
Enamorado de Ella
«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»
Capítulo XXIII
Enamorado de Ella
Capítulo XXIII…
Sorpresas
Después de varios días discutiendo sobre los derechos y los deberes del divorcio, Lucía y Andreu habían quedado con Elsa, Silvia y sus esposos para tomar una copa en el bar. A pesar de que ella había insistido en que no le ofrecería ninguna sorpresa «no deseada», él tenía sus dudas.
—Por favor, nena. No me hagas ninguna trastada, te lo suplico. —Andreu agarraba el volante con fuerza y, a pesar de que el rostro de su mujer no le alertaba de nada extraño, había aparecido un tic en el ojo derecho que no tenía antes.
—No voy a hacer nada. Solo quiero tomarme una copa con mis amigos. Estaremos en plan tranquilo.
—Ya, pero… ¿tú le has recalcado eso de la «tranquilidad» a Elsa y a Silvia? Es que suelen ser duras de entender.
—Eres un pesado, Andreu Voltaire. Por cierto, a los niños les han encantado sus habitaciones, todo un detalle los dibujos de Disney.
—No ha sido cosa mía, Lucía, es de Bianca, la ama de Fidel. Resulta que además de saber manejar bien el látigo, es una magnífica decoradora.
—¿Ves? Todo el mundo esconde algo. Si no le importa, podemos recomendarla entre nuestras amistades, ha hecho un buen trabajo.
—Sí, eso le he dicho a Fidel, que la apuntaré en la agenda.
Andreu observó el aparcamiento del club, estaba vacío. Era lógico puesto que en los períodos de vacaciones los perversos maridos o las insaciables esposas abandonaban el rol que poseían en el local y adoptaban el apropiado para sus hogares.
—¿Qué tal? —Elsa salió a su encuentro.
—Bien, cariño —respondió Lucía—. Cansados con tanta mudanza, pero muy felices con el cambio.
—¿Cómo llevas la vida de marido con hijos, compañero? —le preguntó Sail mientras le ofrecía la mano.
—Bueno, como ellos, cansado. Estamos todo el día sin parar de jugar. Disfruto mucho con los diablillos… —Sonrió mientras apartó la mano y lo saludó con un gran abrazo.
—¡Creo que es peor él que ellos! —exclamó Lucía mientras caminaba hacia la entrada.
—Seguro… —murmuró Andreu con una mirada pícara.
—¿Y vosotros? —le dijo Lucía—. Te veo rara, Elsa.
—¡Estamos embarazados! —gritó Sail mientras la levantaba de las piernas para alzarla en brazos.
—¿Y eso?
—Pues eso es el resultado de la gran fiesta que le realicé a mi mujer durante doce horas en la habitación tras volver de tu casa.
—¿Y eso? —preguntó ahora Andreu.
—Tuve que castigarla. La muy pícara se había masturbado con mi hermano y Silvia, así que tuve que reprender ese acto.
—¿La castigaste durante doce horas con sexo por eso? —Andreu los miraba atónito, no conseguía entender la conducta de aquellas parejas.
—Se lo merecía… —Besó la frente de su esposa.
—Y como a mi esposo se le olvidó algo tan básico como era de llevar condones, ahora nos toca ser papás.
—Y seguro que hago nenes preciosos, ¿verdad, ma vie? —Tocaba la barriga con su gran palma.
—Enhorabuena a los dos, es una bonita noticia. Pronto tendremos otro látigo en la familia —exclamó Andreu mientras palmeaba la espalda del futuro papá.
—Mi niña no se puede criar aquí, sería un peligro cuando comenzara a andar, no habría sumiso que le tosiera… —Emitió una gran carcajada.
—Bueno, todavía queda otra sorpresa ¿verdad? —le dijo Elsa a Lucía mientras le guiñaba un ojo.
—Me has prometido que no habría sorpresas «extrañas». —Andreu giró con rapidez su mirada hacia la mujer.
—Tranquilo, no se trata de eso. —Le agarró de la cintura.
—¿Qué le has prometido? —le preguntó Sail intrigado.
