Enamorado de Ella | Capítulo 4

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo IV

Enamorado de Ella

Capítulo IV…

Rechazada

Estaba achispada, caliente y bastante emocionada por las insinuaciones pecaminosas del joven hacia ella. En más de una ocasión pensó apagar ese fuego que había crecido entre sus piernas. Se imaginó caminar hasta el baño, él la seguiría como perro buscando un hueso, lo esperaría detrás de la puerta, y, en el momento justo que uno de sus pies pisara el suelo, lo atraparía de la camisa y tiraría de él hasta el baño más cercano. Lo apoyaría en la pared y antes de que pudiera hablar, ya tendría en la mano izquierda su sexo. Ese que había visto alzarse ante ella cuando la encontró en la puerta, el mismo que notó crecer cuando, de forma descuidada, acercó sus caderas.

Lucía resopló. En efecto, estaba muy cachonda, y la única forma de apagar su fuego era, o sola, o con Jorge. Así que hizo una locura más. Después de que todo terminase, condujo su coche hacia el bloque donde Jorge tenía la oficina. Quería darle una sorpresa. Alzó la cabeza, estiró el vestido y salió del ascensor intentando mantener el equilibrio. Tenía la esperanza de que, cuando Jorge la viese tan sensual, dejaría todo lo que estuviera haciendo y la poseería como un loco, calmando así su necesidad. Mientras caminaba por el largo pasillo, percibió que las miradas de los empleados se quedaban clavadas en ella. Podía notar la atracción que desprendía en ese momento. Sensual, por una vez en su vida, se sentía erótica.

—Buenas tardes, Amber. ¿Está el señor en su despacho? —Sus manos se apoyaron sobre la mesa dejando expuesto su hermoso trasero y la espléndida espalda descubierta.

—Sí, señora, y está solo. —Sonrió con complicidad.

—Gracias, Amber. —Se marchó hacia la puerta, pero antes de abrirla giró la cabeza hacia la chica y le dijo—: No le pases llamadas hasta que yo salga.

—Sí, señora.

Cuando empujó la metalizada entrada, vio a Jorge sentado en el sillón. Leía con atención unos papeles. Estaba tan ensimismado en lo que tenía entre manos que no percibió su llegada. Entró con cautela y cerró el pestillo de la puerta.

—Hola, cariño —susurró mientras se acercaba.

—Lucía, ¿eres tú? —Sus ojos se abrieron como platos ante la sorpresa—. ¿Qué diablos haces vestida así? —preguntó enfadado.

—¿No te gusta? —Lucía se giró para que su marido pudiera apreciar el efecto del vestido sobre su cuerpo, quería seducirlo. Deseaba encontrar ápices de lujuria en su rostro, tal como los había visto en el muchacho del restaurante.

—¡Pareces una puta! —Se levantó del sillón y se dirigió al perchero. Alcanzó la chaqueta de su traje e intentó colocársela encima—. Esto cubrirá tu descarada vestimenta.

—¿Descarada vestimenta? ¿Acaso no me encuentras sexy? —Rechazó la prenda.

—¿Estás borracha? —La miró de reojo—. Te advertí sobre el alcohol… ¡No estás acostumbrada!

—¡Por Dios, Jorge! —Ella levantó sus brazos—. ¡He venido a que me folles, no a que me sueltes un sermón!

—¡Cielo Santo, Lucía! ¿Qué has ingerido? Seguro que te han echado alguna droga en la bebida, y no te has dado ni cuenta. —Colocó de nuevo la chaqueta en el perchero y se sentó—. ¿Has venido en coche? ¡Serás insensata! Pide un taxi y vete a casa a cuidar a tus hijos, que es lo que deberías estar haciendo, y no vagar como una puta buscando polla.

—¡A la mierda! Vengo con ganas de hacer el amor, ¿no te has dado cuenta? Y en vez de eso, me sueltas una charla moral. —Se giró hacia la puerta.

—¡Shh! No levantes la voz. Soy el jefe de esta oficina, llevo más de veinte años demostrando la educación y el respeto a todos mis empleados, no quiero espectáculos, para eso te vas a un circo.

—¡Qué te jodan! —Abriendo la puerta salió del despacho más enojada que decepcionada.

Sin despedirse de la empleada y aguantando las lágrimas que luchaban por salir, corrió por el pasillo hasta llegar al ascensor. Una vez que se cerraron las puertas, se giró hacia el espejo y comenzó a golpearlo con fuerza. «¡¡Gilipollas!! ¡¡Maldito cabrón!!», gritaba en cada golpe: «¿Cómo he podido ser tan ingenua? ¿Cómo he podido pensar que había algo de amor en nuestro matrimonio? ¡¡Mentiraaaaaaa!! ¡¡Esto es tan solo una puta mentiraaaaaaa!!». El sonido de un esa actitud hacia ella. Una señora tenía que ser querida, deseada y saciada como tantas veces había soñado.

Ese era su martirio; buscar un sentimiento donde no había nada. Hallar una satisfacción que no podía hallar porque la persona que estaba a su lado era un egoísta. Mientras, sus lágrimas destruían el trabajado maquillaje. Su cuerpo se dejaba caer sobre los talones. Se rendía. No quería ni deseaba luchar más. Las directrices de su vida ya se habían esfumado y no había marcha atrás. Bajó la mirada y vio cómo el vestido se llenaba de gotas salinas. Con sus dedos comenzó a hacer círculos. El día había sido fantástico hasta ese momento. Le había gustado esa sensación que había tenido al llevar puesto aquel vestido. Tal vez la prenda fue la chispa que hizo brotar a la mecha. O tal vez fue el detonante de una hecatombe matrimonial. Fuera lo que fuese, le había hecho sacar algo que escondía desde la adolescencia, su fuerza y entereza. Se fue incorporando al mismo tiempo que se apartaba las lágrimas del rostro y comenzó a pensar que no era momento de rendirse, puesto que, si volvía a doblegarse ante su marido, este no la dejaría levantarse jamás. Buscó de nuevo las llaves en el bolso, abrió el coche y lo encendió. «No puedo cometer otra vez el mismo fallo», se dijo mientras salía del aparcamiento y ponía rumbo hacia algún lugar de la ciudad.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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