Enamorado de Ella | Capítulo 1

Portada - Yo te Miro

Enamorado de Ella

«Cuando el deseo te encuentra, ningún sueño vuelve a ser el mismo.»

Capítulo I

Enamorado de Ella

Capítulo I…

Mañana de cumpleaños

Dicen que el dinero hace la felicidad, pero Lucía no estaba segura de ello. No podía quejarse, vivía acomodada desde que se casó con Jorge, a quien intentaba agradecer el bienestar que le había ofrecido. Sin embargo, se encontraba triste. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Se suponía que el matrimonio sería el colofón para una mujer de su posición, aunque ella deseaba eliminarlo lo antes posible. Escuchó un ruido en el baño y giró su rostro hacia él. Se estaría preparando para marcharse al trabajo. De nuevo dirigió la mirada hacia el exterior y comenzó a tocar el frío cristal con los dedos. ¿Cuánto tiempo llevaba sopesando la idea? ¿Cuatro? ¿Cinco años? Pero nunca daba el paso, no se atrevía a dejar todo lo que tenía a su alrededor porque su esposo la destruiría, de eso estaba segura.

—¿Ya estás despierta? —La voz de Jorge interrumpió sus pensamientos.

—Sí, acabo de hacerlo —respondió sin ganas.

—Hoy tengo unas reuniones importantes. Quizá llegue tarde a casa, pero cuando regrese celebraremos tu cumpleaños.

—Tengo planes… —murmuró mientras se retiraba del ventanal.

—¿Planes? ¿Qué planes tienes? —replicó enfadado. No le gustaba que ella organizase un día sin haberlo consultado antes. Él era quien decía la última palabra y con ello la proposición sería aceptada, si lo veía apropiado para la intachable vida social en la que vivía, o negada de inmediato.

—Elsa me ha invitado a comer. No estaremos solas, vendrán más amigas.

—¡Te he dicho muchas veces que esa tipeja no es buena para ti! — Comenzó a enfurecerse—. Eres una mujer respetable y eso a lo que tú llamas amiga, es tan solo escoria de mundo.

—Como te he dicho, habrá más gente. —Se sentó sobre una esquina de la cama mientras miraba cómo su esposo se colocaba la corbata.

—De todas maneras, no me agrada esa fiesta. ¿Dónde iréis? —siguió el interrogatorio.

—A un restaurante nuevo, se hace llamar Dos por Dos. Levantó una ceja y observó el rostro de su marido. Si por un momento pensaba que aquel lugar era impropio, le negaría de manera contundente acudir sin tan siquiera pensar que la reunión era para ella.

—Me han hablado de él, lleva poco tiempo abierto —explicó reflexivo—. Los socios han comentado varias veces sobre la posibilidad de hacerles una visita y sopesar si el local está acondicionado para realizar allí las cenas con los futuros inversores.

—Si lo deseas, cuando regrese te comento mi impresión. —Sonrió tímida. Le gustaba la idea de poder ayudar en algo a alguien, ya que, viviendo bajo las órdenes de su marido, tan solo podía acatar sus mandatos sin pestañear.

—No hace falta, ya lo haré yo cuando les visite alguna vez. —Buscó en el perchero la chaqueta del traje oscuro que llevaba puesto—. ¿Dónde se supone que estarán nuestros hijos? —preguntó tras unos segundos de silencio y meditación.

—Mi madre los recoge hoy del cole y se los lleva a la casa de campo todo el fin de semana. Les vendrá bien cambiar de aires. Además, llevaban tiempo suplicando visitar a los abuelos. —Lucía alargó la mano y sacó unos pantis de red que guardaba en su segundo cajón. Su lugar secreto. Las miró con cariño y comenzó a vestir los desnudos pies. Aquellas prendas eran lo único que se podía permitir llevar sin que su marido se alterase demasiado. Aunque de vez en cuando le soltaba alguna que otra charla sobre qué clase de mujeres se ponían ese tipo de lencería.

—No entiendo cómo pueden gustarte. Son muy parecidas a las que se ponen las putas en los burdeles. —El marido las miraba con repulsión.

—Me parecen bonitas —susurró sin ser capaz de levantar la mirada.

Las acarició con suavidad, y al mismo tiempo que las manos paseaban por la longitud de sus piernas, la mente viajó a un lugar desconocido donde lo único que veía era a su esposo postrado a sus pies, con cintas de cuero rodeando su cuerpo y besando, de forma concienzuda, los delicados pantys que había despreciado sin motivo alguno.

