
Enamorado de Ella
«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»
Capítulo VII
Enamorado de Ella
Capítulo VII…
El club
Menos mal que su amiga la sujetaba, de lo contrario hubiese caído desmayada al suelo. La visión de la enorme sala en la que habían entrado la dejó sin sentido común. Nunca se había imaginado que la dominación y la sumisión fuese eso. ¿Dónde estaba el amor? Allí solo se escuchaban gritos e innumerables chirridos que hacían los látigos cuando cortaban el aire para ser apoyados sobre la piel enrojecida. ¿Cómo se podría encontrar el placer siendo flagelados o tratados con ese tipo de crudeza? En medio del amplio salón, había una gran barra circular donde se encontraban dos chicos sirviendo copas. Ambos llevaban collares de púas plateadas como las que tenía el perro de su vecina, el que tanto ladraba. Portaban en los pezones unas pinzas de metal de las cuales pendían unas cadenas que llegaban más abajo de la cintura. Evitó imaginar dónde terminarían y qué escabrosa función realizaban. Sus ojos no sabían en qué posarse. Demasiados lugares nuevos y apetitosos. La sala estaba adornada de una gran cantidad de cuadros en los que podías contemplar varias escenas sobre el trato que se merecía el hombre en aquel lugar. Uno estaba amarrado a unas cuerdas que pendían de un gancho del techo. Otro aparecía tumbado sobre una mesa y era bañado con cera. Hombres chupando tacones. Hombres follados por varias amas que se enfundaban arneses, hombres siendo fustigados en la cruz… ¡hombre, hombres! ¡Solo hombres!
Empujada por su amiga, continuó avanzando. Pero frenó de golpe cuando un varón con una máscara integral y desnudo se abalanzó sobre sus pies. En su boca tenía un bozal y de las cuerdas tiraba una exuberante mujer. Una diosa vestida de látex. Le llamó la atención que ella lo estaba usando de caballo y parecía que las rodillas del muchacho sangraban. Este relinchó y continuó su camino.
«Una cosa de estas sería divertido tener en casa para cuando Jorge se ponga tonto, montarme sobre él», bromeó consigo misma.
Otra escena que llamó su atención estaba un poco más lejos de donde se encontraba; casi en lo más apartado de la sala había un hombre atado a una cruz y una mujer, también vestida de oscuro, le daba latigazos sin parar mientras el muchacho le agradecía por cada fustazo. En ese momento, recordó la de veces que ella había sido fustigada por las monjas. Un escalofrío invadió su cuerpo. No le gustó regresar al pasado. Le habían hecho tanto daño con aquel tipo de castigo. Había perdido tanto…
—¿Estás bien? —susurró Elsa—. Sabía que esto iba a ser muy duro para ti. No estás acostumbrada…
—No te preocupes. Solo que eso de ahí me ha hecho recordar a la puñetera madre superiora, ¿la recuerdas? Y tranquila, el ambiente que veo no me parece desagradable. El poder que aprecio de ellas sobre ellos me llama mucho la atención.
—Las recuerdo mucho más de lo que crees, Lucía. Pero ahora, mi preocupación es saber si te encuentras bien. No te puedes imaginar la de veces que me he preguntado cómo reaccionarías si te desvelaba el mundo en el que me siento feliz.
—¿Tu mundo? ¡Serás hija de puta! ¡Toda una vida diciendo lo frustrada que estoy en mi vida sexual, ¿y no has sido capaz de regalarme un cumpleaños en un lugar como este?! —Su dedo índice se colocó sobre el esternón de Elsa.
—Aquí soy ama Alexia.
—¿Alexia? ¿Cómo la americana que estuvo con nosotras un curso entero diciendo que éramos escoria tercermundista?
—Ella fue el origen de lo que ves. —Se encogió de hombros—. Me enseñó que el placer tiene muchos sabores, y el gusto a vainilla ya no me dice nada.