—Que no tendrá sorpresas «bedemeseras». Hoy lo tengo con la sensibilidad a flor de piel. —Besó sus labios.
—Pero no se trata de…
—¡Elsa! —la hizo callar su amiga.
—No me regañes, nena. Estoy embarazada y a las embarazadas se les permite todo.
—¿Dónde está Silvia? —preguntó, asombrada, Lucía. Con tanta emoción se le había olvidado que su amiga no la había salido a recibir.
—Creo que está preparando la mesa —dijo Sail.
—Esta mujer tiene que controlar hasta el más mínimo detalle —murmuró Lucía.
—Por eso es Dómina, ¿no? —dijo Andreu.
—Venga, entremos dentro de la sala o saldrá gritando —comentó Sail mientras seguía amarrado al vientre de su mujer.
Según se adentraban, ambos se quedaron mirando de reojo. El club parecía muy distinto sin gente merodeando en lencería. Los juguetes con los que se divertían, no tenían apenas sentimientos sin nadie con quien utilizarlos, eran tan solo unos adornos inanimados. Andreu cogió la mano de su mujer y la apretó con fuerza. Aunque todo parecía calmado, el corazón del hombre palpitaba con rapidez. Estar allí le provocaba una excitación difícil de entender.
—¿Silvia? —preguntó Lucía cuando observó en el centro de la sala una mesa preparada de ricas viandas y velas negras encendidas.
—Estoy aquí. —Apareció tras una de las cortinas que hacían de puerta para llegar a las habitaciones. Parecía relajada, contenta, feliz, ilusionada. Su marido, Camal, caminaba detrás de ella y por el bienestar que expresaba en su rostro, no habían estado cocinando en los últimos quince minutos—. ¿Qué tal va todo? —Se estiraba el vestido.
—Muy bien, por ahora hemos conseguido que los niños estén conmigo. Nos queda tratar el tema económico… —la saludó con dos besos.
—Este abogado es bueno, aunque recuerda —Camal lo miró de reojo y le puso el dedo en el esternón— que te vi desnudo. —Todos empezaron a reír sin parar recordando el instante en el que Andreu entró en el club y la cara de espanto que tenía.
—Oye, me ha dicho Elsa que tienes un secreto que contar —empezó la conversación Lucía mientras comenzaban a sentarse alrededor de la mesa.
—Sí, ahora os cuento. —Levantó la mano y de la nada aparecieron una mujer y un hombre semidesnudos—. ¡Comenzad! —les ordenó. Y empezaron a servir el vino. Andreu no hablaba, parecía que le habían arrancado la lengua, sin embargo, Lucía imitaba a sus amigas, se relajó y disfrutó de la deliciosa servidumbre.
—Me tienes en ascuas —dijo Lucía a Silvia.
—Ayer tuve una reunión muy importante. —Tomó la mujer un sorbo y saboreó el vino—. Fue algo sorprendente, pero al requerir mi presencia el miembro principal de El Grupo la acepté.
—¡Cuenta, cuenta! ¿Qué quería? ¿Cerrarte de nuevo el local? — interrogaba Lucía sin parar. Si ese era el tema, hablaría con su padre para ver qué podía hacer.
—No exactamente, ¿verdad, Andreu? —Levantó las negras pestañas y lo miró mientras volvía a beber.
—Tuve una reunión con ellos hace unos días. —Lucía le golpeó el hombro de delante hacia atrás con sus delicados dedos. No le había dicho nada—. No te enfades, cariño. No quería fastidiar la sorpresa de Silvia.
—¿Qué ocurrió? —preguntó mirando a ambos.
—Parece que me van a dejar un poco tranquila. Posponen una década más mi quema en la hoguera —se burló.
—Me han ofrecido ser el abogado de la sociedad y como único requisito, les dije que tenían que cesar la campaña que tenían sobre el Dos por Dos. — Andreu atrapó la mano de su mujer, que lo miraba anonadada, y la besó.
—Gracias por pensar en nosotros, eres un buen macho. —Camal le dio una palmada en la espalda y Andreu casi vuela de la silla—. Lo siento, no controlo mi fuerza con el entusiasmo.
