
El Asesino de la Red Social
«Donde la venganza arde, el deseo también hierve.»
Capítulo XVI
El Asesino de la Red Social
Capítulo XVI…
Alguien llamó a la puerta y le dio un vuelco al corazón al descubrir que se trataba de ella. Le observaba desde el umbral con los ojos rojos de haber llorado. De repente se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza. Todo su cuerpo temblaba y él no pudo hacer otra cosa que envolverla entre sus brazos para reconfortarla.
Le dijo que no quería hacerlo, que no quería revivir todo lo que aquel cabrón le había hecho pasar, que tenía miedo y que lo amaba. Escuchar aquellas palabras de su boca hicieron surgir en él un sentimiento que creía perdido para siempre. Tal vez si hubiera sabido que ella había pasado toda la mañana practicando para ser lo más creíble posible todo hubiera sido diferente. Le dijo que no estaría tranquila hasta que su asesino dejase de respirar, aunque sabía que eso no pasaría hasta dentro de mucho. De hecho insinuó lo fácil que sería para ellos acabar con él alegando defensa propia para desechar enseguida esa idea pero dejando ya la semilla del mal plantada en el cerebro del policía. Le habló de falsas pesadillas en las que el asesino de la red era el protagonista. En ellas él la hacía de todo, cosas que el policía ni tan siquiera era capaz de imaginar y luego trataba de asesinarla.
La sangre del policía comenzó a hervir de celos. Tal vez sólo eran sueños pero sólo imaginar que aquel desgraciado la hacía disfrutar de cualquier manera lo estaba volviendo loco. Además ella no escatimó en detalles lo que también provocó que una enorme erección abultase sus pantalones. En cuanto ella se dio cuenta comenzó a acariciar la zona sonriendo traviesa. «Hazme tuya antes de que lo haga él», le susurró en el oído. Él reaccionó enseguida. La cogió en brazos y la llevó a su cuarto. Una vez allí la tumbó sobre la cama y comenzó a besarla al principio suavemente y después con furia. Era como si nunca tuviese suficiente de ella, siempre estaba sediento de su cuerpo, de sus caricias, de sus besos. Se desvistió y ella hizo lo mismo. Sin perder un segundo ella se colocó a horcajadas sobre él sorprendiéndolo. «¿Qué tal si jugamos un poco?», dijo a la vez que cogía las esposas que el policía había dejado el día anterior sobre la mesilla. Por alguna razón aquello le excitó mucho. Dejó que ella encadenase sus manos por encima de su cabeza sujetándolo al cabecero de la mano luego cogió un pañuelo de su bolso y le tapó los ojos con él. El policía se dejó hacer sin ser consciente de las intenciones de ella que en cuanto lo tuvo así cogió su móvil y lo puso enfocándolo hacia ellos sobre la mesilla.
Sin prisas ella comenzó a besar su cuello y poco a poco fue bajando hacia sus pezones. Empezó a lamerlos y a mordisquearlos provocando que miles de roncos gemidos saliesen de la garganta de él. Cuando se sintió satisfecha continuó su camino hacia abajo hasta su enorme y erecto miembro. Lo echaría de menos, de eso estaba segura pero seguro que encontraba algún amante mejor en el futuro. Sonriendo ante lo que se le acababa de ocurrir cambió de posición. Puso sobre su boca su húmedo sexo a la vez que decía «Cómeme». Él supo enseguida lo que tenía que hacer y comenzó a lamer su clítoris con un ritmo frenético. Ella gemía de placer. Cogió su miembro con una mano sacó su lengua y lo lamió como si fuera un rico caramelo. Eso hizo que él cambiase de ritmo y le diese la suficiente tregua como para metérselo completamente en la boca y estimularlo. Ahora ambos gemían dándose placer el uno al otro. Ella no pudo resistirlo más y estalló en un orgasmo increíble. Pero quería más. Volvió a cambiar de posición y sujetando el miembro de él con una mano lo introdujo dentro de ella y empezó a moverse frenéticamente buscando más placer. «¿Me quieres? ¿Harías todo por mí?», preguntó sin dejar de moverse, «Sí», consiguió contestar él cegado por la lujuria. «¿Todo?», preguntó de nuevo, «Todo», respondió con voz ronca estaba a punto de correrse. «Entonces dime que lo matarás», dijo ella aumentando la velocidad y provocando el mayor orgasmo que él jamás había sentido «Sí, sí…».
Ella sonrió encantada y totalmente satisfecha quitándole el pañuelo de los ojos. Él estaba tan obnubilado que ni siquiera sabía lo que acababa de pasar pero tenía claro que haría lo que hiciera falta por no perder a aquella mujer.
Este libro es del autor Alison R Lee.
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