Yo te Quiero | Capítulo 8

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Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo VIII

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo VIII…

Estrómboli es naturaleza y colores primarios. Si tuviese mis instrumentos de trabajo, me encantaría recrear el negro intenso de la tierra, la luminosa tonalidad azul del mar, el blanco absoluto de las casas. Esta isla ha obrado ya su primer milagro: me ha devuelto las ganas de pintar, un deseo irresistible de jugar con los ojos y con las manos, de ensuciarme la ropa y la piel con las pinturas al temple, de oler a pintura fresca. Creía que lo había perdido para siempre, pero ahora ha revivido en mí, más fuerte que antes.

Hace una semana que estamos aquí. Día a día voy conociendo la isla: los gruñidos de la tierra, el aroma de las flores, el silencio total, la ausencia de luz eléctrica en las calles… Caminar por la noche envueltos en la oscuridad, apenas iluminados por la claridad de la luna y por los resplandores del volcán, es una experiencia única. Estrómboli es otro mundo, un mundo que me atrae y que me sorprende sin cesar, igual que Leonardo.

En este momento lo estoy esperando en la terraza.

El sol está alto en el cielo y la superficie del mar es un entramado espectacular de esquirlas doradas. Hace mucho calor, pero es un calor agradable, no el bochorno que, imagino, sufren aquí en el mes de agosto, y una ligera brisa me cosquillea la piel.

Leonardo salió esta mañana al amanecer.

—Voy al puerto, a ver a los pescadores —me susurró al oído mientras aún estaba medio dormida.

No recuerdo si me besó o no, pero, aun en el caso de que lo haya hecho, no debe de haber pasado de la mejilla. Ahora es oficial: Leonardo me está esquivando desde nuestra primera y única noche de amor. Al día siguiente, con cierto embarazo, le confesé que mi dificultad para tener un orgasmo no es ocasional, que hace tiempo que la sufro. Desde que nos dejamos, si he de ser franca. Él no me pareció muy preocupado. Se limitó a tranquilizarme y a darme un beso en la frente.

—Todo se arreglará, no le des demasiadas vueltas. —Luego cambió de tema.

Desde entonces, sin embargo, no hemos vuelto a hacer el amor y tengo la clara impresión de que le resulto poco menos que indiferente; solo me toca de manera fraternal y parece del todo inmune a mis intentos de seducirlo. ¿Será posible que, de repente, haya dejado de gustarle? ¿Que mi imposibilidad de gozar haya anulado su deseo?

No he tenido valor para preguntárselo, antes necesito observarlo un poco para comprender si, de verdad, ya no le atraigo o si es tan solo uno de sus despiadados juegos en el que, como siempre, yo soy un simple peón. Además, esta inusual indiferencia entre nosotros se ha transformado en una especie de desafío silencioso que he acabado aceptando, pese a que no termino de comprender del todo su sentido.

Por desgracia, la única certeza que tengo es que yo no me he cansado de él. A medida que pasan los días lo deseo cada vez más y él parece hacer todo lo posible para provocarme: deambula por la casa con el pecho desnudo, como si fuera una especie de Neptuno con bermudas y chanclas, con la piel dorada por el sol, la barba y el pelo descuidados y con aroma a mar, y esos ojos que parecen abismos. La isla ha hecho emerger con prepotencia toda su sensualidad, de forma que debo reprimir continuamente el instinto irrefrenable de abrazarlo, de tocarlo y de hacerlo mío.

Si no se tratase de él, lo habría hecho ya: he aprendido a ser muy directa con los hombres, a tomar la iniciativa sin pensármelo dos veces, me da igual quién es el que se acerca en primer lugar. Pero con él no puede ser tan sencillo; entre nosotros existe un lenguaje de comunicación mucho más complejo, compuesto de mensajes que deben ser descifrados, por no hablar de las estrategias que hay que inventar.

Lo más paradójico es que, a pesar de que se ha negado al contacto físico, en estos días se ha mostrado más afectuoso de lo habitual. Me ha cocinado unos platos deliciosos con los ingredientes que brinda esta tierra y me ha dedicado unas atenciones dignas de un huésped de honor. Ayer, sin ir más lejos, regresó de uno de sus cotidianos paseos de exploración gastronómica con un regalo para mí. No me lo esperaba, Leonardo no es el tipo de hombre que vuelve a casa con un regalo. Al abrir la bolsita de raso blanco encontré una espléndida tobillera de plata.