—¿Vainilla? ¿Es que hay sabores para el sexo? —Lucía sintió un golpe sobre sus zapatos. Miró hacia abajo y halló un hombre tirado en sus pies, lamiendo sus zapatos. Alzó la vista y observó a su amiga. Estaba petrificada, ¿qué hacía ese joven limpiando su calzado con la lengua? Pero al pronto apareció una rubia medio desnuda que llevaba en su mano derecha una fusta y en la izquierda unas esposas de metal. Saludó con la cabeza a Elsa y luego le dijo al chico:
—Bien hecho, perro. Demuestra a esta ama lo bien que te he adiestrado.
—El hombre se levantó y buscó la aprobación de su ama, gimiendo de placer cuando esta le acarició la cabeza.
—Ama Luna, ella es ama Azúcar.
«¿Cómo se puede llamar una persona Azúcar tratando a la gente así?», pensó Lucía.
—Bienvenida —le dijo la mujer con un tono suave y cariñoso—. Espero que estés disfrutando del tour que ama Alexia te está ofreciendo. He observado que te han gustado mis esclavos. —Lucía quedó sorprendida, no la entendía. Ama Azúcar le señaló hacia los cuadros que ella había estado observando con anterioridad—. Son mis preferidos, los perros más fieles que he tenido desde que soy dominante.
El esclavo que había lamido los zapatos de Lucía sollozó, entonces ella se agachó y acariciándole de nuevo la cabeza le dijo:
—Tú también eres especial, perro mío…
—La verdad, es que estoy gozando mucho con todo lo que veo — respondió Lucía sin apartar la mirada de la mujer.
—Voy a llevarla a que conozca a Dominatrix —le dijo Elsa.
—¿Ella lo ha permitido? —La mirada asombrada de ama Azúcar le provocó cierta intriga, ¿quién sería esa tal Dominatrix para que tuviese que pedirle permiso?
—Sí. Y está feliz por recibirla. —Elsa volvió a coger la mano a su amiga.
—Pues si es así, no os entretengo más. —Miró al esclavo y le gritó con fuerza—. ¡Sígueme de rodillas, perro! ¡Hazme sentir orgullosa de mi mascota!
—¿Quién es esta? —le preguntó Lucía mientras se dirigían hacia una puerta de color roja.
—Es la ama más poderosa después de Dominatrix y de mí. Es capaz, en una sesión, de controlar a cuatro perros. ¡Toda una joya! Ahora, cariño, voy a darte el mejor regalo de cumpleaños que hayas tenido en mucho tiempo.
—Vaya, no sé si asustarme o emocionarme. Mira que cuando mi marido se entere que no estoy en casa, se enfadará bastante…
—Ese capullo no me da miedo. Es un que, si le diera con el arnés, se quedaría muy relajado.
Lucía esbozó una gran carcajada. Eso no lo había pensado nunca, tal vez Jorge no era buen amante porque la persona que tenía a su lado no era la correcta.
Elsa golpeó la puerta que estaba frente a ellas y se abrió despacio. El corazón de Lucía empezó a palpitar como el centrifugado de una lavadora, esto estaba siendo muy emocionante. Elsa cogió con fuerza su mano y la introdujo en la oscura habitación, tan solo iluminada de luces rojas. Dos cosas captaron todo su interés; un amplio escritorio negro y las paredes cubiertas de cuadros con el mismo motivo: la dominación de la mujer sobre el hombre. Seguro que si los estudiaba uno por uno podía hacer un máster en la materia puesto que allí se encontraban todas las formas de torturar a un esclavo. Desde follarlo con un arnés, cubrirlo entero con látex salvo la boca, o azotarlo mientras estaba amarrado con cadenas… ¡Válgame el cielo! ¿En verdad eso podía gustar? El respaldo de un sillón, también negro, empezó a moverse. Alguien estaba sentado allí. Lucía imaginó que era la Dómina. Su corazón no le daba tregua, latía a un ritmo sobrehumano. Iba a conocer a una reina de la dominación y eso la excitada muchísimo.
—Has cambiado mucho, pequeña Lucy. —Un suave canto de sirena habló desde el lugar—. La última vez que te vi estabas llorando y destrozada porque teníamos que marcharnos. Esa imagen, tu rostro lleno de lágrimas, me ha acompañado en las noches más duras de mi vida.
