
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»
Capítulo I
Una corte de Rosas y Espinas
Una corte de rosas y espinas I
Sinopsis
Feyre Archeron es una joven cazadora que lucha por sobrevivir en un mundo marcado por la pobreza y el abandono. Cuando mata a un lobo en el bosque, sin saber que en realidad era una criatura feérica, su destino cambia para siempre. Como castigo, es llevada a Prythian, una tierra mágica gobernada por seres inmortales y peligrosos.
Allí conoce a Tamlin, un Alto Lord envuelto en una antigua maldición que amenaza con destruir su corte. Entre intrigas, secretos y un mundo donde nada es lo que parece, Feyre deberá enfrentar sus miedos, descubrir su propia fortaleza y aprender que el amor —cuando nace en medio de la oscuridad— puede ser tan salvador como letal. Porque en Prythian, amar también es una forma de guerra.
«El amor puede ser la más peligrosa de las maldiciones.»


Capítulo I…
El bosque se había transformado en un laberinto de hielo y nieve.
Yo había estado vigilando los alrededores del sotobosque durante una hora, y mi punto de observación, sentada a horcajadas en una gruesa rama, se había convertido en una atalaya inútil. El viento soplaba en ráfagas espesas que borraban mis huellas, aunque también ocultaban cualquier señal de vida de una posible presa.
El hambre me había llevado lejos de casa, más de lo que acostumbraba, pero el invierno era una época dura. Los animales se habían alejado de la aldea, se habían refugiado en la profundidad de los bosques, donde yo ya no podía seguirlos, y me habían dejado a los rezagados para que yo los cazara uno por uno mientras rezaba para que duraran hasta la primavera.
No habían durado.
Me pasé los dedos entumecidos sobre los ojos para sacar los copos de nieve que se me pegaban a las pestañas. Ahí no había árboles sin corteza que marcaran el paso de los ciervos, como decían las leyendas: los ciervos no habían llegado todavía. Seguramente se quedarían donde estuvieran hasta que se les terminara la corteza de la que se alimentaban, después viajarían al norte, más allá del territorio de los lobos, y tal vez hasta entrarían en las tierras de los inmortales, en Prythian, donde ningún ser humano se atrevería a entrar, a menos que tuviera deseos de morir.
Sentí un estremecimiento a lo largo de la columna vertebral cuando pensé en eso, y rechacé esa idea para alejarla de mí mientras ponía toda mi atención en lo que me rodeaba, en la tarea que tenía por delante. Era lo único que podía hacer, lo único que había conseguido hacer durante años: poner toda mi atención en la supervivencia, tratar de sobrevivir esa semana, ese día, esa hora. Y ahora, con la nieve, tendría suerte si veía algo, sobre todo desde mi posición en el árbol, con un campo visual de apenas cinco metros a mi alrededor. Ahogué un gemido cuando mis miembros entumecidos crujieron al moverme, y desarmé el arco antes de bajar del árbol.
La nieve congelada crujió bajo mis botas deshechas y apreté los dientes. Con la poca visibilidad, y el ruido que hacía…, era evidente que esta sería otra cacería inútil.
Me quedaban solamente unas horas de luz diurna. Si no regresaba rápido, tendría que arriesgarme en la oscuridad en el camino de vuelta a casa, y las advertencias de los cazadores todavía me sonaban en los oídos: «Lobos gigantes al acecho, y muchos». Por no mencionar los rumores sobre seres extraños que se habían visto en la zona, altos, fantasmales y mortíferos.
«Cualquier cosa menos inmortales», habían rezado los cazadores a nuestros dioses, olvidados hacía ya tanto tiempo… y yo había rezado con ellos en secreto. Hacía ocho años que vivíamos en esa aldea, a dos días de viaje de la frontera con los inmortales de Prythian, y en ese tiempo no había habido ningún ataque, aunque los vendedores ambulantes llevaban con ellos historias que describían pueblos fronterizos convertidos en astillas, huesos y cenizas. En los últimos tiempos, esos relatos, antes tan excepcionales que los ancianos de la aldea los descartaban como rumores absurdos, se habían convertido en susurros cotidianos durante los días de mercado.
Me había arriesgado mucho al adentrarme tanto en el bosque, pero mi familia, la noche anterior, había comido la última hogaza de pan, y un día antes lo que quedaba de la carne seca. Pero yo, personalmente, prefería pasar otra noche con la panza vacía antes que ser la presa que calmara el apetito de un lobo. O de un inmortal.