—Ten cuidado en la fiesta. —Lucía giró su cabeza hacia él y amusgó los ojos—. Esas reuniones femeninas nunca terminan bien: Se desmadran cuando no tienen a los maridos para que las dirijan. Se os da un poquito de confianza y os volvéis locas. Pero a ti ni se te ocurra hacer gilipolleces, ¿has comprendido? No quiero estar en boca de nadie y menos por ese tipo de indecencias.

—Tan solo vamos a comer en el restaurante, no debes preocuparte por nada —comentó mientras su verdadero yo gritaba por salir de su interior y explicarle que ni ella era una zorra que debía de ser sometida, ni tampoco una perra en celo.

—¿Preocuparme? ¡Claro que no! Como se te ocurra hacer algo fuera de lo habitual, te pego una patada en el culo y sales disparada de esta casa, eso sí, sin los puñeteros diablos a los que llamas «hijos» —le señaló con el dedo para darle más énfasis a su advertencia.

—Estás exagerando, ¿no crees? —Se quedó pasmada ante lo que estaba ocurriendo. Había dejado de ser sutil en sus amenazas, o tal vez ese enfado era consecuencia a su falta de encuentros sexuales. Llevaban más de un mes sin hacer el amor y eso parecía crear cierta tensión entre ambos. Pero no le apetecía hacer nada. ¿A quién le podía atraer la idea de meterse en la cama con el hombre que te amenazaba en quitarte los hijos si pedías el divorcio? A ella no, aunque sabía que tarde o temprano debía de abrirse de piernas para relajar el ambiente familiar. No deseaba que los niños crecieran en un entorno hostil, como le sucedió a ella.

—Tú vete, vete. Pero atenta a las consecuencias. —La miró desafiante y cerró la puerta.

—Felicidades, cariño —murmuró Lucía para sí tras la salida del marido —. Espero que tengas una jornada llena de ilusión y alegrías en el día de tu cumpleaños…

No había sido capaz ni de felicitarle. Tan solo se preocupaba de amenazarla para que actuase tal y como él deseaba. Así lo llevaba haciendo desde que se comprometieron. Al principio ella pensó que sería un acto de posesión masculina, sin embargo, con el paso de los años, descubrió que más bien era una característica típica de un marido gilipollas. Tenía la certeza de que no la amaba, pero no se lo reprochaba porque ella tampoco lo hacía. Se habían casado muy jóvenes, quizás antes de poder saber lo que era el verdadero amor y la auténtica pasión que tienen los verdaderos enamorados. Pero el destino se lo puso en su camino y tuvo que aceptarlo. ¿Durante cuánto tiempo más aguantaría al cabrón que la sometía? No le ponía fecha de caducidad a un producto que estaba caducado antes de empezar, aunque, tarde o temprano, la pantomima de matrimonio en el que vivía, finalizaría. El teléfono móvil comenzó a sonar despertándola del abatimiento mental al que se sometía. Estiró la mano con pereza y descolgó.

—¿Sí? —respondió sin emoción.

—¡Felicidades! —gritó una voz femenina con bastante energía.

—Gracias, Elsa, eres la primera que me felicita.

—¿No lo ha hecho tu querido cónyuge? —preguntó suspicaz.

—Ni se ha molestado… Estaba más preocupado en amenazarme que en felicitarme.

—¡Hijo de puta! Te juro que le arrancaré los huevos.

—El problema ha sido que no he tenido tiempo para hablarle sobre los planes que teníamos hoy, y cuando se los he explicado, no se ha puesto muy contento.

—¡Qué bastardo! Te he dicho muchas veces que lo dejes, que te mereces algo mejor y que puedo comenzar a buscártelo cuando quieras. Si fuera tú, a todo le diría que sí y luego… ¡¡tendría más cuernos que un toro!! —Comenzó a sonreír con fuerza.

—En fin, dame alegrías y no penas. ¿Cómo va todo? —Cambió con rapidez de tema porque no quería seguir sintiéndose mal por el nefasto matrimonio en el que se hallaba. Era su día.

—¡¡Genial!! ¿Estás preparada para la mejor fiesta de cumpleaños que hayas tenido en tu vida?

—Me conformo con que sea algo divertido y me saque de esta maldita rutina. —Miró a su vestidor y se quedó en silencio. Poco después empezó a buscar entre las perchas algo que le llamase la atención—. No encuentro nada para ponerme en un día como hoy.

