Enamorado de Ella | Capítulo 5

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo V

Enamorado de Ella

Capítulo V…

¿Perseguida o capturada?

Podían detenerlo por esto. Como experto en el tema, daba fe de que estaba infringiendo alguna que otra ley. Si ella descubría que la estaba siguiendo, podía denunciarlo por acoso.

«Mal asunto —pensó—, la reputación que has conseguido durante tanto tiempo en esta ciudad, desaparecería como el humo».

Pero sus divagaciones sobre el bien y el mal se eliminaron cuando Lucía pasó por su lado y la vio alterada y lanzando el bolso hacia la pared. «¿Qué sucede aquí?», se preguntó intrigado. Estaba sentado en el coche, los cristales oscuros le protegían para no ser descubierto. Sin embargo, solo deseaba abrir la puerta y enterrarla entre sus brazos para que su calor le hiciera olvidar cualquier dolor. Pero no salió, se dedicó a apretar con fuerza el volante, como si quisiera arrancarlo, y murmurar frases incoherentes sobre la destrucción en sus manos del causante de su agonía.

De pronto, el extraño y repentino sentimiento de protección llamó su atención. ¿Qué pensaría ella si lo viese allí? ¿Qué le iba a explicar? Que se había quedado tan impactado al conocerla que deseaba algo más. «Piensa otra cosa que eso es delirante», se dijo. Pero era la verdad. Desde que la vio tuvo una fuerte atracción por ella y parecía que si Lucía no estaba cerca él dejaba de respirar. «De locos… esto tan solo lo hacen los locos…», meditaba cada vez más asolado por no poder controlar sus emociones. Aquellas que lo traicionaron cuando pensaba que en sus relaciones anteriores había existido amor y tan solo fue el cariño al dinero. Al pensar sobre eso comenzó a agitarse. Se ponía muy nervioso al recordar el sufrimiento que sus hechos habían provocado en su familia. Apoyó la cabeza en el volante y comenzó a respirar con más pausa. «Ella es diferente. Sé que lo es». Sin más divagación abrió la puerta y se dirigió con paso firme hacia donde se encontraba llorando la mujer, pero no la halló, había desaparecido. «¿Dónde se habrá metido?». La buscó preocupado. Se asustó al pensar que la había perdido. Notaba cómo el corazón se agitaba como el agua al hervir. No podía dejarla escapar, no después de haberla seguido hasta allí.

De repente el sonido de un motor acelerado le hizo dar media vuelta. Era el coche de Lucía que salía del aparcamiento.

«¡No te escaparás!», pensó.

Saltó sobre su asiento y encendiendo el coche. «Buscaré escusas sobre esta persecución en otro momento —pensó—, ahora me preocuparé de cuidarte».

Lucía iba pensando, mientras conducía por la ciudad, que ya era tiempo de actuar. Estaba cansada de ser quien era y debía abandonar los fantasmas que le habían encadenado a un matrimonio insípido. Frunció el ceño al recordar aquel sueño infantil de casarse con un príncipe azul. «¡Todos sapos!», gritó con enfado. Entonces apareció una imagen en su mente, una que hacía mucho tiempo que no proyectaba. Estaba en su dormitorio en el convento leyendo la biblia, como siempre. Escuchó unos pasos acercándose y abrieron la puerta sin llamar. Ella dio un pingo ante el asombro. Era la Hermana Bernadet. Al principio creyó que se trataba de algún tema familiar, pero al descubrir el enfado en el semblante pálido, supo que la habían descubierto. Intentó hablar, pero la hermana levantó la mano y la hizo callar en el acto. Esta cerró la puerta tras de sí, Lucía se levantó, se desabrochó el vestido y dejó la espalda al descubierto, agachó la cabeza hacia delante y respiró con profundidad antes de recibir el primero de una serie de doce latigazos. Cuanto terminó, le repitió lo de siempre: «tus padres han confiado en nosotras para hacerte una mujer de bien y no los defraudaremos. Eres una pequeña semilla negra, pero te hemos sembrado y con amor y tesón, brotarás como la mejor y más bella de las flores de este jardín. Con la palabra de Dios y todo nuestro cariño será provechosa para esa familia que te quiere».