—¿Silvia? ¿Eres tú? —El asiento se giró apareciendo una exuberante pelirroja. Sus largos rizos cubrían los desnudos hombros. Un maquillaje perfecto le hacía resaltar la expresión gatuna de su rostro, y unos preciosos ojos azul mar estaban clavados en ella.
—¿Cómo estás? —Su voz continuaba suave y serena.
Lucía corrió hacia ella, sin importarle en quien se había convertido, o en los dos gorilas que aparecieron de entre las sombras. Silvia levantó la mano y la dejaron pasar.
—¡Dios mío! ¡Cuánto tiempo…! —La abrazó y empezó a sollozar. Era su amiga del alma, la que añoró cuando se casó, cuando tuvo cada uno de sus hijos, cuando necesitó un hombro en el que llorar o una compañía con la que compartir un buen vaso de vino. Sin parar el llanto, con una voz ahogada de la emoción comenzó a interrogarla—: ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho durante este tiempo? ¿Por qué tuviste que irte? ¿Por qué no me llamaste…?
—Oh, mi niña. He querido hablar contigo tantas veces… Cuando me dijo Elsa que estabas viniendo, no pude creérmelo. Te he añorado tanto, cariño. — Ella le acariciaba la coleta negra azabache que todavía mantenía—. Sigues igual que hace diez años.
—Más vieja. —Se apartó con suavidad para que su amiga la pudiera contemplar mejor—. Aunque ya veo que para ti el tiempo solo te ha mejorado. —Levantó la ceja mientras le miraba el escote. Según recordaba ella no lo rellenaba de ese modo.
—¡Ja, ja, ja! —Silvia carcajeó mientras sostenía sus pechos con ambas manos—. ¡Esto no lo hizo la naturaleza, mi niña!
—Ya veo, estás increíblemente sexy. —Dómina entrelazó sus dedos con una mano de Lucía y la acompañó hacia un sofá de cuero negro que tenía a su derecha.
—Cuando Alexia me dijo que habías deslumbrado en tu cumpleaños, no me imaginaba lo linda que estabas. ¡Te ves espléndida!
—No todo el mundo piensa lo mismo. —Ella agachó la cabeza debido al dolor que le había producido recordar la escena con Jorge.
—Tu marido es un gilipollas. Un anticuado sexual que no sabe apreciar lo que tiene delante. Todavía no sé cómo le sigues siendo fiel. —Lucía la miró sorprendida—. Cariño, llevo aquí mucho tiempo, y esta ciudad, aunque es grande, no lo es.
—Te añoré en mi despedida de soltera, en mi boda, en los nacimientos y bautizos de mis hijos… —Ella la abrazó. Su amiga, junto con Elsa, habían sido las hermanas que no tuvo y que deseó tener durante el resto su vida.
Cada vez que rememoraba aquella época, le venían a la memoria un sinfín de escenas en las que se encontraba cumpliendo castigos. Se cebaron con las tres, tal vez porque eran las más rebeldes del convento. Preguntaban por todo, desobedecían aquello que no veían correcto y saltaban los muros para irse de copas a los bares del pueblo más cercano. ¿Rebeldes? Mucho. ¿Por qué? Porque una persona no es feliz cuando se le impone algo y a ellas les impusieron una vida que no deseaban. Al final, Lucía se derrumbó y dejó de ser la chica mala para convertirse en lo que se habían propuesto, una futura esposa modelo.
—No creas que me he perdido tanto… —Silvia apretó su mano y comenzó a acariciarla con el pulgar—. Elsa me ha mantenido al tanto de todo. No me perdí tu boda, cielo. Estaba en la última fila escondida entre el tumulto. No quise acércame porque de lo contrario —Lucía la miró de reojo —, no te habrías casado con el payaso al que llamas esposo. Y sobre los nacimientos de tus hijos, bueno, ella se encargó de mandarme un montón de fotos.
—Todavía no me explico por qué te has ocultado tanto tiempo. La vida que llevas es respetable.
—No lo he hecho por mí, sino por ti. Sé lo problemática que soy. Mi vida no es buena, y podrías ser salpicada con mi mierda. No sería justo arrebatarte lo que llevas construyendo tanto tiempo, o más bien… ¡lo que tu esposo ha querido hacer!