Aunque en realidad ya no quedaba de mí mucho que sirviera de alimento. Para entonces estaba muy delgada y desmejorada, y mis costillas se marcaban de forma ostensible. Me moví entre los árboles en el mayor de los silencios y con la máxima agilidad posible. Llevaba una mano apretada contra el estómago vacío y dolorido. Imaginé la expresión de las caras de mis dos hermanas mayores cuando yo volviera otra vez a la choza con las manos vacías.
Después de unos minutos de búsqueda cuidadosa, me agaché en medio de un grupo de zarzas cargadas de nieve. A través de las espinas, tenía una vista casi buena de un claro y del pequeño arroyo que lo atravesaba. Unos pocos agujeros en la nieve sugerían que el lugar era visitado con frecuencia. Con suerte, algo pasaría por ahí. Con suerte.
Suspiré por la nariz y hundí la punta del arco en la nieve mientras apoyaba la frente contra la curva de madera. No aguantaríamos otra semana sin comida. Demasiadas familias habían empezado ya a pedir limosna con la esperanza de recibir las sobras de los ricos de la aldea. Yo había visto con mis propios ojos hasta dónde llegaba la caridad de los ricos.
Me acomodé un poco e hice un esfuerzo para calmar la respiración mientras escuchaba al bosque a través del viento. La nieve caía y caía, bailando y curvándose en remolinos de espuma brillante; lo blanco, fresco y limpio contra los marrones y los grises del mundo. Y a pesar de mí misma, a pesar de los miembros semiparalizados, calmé la parte inquieta, despiadada de mi mente y dejé entrar en ella los bosques velados de nieve.
En otros tiempos, había sido mi segunda naturaleza saborear el contraste de la hierba fresca con el suelo oscuro, o un broche de amatista en un nido de pliegues de seda esmeralda; en otros tiempos, había soñado y respirado y pensado en colores y luces y formas. A veces, hasta me permitía imaginar el día en que mis hermanas se casarían y seríamos solamente papá y yo, con bastante comida para los dos, dinero para comprar algo de pintura y tiempo suficiente para poner esos colores y esas formas en papel o tela o sobre las paredes de la choza.
No era algo que fuera a pasar pronto; tal vez nunca ocurriera. Así que me quedaban momentos como ese, en los que admiraba el brillo de la luz pálida del invierno sobre la nieve. Ya no recordaba la última vez que me había asombrado ante cualquier cosa hermosa o interesante.
Las horas robadas en un viejo granero con Isaac Hale no contaban; esos momentos eran vacíos y llenos de hambre y, a veces, crueles; nunca hermosos.
De pronto, el aullido del viento se calmó y se convirtió en un suspiro suave. La nieve caía con pereza ahora, en grandes copos gordos que se amontonaban en los nudos y los salientes de los árboles. Me fascinaba la belleza letal, amable, de la nieve. Pronto tendría que volver a las calles embarradas, congeladas, de la aldea; al calor compartido de nuestra choza. Una parte muy pequeña y fragmentada de mí rechazó la idea.
Se oyó un crujido de arbustos al otro lado del claro.
Levanté el arco de la nieve en un movimiento instintivo. Espié a través de las espinas y contuve la respiración.
A menos de treinta pasos había una cierva pequeña, todavía no del todo flaca por la carestía del invierno, pero lo suficientemente hambrienta como para ponerse a comer la corteza de un árbol en el claro.
Una cierva así podía alimentar a mi familia durante una semana o más. Se me hizo la boca agua. Silenciosa como el viento que rozaba las hojas muertas, apunté con el arco.
Ella seguía arrancando pedazos de corteza, los masticaba despacio, sin siquiera sospechar que a pocos metros la esperaba la muerte.
Pondríamos a secar la mitad de la carne y después nos comeríamos el resto: guisos, pasteles… El cuero lo venderíamos, o tal vez con él haríamos ropa para uno de nosotros. Yo necesitaba unas botas, pero seguramente Elain querría una capa nueva, y Nesta solía desear todo lo que poseía cualquier otra persona.
Me temblaron los dedos. Tanta comida… la salvación. Respiré hondo y apunté con cuidado.