—Yo me pondría sexy y dejaría ese estilo de eterna monja que llevas a cuestas.

—Es fácil decirlo cuando no se tiene un marido que puede quemarte en la hoguera por brujería si llevas un escote dos centímetros más largos de la cuenta. —Seguía buscando por si en algún rincón de aquel tosco armario se hallase el vestido que deseaba, cosa que le parecía bastante raro puesto que era su querido marido quien elegía el vestuario más adecuado para ella.

—Venga, mujer. Por una vez en tu vida haz lo que te dé la gana sin pensar en lo que dirá o pensará él. Saca la chica mala que llevas dentro. —Elsa la quiso estimular con sus palabras. Tenía plena certeza que debajo de aquella fría imagen, había una mujer ardiente y deseosa de salir al exterior.

—Al final Jorge va a tener razón y eres una mala influencia para mí.

—¿Esa opinión tiene sobre mí? Bueno, ya sabes por dónde me paso sus ideas… —carcajeó.

—No seas mala, a pesar de ser un imbécil es mi marido. Pero esta vez creo que tienes algo de razón. Hoy quiero que sea diferente, ya no solo porque cumplo treinta y ocho años, sino también porque tengo el pálpito que será un día muy especial.

—¿Especial? ¿Te refieres a que te has dado cuenta, por fin, de que tienes tan solo treinta y cuatro y te vistes como una de sesenta? O, ¿tal vez te haya venido bien que tu queridísimo Jorge no te felicite y quieras buscar los agasajos en otros brazos?

—Eres una zorra… —Se volvió a sentar sobre la cama y acarició lo único que llevaba puesto, sus medias.

—Haz lo que te dé la gana, pero lo único que te digo es que por una vez en tu vida decidas qué quieres y lo hagas sin pensar en qué dirán. Recuerdo una Lucía traviesa, una que luchaba por los derechos de las mujeres en un lugar donde tan solo podíamos callar y escuchar.

—Ha pasado mucho tiempo de aquello. La gente cambia, yo he cambiado… —suspiró con nostalgia.

—¿Qué te haría feliz en este día?

Lucía se quedó callada durante unos segundos pensando cuál sería la intención de la pregunta.

—¿Hola? —inquirió Elsa al no ser contestada.

—Si hago lo que estoy pensando y se entera, el cabreo será abismal.

—¿Quieres follarte a otro?

—¡No! Tan solo quiero vestir, por un día, de forma diferente —respondía mientras se levantaba de un salto del colchón y cogía unos zapatos de tacón que tenía escondidos en su ropero.

—Dos cosas tiene: enfadarse y que se le pase. ¿De verdad que no te planteas tener un buen amante? Es bastante bueno para eliminar la ansiedad.

—¿Encontrar a otro hombre? ¡Ni de coña! Bastante tengo con este. Oye… ¿a qué hora se supone que hemos quedado?

—Estaremos allí sobre la una y media.

—Creo que me dará tiempo ir al centro comercial y echar un vistazo. Quizás encuentre lo que estoy buscando. —Lucía miraba y remiraba el reloj.

—Si llegas más tarde, pero desconocida, te lo perdono. Así cerrarás las bocas de esas que llamas amigas. ¡Venga, chiquilla! ¡No te entretengas con tonterías! Hasta luego.

—Nos vemos.

Cogió el primer vestido que encontró, se enfundó los zapatos que tenía entre sus manos y salió con rapidez de casa. Hoy debía pensar tan solo en ella, sin darle vueltas a las repercusiones que tendrían sus actos. De todas formas, no iba a hacer nada extraño, se trataba de una reunión de amigas para celebrar un día especial. Cuando todo acabase, regresaría a su rol de mujer sofisticada y virginal. ¿Qué había de malo en ello?

