Enamorado de Ella | Capítulo 3

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo III

Enamorado de Ella

Capítulo III…

Dos por dos… ¿son cuatro?

Lucía llegó tarde, como siempre. Pero hoy tenía la excusa perfecta: enseñar una imagen diferente. Paró el motor del coche, cogió el bolso y se miró al espejo. Se encontraba tan bien, le gustaba tanto cómo se veía, que pensó una y otra vez que no debía de sentirse tan feliz con su nuevo look porque no era el apropiado para ella. ¿Qué pensaría su marido si la viese vestida así? Nada bueno, de eso estaba segura.

Caminó con elegancia hacia la puerta, sus caderas bailaban sensuales bajo el estupendo vestido. Se detuvo un momento para tomar aire, levantó la mirada y se quedó de piedra. Un muchacho, igualito a los adonis que había estudiado, permanecía inmóvil frente a la entrada. El joven parecía divagar, miraba una y otra vez el frontal del restaurante dudando si entrar o no. Dejó que se aproximara hacia la puerta, y con paso firme se colocó tras él. Acostumbrada al empalagoso perfume de su marido, el de este le resultó agradable. Era una mezcla entre flores y frutas, una esencia imposible de olvidar. Recogía su larga cabellera engominada en una coleta hacia atrás. Por un instante tuvo la tentación de acariciarla, pero se contuvo.

—¿Pasas o te quedas? —Volvió a repetir—. Llego tarde.

—Lo siento, no la había visto. Pase por favor. —Andreu se apartó dejando la entrada libre a la dama. Cuando ambas miradas se cruzaron, sintieron una energía especial. Era algo tan semejante como el descenso en una montaña rusa, o el salto en paracaídas desde un avión a más de cien mil pies. Ante la extravagante situación, el muchacho se ruborizó y Lucía se quedó prendada del bello rostro. Jamás se había encontrado bajo la atenta mirada de un hombre que dejaba ver con claridad el mar de sus ojos y el deseo de su alma.

—Gracias —agradeció mientras continuaba su camino hacia el interior del local.

El balanceo de sus caderas se hizo más exagerado. Ella quería pavonearse para él. Deseaba demostrar que su cuerpo todavía podía ofrecer una bonita sensualidad. Pero el contoneo no solo hizo que el muchacho admirase a la mujer, sino que también perdiera la consciencia emitiendo sin censura resoplidos y sollozos libidinosos. Aquel acto inesperado hizo que la autoestima y la confianza de Lucía aumentaran. Jorge, su marido, en más de una ocasión le había dicho que las mujeres que habían tenido hijos dejaban de ser llamativas para los hombres, y como en muchas ocasiones, su teoría había sido derrotada por la verdad real.

A Andreu le resultaba difícil controlar sus ojos. Estos seguían los suaves ajetreos que ella realizaba. Parecía estar poseído por el canto de una sirena, aunque claro, ni ella cantaba ni era una sirena. Tan hipnotizado se encontraba, que no dominó sus pasos y tropezó con el alzado de un escalón, cayendo sin poder evitarlo sobre la espalda descubierta de ella.

—¡Por el amor de Dios, ten cuidado! —gritó Lucía.

—De nuevo lo siento. Hoy parece que me he levantado con el pie izquierdo —se excusó mientras se volvía a apoyar en la espalda para poner distancia entre ellos.

Sin embargo, el ligero contacto con la piel de ella hizo resurgir la exigencia carnal que Andreu llevaba sepultando desde hacía tiempo. Esa necesidad que se calmaba él mismo para no tener que volver a caer en el abismo de la tortura. Su sexo comenzó a alzarse y sintió la presión de este en su pantalón. Atolondrado, sonrojado y ávido de deseo por una extraña, saltó con rapidez hacia atrás e intentó esconder el bulto de su entrepierna. No sabía qué decir. No se le ocurría ninguna excusa para su comportamiento. Tan solo pensó que llevaba mucho tiempo sin sentir el calor de un cuerpo femenino y esa había sido la causa de su pérdida de autocontrol.

—¿Quieres ir delante? Por mi bienestar, creo que será lo mejor. —Lucía parecía asombrada ante la reacción que había tenido el muchacho. Cuando la tocó, dijo algo en francés y saltó hacia atrás con rapidez. Parecía avergonzado. Sus mejillas estaban colmadas de un rojo fuego y no paraba de mover las caderas como si le estuviese picando algún insecto. Frunció el ceño y lo miró con atención. Quizás estaba al lado de un loco. Un increíble, enigmático, atractivo y sexy demente que daban ganas de devorar.

