas de azafrán parecieron enderezarse.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté limpiándome las lágrimas. La cara de Lucien seguía pálida.
—No es bueno que lo sepas.
—Por favor… ¿Era un… suriel? ¿Esos que habéis mencionado hace un rato?
El ojo rojizo de Lucien se había oscurecido cuando contestó con voz ronca:
—No. Era una criatura que no debería estar en estas tierras. La llamamos bogge. Es imposible cazarla y también es imposible matarla. Ni siquiera con tus amadas flechas de fresno.
—¿Por qué no tengo que mirarla?
—Porque cuando la miran, cuando la reconocen, es cuando se vuelve real. Es entonces cuando mata.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Ese era el Prythian que yo había esperado: criaturas que hacían que los humanos bajaran la voz cuando hablaban de ellas. La razón por la que yo no había dudado ni siquiera un instante cuando pensé en la posibilidad de que ese lobo fuera un inmortal.
—He oído la voz de esa cosa dentro de la cabeza. Me pedía que la mirara. — Lucien enderezó los hombros.
—Bueno, gracias al Caldero que no lo has hecho. Limpiar el desastre que habría dejado me hubiera arruinado el resto del día. —Me dedicó una sonrisa débil. Yo no se la devolví.
Seguía oyendo la voz del bogge que susurraba entre las hojas, llamándome.
Después de una hora de vagar entre los árboles, casi sin dirigirnos la palabra, me detuve, temblando con fuerza, y me volví hacia él.
—Así que sois viejo —dije—. Y lleváis una espada y patrulláis los límites de las tierras. ¿Peleasteis en la guerra? —De acuerdo, tal vez no había terminado de expresar mi curiosidad por el ojo perdido.
Él se encogió.
—Mierda, Feyre… no soy tan viejo.
—Pero sí guerrero.
¿Seríais capaz de matarme si las cosas llegaran a complicarse?
Lucien ahogó una risa.
—No tanto como Tam, pero sé manejar armas, sí. —Sujetó el puño de la espada —. ¿Te gustaría que te enseñara a manejar una espada o ya sabes hacerlo, grandiosa cazadora humana? Si derribaste a Andras, probablemente no tienes nada que aprender. Solo dónde apuntar, ¿verdad? —Se palmeó el pecho.
—No sé manejar una espada. Me limito a cazar.
—Es lo mismo, ¿no?
—Para mí es diferente.
Lucien se quedó callado, pensando.
—Supongo que vosotros, los humanos, sois tan cobardes que te habrías hecho pis encima, te habrías encogido del todo y esperado la muerte si hubieras sabido sin lugar a dudas lo que era Andras. —Insoportable. Lucien suspiró mientras me miraba—. ¿Alguna vez dejas de ser tan seria y aburrida?
—¿Alguna vez dejáis de ser tan imbécil? —le ladré.
Que me mataran…, en serio, merecía que me mataran por haberle dicho eso.
Pero Lucien me sonrió.
—Eso está mucho mejor. Alis no se equivocaba.
La tregua que nos concedimos esa tarde, fuera la que fuese, desapareció en la mesa de la cena.
Tamlin estaba sentado en su silla de siempre, con una garra alrededor de la copa, que detuvo justo apoyada en el labio cuando entré. Lucien iba detrás. Los ojos verdes de Tamlin se clavaron en mí y me quedé inmóvil.
Correcto. Yo lo había rechazado esa mañana, le había dicho que quería estar sola.
Tamlin miró a Lucien despacio; la cara del emisario se había puesto seria.
—Nos hemos ido de caza —aclaró.
—Me lo han dicho —dijo Tamlin con voz áspera, mirándonos a los dos mientras nos sentábamos—. ¿Y lo habéis pasado bien? —Lentamente, la garra volvió a esconderse bajo la piel.
Lucien no contestó; me lo dejaba a mí. Cobarde. Me aclaré la garganta.
—Más o menos —respondí.
—¿Alguna presa? —Pronunciaba cada palabra separada de las demás por un silencio.
—No. —Lucien tosió una vez, como pidiéndome que dijera algo más. Pero yo no tenía nada que añadir. Tamlin me miró un largo momento, después empezó a comer; evidentemente él tampoco quería hablarme.
—El bogge estaba en el bosque hoy —dijo Lucien.
El tenedor que estaba en la mano de Tamlin se dobló sobre sí mismo, y preguntó con voz letal:
—¿Os habéis cruzado con él?
Lucien asintió.
—Se movía por ahí y se ha acercado. Seguramente ha atravesado la frontera.
El metal crujió entre las garras de Tamlin mientras lo destruía. Se puso de pie con un movimiento brutal, poderoso. Traté de no temblar frente a esa furia contenida, frente a la forma en que me pareció que se le alargaban los colmillos cuando dijo:
—¿Dónde? ¿En el bosque?
Lucien se lo explicó. Tamlin lanzó una mirada en mi dirección antes de salir a grandes zancadas de la habitación y cerrar la puerta detrás de él con una dulzura inquietante.
Lucien suspiró, empujó el plato a medio terminar y se frotó las sienes.
—¿Adónde va? —pregunté mirando la puerta.
—A cazar al bogge.
—Pero vos habéis dicho que era imposible matarlo…, que no se lo puede mirar.
—Tam puede.
Dejé de respirar durante un segundo. El alto fae que trataba de halagarme sin ganas era capaz de matar a una cosa como el bogge. Y, sin embargo él mismo, esa primera noche, me había ofrecido la vida y no la muerte. Yo había sabido siempre que era letal, que era un guerrero, pero…
—¿Así que ha ido a cazar al bogge? ¿Va a donde hemos ido nosotros antes? — Lucien se encogió de hombros.
—Si va a seguir su rastro tiene que probar ahí.
A mí me parecía increíble que alguien pudiera enfrentarse a ese horror inmortal, pero… no era mi problema.
Lucien no iba a comer nada…, bueno, eso no significaba que yo no lo hiciera. Perdido en sus pensamientos, ni siquiera notó el banquete que me di.
Volví a mi habitación y, despierta y sin nada más que hacer, empecé a vigilar el jardín, buscando señales del regreso de Tamlin. No volvió.
Afilé el cuchillo que había escondido con una piedra que había recogido en el jardín. Pasó una hora… y Tamlin seguía sin volver.
La luna mostró la cara y bañó el jardín en plata y sombras.
Ridículo. Totalmente ridículo estar ahí esperando que él volviera, pensando si había conseguido sobrevivir al bogge. Me di la vuelta, alejándome de la ventana, lista para irme a la cama.
Pero algo se movía en el jardín.
Me escondí detrás de las cortinas, junto a la ventana, no quería que él me viera esperándolo, y espié para ver qué pasaba.
No era Tamlin, no… Alguien estaba entre los setos, mirando la casa. Mirándome a mí.
Un hombre, encorvado y…
Me quedé sin aliento cuando el inmortal se acercó un poco más…, hasta entrar en la mancha de luz que salía de la casa.
No era un inmortal: era un hombre. Mi padre.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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