El centro comercial era enorme. Paseaba de un lado a otro sin encontrar nada que le llamase la atención. No tenía una idea exacta de lo que deseaba, pero seguro que lo sabría cuando lo viese. Tras visitar más de diez locales y no hallar nada, se desmoralizó. Al final se debía conformar con el atuendo que llevaba puesto. Miró el reloj y se sorprendió: eran las doce y cuarenta y cinco; ya no había tiempo para seguir con la búsqueda, así que decidió marcharse hacia el restaurante y que fuese lo que tuviese que ser. Quizás el año que viene tendría más suerte. Afligida, acercó su bolso al torso y presionó el botón del ascensor para bajar al aparcamiento. Cuando las puertas se abrieron apareció una chica vestida de cuero negro. Iba muy gótica pero el vestido era precioso. Se ceñía al cuerpo, mostrando las curvas de la muchacha. Unos pequeños adornos plateados embellecían los gruesos tirantes. Pero lo que le llamó muchísimo la atención fue el escote. Si se agachaba más de la cuenta podía verse sin tapujos el ombligo. Lucía lo observó muy intrigada. Se
imaginó cómo sería llevar un vestido así y que todo el mundo girase la cabeza para volver a deleitarse con tu presencia. «¡¡Ese!!», gritó una vocecita dentro de su cabeza. «¡Quiero ese ya!», continuó hablándole. Miró de nuevo a la joven de arriba abajo. La chica se quedó parada y sorprendida de la inspección e intentó esquivarla para marcharse. Fue entonces cuando Lucía no reparó en modales y se abalanzó sobre la joven para interrogarla.

—¿Dónde has comprado ese vestido?

—¿Cómo? —preguntó la chica aún más atónita cuando supo la razón de aquella extraña actitud.

—Necesito un vestido y el tuyo me gusta. ¿Dónde lo has comprado?

—Justo ahí. —La chica le señaló una tienda con logotipos negros.

Al principio Lucía pensó que le estaba tomando el pelo. Tal vez la muchacha había pensado que era una desequilibrada y la mandaba al primer sitio que se le ocurría. No era otro que una especie de sex-shop. Así que giró la cabeza hacia la extraña y le dijo:

—Aunque pueda parecerte una loca, no lo soy. Llevo más de dos horas visitando todas las tiendas porque hoy es mi cumple y quiero ir a la fiesta vestida de forma diferente a la que suelo ir.

—Entienda que la situación es extraña, pero a pesar de todo no le he mentido. Me lo compré allí la semana pasada. Cuando yo fui había bastantes a buen precio. No todo el mundo luce un vestido de esta forma —posó las manos en su cintura y se expuso ante Lucía.

—Eso ya lo sé. Pero solo por ver las caras de mis amigas, ya habrá valido la pena.

—El vestido no hace a la mujer, es la mujer quien hace a la prenda. —Se apartó de ella hacia atrás y comenzó a alejarse.

—No sé muy bien lo que has querido decir, pero te doy las gracias por haberme respondido. —Ahora la desconcertada era Lucía.

—No te preocupes, cuando el tejido toque tu piel, lo entenderás. —Se giró, alzó la mano para despedirse y siguió andando hasta perderse entre la multitud.

«¿Y esta se había asustado de mí? ¡¡Por el amor de Dios, si parece que se ha escapado de un psiquiátrico!! Bueno, que no tengo tiempo. Me ha dicho que era…». Levantó la mirada hacia la tienda y aligeró el paso.

Cuando llegó a la entrada del local, se paró y miró hacia un lado y hacia el otro, nadie conocido debía verla entrar allí. Si la descubrían, pronto lo sabría su marido y este entraría en cólera dando gritos y aspavientos. Se lo imaginó en la puerta del local donde celebraba la fiesta resoplando como un toro y portando en su mano el primer abrigo que le tapase hasta los tobillos. Él era
así… Al cerciorarse de que no había nadie por los alrededores que la pudiese fastidiar, entró y se acercó a la dependienta para hablarle muy bajito.

—Buenas tardes. Me han informado que venden vestidos negros. —La boca de Lucía rozaba la oreja de la chica. No quiso especificar el material de la prenda porque le daba vergüenza pensar que alguien pudiera escucharla. Una mujer de treinta y tantos, con un vestido de Channel y pidiendo una cosa así, solo podía llegar a una conclusión: era puta y se gastaba el dinero en vestidos caros.

—Buenas tardes. Me quedan algunos… ¿Me dice su talla, por favor? — La joven también respondió susurrando.

—Suelo llevar la treinta y ocho o cuarenta. Aunque no sé si entraré con mis nuevas caderas —dijo llevándose las manos hacia la cintura.

—Las curvas en una mujer son señal de feminidad, señora. No es lo mismo el balanceo de un buen culo que de alguien que la espalda le llega a las piernas. Ya me entiende —le guiñó—. Además, yo que usted, en vez de ponerse algo como eso —le señaló un perchero con vestidos de flecos y
encajes—, me atrevería con estos. —La chica la dirigió hacia un armario que se encontraba cerca de los probadores. Miró varias veces el cuerpo de Lucía y seleccionó uno de todos los que tenía—. Este le quedará genial, se lo prometo.