—¿Le hice daño? —Andreu seguía sin poder controlar hacia dónde miraban sus ojos. Ahora contemplaba las medias de rejilla con las que la mujer cubría sus piernas. Después siguió con los zapatos. Le volvían loco los sentir en su piel la de ella.

—Estoy bien, pero me estás haciendo perder un tiempo precioso —dijo con enfado Lucía. A pesar de gustarle lo que veía y de notar que el joven estaba noqueado ante ella, debía de entrar y dejar a un lado ese deseo que ambos habían despertado puesto que estaba casada y esa mañana no se había levantado diciendo: «hoy como regalo de cumple, voy a disfrutar de un yogurin».

Andreu se volvió a disculpar y, parado un metro tras ella, dejó que entrara al local. Respiró varias veces con profundidad para retomar la normalidad. La situación se le había ido de las manos. Quizás el problema era que había estado tan ensimismado en sus nuevos proyectos que había dejado apartada la satisfacción personal. O tal vez era algo más simple; aquella mujer provocaba un deseo fuera de lo común.

Una vez dentro, Lucía se dirigió hacia al maître:

—Buenas tardes, soy Lucía Sandoval.

—Buenos tardes, señora, estábamos esperándola. Sus amigas están preparadas… —El maître giró la cabeza y miró al hombre que permanecía detrás de ella. Un muchacho callado, con la mirada perdida en el cuerpo de la mujer y olfateando, como un perro sabueso, el perfume que emanaba—. ¿Qué desea, caballero?

—¿Perdón? —Miró con cara de burla al sirviente—. ¡Ah! Sí, sí, disculpe. Soy el señor Andreu Voltaire.

Lucía esbozó una sonrisa. Estaba complacida consigo misma y eso hacía años que no lo sentía. Jamás observó en el rostro de su marido una imagen así. Nunca la miró con deseo. Apenas la abrazaba. Cuando hacían el amor se colocaba arriba, la follaba y terminaba con prisa. En más de una ocasión pensó que solo hacía sexo para tener más hijos. Claro está, Jorge no tenía ni
idea que tras su tercer vástago ella comenzó a tomar anticonceptivos. No deseaba encadenarse aún más a un hombre que no la amaba. Cerró los puños y se obligó a eliminar los negativos pensamientos. Ya tendría tiempo para sentirse de nuevo desdichada con la vida que tenía. En aquel momento necesitaba disfrutar de la excitación y el deseo que el joven proyectaba hacia ella.

—Señor, la fiesta de su hermano ha comenzado sin usted. Pero si es tan amable de seguirme, les conduciré a ambos a sus respectivos lugares. —El maître empezó a andar despacio, mirando de soslayo a sus acompañantes. Tenía en su rostro una risa burlona, le parecía cómico el comportamiento que estaba teniendo el joven en presencia de la mujer.

El restaurante tenía varias salas, todas ellas con bastante amplitud. Quizá el dueño del local había pensado tener una gran cantidad de clientes, de ahí la inmensidad del edificio. Lucía iba observando todos los rincones por los que pasaba. Se quedó parada al ver un gran salón adornado igual que en tiempos del rococó. En otro, había un escenario e imaginó que era para celebrar conciertos o actuaciones. El empresario había creado un reino donde tenían cabida todo tipo de clientes.

—Perdone que le sea indiscreta —Lucía se dirigió hacia el maître—, por curiosidad… ¿cuántas salas tiene el restaurante? —Su pregunta tenía truco. Ella había observado en su recorrido unas escaleras al fondo de un pasillo paralelo al que andaban. Apenas eran visibles salvo que se pusiera hincapié en mirar. De ahí que pensó que el lugar escondía algo más de lo que aparentaba.

—El restaurante se compone de dos plantas, señora Sandoval. Aquí abajo tenemos cuatro salones, como ha podido observar…

—¿Y arriba?

—Es un club nocturno, señora —contestó sin titubeos.

—¿Club? —La voz de Andreu apareció por detrás.

—Sí, de día trabajamos en el restaurante, donde le esperan sus acompañantes —remarcó aquellas palabras— y en las salas que hemos observado. Pero por la noche, se cierra esta planta y se abre la de arriba, que como le he dicho es un club privado.

«Pero, ¿dónde me han traído?», pensó Lucía.

«¿Pero por dónde se mueve ahora mi hermano?», caviló Andreu.

