
Enamorado de Ella
«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»
Capítulo XVII
Enamorado de Ella
Capítulo XVII…
La nota
Llevaba tanto tiempo sin dormir que cayó rendida sin querer. Cuando abrió sus ojos, no supo si habían pasado minutos o varias horas, pero el descanso en brazos de Andreu había sido suficiente para tener la energía necesaria para continuar el día. Lo miró de reojo y observó cómo su angelillo salvador dormía profundamente. Extendió su mano y la puso en su desnudo pecho, justo donde tenía el corazón. Necesitaba sentirlo en su piel porque ya le pertenecía. Al notar el suave roce, el muchacho entreabrió los ojos y la contempló. Ambos sonrieron y se besaron.
—¿Estás comprobando si estoy vivo? —Sonrió.
—Estás tan quieto que me he asustado un poquito. —Puso su cabeza en el fornido busto masculino.
—Suelo dormir así de tranquilo cuando estoy feliz. Es un defecto familiar. —Enterró la nariz en el pelo e inspiró el aroma a frutas que ella emanaba.
—No sé qué hora es y debo marcharme —le confesó mientras lo abrazaba —. Debo hacer varias cosas, entre las cuales se encuentra asesinar a unas amigas.
—¿Y eso? —La atrajo aún más hacia él.
—Ellas han sido las causantes de esto. —Levantó su rostro y besó la barba desaliñada del joven.
—Bueno, puedes agregar a esa lista negra a mi hermano Fidel. Él fue quien me obligó a aceptar el caso.
—Tengo que añadir a muchos, porque seguro que la señora de tu hermano también lo sabía, y los maridos de mis amigas estarán en el ajo, por supuesto.
—Recuérdame que les mande a todos un regalo. —Sonrió y fue a besarla cuando el móvil de ella comenzó a sonar.
—¿Qué quieres, pesada? —respondió Lucía al ver que era Elsa quien realizaba la llamada.
—Lucía, deberías venir al club, ha sucedido algo muy grave y necesito que estés a nuestro lado. —Elsa estaba compungida y eso era extraño en ella. Algo gordo debía haber ocurrido para que su tono de voz sonase con tanto pesar.
—¡Voy para allá! —exclamó Lucía levantándose con rapidez.
—¿Qué sucede? ¿Por qué tienes esa cara? —Andreu se había incorporado con la misma velocidad que ella. La mujer buscaba con desesperación su ropa, había lanzado el móvil por los aires y apenas articulaba una palabra coherente—. ¡Lucía! —gritó al mismo tiempo que la agarraba con fuerza de los brazos y lo hacía mirarlo.
—Algo muy grave ha sucedido. Nunca he escuchado triste a Elsa, y me ha parecido que estaba incluso llorando.
—Bien, te acompaño. No te voy a dejar sola. Sea lo que sea, estaré a tu lado. Me da igual si tenemos un contrato sexual o de compra. No voy a dejarte ni un segundo… —Lucía no lo dejó terminar, lo abrazó con fuerza y le besó.
—Gracias —le dijo mientras repetía el suave toque en sus labios hinchados por las sesiones de pasión.
—Gracias a ti por dejarme estar a tu lado. —Andreu la atrajo hacia él y la agarró de la cintura.
—No sé cómo agradecerte esto.
—No te separes más de mí…
Durante el trayecto hacia el club, ninguno de los dos pudo articular palabra. Lucía contemplaba el exterior con la mirada perdida. No llegaba a comprender la razón por la cual Elsa la podía haber llamado con tanta desesperación. Y Andreu se entristecía cada vez que apartaba los ojos de la carretera para contemplarla y observar en su rostro la tristeza que no podía hacer desaparecer. Aparcó el coche en la parte de atrás del local y apoyó su mano en la rodilla izquierda de su acompañante.
—Estaré, en todo momento, a tu lado.
—Eres un cielo… —susurró mostrando en su rostro una leve sonrisa mientras extendía su mano y tocaba la cara del joven. Él cogió su mano y la
besó.
—Vamos, mon amour, estoy impaciente por saber qué ha sucedido.