Lucía cogió el atuendo y corrió hacia el probador. Se había encaprichado con la prenda y no se la quitaría de la cabeza hasta que viese con sus propios ojos que no le quedaba bien; sin embargo, ocurrió todo lo contrario. El cuero se adaptaba de forma increíble a sus curvas, se podría decir que «le quedaba como un guante». Se miró en el espejo del probador y disfrutó de manera pecaminosa con lo que contemplaba. «Parezco una mujer de esas que pegan», se dijo. De repente, una sonrisa pícara apareció en su rostro y se imaginó que su mano derecha llevaba una pequeña fusta y, en la izquierda, unas esposas. Fue en ese mismo instante cuando un calor extraño apareció en su sexo. El clítoris palpitó de excitación y su cuerpo fue invadido por una corriente eléctrica sobrehumana. Todo su ser le estaba indicando que necesitaba para
ser ella misma. Aquello que dormía entre prendas de seda se había despertado con el tacto de otra piel. Tuvo que cerrarlos para tomar conciencia de lo que estaba sucediendo. Tuvo que cerrar los ojos para no verse más…

—¿Cómo le queda? —La dependienta corrió la cortina hacia un lado sin avisar despertándola de golpe de su trance.

—No creo que sea lo que esté buscando —le dijo sin moverse del lugar. Sus pies se habían quedado pegados al suelo. Tal vez le obligaban a seguir contemplando aquello que no quería ver.

—Lo dirá de broma, ¿no? Porque ese vestido ha nacido para cubrirla. No le hace arrugas en la cintura. —Pasaba la mano por el cuerpo de Lucía para reforzar sus palabras—. El escote de la espalda le queda justo donde debe estar. El pecho se realza… ¡Perfecto! —exclamó sonriendo. Pero al ver la cara de su cliente posó la palma sobre su hombro y le susurró—: Una sotana no hace al monje, un vestido como este no hace que parezcas lo que no eres, tan solo te ayuda a descubrir quién puedes llegar a ser. Pero si te sientes mal con él puesto, te puedo buscar otros. Mira allí —dijo señalando los del pechero que habían visto la primera vez. Tienes muchos donde elegir.

Se quedó callada mirando de nuevo al espejo. En efecto se veía bastante bien. Quizá todo aquello que había sentido eran solo locuras mentales al verse con prendas diferentes a las que estaba acostumbrada. Giró la cabeza hacia la dependienta y contestó a la sonrisa que ella le ofrecía.

—Me veo rara, es solo eso… —murmuró.

—Pues usted decide, ¿se lo queda?

Lucía dudó durante unos segundos en los que pensó en la cara que pondrían sus amigas al verla vestida de aquella forma. Posiblemente llegarían a la conclusión de que su etapa de «depresión de los cuarenta» se habría adelantado un par de años y no se tomarían aquello como algo importante. Luego imaginó el rostro de su marido y soltó una carcajada.

—¿Sí? —preguntó la joven.

—Me lo quedo. La única pega es que creo que el escote de la espalda es algo exagerado.

—La espalda es una de las partes más sensuales que tiene la figura femenina y está para enseñarla, señora. Créame, está increíble.

De pronto, como salidos de la nada, comenzaron a vitorearla unos muchachos que andaban merodeando por la tienda. Lucía levantó la cabeza para mirarlos y se sorprendió al verlos tan entusiasmados por ella. Se asustó y anduvo con más rapidez hacia el mostrador, aunque en el fondo su ego comenzaba a exaltarse y a tomar una fuerza que no había sentido en muchos años.

—Déjeme ofrecerle algo más. —La muchacha sacó una caja y la puso encima del cristal—. No es una joya tan valiosa como la que lleva por pendientes, pero es la más adecuada para ese exitoso vestido. —La abrió y le mostró un collar negro.

—Es bonito, pero ya tengo esta gargantilla. —Se la tocó con las manos. Sin embargo, la dependienta hizo oídos sordos y se acercó detrás de Lucía con el objeto en la mano, le desabrochó el que llevaba y le colocó el otro.

—Esta preciosidad es un collar de espalda, resaltará su belleza. Además, la gran perla negra oscilará al ritmo de sus caderas y eso será el punto más erótico para quien la observe desde atrás —Lucía la miró de soslayo, no entendía esa media sonrisa que la joven insinuaba tras decir aquellas palabras. Pero la muchacha no le explicó nada, sino que continuó la conversación—. Para finalizar, un detalle imprescindible para esta transformación, unas gafas negras.

