
Enamorado de Ella
«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»
Capítulo XXII
Enamorado de Ella
Capítulo XXII…
Una cara de asombro, un rostro de
esperanza
El viaje desde la oficina hasta la casa de los padres de Lucía se hizo eterno para Jorge. Ansiaba ver la cara que tendría cuando le quitara a sus hijos. En verdad, la vida de los niños no le importaba nada. Les había buscado un internado donde alojarlos el resto de sus vidas. Sin embargo, el placer que tendría al contemplar el dolor en el rostro de ella sería enorme. Quería arrebatarle lo que más quería porque de esta forma ella sentiría lo mismo que él al ver cómo la vida social se desvanecería por su culpa. Echó un vistazo al interior de la limusina y sonrió. Se encontraba donde siempre había soñado, rodeado de los directores y unidos para un fin común. Se reclinó un poco en el asiento y pudo contemplar la entrada de la casa del anciano. Se llevaría una gran sorpresa al verlo con ellos.
—Bueno, Jorge, ya hemos llegado. Yo hablaré con Carlos primero, le expondré la situación y las posibles resoluciones que adoptaremos.
—No tengo problema, señor. Lo que usted haga estará perfecto.
—Gracias.
El anciano salió del coche, se sacudió el traje, movió los pies de un lado a otro y se dirigió hacia el timbre de la puerta. Los demás integrantes de El Grupo lo siguieron a una distancia prudencial; valoraban la jerarquía en la que se encontraban y cada uno sabía el escalón en el que se encontraba.
—Buenas tardes, caballeros. —Clara salió a recibirles.
—Buenas tardes, nos gustaría hablar con el señor Carlos Sandoval, Clara.
—Adelante, les atenderá en su despacho. Si son tan amables de seguirme.
—Con mucho gusto. —El anciano hizo un gesto a Jorge para que se uniera a ellos y así entrar en el hogar donde tendrían el encuentro.
Este se acercó y se resguardó entre la protección de los integrantes de la asociación. Si hubiese ido solo, le habrían tirado piedras desde lejos, pero con ellos no. En el instante que él fuese vicepresidente sacaría a la familia Sandoval de la asociación. Una adultera no era buen ejemplo para las demás mujeres de la sociedad…
Cuando Jorge entró en la casa notó que alguien lo miraba. Buscó a dicho personaje y lo encontró, era Lucía. Estaba arriba, en la baranda del segundo piso. Parecía bastante estropeada y demacrada. «Quizá tanto sexo no te ha sentado tan bien como imaginaste —pensó—. O tal vez estés jodida porque voy a quitarte el alma», se carcajeó ante el placer que le supuso esta última idea.
—Señor Sandoval, la visita ha llegado —le informó Clara.
—Hazle pasar, gracias.
—¡Querido Carlos! ¿Cómo se encuentra? —El anciano presidente abrió la puerta y caminó hacia su viejo amigo extendiendo la mano.
—Muy bien, pero no creo que mejor que tú. —Alargó la suya para responder al saludo.
—Bueno, la pierna sigue haciendo de las suyas —le explicaba mientras levantaba un poco la extremidad—. Pero mirándolo por el lado bueno, es una estupenda meteoróloga.
—Yo dejé de fumar y he vuelto por el estrés. —Ambos amigos se abrazaron tras el primer saludo.
—Sabes por qué estoy aquí, ¿verdad? —El presidente lo miraba con cariño y angustia.
—Me lo puedo imaginar. —Echó un vistazo diabólico hacia el bastardo yerno que estaba parado observando la situación—. ¿Me aceptas una copa?
—Te lo agradezco, pero me gustaría terminar lo antes posible con todo este lío. —Frunció el ceño. No le resultaba cómodo hacerle aquella trastada a su mejor amigo. El dolor que le iba a causar sería terrible y en el fondo, no se lo merecía porque era un hombre bueno y valeroso. Sin embargo, el honor de un miembro del club había sido manchado y tenía que limpiarse de la manera estipulada.
—Como quieras. Puedes argumentar. —Carlos se sentó en su sillón para escuchar con atención lo que su amigo iba a exponer.