—Es obra de Alfio, un artesano de aquí. Lo conozco desde que éramos niños — me explicó con una sonrisa de satisfacción a la vez que me la ponía en el tobillo izquierdo. Después me acarició el gemelo y se inclinó para besarme el empeine. Me derrumbé: un sinfín de estremecimientos ardientes subió por mis piernas encendiéndome con un deseo húmedo que no fui capaz de dominar. Pensaba que Leonardo iba a seguir, que el beso era el preludio de algo más, pero no fue así, se separó de mí dejándome insatisfecha y un poco confusa. ¿Por qué se divierte torturándome así?

No sé cuánto resistiré, pienso mientras recojo la toalla de la playa del tendedero. Después me dirijo a la cocina y me preparo un zumo de naranja y limón. Los cítricos recién cogidos del árbol tienen un sabor delicioso, hasta el punto de que incluso yo, que siempre los he detestado, ahora no puedo pasar sin ellos.

Unos minutos más tarde llega Leonardo con una red de la que asoma una masa informe de algas y púas.

—Erizos de mar recién pescados —dice ufano al mismo tiempo que deja el botín en el fregadero.

Me aproximo y observo el contenido con curiosidad.

—Están fresquísimos —prosigue orgulloso revolviéndolos en el agua—. Me los ha dado Gaetano.

—¿El tipo del otro día? —pregunto recordando el encuentro con un hombre de pelo entrecano y largo hasta los hombros, una barba gris y rizada, y unas manos grandes con las que trenzaba las redes de pescar.

—Justo —asiente Leonardo esbozando una sonrisa—. Gaetano es el hijo de Nina, se dedica a la pesca desde que tenía diez años.

—A primera vista no parecen muy apetitosos —digo observándolos con cierta desconfianza. Tienen el tamaño de una pelota de tenis y están cubiertos por una infinidad de púas amenazadoras.

Me mira asombrado.

—¿Nunca los has probado? ¡No me lo puedo creer!

Niego con la cabeza.

—Pues no, pero una vez un erizo me probó a mí. Fue en Liguria, tenía casi catorce años. Me hizo un daño espantoso.

Leonardo sonríe.

—Esta noche tendrás una experiencia mucho más agradable con ellos. —Su anuncio suena a propuesta indecente. O puede que sea yo la que prefiere interpretarlo así.

—Lo estoy deseando —es lo único que logro responder mientras siento que su mano resbala por mi espalda, por el vestidito playero de seda y se detiene justo encima del trasero. Me hierve la sangre. Dios mío, quiero besarlo, ahora. Y hacer también todo lo demás.

Pero Leonardo se aparta enseguida y empieza a pelar una naranja.

—Te queda estupenda la tobillera —comenta con desenvoltura—. Pero debes llevarla a la derecha.

—¿Me tomas el pelo? —Mi tobillo derecho sigue empaquetado en el maldito aparato ortopédico.

—Me refiero a cuando estés curada del todo.

—¿Y por qué en el tobillo derecho?

—Llevar la pulsera a la derecha es signo de fidelidad a la persona querida — sentencia con voz maliciosa.

¿Adónde quiere ir a parar? Arqueo una ceja.

—¿Estás tratando de decirme algo?

—Creía que estaba claro que a partir de ahora eres solo mía —contesta con la mayor naturalidad del mundo metiéndose un gajo de naranja en la boca. Es así, no debería sorprenderme más: te dice las cosas más importantes, las que lo cambian todo, como si fueran menudencias. Siempre da el paso decisivo sin avisar y me deja inevitablemente aturdida, pese a que trato de mostrarme indiferente.

—Así que tú eres solo mío —suelto cruzando los brazos y tratando de mostrar la misma desenvoltura.

Leonardo esboza una sonrisa frunciendo sus labios carnosos sin dejar de masticar la naranja. Dios mío, esto es demasiado: siento un repentino deseo de morderle. No sé si lo podré resistir. Hago ademán de acercarme, pero él se aparta de nuevo y se vuelve hacia el fregadero. Como una idiota, me quedo mirándole los hombros y preguntándome qué demonios debo hacer.

Ya basta, ha llegado el momento de reaccionar. Maniobra de seducción: me apoyo de espaldas a la mesa agarrando el borde con las manos.

—¿Me puedes abrochar la tobillera? Sola no alcanzo… —digo en el tono más sexy que puedo. Leonardo se vuelve hacia mí y se acerca. Levanto el pie, acariciándole un muslo, y él lo coge entre sus manos. Luego, con un gesto rápido y preciso, aprieta el cierre.

—Ya está —dice con voz suave y firme. ¿Se está burlando de mí o me equivoco? Su respiración me acaricia el tobillo. Vamos, ¿por qué no me besas? Quiero sentir de nuevo tu lengua en mi cuerpo…

Leonardo me dirige una mirada cargada de promesas, pero después suelta mi pie y lo acompaña dulcemente hasta el suelo.