Pero de repente vi un par de ojos dorados que brillaban en el arbusto vecino al mío.
El bosque quedó en silencio. El viento se detuvo. Hasta la nieve hizo una pausa.
Nosotros, los mortales, dejamos de tener dioses a los que adorar, y aun así, si yo hubiera sabido sus nombres olvidados les habría rezado. A todos. Escondido entre los arbustos, el lobo se acercaba despacio, la mirada fija en la cierva, que no se daba cuenta de nada.
Era enorme, del tamaño de un poni, y aunque me habían avisado que había lobos como ese, se me secó la boca.
Pero peor que el tamaño era el sigilo antinatural: se acercaba poco a poco y la cierva seguía sin verlo, sin oírlo. Ningún animal tan grande podía ser tan silencioso. Y si no era un animal común, si su origen era Prythian, si era un inmortal, entonces que me comiera era la menor de mis preocupaciones.
Si era un inmortal, yo debería estar corriendo a toda prisa.
Y sin embargo… sin embargo, sería un favor al mundo, a mi aldea, a mí misma, si lo mataba, aprovechando que él no se había dado cuenta de mi presencia. No sería tan difícil clavarle una flecha en el ojo.
A pesar del tamaño, parecía un lobo, se movía como un lobo. «Un animal —me dije para tranquilizarme—. Un animal no es más que eso». No me permití considerar la alternativa: necesitaba la mente clara, la respiración tranquila.
Tenía un cuchillo de caza y tres flechas. Las dos primeras eran flechas comunes, simples y eficientes, y seguramente no serían más que la picadura de una abeja para un lobo de ese tamaño. Pero la tercera, la más larga y pesada, se la había comprado a un vendedor ambulante durante un verano en el que teníamos suficientes monedas como para darnos esos lujos. Una flecha tallada en fresno de montaña y provista de una punta de hierro.
De las canciones que nos cantaban para dormirnos en la cuna todos sabíamos que los inmortales odian el hierro. Pero era la madera de fresno la que hacía que la magia inmortal, la magia de curación de Prythian, fallase el tiempo suficiente para darle a un humano la posibilidad de asestar un golpe mortal. O así decían las leyendas y los rumores. La única prueba que teníamos de la eficacia del fresno era su rareza. Yo había visto dibujos de esos árboles pero nunca uno con mis propios ojos, no después de que los altos fae los quemaran hacía ya tanto tiempo. Quedaban tan pocos… La mayoría pequeños y débiles y escondidos por la nobleza en bosquecillos rodeados de paredes altas. Semanas después de la compra, seguía preguntándome si ese caro pedazo de madera había sido un gasto inútil o una estafa, y durante tres años la flecha había quedado ahí, en el carcaj, sin moverse.
La saqué con movimientos mínimos, eficientes, cualquier cosa para evitar que ese lobo monstruoso mirara en mi dirección. La flecha era lo bastante larga y pesada como para infligir daño, tal vez matarlo si apuntaba bien.
El pecho se me tensó de tanto que me dolía. Y en ese momento me di cuenta de que mi vida se reducía a una única pregunta: ese lobo, ¿estaba solo?
Aferré el arco y tiré de la flecha hacia atrás. Tenía buena puntería, pero nunca me había enfrentado a un lobo. Había pensado que eso significaba que yo tenía suerte, que estaba bendita. Pero ahora… ahora no sabía adónde apuntar ni conocía la velocidad que eran capaces de alcanzar esos animales. No podía permitirme el lujo de errar el tiro. No cuando tenía solamente una flecha de fresno.
Y si lo que latía debajo de esa piel era de verdad el corazón de un inmortal, entonces, mejor… Mejor después de todo lo que nos había hecho su especie. No podía arriesgarme a que este se arrastrara después hasta nuestra aldea y matara e hiriera y atormentara a otros. Que muriera allí y en ese mismo instante. Sería una alegría acabar con él.
El lobo se acercó arrastrándose; una ramita se quebró bajo una de sus patas, más grandes que mis manos. La cierva se quedó inmóvil. Miró a ambos lados, las orejas estiradas hacia el cielo gris. El lobo estaba contra el viento y ella no lo veía ni lo olía.
Este se aplastó contra el suelo, la cabeza baja y el cuerpo sólido, plateado, perfectamente fundido con la nieve y las sombras. La cierva seguía fijando los ojos en la dirección equivocada.