Que su padre la hubiese ofrecido al convento, le parecía bastante normal, pero que su madre no fuera capaz de rebatir la decisión que este tomó, le estrangulaba el corazón. Era verdad que era una esposa extraña, porque tenía muy asumido el papel de mujer procreadora y esposa sumisa, pero… «¿Por qué? ¿De verdad que le gusta ser así?», se preguntaba Lucía de nuevo. De repente, apretó con fuerza el volante y frunció el ceño. Nunca se había parado a pensar que la vida de sus padres y la suya estaban marcadas con las mismas directrices. Jorge había cogido las riendas y controlaba hasta el último detalle. Ante tal reflexión, la ira se apoderó de ella y golpeó con fuerza el volante.

«¡Idiota, idiota, idiota! —gritó—. Siempre te has quejado de la pasividad de tu madre y… ¿haces lo mismo? ¿Quieres seguir siendo una bola de pelusa que se mueve por la casa cuando le sopla el viento? ¡No! Toma de nuevo las riendas y olvida el pasado. ¡¡Es hora de cambiar!! ¡¡Es hora de vivir!!».

Jorge no mostró su personalidad hasta que colocó el anillo en la mano de Lucía. Durante su noviazgo era el muchacho más atento, cariñoso y educado que jamás había encontrado. Se asemejaba tanto a los príncipes de los cuentos que ella se enamoró. Para más inri, desde que apareció en el convento y la descubrió aquella mañana en el jardín, las hermanas dejaron de infringirle todo tipo de castigos. Empezaron a hablarle con más respeto. Cambiaron la tosca habitación por una menos húmeda y fría. Aunque estaba prohibido las visitas de hombres sin acompañantes, Jorge aparecía allí sin dar explicaciones. Todas aquellas fecharías hicieron que Lucía pensara que era su caballero, su salvador. Pero con el tiempo descubrió que todo había sido un plan acordado por la familia de Jorge y la suya.

No deseaba, por ahora, regresar a su hogar. Lo último que le gustaría hacer era estar esperando a Jorge en cualquier rincón de la casa y terminar la conversación que se había iniciado. Tal vez, escuchar la decisión de abandonarlo y de marcharse con sus hijos, no le haría mucha gracia.

En esos momentos odiaba su vida. Le hubiese gustado tener una máquina del tiempo para volver atrás y cambiar el instante en el que Jorge puso sus ojos en ella. Estaba segura de que le lanzaría la primera piedra que encontrara en el jardín en vez de sonreírle tímidamente. Tenía que haber escuchado más a Elsa y menos a su corazón. Sin embargo, en aquel tiempo Lucía era tan ingenua que pensaba que su amiga estaba celosa de lo que ella había logrado. Pensó que ella deseaba estar en su puesto para poder salir del convento con un marido de la mano. Pero como siempre, estaba confundida. Elsa tan solo quería que abriera los ojos y no dejarla caer en el abismo.

«Es un buen hombre y te querrá —le dijo su padre mientras la conducía hacia el altar—. Esta boda es lo mejor que has hecho en tu vida. Me alegro tanto de que al final encontraras tu verdadero camino. Estoy tan feliz de que al final hayas sido reconducida…». Todavía, después de tantos años, recordaba las palabras y se le erizaba el bello.

Alargó la mano hacia el bolso que estaba en el asiento del copiloto, la introdujo y buscó el teléfono. Marcó un número y tras dos tonos, contestaron.

—¿Elsa? ¿Me escuchas? Cogió el teléfono y llamó a la única persona en quien confiaba.

—¿Lucía? ¿Eres tú? —Se escuchaba mucho ruido—. ¿Ha pasado algo?

—¿Dónde estás? —Pensó que el apoyo de una amiga era lo que necesitaba en aquel momento.

—Espera, me voy hacia algún lugar donde pueda escucharte mejor. —Se movió a otro lugar y el ruido desapareció de golpe. Elsa continuó preguntando —. ¿Qué ha pasado? ¿No ibas a apaciguar tu deseo sexual con tu esposo?

—Si te estoy llamando es porque salió mal. No le gustó mi nuevo look. — Un semáforo la hizo parar. Se miró al espejo y se sorprendió de lo demacrada que se veía—. ¿Por dónde andas?

—Pues… —divagó unos instantes —continúo por aquí…

—¿Todavía? Pensé que te habías marchado a casa.

—¿Recuerdas que me comentaste que el camarero te había dicho que había otra planta que utilizaban de Club? —Elsa abrió un grifo.

