Enamorado de Ella | Capítulo 8

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo VIII

Enamorado de Ella

Capítulo VIII…

Momentos íntimos

Por un momento tuvo que mirarse las pelotas por si habían salido corriendo junto con su polla, porque todo lo que observaba a su alrededor le provocó tanto miedo que no supo si una parte de su cuerpo se había despojado de su lugar y había salido despavorido. Lo primero que hizo al entrar en el tenebroso lugar fue apoyarse en la pared para no desmayarse. Contaba los pasos que realizó al entrar para saber cuántos tenía que dar para huir. Giró la cabeza para mirar hacia la puerta; contaría «tres, dos, uno…», contendría la respiración y saldría corriendo. Pero en el instante justo que tomó la decisión, notó una presencia a su lado. Movió la cabeza y vio cómo una mujer le sonreía de forma maliciosa. Vestía con un negro corsé. Pequeño, muy pequeño porque dejaba al descubierto sus pechos. Bajó los ojos y contempló el altísimo calzado que llevaba. Aquellos finos tacones podrían hacer mucho daño si ella se dispusiera a hacerlo. Fue levantando sus asombrados ojos muy despacio. No quería hacerla enfadar puesto que en su mano llevaba un látigo de dos metros. «¡¡Corre!! ¡¡Sal de aquí… ya!!», le decía una vocecita en su mente.

Iba a hacerlo. Quiso controlar sus piernas que temblaban de miedo y echar a correr, pero un ruido detrás de la mujer llamó su atención. Unos pequeños gritos y maldiciones se escuchaban por encima de la música del local. Andreu abandonó la idea de salir corriendo para saber qué sucedía en aquel lugar. De pronto, dos enormes cuerpos aparecieron por detrás de la mujer. Uno lo reconoció con rapidez puesto que se trataba del portero que le había indicado que debía de hacer al entrar. El otro, muy parecido a este, aunque se diferenciaba por los tatuajes que enseñaba el esbelto y desnudo torso. Andreu frunció el ceño. Tal vez se habían arrepentido de su presencia y venían para echarlo a patadas. Sin embargo, atraparon el brazo alzado de la mujer, preparada para dar un latigazo al suelo y le susurraron algo. De repente, ella comenzó a escupir por su boca roja palabras bastante malsonantes y se alejó de allí. Andreu seguía cada vez más anonadado. Tal vez su hermano andaba por las sombras del local y había solicitado que le salvasen. Pero no fue esa la razón. Los gorilas se apartaron y apareció tras ellos la mujer más bella que había conocido. Su cuerpo reaccionó al tenerla de nuevo tan cerca: «Síp, mis pelotas y mi sexo siguen conmigo», se dijo sonriendo con sutileza.

Sus caderas seguían siendo bastante provocadoras. Según se aproximaba, la respiración del hombre desaparecía. Su largo pelo, amarrado en una coleta, se movía al compás de sus pasos. Pero lo que dejó sin aliento al joven fue la mirada caliente y posesiva que escondían sus ojos bajo el antifaz. «¡Dios!», exclamó para sí cuando notó de nuevo la presión en su pequeño slip. Ahora no podría ocultar la erección que había crecido entre sus piernas y tampoco tenía una excusa sensata para que ella no tuviese una idea «errónea» de lo que estaba sucediéndole. Ella se paró frente a él y lo miró de arriba abajo. Se colocó las manos en las caderas mientras que Andreu se las colocaba en su sexo para disimular lo que tenía. «Sálvame, Dios mío, y te prometo que iré todos los días a misa», rezó.

Lucía no era consciente de la lujuria que la poseía. Tampoco podía pensar de manera coherente en aquellos momentos. Solo tenía una idea en su cabeza: que todo el mundo supiera que el guapo que jamás había visto y sintiendo que ella era todo su mundo de deseo. Pensó en milésimas de segundo que aquel joven se había preocupado en el tiempo que la conocía más que su esposo en todo su matrimonio. Sonrió picarona cuando observó que intentaba ocultar la excitación que poseía. Nunca nadie la había deseado con tanta intensidad. Siguió caminando hasta que se colocó frente a Andreu. Sus bocas se rozaban al tomar aire. Las caderas de ella se encajaron en las del hombre haciendo que aquella erección aumentara hasta límites insospechados. Lucía pensó en poner sus manos en el torso desnudo, tal vez así descubriría cómo se aceleraba su corazón en su presencia, puesto que el suyo no hacía más que galopar dentro de su tórax.