—Es algo que debe trabajar, ¿verdad? —Silvia lo miraba suspicaz.
—Sí, cielo, lo trabajaré gustoso. —Alzó las comisuras de sus labios dejando ver los blancos colmillos que escondía.
Las horas pasaron muy deprisa. No se habían dado cuenta de lo tarde que era hasta que Andreu miró el reloj y alertó a su mujer de la hora. Los niños se habían quedado con la madre de él y la improvisada abuela estaba entusiasmada al ver corretear chiquillos en la solitaria casa. Sin embargo, debían ser conscientes de la nueva vida que comenzaban juntos. Durante el trayecto, Lucía lo miraba de reojo. Estaba asombrada de la actitud que había adoptado frente a la nueva familia. Jorge jamás se había preocupado ni tan siquiera en saber si comían o se duchaban y Andreu ya los había escolarizado en el mejor colegio de la ciudad.
—¿Qué piensas? —preguntó Lucía cuando reinó el silencio más de cinco minutos.
—Solo hago un resumen de cómo han quedado las cosas, cielo. Elsa y Sail están embarazados. Silvia y Camal ya no tendrán problemas. Ahora soy su abogado y tu padre el vicepresidente. Mi hermano Fidel enamorado de Bianca, que resultó ser una decoradora infantil impresionante. ¿Quién nos queda? ¡Ah, sí! Y por último, por fin te verás libre de ese capullo con el que has estado viviendo para ser mía. —Se llenó de amor cuando escuchó aquellas palabras.
—¿Y tú? —Arqueó la ceja la mujer, deseosa de averiguar qué conclusión había sacado su amor de todo eso.
—Y yo era la persona más infeliz del mundo. Caminaba en este sin rumbo, y de repente, encuentro una mujer que me atrapa desde el primer momento en el que la veo. Me cautiva, me domina, me hace feliz, me destroza el alma si no está a mi lado y llena de gritos infantiles la soledad en la que sobrevivía. —La mano derecha se posó en la rodilla de ella y la apretó con suavidad—. Te quiero con locura, Lucía. Desde el momento en el que te vi, eres la razón de mi vida y ahora no sé seguir sin ti.
—Yo también te quiero. —Andreu abrió los ojos como platos. Era la primera vez que le había dicho te quiero y un dolor abdominal comenzó a invadirlo. En milésimas de segundos, su sexo comenzó a reclamar lo que era suyo, así que ante la mirada atónita de su mujer, aparcó el coche en un lugar apartado de la carretera.
—¿Me has dicho que me quieres? —Desabrochó el cinturón del vehículo y se giró con rapidez hacia ella.
—Sí, lo he dicho —se rio.
—Me haces tan feliz, que mira lo que has provocado en mi cuerpo. — Atrapó la mano de la mujer y se la llevó hacia su enorme sexo inflamado. Lucía metió los dedos por el cinturón y acarició el capullo sedoso y llorón—. Me vuelves loco, nena.
—Lo sé. —Se relamió los labios y atrajo la cabeza del hombre hacia ella para besarlo con pasión. Era suyo en cuerpo y alma y se lo demostraría cada día de su vida.
Las manos de Andreu buscaron la pestaña para reclinar el asiento. Quería hacerla disfrutar tal como se merecía. Ella abrió los ojos mientras sus bocas seguían pegadas.
—¿Qué te ocurre? —musitó Andreu, separándose un poco de esos cálidos labios.
—Nunca he hecho el amor en un coche —respondió con timidez.
—Bueno, siempre hay una primera vez. —Andreu se incorporó de su asiento y alzó un poco más a Lucía en el suyo—. Espero que tengas muchas primeras veces conmigo, mi amor.
