Enamorado de Ella | Prólogo

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Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Prólogo

Enamorado de Ella

Sinopsis

Lucía vive el sueño de muchas: una familia acomodada, un hogar envidiado, hijos, esposo… pero, en su interior, todo está lejos de ser perfecto. A sus treinta y cuatro años, se encuentra insatisfecha, presa de los deseos callados de una vida que no le llena. Una noche, al soplar las velas de su cumpleaños, formula un deseo urgente: que su vida tome otro rumbo.
Andreu Voltaire es un joven empresario que ya no cree en el amor: ha visto demasiados rostros que lo buscan por su dinero y no por su corazón. Hasta que un encuentro fortuito con Lucía rompe todas sus certezas. Él jura que hará lo imposible para que ella sea suya… aunque eso signifique cambiarlo todo.
Entre secretos, expectativas y pasiones recién encendidas, Lucía y Andreu deberán afrontar sus miedos más íntimos si quieren permitirse el lujo de sentir de verdad. Porque a veces el deseo más profundo nace cuando todo parece perdido.

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Prólogo…

Ellas…

Pasó sin llamar. A esas horas no había nadie en el club salvo ellas. Sus maridos habían salido a comprar algo de material erótico que necesitaban reponer porque el que tenían en la sala se había roto a consecuencia del uso. Pero no entró al momento, se quedó unos instantes en la puerta,
contemplándola. Entre la cálida luz de las velas y el precioso vestido trasparente que llevaba, el lugar se podía asemejar al paraíso. Ella siempre la comparaba con una diosa escapada de algún templo griego, puesto que su belleza no podía ser cotidiana. Hoy había decidido llevar el pelo suelto, aumentando con creces la sensualidad que desprendía. Elsa se relamió los labios y comenzó a dar pequeños pasos hasta llegar a su lado. Sus pezones, erectos bajo la camiseta, rozaban la tersa piel de la espalda desnuda. Podía sentir el vello erizado de la mujer, podía escuchar cómo se alteraba su respiración ante el conocimiento de lo que vendría después. Colocó sobre sus hombros las manos y comenzó a retirar los delgados tirantes. Su boca bajó hasta el esbelto cuello y empezó a besarla. Silvia aceptó con agrado la proposición y dejó que se deslizaran por sus brazos los pequeños hilos del vestido. Elsa rodeó con sus manos la pequeña figura y atrapó los suaves pechos descubiertos de la amante. Era un pecado tocar las diminutas y duras perlas. Con delicadeza, abrió dos de sus dedos y los utilizó como pinzas, presionando con lentitud los deliciosos brotes. Silvia echó la cabeza hacia atrás al notar en su cuerpo un sugestivo balanceo de deseo y, abriendo la boca, exhaló el aire retenido:

—Estás preciosa —murmuró Elsa—. Me encanta tenerte así.

Ella no contestó, prefería dejarse llevar y no interrumpir con torpes palabras el momento que estaban viviendo. Así que levantó las manos y las posó sobre la cabeza de su amada. Elsa dejó de presionar los senos y empezó a acariciarla por el vientre hasta llegar al límite donde la piel se cubría con elegante tela.

—Esto comienza a molestarme —dijo la joven mientras los dedos apartaban los escuetos hilos del tanga. Pegó su nariz en la suave piel de ella e inspiró con fuerza—. Uhm, me encanta cómo hueles. Este delicioso aroma a frutas hace que se me alteren los sentidos. —Las manos bajaron hasta posarse en las pronunciadas caderas de la mujer y la giró hacia ella—. ¿Estás preparada para mí, cielo? —preguntó mientras su boca albergó uno de los delicados pezones.

Ella sollozó de placer. Elsa descendió una palma y la posó en el sexo caliente de la compañera. El ardiente flujo libidinoso la manchó. En efecto, estaba preparada para la locura que iban a iniciar. Silvia comenzó a gimotear de deseo, necesitaba que las caricias continuaran para darle la satisfacción que precisaba. La mano traviesa empezó a moverse haciendo que la desesperada
muchacha inclinara la cadera hacia ella. Elsa alzó la vista y contempló el deleitoso rostro de su amante. Las mejillas comenzaban a sonrojarse fruto de la pasión que habían originado. Sonrió con malicia y mientras se arrodillaba, unos revoltosos dedos comenzaron a introducirse en el interior de la compañera que jadeaba sin parar.

—Eres una chica muy traviesa y por ello voy a tener que castigarte — susurró Elsa con ahogados sollozos producidos por la lujuria que la asaltaba.

