Enamorado de Ella | Capítulo 9

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo IX

Enamorado de Ella

Capítulo IX…

Evasión de la realidad

Ella se había marchado. Hacía más de una hora que había cruzado la puerta sin mirar atrás. Sin embargo, Andreu seguía sentado sobre la cama con la esperanza de que volvería y le borrase la soledad y frialdad que sentía su cuerpo en aquella habitación. Con la cabeza agachada sobre sus piernas y derramando lágrimas por la desesperación, sufría por la situación que había vivido. Por una vez en su vida había encontrado a la mujer perfecta y la tuvo que dejar escapar.

Sus puños se apretaron tanto que las uñas se clavaban con saña en la piel. Sabía que no debía estar así puesto que ella no le pertenecía, estaba casada. Sin embargo, él no cesaba de buscar la manera para reclamarla como suya. Ese instinto animal que se debía esconder brotó desde lo más profundo de sus entrañas para gritarle que dejase atrás tonterías sociales y por una vez en su vida pensara en lo que en verdad quería. Y él quería a Lucía. Era una locura, lo sabía. Era imposible, era consciente de ello. Pero estaba seguro que su vida tenía un antes de conocerla y un después de besar y sentir su cuerpo junto al suyo. «¿Por qué no me callé? ¿Por qué no he salido tras ella y la hice parar? ¿Por qué?», se decía una y otra vez con alaridos de desesperación. Cerró sus ojos y no vio oscuridad. La vio a ella: Caminando, sonriendo, besándolo, desnuda…

—No volverá —dijo una voz familiar que surgió de la nada dentro de la habitación.

—¡Es mía! —gritó al mismo tiempo que levantaba su rostro hacia la persona que estaba frente a él. Era la primera vez que Fidel lo miraba compasivo. Se encontraba parado en la puerta con un bóxer negro y un collar de cuero en su cuello. No se veía bien vestido para dar un sermón, sin embargo, allí estaba, al lado de su hermano en un momento bastante drástico para él.

—Creo que pertenece a otro. —Se acercó para sentarse junto a su hermano. No sabía bien cómo actuar. La última vez que vio a Andreu llorando fue en el entierro de su padre y desde ese instante, él pensó que se había convertido en un hombre tan duro como una piedra.

—Fidel, te prometo que si hubieses venido a mi despacho y me contaras que has conocido a la mujer de tu vida en cuestión de horas, te habría dicho que estabas loco. —Su mirar volvió al suelo donde pudo comprobar que su hermano también estaba descalzo—. Como siempre, te habría echado la típica charla de «esa ha venido buscando tu cartera»; sin embargo, esta vez soy yo quien está en ese lado. Soy yo quien sufre de amor tras conocerla. —Suspiró con profundidad, levantó su mirada y dijo con total seguridad—: Esa mujer me ha puesto el cuerpo y el alma patas arriba. Lo que una no logró en más de cinco años de relación, Lucía lo ha hecho en una milésima.

—Siempre has sido muy escéptico en el amor, hermano. —Se acercó hasta él, se sentó a su lado y le echó el brazo por encima—. Alguna vez cupido tenía que lanzarte su flecha, ¿no? —Una tímida sonrisa apareció en sus labios. No quería trasmitirle ningún tipo de regodeo ante la situación: tan solo quería ver en el rostro afligido una pequeña sonrisa—. Andreu, confío en tu fuerza y este contratiempo lo superarás. Tarde o temprano lo olvidarás.

—No lo sé, Fidel. En este momento no soy capaz de pensar con claridad. Solo puedo reflexionar una cosa: ¿cómo pude decirle que la quería para siempre?

—¿Le dijiste eso?

Los ojos de Fidel casi se salieron de su lugar y todo porque se había quedado asombrado por las palabras que le había desvelado su hermano. ¿Cómo había sido capaz de hacer tal cosa? No tenía lógica alguna. Se podía haber encaprichado como tantas veces lo había hecho él, pero que le desvelara que la necesitaba a su lado o para siempre, era inaudito. Nunca había dicho Andreu a una mujer nada parecido, ni después de años de relación con «dulce» escupió por su boca ninguna frase que le indicara a los que lo rodeaban que era suya. Lo miró de soslayo y no encontró ni un solo rasgo del hombre fuerte que se jactaba de ser. Estaba hundido. Aunque costase creerlo, Andreu Voltaire estaba hundido por amor.

—Tengo que confesarte una cosa, Andreu. Cuando ella salió corriendo de aquí tropezó conmigo en el pasillo. La reconocí en seguida porque una mujer así no se olvida con facilidad. Sin embargo, esta vez mis ojos se fijaron en otra cosa aún más llamativa que sus caderas.

—¿El qué?

—Su rostro expresaba miedo y lloraba sin consuelo. Por un momento pensé que la habías agredido y por eso vine hacia aquí. Pero cuando te encontré tan abatido, supe que ella había salido por otra razón más profunda.

—¿Cómo has pensado que yo…? ¡Jamás! ¡Mataría si alguien le hiciese daño! No te puedes hacer una idea de cómo me hierve la sangre con tan solo pensar que alguien la tocara para agredirla. Me convertiría en una bestia descontrolada. —Tomó aire para calmar la ira que había crecido en él. Una vez que se relajó, prosiguió su diálogo—: No entiendo por qué su rostro expresaba miedo. Aquí solo hubo amor.

—Puede que no esté acostumbrada a ser amada y sentir que alguien lo hace, le ha provocado pavor.