Lucía se levantó enfadada. Le daba igual la clase de vida que su amiga había decidido llevar. Pero sí que le cabreaba el no saber de ella en años. Incluso llegó a pensar que había muerto.
—¡Eres una zorra! —le gritó a Elsa que se mantenía callada y llena de lágrimas tras ver el reencuentro—. ¿Cómo has podido ocultarme esto? Que sepas… que no te lo voy a perdonar jamás. —Empezó a andorrear por la oficina. De pronto se paró y miró detrás del escritorio. Doce pantallas de diecinueve pulgadas estaban situadas de manera perfecta para poder controlar toda la zona que rodeaba el local. Ella observaba cada escena que se reflejaba en las teles. Era un espectáculo divertido y apasionante —Lucía se giró hacia ellas y les dijo muy seria—: A mí no me importa quién sois y en qué basáis vuestra vida. Siempre habéis sido mis amigas y eso está por encima de todo. ¿Lo entendéis o lo queréis más claro?
Elsa y Silvia se levantaron del sofá y se abrazaron con Lucía quien las esperaba con los brazos abiertos. Los sollozos empezaron a llenar la sala y más de un grito de ahogo apareció de la nada. El tiempo había pasado en ellas, pero nunca cambiarían el sentimiento que una vez las unió. Ese que, si volvía a aparecer, la ciudad tendría que echarse a temblar…
—Esto sí es un buen regalo de cumpleaños —susurró Elsa entre suspiros entrecortados por el llanto.
—¡Joder! —exclamó Silvia, separándose con rapidez de sus amigas. Algo había llamado la atención en las cámaras. Algo bastante peligroso por la forma de actuar de la mujer—. Chicos, creo que vamos a tener un gran problema… —les informó a los gorilas que estaban inmóviles observando la ñoñería del reencuentro.
—¿Qué ocurre? —Elsa se tensó, los contratiempos en el club eran muy peligrosos.
—Tenemos un «bombón» en la dos. Esas víboras se lo van a comer enterito. No van a dejar ni las migas…
Lucía miró al televisor que ella indicaba. Y cuando observó el cuerpo de un hombre semidesnudo y caminando despacio pegado a la pared, le resultó bastante gracioso. Daba la sensación de que no sabía dónde se metía. Pero cuando el joven alzó la barbilla y reveló su rostro. Tuvo que poner su palma sobre la superficie de la mesa para no perder el equilibrio. Su corazón comenzó a agitarse tan rápido como su respiración. Sus ojos se abrieron de par en par y pudo imaginar que se habían dilatado sus papilas. Aquel muchacho era una droga bastante irresistible y hoy ella estaba demasiado cansada de decir a todo que no.
—¿Por qué le llamas así? —preguntó Lucía a Silvia con los dientes apretados y sin dejar de observar los suaves movimientos que él iba haciendo. Lo sentía perdido, aturdido.
—¿Ese no es…? —Intentó averiguar Elsa, pero Silvia levantó su dedo para hacerla callar. Había notado en Lucía algo que debía de confirmar, porque de ser así, su amiga había regresado.
—Ese muchacho es la primera vez que viene por aquí. Creo que es el hermano de un esclavo, Ron, me parece que se llama esclavo Ron. Hace buenas dotes para que su ama esté siempre bien servida y viva con el lujo y bienestar que se merece —explicó.
—No me has contestado… —dijo con exigencia Lucía—. ¿Por qué le has llamado «bombón»?
—Sí, te he respondido, pero estás tan enfadada por lo que estás viendo que no lo has entendido. Llamamos bombón a un hombre guapo y con bastante poder económico que aparece por primera vez en nuestro club.
—¿Y? —Se giró sin dejar de mirarlo.
—Y todas las lobas se lanzarán a por él. Será un placer para aquella ama que lo acoja bajo sus piernas. —Silvia sonreía en su interior. Aquella cara de enfado le recordó el día que reclamaron, Elsa y Silvia, a sus maridos. Fue un momento de posesión tan bonito que, con tan solo recordarlo, se hervía de deseo por estar en brazos de su esposo. Dejó de lado el tierno momento y se concentró en lo que estaba observando. Su amiga asaltada por los celos—. ¡¡No me jodas!! ¿Te pone cachonda el abogado del diablo? Con el montón de hombres que han pasado por tu lado y… ¿palpita tu coño por él?