—Sí. ¿Por?

—Porque estoy en ese club.

—¿Cómo? —Inquirió muy sorprendida.

—Mira, mejor que vengas y te lo explico aquí mismo. Por teléfono no me gusta dar detalles de mi otra vida.

—¿Otra vida? —Siguió con el torno de asombro.

—¿Dónde estás? —Interrumpió con rapidez Elsa para que dejaran de hablar por el móvil.

—A cinco minutos del restaurante.

—Bien, cuando llegues estaciona en el aparcamiento que hay detrás del restaurante. Me haces una perdida, ¿vale? Ya hablaremos de todo cuando estés por aquí.

—Ajá.

—Oye… ten cuidado.

—Lo tendré.

Miró de nuevo el espejo retrovisor y observó que el coche continuaba detrás. Un Lexus negro la seguía desde que había salido del parquin de la oficina. Al principio, cuando no vio bien la delantera del coche, pensó que era Jorque quien la seguía para averiguar si, tras la discusión, regresaba al hogar. Pero cuando descendió su velocidad y observó la nomenclatura del vehículo, comprendió que las sospechas eran inciertas. Paró en el semáforo y puso el intermitente hacia la derecha, para colocarse en el carril que le llevaría hacia el restaurante. Una vez que el color verde le dio paso, aceleró y se incorporó a la derecha. Pero el Lexus, sin embargo, continuó. «Veo demasiadas películas de intriga. Creo que no es bueno mezclar alcohol, decepción y suspense en un mismo coctel», pensó mientras echaba un vistazo a su alrededor. El aparcamiento estaba a tope, no había un hueco donde dejar el coche, Dio unas vueltas por los alrededores hasta encontrar un espacio libre. «¿Qué clase de club es para que tuviese el aforo del parquin completo?». Al salir del coche, el frío del exterior la estremeció. Entre tiritones, tecleó el número de Elsa y tras escuchar un par de tonos, colgó.

Mientras esperaba, comenzó a inspeccionar su alrededor. Todo le resultaba demasiado tenebroso. Había mucha oscuridad en la zona, como si nadie quisiera ver el coche que estaba a su lado o las personas que anduvieran cerca. No llegaba a entender cómo un lugar podía ofrecer dos opiniones tan distintas en el mismo día. Observó movimientos de cámaras que parecían enfocar. Si la vista no le fallaba por la embriaguez, había contado cinco: dos en la puerta de la entrada y tres en el aparcamiento. Unas leves luces ofrecían un camino hacia el portalón blindado. Se disponía a emprender su andanza cuando escuchó un leve ruido. Se giró sobre sus talones, su corazón palpitaba cada vez más rápido, sentía una presión en el estómago y respiraba agitada. Tenía miedo.

—¿Lucía?, ¿dónde estás? —preguntó su amiga abriendo la puerta metalizada.

—Elsa, ¿eres tú? —Se acercó hacia ella.

—Sí, cariño, estoy aquí.

—¡Joder! Ya me explicarás qué narices es este lugar. —Lucía salió de las sombras. Elsa la miró de arriba abajo, esbozó una sonrisa y le abrió los brazos para que ella se sumergiera en un cálido abrazo.

—Cariño, lo vas a descubrir pronto. Además, vienes muy apropiada para el ambiente en el que te vas a encontrar…

—¿Qué coño llevas puesto?

Vestía toda de negro brillante. Un pequeño corpiño, con lazos cruzados en la espalda, cubría su torso; una falda corta tapaba lo indispensable y un liguero de color rojo enlazaba a unas medias que le llegaban por encima de las rodillas. Pero nada de eso llamó tanto la atención como el collar que lucía en su cuello. Era igual que el de un perro.

—¿Lo que hay dentro es de una fiesta de disfraces? —le preguntó sorprendida.

—No, no se trata de ninguna fiesta «de esas». Antes de entrar, vamos a hablar un poquito, ¿vale?

Lucía levantó sus hombros. La mano de Elsa cogió la suya y la dirigió hacia unos bancos de piedra que estaban ocultos con la oscuridad.

—Esto es un club y no me refiero al de golf, cariño. Esto es un poquito más fuerte, no apto para todos los públicos. Por ese motivo no todo el mundo puede entrar aquí, y quien lo hace, lleva la discreción al punto más elevado. Ella lo ha querido y lo quiere así. No nos conviene tener problemas. Bastante tenemos que lidiar con los nuestros como para añadir los de fuera. —Puso cara de desesperación.