—El motivo que nos ha traído a tu hogar no ha sido otro que la petición insistente de un miembro de nuestra sociedad para reclamar la custodia de tus nietos, sus hijos. Alega que tu hija no es buena madre para ellos.
—¡Yo discrepo! Mi hija es muy buena madre. ¡Excelente! Es verdad que no ha sido la esposa que Jorge ha querido, pero en fin… ¡Él tampoco ha resultado ser el marido idóneo! ¿Verdad? —Esquivó la figura que tenía en frente para dirigirle la mirada al bastardo de Jorge.
—¡Yo he dado a su hija todo lo que ha estado en mi mano! —gritó muy exaltado—. Nunca le ha faltado ni un plato para comer, ni un vestido que ponerse, al igual que he mantenido en muy buena posición a mis niños. — Jorge cruzó sus piernas y se apoyó en la puerta. Por ahora su secreto parecía que estaba guardado. Una de las normas básicas de la congregación era que las mujeres eran meros floreros, pero había que respetarlas al máximo. No tenían voto, no podían opinar, pero jamás se les trataría con humillación, vejaciones o maltrato.
—¿Estás seguro que has satisfecho a mi hija «en todo» lo que ella necesitaba? —le preguntó arqueando una ceja.
—Si te refieres a que guardaba con esmero un consolador en su cajón y le privé de él, pues sí, he sido un mal esposo porque no la he consentido en su totalidad. —Miró de soslayo al anciano.
—¡Hijo de puta! —susurró Lucía desde su escondite.
—¿De verdad que te quitó el consolador? Seguro que se sintió avergonzado porque el tamaño de su pene era muy inferior —le susurró Andreu al oído mientras intentaba no reírse en alto.
—Es verdad. En cuanto lo descubrió, lo hizo desaparecer —cuchicheó.
—Yo te compraré todos los que quieras y de todos los tamaños… ¡Me vuelve loco jugar con dildos!
—Bien, pero ahora cállate, que necesito escuchar, luego ya veremos. — Entrecerró los ojos.
—No me parece bien que digas esas cosas de mi hija. ¡Siempre has sido un caballero! ¿Qué ha cambiado?
—¿Y todavía lo preguntas? ¿Acaso no te traje pruebas de lo que había ocurrido? ¿Qué harías tú en mi lugar, unirte a la fiesta?
—Primero, mi hija salió de la casa matrimonial porque la golpeaste…
—¡Jorge! —El anciano se giró hacia él—. ¡Eso no está permitido en la sociedad!
—Señor, apareció borracha y a deshoras. Me alteré porque no sabía si le había pasado algo, y cuando la vi con bromas y desquiciada por el alcohol, no pude reaccionar con cordura. Pero nunca, nunca le había puesto la mano encima —quiso excusar su actuación.
—Mi hija no estaba borracha, no te inventes nada. Había celebrado su cumpleaños y llevaba unas copas, pero no debía de estar ebria cuando conducía el coche. Y sobre el tema de las fotos, me parece muy rastrero que la siguieras para inmortalizar los encuentros con otro hombre. Eso también atañe a su honor, ¿no te parece?
—¡Sabía que estaba con otro! ¿Cómo me iban a creer si no llevaba las pruebas? —comenzó a perder los nervios. El rumbo de la conversación no estaba siendo como él esperaba.
—Caballeros. —Una voz masculina apareció por la puerta. Sin embargo, fueron dos figuras humanas las que se dejaron ver.
Los directivos de El Grupo miraron asombrados cuando descubrieron quién era el hombre que permanecía parado observando a los allí presentes: el hijo primogénito de Andreu Voltaire.
—Señor Voltaire —dijo el anciano con alegría—. ¡Es un honor tenerlo entre nosotros!
—Gracias, caballeros. Yo también me alegro de veros. Perdonad si he sido algo brusco en mi intersección, pero no he podido contenerme al ver la cantidad de sandeces que ese señor está expulsando por su boca —señaló a Jorge—. Así que como estoy involucrado en el asunto de la señora Sandoval porque soy el susodicho amante, tan solo comentaré que reclamo el favor que se le debe a mi familia para que todo esto se zanje de la mejor manera para ella.