Cuando Andreu salió del coche y caminó hacia la puerta de Lucía para abrírsela, echó un vistazo a su alrededor. El aparcamiento estaba vacío y si no llegaba a ser por la oscuridad que comenzaba a ocultarlo, todo el mundo que pasase a menos de veinte metros de aquel lugar, sabría que andaba por allí. Por un instante se preocupó al imaginar qué repercusión tendría si alguno de los «exquisitos» clientes lo descubriese. Tal vez le hiciesen un consejo de guerra o lo mandaran directamente a la hoguera sin juicio alguno. Pero sus dudas e inquietudes desaparecieron cuando ella cogió su mano para salir del vehículo. Le apretó con fuerza necesitando de él para continuar su labor. La miró con todo el cariño y amor que sentía dentro de sí y suspiró. Ella era todo lo que había esperado y no la dejaría escapar por nada ni nadie en el mundo, y si ya no requerían de sus servicios la primera fuente de inversión de su empresa, buscaría nuevas alternativas.
De pronto, un ruido tras ellos le puso en alerta. Se giró y levantó sus puños para protegerla. Si alguien intentaba dañar a su mujer, primero tendría que pasar por la furia de un hombre encelado.
—¿Lucía? —La voz de Camal apareció tras el enorme portalón de metal.
—Sí, soy yo. Vengo acompañada de Andreu. ¿Qué sucede? —preguntó mientras se dirigían a su encuentro.
—Pasa nena, las chicas están bastante preocupadas por ti. Buenas tardes —le dijo extendiendo la mano hacia el acompañante—. Perdona los modales del otro día, pero en este tipo de club toda seguridad es poca.
—No te preocupes, si fuese mi local yo haría lo mismo —respondió al saludo.
—Lucía, ¿eres tú? —La voz de Elsa apareció al final del inmenso pasillo negro.
—Sí. ¿Me podéis decir qué narices ocurre? ¿Y Silvia? ¿Y Sail? — preguntó sin parar.
—Estoy aquí, reina —contestó Silvia mientras caminaba por el pasillo oscuro—. Sail ha tenido que salir a hacer unas cosillas, pero también está muy bien. —Miró a Elsa y a su marido que la observaban confirmando un secreto entre los tres.
—Estábamos preocupados por ti —dijo al fin Elsa cruzando los brazos y mirando de reojo a Andreu.
—¿Por mí? —Lucía se sorprendió aún más. Ellas sabían dónde se encontraba y por lo que estaban siendo testigos, se imaginarían que en el encuentro hubo más que palabras.
—Sí, por ti. Aunque también está implicado el nuevo miembro familiar — dijo Elsa en tono burlón. Andreu la miró de reojo no entendiendo la ironía de sus palabras, al igual que no sabía por qué no cesaba de dirigir las miradas hacia su pene escondido.
—Podemos entrar al despacho, allí hablaremos con más tranquilidad — dijo Camal en tono protector.
Las amigas rodearon a Lucía y la condujeron hasta el despacho. Los dos hombres las seguían a menos de un metro, parecían los escoltas de las princesas. Faltaba poco para que el club abriese las puertas a los socios, y a pesar de no haber ni un ruido de gemidos o latigazos en la sala, Lucía sentía escalofríos cuando caminaba por allí. Miró de reojo hacia Andreu y le sonrió. Parecía que se había relajado ante lo que observaba. Quizás en algún momento de su vida se dejaría someter y torturar bajo los enormes juguetes que el club prestaba a sus clientes. Aunque por ahora ninguno de los dos estaba preparado para tanto nivel. Sin embargo, pensar que era atado en la cruz, desnudo y a su merced, comenzó a excitarla.
—¡Nena! —exclamó Elsa al notar la agitación que crecía en su amiga.
—¡Calla! No se puede ocultar nada contigo. —Le dio un suave codazo en el abdomen.
—¡Esta niña quiere marcha! —Sonrió mientras miraba a los chicos de reojo.
Camal y Elsa se carcajearon. Por el contrario, Andreu se quedó muy callado y al acecho de todo lo que hacía sentir emocionada a su mujer. Cuando abrieron la puerta del despacho, Andreu atrapó a Lucía y la puso frente a él.
—¡Tápame! —le susurró.
—¿Qué quieres? —le preguntó en voz baja, tal como lo había hecho él.
—Necesito que cubras la tremenda erección que tengo. —Ella empezó a reír—. No te rías, esto es incómodo.
—Aquí es muy normal sentirse así. Pero… ¿qué estabas pensando?
—En los elefantes del circo… ¿Tú qué piensas? Pues en ti, en toda esa zona que hemos dejado atrás. En las esposas, las cadenas…
—¿Sobre ti? —Lucía se volvió hacia Andreu. Además de tapar su erección quería notarla en su vientre. Quizá sus amigas la perdonarían un ratito para poder relajarlo…
—Pues claro, me he imaginado de todas las maneras posibles.