El maître se paró frente a una gran puerta de madera tallada. Sus dibujos simulaban a las imágenes del juicio final. Lucía sintió un escalofrío al recordarle una época que tenía olvidada. De repente, sintió algo de calor tras ella. Se giró despacio y observó que el joven se había acercado a ella al sentir que se encogía de temor. Lo miró agradecida y, mientras daba un pequeño suspiro, supuso que el muchacho le ofrecía algo que nunca nadie le habían dado; protección y seguridad. Entonces, el encargado abrió y les invitó a entrar. Pero se quedaron parados. Se encontraban tan cómodos que no deseaban romper el hechizo de bienestar que les envolvía.

—Le esperan —insistió el empleado.

Al final el primer paso lo dio Lucía, no sin titubear en varias ocasiones sobre la decisión que había tomado puesto que cada centímetro que ponía entre ellos, más frío recorría su cuerpo. Arrugó la frente con suavidad. Le resultaba extraño tener aquel tipo de sensaciones hacia un hombre y mucho más siendo alguien a quién acabada de conocer. «Estoy peor de lo que imaginaba», se dijo al creer que todo aquello que estaba sucediendo entre los dos era producto de su soledad. Levantó la mirada hacia el lugar que le había indicado el maître y sonrió con ganas al ver a sus amigas.

—¡Joder, Lucía! —exclamaron estas—. ¡Estás impresionante!

—¡Feliz cumpleaños! —dijo Elsa mientras se dirigía hacia ella y la envolvía en un fuerte abrazo—. Nena, estás rompedora. La última vez que te vi con un vestido de estos éramos unas locas de la noche.

—No me acordaba de lo bien que me hacían sentir… —respondió susurrando.

—¡Eeehhh! —le gritaron el otro grupo que se encontraba en la sala—. ¡Ven aquí, nosotros te felicitaremos!

—¡Fidel, esos modales! ¿Cuándo has perdido la educación?

Andreu se adentró con rapidez al lugar para reprender la actitud de su hermano. Por un segundo, se imaginó asfixiando a Fidel con sus propias manos por haber tratado a la mujer de aquella forma. «¡Relájate, Andreu! No es para tanto. Discúlpate en su nombre y así tienes otra razón para permanecer unos instantes más a su lado», se dijo. Caminó erguido, con la mirada fija en ella, e intentando aparentar una cara de enfado para que no pensase que la situación le parecía divertida.

—Disculpe los modales de mi hermano, habrá comenzado con las copas… —Y le volvió a ofrecer aquella sonrisa infantil que tanto le había gustado a Lucía.

—Espero que le castigue por ese comportamiento, ha sido una grosería.

—Lucía miró de soslayo a Andreu al mismo tiempo que cogía la mano de Elsa para dirigirse hacia su mesa.

—Cuente con ello, madame. —Hizo una reverencia y se marchó hacia su hermano, haciéndole muecas de enfado.

—¿Qué ha sido eso? —le preguntó la amiga al oído mientras caminaban.

—Nena, eso ha sido un auténtico pecado capital y se llamaba Andreu Voltaire —respondió con complicidad y entusiasmo.

Durante el trascurso de la celebración, Lucía advertía cómo era observada por el joven y le resultó bastante divertido. Nunca había sido objeto de deseo de nadie y la actitud de aquel muchacho hacia ella le empezaba a gustar. En su mente, cada vez más perdida debido al alcohol, se lo imaginaba besando su piel, acariciando con esas grandes y bellísimas manos su cuerpo. Notaba hasta los dedos bajar por su vientre, apartando las finas costuras de sus braguitas para acceder hasta su húmedo y ardiente sexo. Se sobresaltó cuando volvió a sentir palpitaciones en su clítoris y cómo la excitación que la recorría le hacía emanar fluidos entre sus piernas. Estaba muy caliente, pero que muy, muy caliente. Tanto, que por unos instantes pensó en levantarse de allí y correr hasta el baño para saciarse sola.

—¿Estás bien? —preguntó Elsa cuando la vio tan alterada.

—Sí, ¿por? —Dejó de mirar al joven para centrarse en su amiga.

—Te siento acalorada. ¿Cachonda, tal vez? —Sonrió.

—Creo que lo estoy —murmuró para que no la escuchara nadie salvo ella.

—Yo también lo estaría si un hombre más joven que yo se fijase en mí como lo hace él contigo. —Señaló con la cabeza hacia donde se encontraba Andreu que no dejaba de mirar con deseo a Lucía mientras parecía entablar conversación con los que le rodeaban.

—No entiendo por qué, pero desde que lo he visto en la puerta, mi cuerpo ha demandado estar bajo sus caricias. —Seguía sonrojada por la excitación y por la vergüenza que le daba explicarle a Elsa que deseaba a otro hombre que no fuera su marido.