Las manos masculinas comenzaron a tocarla desde su rostro hasta la línea en la que la falda comenzaba a ser piel. Lucía abrió las piernas e invitó al hombre a entrar dentro para hacerla disfrutar. Sin embargo, él comenzó a bajar hasta arrodillarse ante ella. Levantó sus pies y los colocó en el asiento. Quería devorarla una y mil veces. La palma derecha comenzó a acariciar el sexo húmedo por encima la lencería. Podía sentir en su palma cómo se habían hinchado los labios vaginales y el pequeño saliente declaraba su derecho de ser tocado. Acercó su cara y comenzó a rozar su nariz por la prenda. Lucía gimió y levantó las caderas haciendo que tuviese más espacio para satisfacerla. Pasó la lengua por la braguita y sintió en sus papilas gustativas el sabor de su mujer. Se volvía loco, cada vez su miel era más adictiva y, como un yonqui, necesitaba aumentar la dosis. Los dedos comenzaron a tocar la fina costura y empezaron a apartarla. La mujer sollozó de placer, sabía qué iba a hacer con ella y lo deseaba.
—Me encanta cómo hueles a sexo —musitó Andreu mientras retiraba la prenda y volvía a meter su nariz en la húmeda y caliente vagina—. Y me vuelve loco ese perfume femenino. —Abrió la boca y dejó que su lengua se impregnara de toda la miel que ella emanaba debido a la excitación.
—Esto es… —susurró Lucía mientras se llevaba las manos a la cara.
—Pues no ha terminado. —El hombre introdujo dos de sus dedos dentro y comenzó a moverlos con destreza. Lento, muy lento, haciendo que el sonrojo apareciera en las mejillas que tanto adoraba.
Lucía comenzaba a zarandearse cuando sintió la presión de la lengua en su vagina y el delicado el bombeo de los dedos. Jamás había disfrutado de una situación así. Estaba más preocupada en ser satisfecha que en intentar ocultarse de algún visitante que anduviera por el lugar.
—Tengo una sorpresa, cariño. —Sonrió con malicia.
—¿Qué es? —preguntó con cierto recelo.
—Tú ya sabes que tus deseos son mis órdenes, así que te he comprado un juguetito…
—¡Oh, Dios! —exclamó al escuchar cómo abría la guantera del coche y se imaginaba qué era lo que escondía allí.
—Te voy a hacer sudar… —La punta del simulado pene comenzó a acariciar la entrada de ella. Andreu se volvió loco al escuchar los suaves sonidos que emitía el roce de la piel con la silicona. En efecto, su mujer estaba muy excitada y emocionada—. Lo meto con delicadeza… —La mano libre apartó los jugosos labios para dejarle paso al juguete. Andreu comenzó a introducirlo despacito, sin prisa, disfrutando de cada centímetro de pene que se adentraba en su mujer.
—¡Oh, sí! —exclamó Lucía al sentirse invadida.
—Vas a disfrutar, te lo prometo. —Y mientras los músculos atrapaban la placentera silicona, Andreu comenzó a mantener un ritmo de bombeo y de invasión. Deseaba con todas sus fuerzas hacerla disfrutar.
—¡Andreu, Andreu! —gritaba enloquecida. Llevó sus manos hacia los duros pezones y comenzó a presionarlos. Su hombre la estaba llevando a una lujuria demasiado irreal.
—¡Venga, nena! ¡Diviértete para mí! —Comenzó a sacar y meter el aparato con más fuerza, con más control, con más ritmo, observando la cara que ponía su mujer ante la llegada próxima del orgasmo. Sí, estaba muy excitada, tanto como él. Pero ese momento era para ella, ya disfrutarían los dos una vez tuviesen algo de intimidad en casa.
—¡Ah! —aulló cuando el clímax la cubrió y sus ojos solo pudieron apreciar estrellitas de colores. Bajó las manos y buscó el rostro de Andreu, lo alzó y lo besó con pasión—. Gracias —le dijo cuando necesitó aire para poder respirar—. Gracias por haberte involucrado en mi vida y hacerme tan feliz.
—El placer ha sido mío. Venga, siéntate bien que terminamos la fiesta en casa. —Volvió a besarla y se colocó en su asiento.
—Me parece bien, pero este —cogió el consolador— también sube a la habitación.
Ambos sonrieron.
Fin
Este libro es de la autora Dama Beltrán.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:


