Enamorado de Ella | Capítulo 6

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Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo VI

Enamorado de Ella

Capítulo VI…

Un lugar diferente

Andreu estuvo muy atento a la conversación que habían mantenido las amigas. Desde que Lucía aparcó el coche permaneció escondido como un vulgar acosador. ¿Qué llegaría a pensar si lo descubría? Como mínimo, que se trataba de un psicópata con una nueva obsesión: ella.

Ahora, sin tener que preocuparse por ser descubierto, echó un vistazo al lugar donde se encontraba nuevamente. Había regresado al restaurante, pero aparcó en la parte de atrás. Siendo el mismo sitio, aquel espacio era muy diferente. Parecían las dos caras de una moneda. Una mostraba la elegancia y la serenidad que buscaba un comensal a la hora de desconectar de su entorno para poder gozar de un suculento plato de comida y la otra… estaba llena de tenebrosidad y misterio. «¿Qué narices es esto?», se preguntó Andreu mientras fruncía con dureza el ceño. Si no recordaba mal, el camarero que les atendió había explicado que la segunda planta era un club nocturno, pero no especificó nada más. Intentó recapitular sobre ese instante, aunque lo único que encontró fue el semblante neutro de quien hablaba. No conseguía obtener más datos porque había estado muy pendiente de la mujer que tenía frente a sus ojos restando importancia a la información que les ofrecía el hombre. Sin embargo, ahora se preguntaba una y otra vez qué ocultaban aquellas paredes. De repente, como si un bate de béisbol golpeara su cabeza, rememoró las palabras de su hermano pequeño: «Es un buen restaurante y soy uno de sus socios…». «¡Bastardo! —susurró—. No puedo confiar en ti porque tarde o temprano terminas metiéndote en líos».

Desde que Fidel había empezado a caminar, resultó ser un grano en el culo. Él, como hermano mayor, se sentía en la obligación de respaldarlo. ¡La cantidad de dolores de cabeza que le había producido! Sobre todo, en la época del instituto. Raro era el día que no llegaba con problemas, si no se trataban de peleas callejeras, eran ideas utópicas sobre proyectos que podrían mejorar su rendimiento escolar. El dinero, las chicas y el póquer fueron atrayendo al joven hasta tal punto, que perdió casi toda la fortuna que le había quedado de la herencia de su padre. ¡Malditas adicciones! En fin, un amplio popurrí que su hermano llevaba como currículo.

Se frotó los ojos, quizá no debería de criticarlo tanto. Si se analizaba en ese momento, no era la persona más idónea para dar consejos; Perseguir a la mujer de magníficas caderas… ganaría el ranking de los horrores. Pero no podía evitarlo, su curiosidad había aumentado tras las miradas fogosas que se habían ofrecido durante la comida y el sensual baile.

En el instante en que le maître dijo el nombre de la mujer escuchó un tintineo tan grande de campanas que hizo despertar al congelado corazón. Aletargado porque, tras la última relación, prefirió sedarlo a volver a sufrir el tormento por el que había pasado. Intentó controlar la respiración mientras se escondía detrás de unos arbustos para escuchar con mucha atención a las chicas que conversaban sobre lo que había en el club. Cuando Lucía se levantó agarrada de la mano de su amiga, Andreu dudó sobre cuál sería su próxima actuación. La observó con atención adentrarse en el local y pensó que, si ella entraba, él también.

Escuchar cómo el gorila babeaba por el cuerpo de Lucía no fue del todo agradable para sus oídos. Ese instinto de propiedad masculino que le había asaltado durante el día volvió a aparecer algo más sangriento puesto que se imaginó arrancándole la lengua al gorila.

«¡Te arrancaría la cabeza de cuajo si tuviese alguna posibilidad de salir ileso de una batalla entre tú y yo!», dijo apretando los dientes e inspirando por la nariz.

Andrew salió del escondite, se estiró la ropa con fuerza, alzó la barbilla y anduvo con paso firme hasta la puerta por donde había desaparecido ella.

—¿Nombre? —le preguntó Camal cuando este se colocó frente a él.

—Andreu Voltaire —respondió arrugando el rostro en una mueca de desagrado.

—¿En serio? —Una carcajada salió del mastodonte.

—¿Algún problema? —Escondió sus puños apretados en los bolsillos de la chaqueta. Seguro que debía cobrar alguna deuda provocada por su hermano.

—No, ninguno. Solo que me ha hecho gracia que me ofrezca su verdadero nombre puesto que quien entra aquí da un pseudónimo.

—¿Qué le hace pensar que sea real? —Levantó una ceja y giró con suavidad la cara hacia la derecha.

—Su hermano, al que aquí conocemos como Esclavo Ron, nos pasó una foto suya para que lo conociéramos y le dejásemos entrar si se atrevía a venir a nuestro humilde club. Con lo cual, no tengo dudas de que su nombre corresponde con la realidad.

—¿Les dijo también cómo debía ser llamado? —Arqueó las cejas y lo miró con atención.

—Eso es elección propia. Al igual que la utilización o no de máscara o antifaz. Casi todo el mundo que viene prefiere mantener oculta su identidad.

—Aceptaré un antifaz. —No le hacía gracia llevar nada en la cara. Desde que recordaba no había sido capaz de cubrir su rostro, le provocaba claustrofobia y ahogo. Sin embargo ahora, hacía lo que fuera por aquella mujer.

—Por último, indicarle que tiene en esa puerta un vestidor lleno de taquillas. Debe desnudarse y descalzarse —dijo mientras le ofrecía el antifaz.

—¿Desnudo? ¿Descalzo? ¿Pero qué es este lugar? —Preguntó con inquietud a quien lo miraba divertido.

Perseguir a Lucía ya había quedado en segundo lugar. Ahora necesitaba saber qué hacía Fidel desenvolviéndose en lugares como aquel y la mejor manera de descubrirlo era introduciéndose en él. Necesitaba estar advertido de las nuevas actividades de su hermano por si el día de mañana tuviese algún problema, cosa que no le cabía ninguna duda que sucedería…

—Si lo desea, puede llevar sus calzoncillos. Pero no le prometo que le duren mucho… —le comentó mientras le palmeaba la espalda y esbozaba una sonora risotada.

—Gracias —respondió.

Con aflicción se fue desnudando. Había imaginado que Lucía lo volvería a ver vestido con su elegante traje, pero ahora, medio desnudo, descalzo y con una máscara, tenía que dejar la seducción para otro momento…

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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