—Está casada… —murmuró mientras agachaba la cabeza y se llevaba las dos manos a ella.

—¿Y? ¿Crees que todo el mundo que se casa ya tiene que ser por amor? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Coscareó la cabeza del hermano como quien llamaba a la puerta de una casa.

—No estoy para bromas… —Suspiró varias veces y al final miró a Fidel y le preguntó con seriedad—: ¿Puede alguien volverse así de loco en tan poco tiempo?

—Sí, y creo que tal vez debe ser algo genético, porque yo también lo estoy. —Andreu alzó las cejas y esperó la respuesta—. Si vengo aquí no es porque disfrute con el ambiente, es porque encontré a una mujer especial de la cual estoy enganchado desde el mismo instante que me dijo «hola».

—Ya me extrañaba que te gustara este mundo, demasiado fuerte para nosotros, ¿verdad? —Comenzó a apartar las lágrimas de su rostro.

—Es lo que parece. Que te metes en un mundo de torturas y humillaciones, pero no es así. El BDSM está formado por un compendio de protocolos y actitudes que deben cumplirse para que una relación D/s funcione. Por ejemplo, antes de formalizar el contrato con mi Ama, mujer de la cual estoy enamorado, yo le hice una serie de límites que ella aceptó al hacerme suyo. Ella vela por mí cuidándome y valorando mi trabajo hacia ella, y eso, en cierto modo, es precioso.

—¡Ja, ja, ja! —Por fin sonrió—. ¿Has visto al hombre que estaba de rodillas con la mujer encima? —Andreu se levantó de la cama y se acarició los brazos helados para darse calor.

—Simulan un caballo con su jinete. —Fidel le siguió con la mirada—. Es un acto precioso. El sumiso camina portando a su ama donde ella requiera con elegancia y vigor.

—¡Joder, prefiero galopar en la cama! —Continuó con aquella bonita sonrisa con la cual exhibía sus nacarados dientes—. Vámonos de este lugar, necesito irme a casa. Debo hacer una recopilación de todo lo que me ha sucedido en el día de hoy. Porque encontrar a la mujer de mi vida y perderla por gilipollas, es para meditarlo en soledad y con una buena botella en la mano.

—En esta vida hay que saber atrapar lo que en verdad te interesa. Si ella es la mujer de tu vida, ¡lucha por ella! ¿Por qué te crees que me dejo azotar? —Los ojos picarones de Fidel brillaban de amor. Amaba tanto a la mujer con la que estaba, que no le importaba cómo era o cómo necesitaba obtener el placer. Él se ofrecía en cuerpo y alma a los antojos de ella—. ¡Anda, hermano!, vete de aquí. Nos encontraremos en la puerta, debo vestirme primero. —Golpeó la fornida espalda de Andreu y lo hizo salir de allí.

Lucía había luchado cada instante tras salir por la puerta para no darse la vuelta y envolverse otra vez entre los cálidos brazos de Andreu. Pero no hacerle daño era una razón de peso para huir. Un hombre como él no podía estar con ella, o más bien ella no podía estar con él. Estaba casada, tenía una vida acomodada con marido e hijos. Por mucho que deseara estar rodeada por su joven y ardiente cuerpo, no podía someterlo a sus necesidades para luego abandonarlo como un perro. Sonrió cuando recordó la posesión de Andreu hacia ella. Había sido todo un halago hacia su persona. No recordó ni un solo momento en el que su marido la hubiese reclamado con tanta pasión. Pero tampoco pudo recordar situaciones de lujuria como los que había tenido en la habitación. Agarró con fuerza el volante y se obligó a continuar la marcha. Tenía que volver a su hogar y abandonar, por más que le doliese, la locura que había crecido en ella. No podía dejarse arrastrar por unos deseos incoherentes. Se miró al espejo retrovisor y encontró una mujer llena de desconsuelo. En menos de cuatro horas dos hombres la habían hecho llorar y eso no era justo. Era el día de su cumpleaños y debía ser mimada y querida, no puteada.

—¡Maldito cumpleaños! —gritó y golpeó el volante varias veces. Debía regresar y darse un baño. Eso era primordial para eliminar de su cuerpo las caricias y los besos que Andreu le había regalado. De repente el móvil comenzó a sonar, miró quién le hacía la llamada y vio que era su marido. «¿Qué narices querrá este ahora?», pensó.

—¿Sí? —preguntó con naturalidad.

—¿Dónde estás? Llevo más de una hora en casa esperándote —replicó con enfado.

—He estado tomando una copa con Elsa y voy para allá —comenzó a aumentar la velocidad. Ya empezaba a sobrepasar el límite establecido…

—No tardes, tenemos que hablar de lo que ha sucedido hoy en la oficina. No me parece bien que te vistas así…

—¡No te escucho! Creo que pierdo cobertura. Pi, pi, pi… —Colgó el teléfono. Miró de nuevo el espejo y contempló su rostro: cansado, penoso, amargado; ella no merecía esto. Le había gustado sentirse amada. Por unos instantes hasta pensó que por fin descubría lo que era ese cosquilleo en su estómago por ver a la persona querida. Sin embargo, tenía que dejar todo atrás. Ahora regresaba a su verdadera vida: sus hijos y su esposo. Aunque sabía que, por encima de todo, no dejaría de pensar ni un minuto en Andreu, porque fuera como fuese, el nombre se había grabado en su corazón con fuego.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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