Enamorado de Ella | Capítulo 12

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Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo XII

Enamorado de Ella

Capítulo XII…

Requerido

Fidel conducía a gran velocidad por las calles de la ciudad. Había recibido un mensaje de su ama requiriendo su presencia en el club, y no la quería hacer esperar demasiado. Debía de ser algo bastante importante porque, de lo contrario, no se hubiese saltado uno de sus principales límites que era no interrumpir su vida familiar, y ella sabía que hoy era el día en el que su madre y él iban a poner flores a la tumba del padre. Aparcó el coche en la parte de atrás y se dirigió hacia la puerta. Tocó tres veces y esperó a que alguien le abriese.

—¿Quién? —preguntó Camal.

—Soy el esclavo Ron, señor. Mi ama me ha requerido —dijo esperando a que le permitiera el paso.

—Ya sabes qué hacer —le comentó.

—Sí, señor.

Se dirigió hacia los vestuarios y se desnudó. Cogió el collar de cuero negro que tenía en su taquilla y comenzó a adentrarse en el club. Todo estaba apagado. No había nadie allí dentro y el silencio era sepulcral. Era normal ya que la zona se cerraba de día para que no interrumpieran con alaridos y música la parte menos oscura del local. Pero aquello le preocupó aún más. ¿Por qué lo necesitaba a esas horas? Siguió andando hasta la habitación en la que ella hacía sus sueños realidad. Su corazón se aceleraba cada vez más. Su respiración, entrecortada debido a la ansiedad de pensar que le había sucedido algo, lo ahogaba. Tocó la entrada dos veces y esperó a que le indicase si podía o no entrar.

—Pasa, esclavo mío —la suave voz de su dueña le permitía el acceso.

—Señora, su perro está aquí para lo que desee —dijo mientras caminaba con suavidad dentro de la habitación.

El dormitorio estaba en penumbra. Iluminado con las habituales velas, apenas distinguió dónde se encontraba ella. Entrecerró los ojos y observó una silueta sentada en un diván.

—¿Me permite acercarme? —preguntó con asombro. Seguía sin saber para qué había sido solicitado.

—Estoy aquí —la voz de su ama apareció de entre las sombras. No era la mujer que estaba sentada. En la habitación había dos…

—Gracias por venir tan rápido. —Bianca, Ama Hielo, se acercó a él para acariciarlo y besarlo.

—Sus deseos son mis mandatos, señora —respondió dejándose besar.

—Lo sé. —En su mano tenía una cadena que aferró al collar de su cuello. Arrodillado y andando como si fuera un perro, se acercaron hacia la figura que los observaba callada—. Querida, aquí tienes a mi esclavo para lo que desees.

Fidel comenzó a temblar. Nunca había estado con otra Dómina que no fuese ella y la idea de ser sometido por otra no le gustó porque lo que tenía con Bianca era amor y no sentimiento de dominación.

—¡Mira al suelo! —le ordenó Bianca mientras tiraba de la cadena hacia abajo. Él lo hizo.

—Buenos días, esclavo Ron. —Este se quedó sorprendido al averiguar de quién se trataba—. Imagino que estarás preguntándote por qué estás aquí. — Fidel asintió con la cabeza mientras clavaba su mirada hacia donde le había ordenado. Nadie podía alzar la mirada cuando ella estaba presente, de ahí que su señora le obligase a bajarla—. Necesito ayuda y Bianca me ha dicho que tú me la proporcionarás.

—¡Responde! —ordenó su dueña.

—Haré todo lo que esté en mi mano, señora. Será un honor poder ayudarla. —Continuaba con su posición de humillación.

—Bien, una amiga necesita un buen abogado y sé de buena tinta que tu hermano lo es.

—Sí, señora. Es uno de los mejores en esta ciudad y no tendrá problema alguno para llevar su caso.

—Pero no des todo por sentado. Se trata de Lucía Sandoval, y si no recuerdo mal ha tenido algún altercado con él. —Se incorporó del diván para observar el rostro del joven. Se parecía mucho a su hermano, aunque sus rasgos faciales estaban más marcados y sus ojos no eran azules, sino marrones.

—¿Ella? —Debido a la sorpresa que tuvo, levantó la cara hacia Dómina y Bianca le tiró de la cadena hacia abajo—. Lo siento, mi señora, ha sido sin querer —se excusó.

—¿Crees que tu hermano pondrá alguna pega? —Puso sus largas piernas frente la cara del esclavo.

—No, señora. Creo que también será un placer para él. —Sonrió complacido.

—Perfecto. Gestiona una cita lo antes posible, ¿entendido? —dijo con impaciencia.

—Sí, señora. En cuanto mi ama no me necesite, lo haré. Gracias por confiar en este humilde siervo —agradeció.

—Bianca, espero que sepas agradecer como se merece su colaboración. —Comenzó a caminar hacia la puerta.

—Sí, no dudes que lo haré. —Esbozó una insinuante sonrisa diabólica.

—Nos vemos luego. —Salió de allí.

Fidel seguía anonadado. Era un honor haber hablado y permanecido junto a una mujer tan poderosa como ella. Pero no solo su alegría se debía a eso, sino a que por fin iba a poder ayudar a su destrozado hermano.

—¿Qué? —inquirió Bianca cuando observó la alegría que desprendía el muchacho.

—Que hoy me han hecho muy feliz, señora.