—¿Me quieres convertir en una bruja? —preguntó con una risita.

—No, solo quiero mostrarle lo que esconde. En su interior hay una mujer ardiente deseando dar placer y amar con mucha pasión.

—Esto es tan solo para una fiesta… —dijo acentuando sus palabras con el ceño fruncido.

—Lo que usted diga, pero no se imagina el poder sexual que desprende. Si no me cree, mire a los chicos que se encuentran en la tienda. Están embobados y cubriendo las erecciones que les provoca una mujer como usted.

—La cogió de los hombros y la hizo girar sobre sí misma para que contemplase lo que le estaba diciendo.

En la planta del local había cinco hombres: dos de unos veinticinco años y tres de unos dieciocho. Estaban dispersados entre los pasillos de la tienda e intentaban esconder la excitación que guardaban bajo el pantalón con cualquier caja que los cubriese. Al girase Lucía y contemplar el espectáculo que había en torno a ella, tomó fuerzas y se enderezó para mostrarse por completo. Se sentía extraña. Por unos instantes pensó que estaba fuera de lugar. Era una mujer casada y respetable y aquel tipo de situaciones le resultaban deshonestas. Sin embargo, la vocecita que había aparecido antes por su cabeza resurgió: «Saborea el momento. Disfruta de lo que tienes a tu alrededor en vez de amargarte que para eso ya está tu casa. Por fin te sientes deseada, admirada… ¿no te lo puedes permitir tan solo unas horas? Mañana la rutina volverá y esto lo tendrás como un bonito recuerdo en el que apoyarte esos días de llanto».

—Si no es capaz de descubrir su verdadera esencia —le susurró al oído interrumpiendo de nuevo sus pensamientos—, no conseguirá ser feliz. La vida que está llevando es solo la mitad de lo que en verdad necesita.

—¿Me dices qué te debo? Tengo algo de prisa. —Las palabras de la chica la incomodaron aún más. No era coherente que alguien le insinuara aquello que debía de hacer cuando ni ella misma sabía qué dirección tomar.

—Las gafas son un regalo —dijo la chica. Cogió la mano a Lucía y le susurró—: Si algún día decide hacer caso a su conciencia, puedo ayudarla.

—Gracias, pero no la necesito. Esto es para hoy… —Sacó el dinero, se lo puso en el mostrador, atrapó la bolsa donde había colocado su anterior prenda y se dispuso a salir con rapidez. Necesitaba con urgencia respirar aire fresco puesto que el que tenía a su alrededor estaba demasiado contaminado.

Sin embargo, antes de pisar el exterior, la vida le iba a dar otra sorpresa. Uno de los jóvenes parecía estar esperándola en la puerta. Con una camiseta de manga corta que dejaban a la vista los bíceps trabajados en el gimnasio, un tatuaje en el cuello y una sonrisa preciosa, la miró de arriba abajo y apoyó su palma en el marco de la puerta. Lucía, al principio, se quedó petrificada. Aquella manera de actuar le resultaba un tanto acusante, pero en vez de asustarse, levantó sus gafas nuevas y miró con fiereza al muchacho. Si el jovenzuelo pretendía intimidarla con una mirada de deseo… ¡Iba listo!

Madame, espero con ansía volverla a ver —le dijo el chico apartándose de la puerta y dejándola pasar.

—¿Me has tomado por una niñera? —Levantó la barbilla y miró aquellos profundos ojos verdes.

—Ni mucho menos, madame. Pero este perro necesita ser honrado con su presencia de vez en cuando.

—Me lo pensaré. —Bajó sus gafas y se marchó de allí con paso firme.

Oh, posible!!

«¿Has visto? Yo no te engaño, eres poderosa…», le habló de nuevo la voz.

Se dirigió al ascensor, presionó el botón y sonrió. Durante aquellos minutos se había sentido como la primera vez que se montó en la Montaña Rusa, llena de excitación y deseosa de que no terminara jamás. Sin embargo, tenía que darse prisa e intentar no llegar muy tarde a su fiesta. Se miró en el espejo y se recogió su larga melena dejando al descubierto su cuello. Se palmeó el vestido para ajustarlo más a su piel, y pensó en las caras de sorpresa que pondrían sus amigas al verla llegar. «Serán todo un poema», pensó.

Este libro es de la autora Dama Beltrán.
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