—¿Me vas a decir tú ahora quién puede excitarme? —Lucía comenzaba asacar esa fiera que dormía en su interior. Esa que, durante un tiempo, tenía aterrados a los alternantes de los bares del pueblo que visitaban. Nadie era capaz de hablar con ella porque si lo hacían, sabían que el castigo sería atroz.
Por un instante pensó en olvidar lo que estaba viendo y dejar que todo pasase. Sin embargo, cuando miró de reojo al visor y observó cómo comenzaban a rodearlo, dejó aparcado en alguna parte de su cerebro las palabras «me da igual» y pegó un fuerte puñetazo a la pantalla.
—¡Haz que se aparten de él! —ordenó sin titubeos.
—¡Dime, ¿por qué tendría yo que hacer tal cosa?! —Se cruzó de brazos, se sentó sobre la mesa y esperó una respuesta.
—Me imagino que todo esto viene porque ese chico ha estado flirteando contigo en el restaurante —miró a Lucía—. Sin embargo, me tienes flipada. No entiendo por qué te has puesto así de repente cuando siempre has dicho «yo no puedo, tengo que serle fiel a Jorge». Y ahora estás echando humo por las orejas. ¡¡No me lo puedo creer!!
—Y este es el instante en el que tenemos que decir que todo ha sido una coincidencia, ¿verdad? —Silvia esbozó una pícara sonrisa.
—¿Qué sospechas? —preguntó Elsa.
—Que me ha seguido… —dijo entre susurros Lucía. Ahora confirmaba que las sospechas sobre aquel Lexus no eran una locura suya. Era él. La estaba siguiendo quizá desde que salió del restaurante y si era así… tal vez la hubiese visto llorar en el aparcamiento.
—¿Qué vas a hacer, cariño? ¿Dejarás que esas aves carroñeras atrapen su presa? —la chinchó Silvia que empezaba a divertirse con la situación.
—Tendré que dejarles a todas bien clarito que ese bombón tiene dueña, ¿no… crees? —respondió mientras se acercaba a la puerta y giraba la cabeza hacia ellas. Se estiró el vestido, se pasó las manos sobre el pelo, respiró con profundidad y salió con seguridad de aquella habitación.
Llevaba mucho tiempo sin demostrar lo que en realidad era. Estaba desentrenada. Pero si iba a reclamarlo como perro de su propiedad, sacaría toda aquella garra que sabía que tenía en su interior.
—Sabes que se la van a comer viva —le dijo Elsa a Silvia cuando giró su mirada hacia ella.
—¡Sail, Camal! —exclamó. En milésimas de segundos sus dos enormes gorilas le cubrieron las espaldas—. Decidles a las chicas que ese joven le pertenece a Lucía.
—La he llamado ama Luna. —Elsa abrazó a Silvia para besarla.
—Un nombre muy bonito, cielo. ¿Qué hacéis mirando ahí parados? —les preguntó enfadada a sus guardaespaldas que las miraban con deseo.
—No queremos perdernos… —murmuró Camal.
—Ya tendréis lo vuestro. Ahora salvad a nuestra amiga.
A pesar del enfado, los hombres salieron de allí dejándolas solas. Una vez que cerraron la puerta, ellas comenzaron a besarse.
—¿Crees que podría asimilar alguna vez el tipo de vida que tenemos? — le dijo Silvia mientras acariciaba con sus suaves manos los pezones erectos de la amante.
—¿Lucía? No lo sé, quizá con el tiempo… —Ella bajó despacio los tirantes de su amada mientras recorría con la lengua el cuello. Las manos se apoderaron de sus tersos pechos, acariciando con suavidad los duros pezones. Le encantaba sentirlos excitados por ella. Era el mejor momento del día. Meter en su boca las pequeñas cimas de montaña.
—Algún día tendrá que saber la verdad. No podemos esconder lo que somos ni lo que nos gusta. Y a mí me gusta ese coñito húmedo que tienes entre tus piernas… —la besó con intensidad.
Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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