—Todavía no ha terminado el día. Levántate y quédate desnudo. Yo también quiero ser feliz.

El muchacho se levantó y mientras ella le quitaba la cadena, se desprendió del bóxer. Un escalofrío invadió su cuerpo y empezó a sentir la excitación en su sexo. Estaba preparado para la recompensa que su amada le iba a ofrecer.

—Échate sobre la cama —mandó.

Caminó despacio hacia ella. Se tumbó mirando el techo y colocó cada mano en un lado del cabezal del catre. Bianca atrapó las muñecas con diferentes esposas disfrutando de la exposición que el joven realizaba para ella. Sin límites, sin miedos y con total adoración. Abrió un cajón de la mesita y atrapó un antifaz negro. Le inclinó la cabeza y se lo puso. No quería que viese nada, así estimularía sus sentidos y disfrutaría de cada caricia mil veces más. Instantes después, Fidel comenzó a notar sobre su cuerpo los dedos de su señora. Empezó a volar…

—Me has honrado con tu comportamiento —murmuraba entre cada caricia—. Eres lo mejor que he tenido en mi vida.

—Gracias, mi ama. Es un placer servirle —intentaba responder. Los roces en su piel le estaban llevando a un mundo inimaginable—. Daría mi vida si la pidiera, lo sabe.

—Lo sé. —Dejó de tocarlo y caminó durante unos segundos por la habitación. Luego volvió hacia él y comenzó a dibujar en su cuerpo, con pequeñas gotas de cera que caían de una vela encendida, el nombre de ella.

Fidel se excitó aún más. Su sexo comenzaba a erguirse sobre su cuerpo. El calor de cada lágrima en su piel solo avivaba más su imperiosa lujuria. En efecto, su ama y señora le estaba complaciendo por su acto. Alzó la cadera para guiar a su Dómina por dónde necesitaba sentir el calor. Bianca sonrió complacida. «Por supuesto, amor», pensó. Alargó la mano y un pequeño río de lava cayó sobre el erecto sexo. El muchacho gritó de emoción y levantó más la zona. Más, deseaba mucho más. La mujer acercó el pequeño fuego y fue acariciando con él el lugar inguinal. Un aullido salió por la boca del esclavo.

—Mi pequeña zorra —dijo la ama apartando la vela—. Eres especial…

Las lágrimas comenzaron a correr bajo del antifaz. Fidel estaba emocionado, ilusionado, consentido con la vida que tenía porque en ella se encontraba la mujer que amaba, y una vez hallada, nada ni nadie le separaría de ella. Sintió cómo volvía a distanciarse de él, la frialdad era palpable cuando ella lo abandonaba. Pero como en la anterior ocasión, regresó al momento. La cama empezó a moverse, parecía que se subía, pero no fue capaz de preguntar. Lo que decidiera, así haría.

—Abre la boca —ordenó—. Recibirás el zumo de tu dueña, te alimentaré de mis entrañas y saborearás lo que tanto deseas.

—Sí, ama.

Bianca puso su sexo sobre el rostro del sumiso dejando que se alimentara lo suficiente como para que la esencia de ella se apoderase de su cuerpo. Era suyo, por más que intentara evitar amarlo, no podía. Cada gesto, cada ofrenda, cada aceptación que el joven realizaba por ella, reforzaba con más ahínco el sentimiento de amor que había surgido entre ambos.

—¡Mete la lengua! —ordenó entre jadeos. Su orgasmo estaba a punto de llegar.

Al sentir la caliente sin hueso rozando las puertas de su interior, empezó a balancearse sobre la angelical cara. La intensidad en cada fricción iba aumentándose, volviéndose una demente al ser sucumbida por el placer.

El joven empezó a expulsar gotitas seminales, estaba tan cerca de la explosión como ella. Pero no podía hacer nada sin el consentimiento de su diosa. Seguiría degustando del rico néctar hasta el final de sus días, no le importaría morir bajo las piernas de su amada. De pronto, mientras su lengua acataba la orden que le había sido designada, Bianca comenzó a frotarse con más vigor y sacudió su cuerpo con gran agresividad. Fidel intentó mirar el rostro exótico de su dueña, pero le fue imposible. El sexo de la lujuriosa mujer se movía de tal forma que notó el chorreo de su miel sobre las pestañas. Hubiese dado su vida a cambio de sentir su polla dentro de ella, pero parecía claro que en esta ocasión no iba a suceder.

—Otro regalo, siervo —jadeaba—: córrete, ¡ahora!

Bianca se agarró a las borlas del cabezal para no perder el equilibrio. Su cuerpo se zarandeaba bruscamente ante la llegada del deseado clímax. Su refriega en el rostro del sumiso no terminaba. Necesitaba seguir hasta que su cuerpo notase el descenso de la adrenalina. Giró su cabeza hacia atrás y vio que Fidel se había llevado una de sus manos hacia su sexo y se estaba masturbando con rapidez. Amusgó sus ojos y comprendió que el joven estaba en el límite. No duraría ni un segundo más. Entonces cerró sus ojos y se dejó llevar… ante las múltiples sacudidas que su cuerpo le estaba ofreciendo.

Ambos gritaron, los dos se volvieron locos. Desearon que el placer no se terminara nunca. Jamás encontrarían a nadie que les complementara como ellos lo hacían. No solo físico, sino también de alma.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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