—¡Serás cabrón! —dijo Jorge fuera de sí—. ¡Este es el hombre que se está follando a mi mujer!
—Eso ya lo he dicho yo… —murmuró Andreu entre risas al ver la cara que se le había quedado al marido.
Todo el mundo miró a Andreu y a la pequeña sombra que se escondía tras
él.
—Lucía —le dijo el anciano—, ¡ven aquí!
Lucía se acercó muy despacio y se aferró con fuerza a la calidez de la mano de su amado. No deseaba permanecer sola ante una situación como aquella.
—Buenas tardes, señor. —Apenas movió sus labios para hablar porque la tensión que estaba viviendo le hacía no poder abrir la boca.
—¿Has escuchado todo lo que se ha dicho aquí sobre ti? —El anciano se cruzó de brazos y se sentó sobre la enorme mesa de madera que tenía Carlos para sus papeles.
—Sí, señor, he podido escuchar cada palabra que se ha dicho en esta habitación sobre mí.
—¿Tienes alguna pregunta, duda, o algo que comentar? —El anciano miraba sin pestañear a la mujer.
—Si me lo permite, puedo intentar dar mi versión de los hechos. Creo que yo también soy importante en el tema que se está tratando.
—Adelante —ordenó. Nunca hubiese permitido escuchar la versión de una mujer, sin embargo, el hecho de que estuviese junto a un Voltaire y le había reclamado el favor, hacía que todas sus normas tuviesen un paréntesis.
—Bien, agradezco a Jorge el hecho de que me haya cuidado durante todo este tiempo. Pero en verdad, no era feliz a su lado. Alego que no he tenido carencias económicas y que mis hijos han sido tratados de la misma manera que a mí. Aunque, nos ha faltado una figura paterna y un marido al que amar. Para él solo hemos sido un expositor perfecto para luchar por una meta: llegar a ser un cargo importante en ese estimado club. El hecho de que yo tuviese escondido un consolador —miró a Jorge con rabia— está fuera de contexto. Pero sí es verdad que después de todo lo sucedido, no quiero volver a estar ni un minuto más con él. Es malo, rastrero, dañino, mentiroso, ambicioso de poder, la codicia camina por sus venas, fíjense cuánto le supone estar por encima de los demás que ha puesto El Grupo en contra mía para quedarse con los niños, cuando no sabe ni sus edades. Yo no digo que no haya sido mala esposa, o que mis deseos maritales no hayan coincidido con los de mi actual esposo, pero he sido muy buena madre, mucho. Mis hijos son mi vida, y como eso lo sabe él, los utiliza para hacerme daño.
—Estamos de acuerdo en que Jorge es todo eso que usted ha descrito. Pero el adulterio…
—Señor, —dijo Andreu— aquí es donde pido el favor familiar que El Grupo debe a los Voltaire.
—¡Anda ya! —exclamó Jorge—. ¿Vas a gastar un favor como ese por mis hijos? —Levantó las manos por el asombro.
—Quiero que Lucía se quede con sus hijos y disfrute de la custodia. Claro está, las visitas que el padre tenga con sus hijos serán vigiladas. Nunca se sabe hasta qué punto uno puede llevar la venganza por despecho. —Miró al anciano.
—¿Está usted seguro de eso, caballero? ¿Quiere que la asociación conceda su favor a esta familia?
—Es mi deseo. Los niños de Lucía pronto serán mis hijos también. —La miró y extendió su mano hacia ella. La mujer se acercó a él y se estrechó en su cobijo.
—Si estás tan seguro de ello, es nuestra obligación cumplir tu deseo. Tu padre nos hizo un gran favor en su momento, y todos le debemos nuestro amparo. Dé por hecho, joven Voltaire, que su familia no será tocada.
—Quedando claro que mi familia incluye a Lucía Sandoval, sus pequeños y sus padres. —Andreu abrazó a Lucía.
—Sí, en efecto, se incluirán todos bajo esa protección.