—¡Por el amor de Dios, Andreu! Me estás haciendo quemar lo que escondo entre mis piernas… —Lucía se restregó en la erección. Andreu casi aulló cuando sintió cómo la cabeza de su pene luchaba por salir por encima del cinturón.
—Eres mi locura… —La agarró de los codos y la atrajo hacia sí para ofrecerle un desesperado beso.
—Uhm, si queréis, puedo unirme a la fiesta. —La voz de Silvia hizo separar con rapidez las apasionadas bocas.
—Por ahora nos iremos conociendo solos. Pero quizá más adelante te dejemos participar —respondió Lucía mientras daba pequeños besos en los carnosos labios de Andreu.
—¿Necesitas algunos minutos de relajación? —siguió hablando Silvia con cierto sarcasmo al observar la erección que intentaba ocultar—. Te noto un pelín excitado esta tarde.
—Creo que mientras Lucía esté a mi lado, este será mi estado normal, si no te importa.
—¡Para nada! Yo no tengo problemas con las excitaciones de los demás. Estoy acostumbrada, es mi trabajo.
—¿Qué sucede? ¿Por qué tanta intriga? —le preguntó Lucía mientras seguía amarrada al cuerpo de su amante.
—Necesitábamos que estuvieras aquí con nosotros, a salvo…
—¿A salvo? ¿De qué? Estaba en la oficina de Andreu cuando recibí vuestra llamada. La verdad es que la voz de Elsa no sonaba como siempre. — Dirigió la mirada hacia ella. Estaba sentada en uno de los sillones del despacho, ataviada con un elegante corpiño negro y una escueta falda que la hacían irresistible.
—Debía de estarlo, pequeña. —Silvia se acercó hacia Lucía. En la mano llevaba unos papeles. Andreu, que estaba tras de ella, se irguió como si supiese de qué se trataba—. Mientras que estabas con él en su despacho, nos llegaron por mail estas fotos. —Se las mostró.
Lucía podía haberse caído hacia atrás si no llega a ser porque Andreu la sujetaba. Él se había hecho una idea de lo que podían mostrar las fotografías, así que miró de reojo a Silvia y ella asintió con la cabeza.
—Son tuyas, con él…
—¿En la oficina? —Lucía las empezó a ojear. Sus manos le temblaban con tanta fuerza que no era capaz de mantenerlas rectas—. ¿Quién ha podido hacerme esto? —gritó desesperada mirando a todos los que estaban a su alrededor.
—Fuera de todo contexto, daré mi opinión. La calidad de la imagen es buena y los modelos son espectaculares, podríamos colocarlas dentro del club. Sobre todo, me gusta esta —cogió una en la que Lucía mordía los pezones a Andreu—. Por tu expresión puedo alegar que te lo estabas pasando muy bien. —Le guiñó al hombre.
—La verdad es que me lo estaba pasando genial, esos dientes son peligrosos cuando dicen de morder —respondió el joven mientras abrazaba a Lucía y miraba las instantáneas.
—¿Tenéis una idea de quién ha podido ser? Estas imágenes son bastante comprometidas para Lucía. El abogado de su marido puede alegar infidelidad entre otras muchas más cosas y podemos llegar a perder el caso. El adulterio está muy mal visto en una madre que reclama la custodia de sus hijos.
—Esto no me puede estar pasando a mí… —murmuró Lucía mientras sus piernas no cesaban de temblar.
—Mandaron una nota. —Camal extendió el papel hacia Lucía y golpeando el hombro del hombre le comentó—: Ahora es el momento de saber dónde te encuentras tú.
Lucía comenzó a leer:
«Malditas hijas de puta, aquí tenéis lo que siempre habéis querido, una zorra más para vuestro club. Estaréis muy orgullosas con la cosecha porque está disfrutando, y además se la folla uno de los mejores abogados de la ciudad. Es decir, que también es de lujo. Años bajo mi regazo, cuidándola como la señora que tenía que ser, y ahora resulta que es una puta, pero con gusto… ¡Arderéis en el infierno! Y esa zorra no volverá a ver a sus hijos nunca más, ¡antes los mato yo con mis propias manos!».
Las manos de Lucía temblaban según leía. Esto era lo último que se esperaba de su marido, la amenazaba con la muerte de sus hijos. Dejó caer la nota y justo en ese mismo instante, ella perdió las fuerzas y comenzó a tambalearse. Andreu la atrapó con fuerza y, aferrada a sus brazos, la condujo hasta uno de los sillones que estaban vacíos.