—¿Has dicho ella? Creía que esto lo llevaba un hombre.

—¿Un hombre? ¡Qué va! Lo llevamos dos mujeres y por ahora lo hacemos muy bien.

—¿Tú eres…? ¿Y quién es la otra?

—Una Dómina. Una mujer que ha luchado mucho para ver su sueño hecho realidad. Y por fin, después de ganar la batalla al viento y a la marea, lo ha conseguido.

Lucía la observaba atónita. Jamás se le había pasado por la cabeza que su amiga trabajase y menos en ese tipo de locales. Siempre creyó que sobrevivía de las riquezas que arrebataba a sus amantes, pero nunca se imaginó que montara un puticlub.

—No sé si podré entrar ahí —dijo dudosa.

—¿Por qué? Nadie se atreverá a tocarte salvo que tú se lo órdenes.

—¿Yo? ¿Ordenar qué? —preguntó aún más dubitativa.

—Mira, vamos a hacer una cosa; tú me cuentas qué te ha sucedido con ese bastardo que tienes por esposo y luego te llevo dentro para que no confundas ideas de lo que hay ahí. ¿O. K?

—Me ha rechazado. —Lucía agachó la cabeza ante la vergüenza que sentía—. Me ha tratado como una vulgar puta. Solo quería ser deseada y me ha pegado una patada en el culo…

—¡Él sí que se merece una patada en el culo! ¡¡Gilipollas!! No tiene ni idea de lo que hay a su lado y lo desprecia por miedo a no estar a la altura. ¡¡Imbécil!! —Elsa levantó la cara de su amiga—. Estás muy hermosa, cielo, y ese mojigato que tienes por marido no lo sabe apreciar. ¡Ven, sígueme! Te voy a demostrar cómo eres en realidad.

Levantándola del banco, la llevó hacia la puerta. Allí golpeó dos veces y abrió un hombre tan grande que apenas cabía su cuerpo con la entrada abierta.

—¿Mercancía nueva? —El gorila le echó un vistazo de arriba abajo a la mujer—. ¿Qué ofreces, linda?

—Tranquilo, pequeño. Que te vas a revolucionar pronto y queda mucha noche. Ella no es ama, por ahora… —Una sonrisa y una mirada oscura reflejaba un deseo imposible—. Dame una máscara.

—¿Completa? ¿Quieres esconder ese lindo rostro? —Camal seguía devorando a Lucía con los ojos y Elsa le pegó un puñetazo en el estómago.

—Como sigas así te voy a hacer más pupa… —Sonrió Elsa.

—Sabes que si ese es tu placer, estaré encantado de ofrecértelo cada vez que me lo pidas —le susurró al mismo tiempo que lamió su lóbulo.

—Por ahora tan solo deseo que me des ese antifaz y que dejes de babear. Cuando te pones así me das asco. —Elsa le dio un bofetón tan grande que Lucía saltó hacia atrás sorprendida de lo ocurrido.

Estuvo a punto de salir corriendo y dejar a la pareja discutiendo, sin embargo, no lo hizo porque disfrutó de una manera extraña el hecho de ver golpeado y sometido un hombre a los deseos de una mujer.

—He notado que te has excitado —le susurró Elsa a su amiga cuando le colocó el antifaz—. ¿Qué ha sido? ¿Él o mi forma de tratarlo?

—No sé a qué te refieres… —respondió la mujer muy bajito para que el hombre que se encontraba a su lado no la escuchase.

—Sí que lo entiendes. Sabes que dentro de ti duerme una fémina con ciertos dotes para dominar a un hombre, pero, debes liberarla de esa injusta cárcel en la que está. —Apoyó sus palmas sobre los hombros y la condujo hacia una puerta oscura.

—¿Dominación? No sé nada de eso salvo por las novelas que he leído. — Se excusaba Lucía.

—¿Las sombras?

—Esa la tengo pendiente, aunque prefiero ver la película. Pero sí que he leído libros como Al límite del placer y si no llega a ser porque él es el que domina, me hubiese gustado más.

—Y cuándo los estabas leyendo… ¿qué sentías? —La hacía caminar despacio.

—Que mi clítoris palpitaba como nunca… —confesó Lucía al fin.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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