—¡Pues tíratelo! —dijo Elsa sin pensar.

—¿Estás loca? Estoy casada, ¿recuerdas? ¿Sabes lo que podría perder si me acuesto con él y Jorge se entera? —Abrió los ojos de par en par. De repente, comenzó a sonar una melodía a través de los altavoces.

—¿Crees que él te ha sido fiel todo el tiempo? ¡Venga ya! Tal como dices que te folla es porque las caricias y los mimos se los ha dado a otra o a otro. Por favor… —dijo mirándola a los ojos— ¿has visto la cara que tiene ese chiquillo al contemplarte? Está deseando caer en tus brazos.

—Tengo esposo e… —No pudo terminar la frase. Notó que algo le hacía sombra y al girarse para saber de qué se trataba, lo descubrió parado frente a ella y esbozando una sonrisa encantadora.

—Buenas tardes, señoras —saludó con cortesía—. ¿Alguna de ustedes me ofrecería un baile? —Sonrió al grupo, pero regresaron sus ojos hacia la figura de Lucía.

—¡Ella! —gritó Elsa y la levantó de un achuchón.

—Hija de puta —susurró mientras su mano era atrapada por Andreu.

Pero antes de llevarla a la pista de baile, Fidel, que observaba a su hermano atónito ante su inesperado comportamiento, se levantó y secundó la actuación de Andreu. Si aquella mujer significaba algo para su hermano, él lo apoyaría con los ojos cerrados. Se acercó al grupo de mujeres y sacó a bailar a la primera que le miró. Estaba feliz. Era la primera vez en mucho tiempo que veía reír a su hermano. Le brillaban los ojos y tenía una imborrable sonrisa tonta. Solo esperaba que ella lo cuidase y no le rompiera el corazón otra vez.

Cuando Andreu posó con suavidad su mano sobre la cintura de ella, casi se muere de placer. Un escalofrío invadió su cuerpo y comenzó a sentir palpitaciones donde no era respetuoso. Así que, con delicadeza, puso algo de distancia entre ellos. No quería darle la impresión de ser lo que no era, porque hasta el momento justo de conocerla en la puerta del restaurante, él había podido controlar muy bien todas sus excitaciones. Pero le resultaba muy difícil si ella estaba delante.

—Siento si le hice daño —dijo con voz aterciopelada.

—No te preocupes, no ha sido nada —pudo responder mientras respiraba una y otra vez el suave y delicioso aroma varonil.

—No suelo ser tan torpe, pero hoy me siento despistado —sonrió.

—¿Eres de aquí? —Ella balanceaba con suavidad entre los brazos del joven.
—Sí. ¿Y tú?

—También.

—Entonces… hoy es tu cumpleaños, ¿verdad?

—Sí, cumplo treinta y… —Sin darse cuenta, apoyó su cabeza sobre el pecho agitado del joven.

—¿Y? —Colocó su barbilla sobre el cabello de Lucía y respiró con suavidad el perfume que expulsaba.

—Y unos pocos más. —Levantó su barbilla y ambas bocas se quedaron a escasos milímetros. Podían inspirar el aire que el otro expulsaba. Podían sentir el calor el uno del otro, e incluso el bombeo de los agitados corazones hacían eco en el cuerpo contrario. Estaban conectados de una manera extraña. Andreu quiso acercarse un poco más a esos labios que le invitaban a ser besados, pero no lo consiguió, alguien llamaba a Lucía.

—Lucía, la tarta. —Atrapó Elsa a su amiga de la mano y la retiró de allí en el instante justo en el que el hombre había decidido besarla.

—Gracias por el baile —le dijo mientras la amiga se la llevaba hacia algún lugar.

—Un placer.

—Menos mal que te he retirado. Ese iba a plantarte un beso delante de todo el mundo —le susurró Elsa.

—Menos mal, porque yo me hubiese dejado…

—Recuerda una cosa, nena. Si quieres llevar una doble vida, lo mejor que debes aprender es la discreción. Y hoy no es el momento idóneo para liarte con él. Dale tu teléfono, proponle una cita en algún lugar alejado de esta ciudad, pero hoy no. Ahora siéntate y sopla la vela de la tarta.

Al sentarse de nuevo, el camarero apareció con un precioso pastel en forma de corazón. En el centro estaba escrito «Feliz Cumpleaños» y la vela permanecía encendida. Las amigas comenzaron a cantar y al finalizar aquel atroz cántico, acercó la boca a la pequeña llama, sopló, alzó la vista, clavó sus ojos sobre el joven que la miraba atónito y deseó en voz alta.

—Que mi vida tome otro rumbo…

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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