—¿Buscabas algo? —dijo con voz ruda debido a la agitación que estaba viviendo.

—Sí. —Intentó mantener la calma, pero ciento noventa y siete centímetros de cuerpo más veintisiete de anexo, no se podían controlar teniéndola tan cerca. Sus piernas comenzaron a temblar. El corazón ya no estaba en su lugar, había corrido hasta la garganta, y sus manos, esas que deseaban posarse sobre la bella y erótica espalda que ella lucía, no paraban de moverse buscando el lugar más adecuado.

—¿Qué quieres? —continuó con aquella pose dominante. No podía desmoronarse ante el ansia que sopesaba en aquellos instantes por pegarlo aún más en la pared y besarlo con tanta necesidad que recompensara el tiempo perdido con Jorge. Un escalofrío recorrió su figura. Su entrepierna entró en calor. Notaba cómo se iba humedeciendo y eso la estaba volviendo loca. Pero
era normal, tenía que serlo. Andreu la estaba presionando con su enorme falo y si ella no lo estuviera tapando en ese instante, el ciego que vendía los cupones de la once en la esquina de la farmacia hubiese visto también la erección del muchacho.

—Si puedo obtener lo que quiero, te lo diré. Pero si vas a tratarme como a los que están a tus espaldas, no sigo el juego. Yo no estoy dentro este mundo… —Antes de que pudiera continuar con el discurso que inició, Lucía atrapó su rostro y lo besó. Hay veces que los hombres están mejor callados…

Nadie podría haberles advertido de la química que tuvo ese beso. Lucía le traspasó la posesión y la lujuria que sentía por él. Y mientras la lengua recorría su boca y acariciaba cada rincón de la mentolada intromisión, siguió reforzando su dominio sobre Andreu. Las manos del muchacho se posaron sobre las caderas que tanto adoraba, y el suave tacto del vestido le hizo estremecer. Llevaba siglos sin besar a una mujer con tanta pasión, mejor dicho, nunca había sentido cómo se quemaba su boca al besar. Se encontraba tan desconcertado que se decía una y otra vez que lo que le ocurría no era real. La gente normal no podía tener ese tipo de sentimientos después de cinco horas de conocerse. O se había vuelto loco, o aquello era un sueño del que despertaría de un momento a otro y tendría las sábanas mojadas por una corrida incontrolada.

—¿Me dices ahora qué venías buscando? —Lucía separó sus labios con suavidad y jadeó en cada palabra.

—¿Me prometes que me recompensarás con otro beso? —le susurró.

—Según el tipo de respuesta que me des… —Ella movió las caderas contra su erecto sexo. Empezaba a jugar una partida en la cual el premio para el ganador sería satisfacción sexual.

—¡Dios, a ti! ¡Te buscaba a ti! ¿Contesta eso a tu pregunta? —Levantó con suavidad las pestañas para poderla admirar de nuevo.

—Mucho. —Lo cogió de las muñecas y arrastró de él por toda la sala.

La gente tras su paso sonreía. «Una más que demuestra quién tiene el poder en este puto mundo», dijo un joven a su ama.

No hacía falta que nadie le indicara dónde podían tener algo de intimidad. Ella lo supo desde el momento que vio la puerta de la oficina de Silvia.

—¿Dónde me llevas? —Andreu estaba algo asustado. No le gustaba lo que allí hacían, y aunque sentía algo especial por la mujer, no participaría en los juegos que se ofrecían.

Ella abrió una puerta negra y encontró un pasillo iluminado por unas antorchas en las paredes. «¿Dónde será?», se preguntaba. Necesitaba una habitación libre.

Tras dejar pasar dos puertas con luces de color rojo sobre el marco de la puerta, encontró una de color verde. «¡Esta!». Giró el pomo y arrastrando al pobre muchacho que se dejaba mangonear, entraron juntos.

El cuarto estaba iluminado con las cálidas luces de unas velas de ceras que se posaban en varios lugares. El aroma a esencias frutales y velas encendidas inundaban el lugar aportando un estado de bienestar difícil de describir. Lucía soltó las muñecas del joven y dejó que observara dónde se encontraba. Ambos debían razonar con claridad para dar paso a lo que deseaban, fundirse en el más puro y placentero deseo sexual.