Le ofrecería aquello que tanto necesitaba, lo que tanto demandaba por tener: sentir la ardiente lengua recorrer el chorreante sexo. Intuyendo el siguiente paso, Silvia levantó uno de sus pies y lo apoyó sobre la rodilla de Elsa. Le daba plena libertad para seguir deleitándola. La pícara hembra acercó su boca hacia la jugosa cueva y comenzó a beber de ella con gula. La lengua caminaba de arriba abajo, llenando sus pupilas del delicioso néctar que emanaba. Llevó una de sus manos hacia los labios vaginales, los abrió lo suficiente como para acceder mejor a la pequeña perla hinchada y acercó sus dientes. La mordió con suavidad, haciendo que la joven comenzara a estremecerse de placer. Las manos de Silvia se posaron sobre el cabello de su amante. Intentaba mantener el equilibrio que perdía al ser sometida a semejante gozo. Inclinó la cabeza hacia atrás y empezó a jadear con rapidez, Elsa sabía muy bien cómo llevarla a la locura y cómo hacer que ella se volviese una perra loca de deseo. Cuando el gemido se convirtió en grito de éxtasis, Elsa levantó su rostro y mostró con orgullo el brillo que rodeaba el contorno de sus labios. Nunca el jugo de una fémina le había resultado tan sabroso como el que ella le regalaba. Apartó con suavidad el pie de su amante y se levantó frente a ella. La aferró entre sus manos y la besó con pasión.

—Vamos —murmuró Silvia soltando una de las manos que la amarraban por la cintura y aferrándose a la muñeca de ella para dirigirla hacia el sofá que se encontraba en el lugar más apartado y oscuro del despacho.

La dejó durante unos segundos de pie frente al sillón para caminar hacia la mesa de la oficina. Elsa la miraba con entusiasmo intentando averiguar qué es lo que estaba buscando en aquel cajón donde no paraba de trastear. De pronto cerró y regresó a donde se encontraba. En sus manos llevaba dos enormes juguetes de silicona de diversos colores. Ambas sonrieron como cuando estaban en las celdas del colegio, deseosas de sentir ese placer que se les había sido negado.

—¿Arriba o abajo? —preguntó Silvia mostrando los consoladores.

—Arriba —respondió.

Se acercó despacio y la cogió del cuello atrayéndola hacia ella para darle otro beso ardiente.

En el momento que estuvieron a punto de desfallecer por la falta de oxígeno, se separaron y se tendieron en el sofá tal como habían comentado. No era la primera vez que lo hacían, ni sería la última. Aunque en esta ocasión no tenían mucho tiempo para jugar puesto que el club se abría en media hora y sus maridos llegarían antes. Así que, con suavidad, pero con destreza, cada una con su juguete en una mano y abriéndose paso entre los hinchados y palpitantes labios, empezaron a invadirse. Ambas gimieron tras notar la primera penetración. Silvia recogió todo el flujo que Elsa soltaba sobre el consolador y se lo llevó a la boca. No se cansaría jamás de degustarlo. El sabor afrutado que desprendía era, para ella, como disfrutar de un buen caviar junto con una botella de Armand de Brignac.

Por otro lado, Elsa sabía muy bien cómo debía de actuar con Silvia cuando se encontraba bajo el placer de sus manos. No podía ser delicada, para ella no. El sexo tenía que ser fuerte y rápido porque solo así podría llegar a sentir el clímax del nirvana. De ahí que las dos se compenetraran tan bien y hubiesen mantenido en vigor las relaciones sexuales, a pesar de que estar casadas. Porque conocían a la perfección que para mantener un equilibrio mental, necesitaban mantener una buena armonía carnal, y no siempre lo lograban bajo la piel de sus esposos.

—Sigue, cariño, sigue… —murmuró Elsa cuando la amada comenzó a introducir saliva en su ano.

—No voy a parar —contestó Silvia. Y después de cubrir con babas el falso pene, emprendió unos suaves empujes dentro de su recto—. ¿Bien? — preguntó cuando su cuerpo albergó todo el consolador.

—Muy bien —respondió entre jadeos de satisfacción.

Silvia empezó a bombear el simulado falo al mismo tiempo que acariciaba el hinchado clítoris y volvía a recoger con su lengua el delicioso néctar. Las rápidas respiraciones hacían que el cuerpo se moviese sin control. Intentaba mover la cabeza, mordía sus labios y ponía los ojos en blanco.

—¡Sigue, nena, sigue! —gritaba deseando llegar hasta donde se dirigía—. ¡Dame lo que necesito!

Y su deseo fue concedido. Bombeó más fuerte, acarició con su nariz el clítoris a la vez que mordía con fuerza los labios ensanchados por la excitación. Se movía como una serpiente, como un caballo desbocado por una pradera al sentir su libertad. Sus gemidos sonaban como la melodía más exquisita que se podría interpretar.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! —exclamó de gusto mientras se corría en la boca de su amante.

Pero antes de que Elsa pudiera perder las fuerzas, agachó la cabeza y absorbió el sexo húmedo de Silvia. Ahora le tocaba su revancha y, aunque fuesen cinco o diez minutos los que tendría para satisfacerla, la haría chillar hasta dejarla muda.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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