Miré a la cierva y miré al lobo, una y otra vez. El animal estaba solo, por lo menos en esto había tenido suerte. Pero si el lobo asustaba a la cierva yo me quedaría sin nada, excepto un lobo hambriento y demasiado grande… Posiblemente un inmortal que buscaría su siguiente comida. Y si él la mataba, destruiría preciosas partes de cuero y grasa…
Si me equivocaba, mi vida no sería la única que se perdería. Pero, en esos últimos ocho años de caza en el bosque, mi vida se había reducido a correr riesgos, y yo había actuado correctamente la mayor parte de las veces. La mayor parte.
El lobo salió disparado desde los arbustos como un rayo gris, blanco y negro, los colmillos amarillos brillando bajo la luz. Era todavía más grande así, al descubierto, una maravilla de músculos y velocidad y fuerza bruta. La cierva no tenía ninguna oportunidad.
Disparé la flecha de fresno antes de que él la destrozara demasiado. El proyectil se le hundió en el flanco, y habría jurado que el suelo mismo vibró con ella. Él ladró de dolor y soltó el cuello de la cierva mientras la sangre se derramaba sobre la nieve, de un brillante rojo rubí. Se volvió hacia mí, los ojos amarillos muy abiertos, el pelo erizado.
El gruñido grave me reverberó en el pozo vacío del estómago mientras me ponía de pie y volvía a levantar el arco; la nieve me caía del cuerpo convertida ahora en lluvia.
Pero el lobo solo me miró, el hocico manchado de sangre, la flecha de fresno clavada profundamente en el flanco. La nieve empezó a caer de nuevo. Él miraba y miraba, con una suerte de conciencia y de sorpresa que me hicieron disparar la segunda flecha. Por si acaso, por si acaso esa inteligencia era del tipo inmortal, malvado.
No trató de esquivar la flecha cuando le atravesó limpiamente el ojo amarillo muy abierto.
Se derrumbó en el suelo.
El color y la oscuridad se arremolinaron, me taparon la visión, se mezclaron con la nieve.
Las patas del lobo se retorcían y un gemido grave se deslizó en el viento. Imposible…, tendría que haber estado muerto, no muriéndose. La flecha le había atravesado el ojo casi hasta las plumas de ganso.
Lobo o inmortal, no tenía importancia. No con esa flecha de fresno clavada en el costado. Estaría muerto muy pronto. Sin embargo, me temblaban las manos mientras me sacudía la nieve y me acercaba a él, pero no del todo. La sangre salía a borbotones de las heridas que le había hecho; la nieve se manchaba cada vez más de color púrpura.
Movió las patas despacio, la respiración cada vez más leve. ¿Le dolía enormemente o ese gemido era un intento para alejar de sí a la muerte? Yo no estaba segura de querer saberlo.
La nieve se arremolinó a nuestro alrededor. Fijé los ojos en el lobo hasta que ese pecho de carbón y obsidiana y marfil dejó de subir y bajar. Lobo…, en definitiva un lobo a pesar del tamaño.
La tensión en mi cuerpo se aflojó un poco y dejé escapar un suspiro, mi aliento flotó como una nube frente a mí. Por lo menos la flecha de fresno había probado que era letal, fuera lo que fuese el ser al que había derribado.
Un examen rápido de la cierva me dijo que solo podría llevarme un animal, y hasta eso sería toda una lucha. Pero era una lástima dejar el lobo.
Aunque eso me hizo perder minutos preciosos —minutos durante los cuales cualquier predador podría oler la sangre fresca—, lo despellejé y limpié las flechas lo mejor que pude.
Por lo menos aquel trabajo me entibió las manos. Envolví el lado aún sangrante de la piel del lobo alrededor de la herida mortal de la cierva, y por último la levanté y me la puse al hombro. Estaba a varios kilómetros de la choza y no quería dejar un rastro de sangre que llevara a todos los animales con colmillos y garras directamente hacia mí.
Gemí por el peso, tomé las patas de la cierva y di una última mirada al cuerpo humeante del lobo. El ojo dorado que le quedaba miraba al cielo cargado de nieve, y durante un momento deseé tener la capacidad para sentir remordimientos por esa cosa muerta.
Pero estaba en el bosque y en mitad del invierno.
Este libro es de la autora Sarah J. Maas.
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