—No le dejaré hacer nada. Mientras que permanezcas a mi lado y tú lo veas conveniente, trataré a tus hijos como míos, así que como comprenderás, no le voy a dejar hacer nada para que nos los arrebate. Los quiero gritando y correteando junto a nosotros. ¿Me has entendido, mon amour?
—¡Oh, Andreu! ¡Ayúdame, por favor! —le imploró mientras le abrazaba con fuerza y dejaba caer sus lágrimas sobre la camisa del hombre—. No dejes que les haga daño a mis hijos, ¡ellos lo son todo para mí!
—Te prometo que voy a luchar con todas mis fuerzas para que ese cretino no se salga ni una vez más con la suya. —Andreu agarró el tembloroso cuerpo femenino con fuerza y besó con suavidad su cabello—. ¿Quién de nosotros está vigilando a los niños? —preguntó a Silvia.
—Eres más listo de lo que pensaba, abogado —sonrió con satisfacción la mujer—, Sail se marchó hace un rato hacia la residencia de los padres de Lucía y ha confirmado que los pequeños están allí.
—¿Alguna visita inesperada? —interrogó con sarcasmo.
—Se nota que no conoces a Jorge. Es un payaso y un cobarde. No creas que asaltará la casa en busca de sus hijos y mucho menos solo. Es más bien de ese tipo de ratas que esperan en la calle a que sus presas estén indefensas y en ese momento actúan. —Apretó con fuerza sus puños y miró de reojo a Lucía, quien parecía calmarse bajo los brazos del joven—. Sail ha dicho que si todo sale como espera, y casi nunca falla, irá con alguien a casa o… los atrapará cuando se dirijan al colegio.
—¿Crees que le voy a dar tiempo a ese imbécil para que los rapte? — Acarició el cabello de Lucía que todavía estaba inmovilizada por el shock.
—Estás demasiado seguro de conseguir tu objetivo, Andreu. Y de verdad, no sabes dónde te metes. El futuro exmarido de Lucía es un poderoso miembro…
—De una asamblea en la que están asociados toda la gente influyente de esta ciudad, ¿verdad? —interrumpió la frase.
—¡Sí, en efecto! ¿Cómo lo sabes? —exclamó Silvia sorprendida.
—Mi padre fue uno de ellos. Durante mis paseos en la oficina cuando él la dirigía, pude conocer a varios miembros fundadores. Se hacen llamar de las hijas de los miembros, aunque tuviese relaciones con mi madre, opción que mi padre desestimó en el acto. Tuvo que escaparse con su esposa y vivir alejados de esta ciudad. Pero cuando me tuvo y ya nadie podía interrumpir el matrimonio, puesto que había descendencia, regresó a su hogar. Durante un tiempo nadie le dirigió la palabra, es más, se le hizo un vacío para que ninguna persona fuese al bufete y así terminar en la miseria como ellos ya habían dispuesto. Sin embargo, el destino fue caprichoso y un día necesitaron su ayuda. El presidente hizo algo bastante gordo y acudió a él para que le «salvase el culo». Mi padre no les cobró el servicio, prefería que ellos permanecieran endeudados con él por si algún día necesitaba recurrir a su poder. Imagino que pensó en utilizar ese favor para hacernos socios a nosotros y mantener el puesto que perdió por amor.
—¡Son una panda de estirados castrados! Desde que abrimos el local han intentado cerrarlo más de veinte veces. Según ellos, es un «antro de perversiones» y no se han parado a pensar que este «antro» vive de las generosas aportaciones que hacen sus vástagos, hijos que necesitan ser domados y castigados para liberarse de las atrocidades que ven realizar a sus padres —gritaba Silvia mientras daba vueltas por la oficina y pisaba con fuerza el suelo.
—Bueno, son una gente bastante especial, Silvia. Como te he contado, a mi padre, uno de los mejores abogados, lo expulsaron porque se casó con una mujer de un estatus social inferior. Entre sus objetivos principales está limpiar la impureza moral que hoy en día se está viviendo, así que no me extraña que tu club sea el principal objetivo a derribar.
—¡Los ponía a todos en fila con el culo en pompa y los follaba con el arnés! Seguro que luego se quedarían muy relajaditos y no tendrían esa cara de estirados que soportan día a día. —Silvia se acarició despacio su rostro. Por la sonrisa que mostraba, estaba imaginándose lo que comentaba.
—Creo que más de uno necesitaría de ese «servicio». Sobre todo el capullo con el que está casada Lucía.