—Gracias, ha sido un honor conversar con usted. Caballeros, Carlos, si me disculpan, tengo nuevas personitas que conocer y atender. —Hizo una reverencia y, agarrando con fuerza la mano de su mujer, la sacó de allí.
—Bien, —dijo el anciano— creo que esto ha finalizado. Si nos disculpas, El Grupo tiene que volver a reunirse para discutir el cargo que se queda libre…
—¿Tienes alguno libre? —le preguntó con sarcasmo Carlos.
—Sí, el de vicepresidente, ¿interesado, viejo amigo? —Se acercó hacia él mientras que abría un baúl pequeño que tenía sobre la mesa.
—Solo si tú eres el presidente —cogió un puro y se lo ofreció.
—Por supuesto, las buenas raíces nunca deben morir. Esta juventud son tallos que se arriman a los árboles fuertes, pero siguen siendo mala hierba. — Con el puro en la mano, pasó por el lado de Jorge y no se dignó ni a mirarlo.
Todo el mundo en el club estaba alterado. El boca floja de Fidel había hablado sobre el asunto de Lucía y de su hermano, y cuando se trataba de temas amatorios, todo el mundo deseaba escuchar el chisme, aumentando la inquietud al descubrir que se trataba de amigos de los jefes. Habían llamado más de mil veces a la habitación de Bianca, pero siempre ofrecían la misma respuesta: no sabían nada. El único que tenía que conocer algo era Sail, pero tras regresar de la casa de Lucía, se encerró en uno de los salones para reprender alguna actitud que Elsa había tenido durante su ausencia, y claro estaba nadie molestaba a la bestia hambrienta de necesidad cuando se encerraba gritando: «El que toque la puerta durante las próximas doce horas, morirá». Murmuraban que llevaba a Elsa en el hombro como si se tratase de un saco de patatas, pero nadie hizo ni dijo nada. Aquel hombre se convertía en un feroz monstruo cuando deseaba poseer a su mujer. Podían estar varios días sin salir de la habitación, eso sí, cuando abrían la puerta, se encontraban más delgados y llenos de un increíble amor.
—Estoy de los nervios, espero que todo haya salido bien —dijo Bianca sentada sobre la cama. A su lado, Fidel tenía el teléfono en la mano esperando que alguien lo llamara.
—¿Sabes?, mi hermano siempre ha sido el más listo de la familia. El más responsable, honrado, sensato. Pero a la hora de encontrar pareja, nunca ha tenido suerte. Y se merece ser feliz por una vez en su vida.
—Tiene que serlo para tener un hermano como tú, bichito —le dijo su ama mientras le acariciaba la espalda.
—Tras la muerte de mi padre, yo me iba a volver loco. Estuve metido en muchas cosas peligrosas, entre ellas, en temas de drogas. Pero siempre estuvo Andreu apoyándome. Salvándome de todas las capulladas que día tras día se me ocurrían. Quise hacerle un regalo, quise llevarlo hasta Lucía.
—¿Ella es su gran amor? —le preguntó mientras le ponía las esposas.
—Bueno, yo creo que sí. Nunca he visto al responsable de mi hermano saltarse las normas jurídicas, y el perseguir o acosar a una mujer está dentro de ellas. —Levantó ambas cejas y sonrió.
—Tú siempre me acosas. —Se apoyó en la cama detrás de él y comenzó a tocarle con sus largas uñas.
—Sí, pero yo no vivo conforme a la ley. Vivo para pasar de ella. —Echó la cabeza hacia atrás cuando ella tiró con fuerza de su pelo.
En ese instante el móvil vibró y Bianca lo atrapó para leer el mensaje.
—Dice que todo está ok, que los niños y la madre son suyos y te da las gracias. —Apagó el aparato y con el cabello todavía amarrado, le besó con pasión.
—¡Gracias a Dios! Todo ha salido bien. —Sonrió.
—¿Puedes ya ocuparte al cien por cien de tu ama? —Soltó el amarre del cabello y se colocó frente a él.
—Por supuesto, señora. ¿Qué desea que haga?
—Por ahora ponte de rodillas y besa mis pies. Luego ya veremos…
—Sí, mi señora.
Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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