—Antes de que empieces a hacer cosas con las que no me encontraré cómodo, quiero advertirte que este rollo a mí no me gusta. —Andreu se quitó el antifaz—. Me ha excitado mucho la ropa que llevas, pero no por tener esa prenda, sino por lo que escondes bajo ella. Pero eso de ahí no me va. — Señaló hacia un armario que tenía las puertas abiertas. Dentro de él se encontraban todo tipo de juguetes necesarios para una sesión de BDSM: velas, consoladores, cuerdas, arneses, bolas chinas, mordazas, plugs, esposas, fustas, gatos, púas… Todo un tesoro para el que lo sabía apreciar.

—¿Piensas que a mí sí? —Ella se apoyaba sobre la puerta, quería evitar la posible huida del asustado joven. Por más que intentaba llamar a la coherencia y a su raciocinio para advertir que estaba haciendo una locura, su cerebro no respondía. Se dejaba llevar, por primera vez en su vida, por el instinto más trivial, el deseo sexual.

—No lo sé —musitó Andreu girándose sobre sus talones y posicionándose frente a ella.

—¿Crees que este es mi ambiente? —Caminó hacia él—. Mira, guapo, ni soy de este tipo de lugar ni debería estar aquí contigo porque soy una mujer casada y con hijos. Y, sin embargo, deseo saborear cada centímetro de tu piel. Espero con ansiedad saber qué me ofreces y necesito calmar el hambre de lujuria que has despertado en mí. —Miró su reloj y arqueó una ceja—. Son las ocho de la tarde de un 20 de diciembre, todavía es mi cumpleaños, y me gustaría tener un regalo imposible de olvidar. Algo que hiciera más alegre y llevadera la mierda de vida que tengo. ¿Me lo vas a ofrecer tú o busco a otro?

Andreu se quedó atónito ante la fuerza y sinceridad que desprendían sus palabras. Pudo notar en su tono de voz pinceladas de agonía y desesperación. Había escuchado fuera la conversación con la amiga y no entendió la causa exacta de su llanto, sin embargo, ahora lo comprendía todo. Su marido debía ser un absoluto capullo para no darse cuenta de la belleza que tenía por esposa. Esa alimaña no se merecía ser poseedor de una diosa. Ella tenía que ser admirada, mimada y alabada por la persona que decidiese ser su compañero. Cerró los ojos y pensó que si cabía una minúscula posibilidad de que él pudiese entrar en su vida, aunque al principio fuese de manera temporal, lucharía con uñas por eso. Tal vez, cuando lo conociera mejor, optara por abandonar su anterior vida y renovarla a su lado.

—Dime qué deseas y lo haré —le murmuró mientras se acercaba a ella—, si quieres que ladre, ladraré. Si quieres que salte, lo haré, si quieres que sea tu regalo, aquí me tienes. Tómame. Coge de mí todo lo que necesites. Soy tuyo.

—Para ser un regalo perfecto necesitas un precioso lazo rojo sobre tu cabeza —ronroneaba mientras sus brazos rodeaban el fuerte cuello y acercaba su bajo vientre al sexo erecto de él.

—Te prometo que cuando tengamos otra ocasión similar, lo llevaré puesto…

Andreu se lanzó con ferocidad sobre los labios de ella. Su lengua invadió con brusquedad la boca de Lucía. Quería saciar con prontitud la pasión que había crecido entre ellos. Las yemas de sus dedos comenzaron a caminar sobre la femenina piel desnuda deleitándose de las caricias en sus hombros y en los deliciosos brazos. La piel de Lucía era tan suave que cada roce era enloquecedor. Gimió sin aire, estaba loco por ella. Sabía que era ilógico sentir ese tipo de adicción con tan poco tiempo de conocerse, pero se decía una y otra vez que nadie había provocado en él ese tipo de desesperación. «Me quemas», pensó. Podía jurar que, si seguían así, él mismo padecería eso que se llamaba «combustión espontánea». Aunque si lo meditaba con frialdad, era la mejor forma de morir para un hombre enamorado de la mujer que tocaba.

Por otro lado, Lucía tenía los ojos cerrados. Se encontraba embelesada con el placer que el joven le estaba ofreciendo. De pronto, notó cómo las manos de él se aferraban a su cintura y la alzaba para llevarla a algún lugar de la tenebrosa habitación. Sus labios, audaces y cálidos, la provocaban con tanta fuerza, que era imposible dejar de tenerlos sobre su boca. Quería más, necesitaba muchísimo más, porque debía contrarrestar el tiempo perdido con la pasión que él le regalaba. No quería saber si el mañana existiría. No quería hacerse a la idea de que solo serían unos minutos, a lo sumo una hora. Tan solo le importaba sentir en su cuerpo la lascivia que poseían dos extraños que se atraían hasta límites insospechables.