Ella permanecía atónita ante la exposición que había hecho Andreu. Él sabía más sobre los tejemanejes de su esposo que ella misma. «Cuando mi padre se entere de todo esto, se quedará helado», pensó.
—Elsa, es Sail. —Camal le ofreció el teléfono alterando la tranquilidad que se había formado en el ambiente.
—Dime. Sí, sí, ajá, claro. ¿Y se fue? ¿Cuándo? Bien, gracias cariño, creo que tienes razón. Lo cuento y que opinen. Ten cuidado, que si te pasa algo, me muero.
—¿Qué ocurre? —Lucía se apartó de Andreu y se incorporó del sillón.
—Mirad, ha estado Jorge en la casa de los padres de Lucía. Llevaba el coche familiar, seguro que con la esperanza de llevarse a los niños. Pero tu padre —le dirigió la mirada a Lucía— no se los ha dado. Sail dice que deberíamos irnos para allá. Creo que lo más prudente es que vayáis vosotros dos, si vamos nosotras, podemos alterar el ambiente y ya sabes que tu padre no nos acepta de muy buen grado. Aunque, no sé por qué, pienso que es dominante, quizás eso explicase nuestros desencuentros. En fin, sin tontería ni coñas, que mi marido estará allí por si vuelve y necesitáis la fuerza bruta. Eso sí, mandádmelo cuando no os sirva, que tengo la cama helada sin él.
—Es raro que mi padre no le haya dado a Jorge los niños. ¿Sospechará algo?
—Tu padre es algo terco, pero no tonto. Aunque creo que más bien ha sido tu madre la que lo ha puesto al corriente de todo. Una sumisa es incapaz de ocultarle algo a su dueño —comentó Elsa.
—No vayas por esa dirección, mis padres no tienen ni idea de lo que es el BDSM —expuso Lucía con inocencia—. Mi madre le habrá contado que me golpeó y, como es lógico, mi padre habrá actuado tal como es… dominante — susurró para sí esta última palabra.
—Si te parece bien, le llamas mientras nos dirigimos a tu casa. —Se aferró a su cintura y besó su mejilla haciéndola despertar de una extraña y repentina abstracción mental—. De esa forma le indicas que vas acompañada de tu abogado.
—¿Crees que será conveniente? —Lucía se entristeció. No deseaba alejarse de su lado, pero el viejo corazón de su padre podía darles un disgusto si se presentaba con el origen del problema.
—No voy a dejarte sola ni un instante. Cada vez que te gires, estaré a tu lado. Cada vez que respires, yo espiraré contigo…
—¡Oh! ¡Qué bonito es el amor! —exclamó Silvia—, Camal, no entiendo por qué eres incapaz de susurrarme esas cosas mientras follamos, ya sabes, por cambiar ese aullido animal que te sale por la boca cuando llegas al orgasmo. —Se giró hacia su esposo y presionó su dedo en el duro esternón del hombre.
—¡Oh, nena! Soy incapaz de pensar cuando tengo mi sexo dentro de ti, y mucho menos de soltar esa cursilería. Me convierto en una bestia hambrienta de coño caliente. —Levantó varias veces sus casi invisibles cejas y agarró con suavidad la mano femenina que presionaba su fornido cuerpo, la bajó hacia su cintura y Silvia pudo advertir que su marido ya estaba listo para empotrarla donde pillase, así que más valía que todos los que merodeaban en la sala terminaran por abandonarla lo antes posible o verían sobre los suelos y el sofá una bonita escena de Sodoma y Gomorra.
—Relájate un poquito, cuando se marchen te calmaré esa excitación que noto entre tus piernas —susurró con avidez de deseo.
—Pues échalos ya o te bajo los pantalones y te follo delante de todos — cuchicheó mientras mordía su cuello. Camal era un loco por el vampirismo, se corría con tan solo presionar sus dientes en la suave piel de su mujer.
—Si no os importa —interrumpió Lucía—, me llevo a Andreu de este calenturiento lugar. Creo que será lo mejor antes de que nos pongamos todos a follar como conejos. Os avisaré tan pronto como descubra algo.
—Es una pena que no participéis —dijo Elsa sentándose sobre el sillón negro de piel—. Nunca hemos sido más de cuatro.
—Danos tiempo —comentó Andreu mientras atrapaba de la cintura a Lucía y la llevaba fuera de la oficina.
—¿Tiempo? —preguntó extrañada la mujer.
—¿Qué le iba a decir? Encima que nos invita… —Ella le tiró un pellizco en su vientre y continuaron con su objetivo, llegar a la casa de los padres de Lucía antes de que volviera Jorge.
Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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