Andreu la tumbó con suavidad sobre las sábanas de raso negras. Condujo sus flácidas manos sobre la cabeza y la cubrió con su enorme cuerpo.

—Te deseo tanto… —le susurró en el oído—, nunca he encontrado una mujer como tú.

—No habrás buscado lo suficiente. —Sus ojos hambrientos se encontraron con los de él.

—Creo que no lo hice en los sitios adecuados, porque no te hallé en ellos… —le decía mientras volvía a besar su cuello.

Muy despacio, fue bajando su boca hacia el pequeño escote que ella enseñaba. Soltó sus grandes manos y las dirigió hacia los pechos.

—Me encanta este vestido, pero ahora mismo lo quiero fuera. Si no te importa… —Sonrió con timidez.

La incorporó con gran delicadeza de la cama, colocándola de pie. Dejó que sus torpes manos masculinas buscaran la interminable cremallera. Conseguido su objetivo, besó la espalda con ternura y comenzó a bajar los tirantes del suculento y enloquecedor atuendo. La prenda cayó al suelo con suavidad, dejando al descubierto la silueta de la mujer. Andreu era incapaz de hablar, estaba atónito con la belleza que contemplaba. Sin lugar a dudas, era una mujer espléndida.

—No es lo que esperabas. —Lucía se sintió avergonzada ante el absoluto mutismo que el joven tuvo tras exponer su desnudez. En el fondo estaba acomplejada porque su cuerpo ya no era el mismo, los embarazos y el paso del tiempo siempre hacían mella en una dama.

—¿Crees que me desagrada lo que veo? —preguntó mientras la giraba para contemplar su rostro—. Oh, Lucía, nunca he visto alguien tan bello. Ni en mis mejores sueños tuve el placer de tener entre mis manos un cuerpo como el tuyo. Solo me falta una cosa para que me sienta aún más feliz.

—¿Qué? —inquirió inocente.

—Que seas mía para siempre…

Lucía se congeló. No supo cómo hacer frente a las palabras del muchacho. ¿Qué fuese suya para siempre? Lo que pedía no era viable. Aunque deseaba estar con él, no podía ofrecerle más que una noche de sexo. Lo miró directo a sus ojos y percibió que aquella insinuación no había sido tan solo producto del deseo. Él quería estar con ella tal como le había dicho. No se iba a conformar con un rato de placer porque aquella mirada le gritaba que en el interior del joven se hallaba un sentimiento más profundo. Uno que ella no podía ofrecer porque, aunque también había sopesado la idea de tenerlo a su lado para siempre, en su casa le esperaban tres criaturas que llorarían su ausencia puesto que estaba segura que si Jorge descubría lo que había hecho, le arrebataría lo que más quería en su vida, sus hijos.

—Lo siento, debo marcharme. —Ante la mirada sorprendida de Andreu, atrapó el vestido que tenía en los pies y comenzó a vestirse.

—¡Lucía! ¿Qué sucede? —Andreu le cogió la mano cuando esta inició un camino hacia la puerta—. ¿Qué sucede, amor?

—¡No me digas eso! No puedo ser tu amor, ni puedo ofrecerte más de una noche de sexo. Esto es una locura que se debe terminar aquí. Lo siento, de verdad que lo siento…

—¡No me hagas esto, por favor! —Andreu corrió hacia ella y la atrapó, quedando sus labios, de nuevo, pegados a los de ella. Quería saborearla otra vez, quería volver a sentir su cuerpo desnudo al lado del suyo. Quería hacerla borrar de su mente las torpes palabras que le había declarado.

—Ignora esto. Olvida la locura que casi hacemos. ¡Olvídame! —Se escapó del amarre, abrió la puerta y salió despavorida de allí. Necesitaba dejar atrás la imprudencia que había estado a punto de hacer. Ni él se merecía que alguien jugara con los sentimientos más puros como era el amor, ni ella podía hacerse ilusiones por encontrar a un hombre que la quisiera con todo lo que con ello implicaba.

—¡No! —gritó Andreu mientras veía cómo se marchaba la mujer de sus sueños—. ¡No te vayas, por favor! —suplicó.

Pero ella no miró a atrás. A pesar de escuchar la petición, no podía darse la vuelta. Huir era la mejor opción. No podía hacerle daño, No podía hacerse daño.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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