—Vamos a dar un paseo por la playa —propone acariciándose la barbilla.

Dios mío, ese gesto me produce un efecto irresistible. ¿Por qué, en lugar del paseo, no vamos a nuestra habitación y hacemos el amor? Pero ninguna de estas palabras saldrá de mi boca.

—De acuerdo —digo en cambio, esbozando una sonrisa forzada. Cojo el bolso y me lo hecho al hombro con cierta irritación—. Vamos.

Playa Larga es maravillosa, quizá la más bonita de la isla: una alfombra de guijarros negros resplandecientes frente a un límpido mar azul. Esta mañana no hay casi nadie, exceptuando un grupo de jóvenes y, al fondo, un poco apartada, una pareja de nudistas.

Ahora, con mucha fatiga, puedo caminar sin muletas. Voy muy lenta, por descontado, y tengo que pararme cada cien metros, pero siento que estoy haciendo muchos progresos. Será gracias al clima, a la energía que se respira en este lugar, a Leonardo; el caso es que a medida que pasan los días mi estado mejora.

La arena negra emana un calor increíble y, en contacto con estas piedrecitas calentadas por el sol, casi no siento dolor en la pierna. Leonardo entra en el mar, nada un poco y luego se tumba a mi lado, tan enigmático y apuesto como un dios griego. La piel mojada, el pelo desgreñado, la mano que resbala distraída por las piedras oscuras. Cada detalle me estremece.

—¿Cómo va la investigación para el libro? —le pregunto de buenas a primeras para aliviar la tensión sexual que me altera desde hace varios días.

—¡Bien! —Sonríe complacido—. Esta mañana he visto a algunas personas en el puerto y, charlando, he conseguido una nueva receta: pasta al fuego, una variante que no conocía.

—El nombre promete. —Hago una pausa y me lo imagino preparando el plato—. ¿Sabes?, se me ha ocurrido una cosa…

—¿Qué? —Se incorpora levemente intrigado.

—Me gustaría ilustrar tus recetas —declaro convencida—. Quizá con unas acuarelas. En cualquier caso, algo distinto a las fotos de los libros de cocina.

—¡Es una idea maravillosa, Elena! —Sus ojos relucen.

—Lástima que no pueda empezar enseguida. No me he traído nada para pintar. — Hago una mueca triste—. ¿Sabes si aquí hay alguna tienda donde vendan pinturas?

—No creo. —Abre los brazos—. Me temo que para encontrar algo así haya que ir a Messina —prosigue como si estuviera rumiando algo.

—Da igual. Mientras tanto puedo dibujar unos bocetos a lápiz, el resto lo haré en Roma.

—Si volvemos a Roma…

—¿Eh?

—Más de una persona no ha podido abandonar este lugar.

—Claro que sí, Ingrid Bergman —replico burlándome de él—. Pero era en una película que, entre otras cosas, se rodó en 1949.

—¿No te gustaría vivir siempre así?

—Claro, no me importaría nada —digo exhalando un suspiro y mirando hacia delante. Aquí no añoro nada, salvo volver a sentir que él me desea.

Por la noche, cuando volvemos a casa después de haber pasado una tarde espléndida en la playa, Leonardo se apodera de la cocina, su reino, y desahoga su creatividad, que lleva bullendo en su interior desde esta mañana.

—Entonces, ¿cómo se comen esos erizos? —pregunto inclinándome sobre el fregadero para observarlos mejor.

—Quiero hacer los espaguetis como me enseñó Nina —dice Leonardo mientras se ata un pañuelo de lino negro alrededor de la cabeza—. La pasta con erizos siempre ha sido su especialidad. Hoy, después de mucho suplicarle, he conseguido por fin que me revelase el secreto de su receta. ¿Te das cuenta? Llevo diez años preguntándoselo y siempre se ha hecho la misteriosa. Solo ha accedido a contármelo cuando le he dicho que quería cocinarla para ti. —Se ríe de buena gana—. En cualquier caso, también se pueden comer así, crudos. —Me dirige una mirada asesina, coge un erizo con las manos desnudas y, con suma delicadeza, lo abre por la mitad dejando a la vista el dibujo en forma de estrella.

—Caramba, por dentro es precioso —comento admirando los gajos naranjas dispuestos en forma de corona.

Leonardo coge un borde con los dedos.

—Pruébalo —me invita acercándomelo a la boca.

Mi corazón empieza a latir más rápido de lo normal. Abro la boca y cojo la pulpa con los dientes dejando que se disuelva dentro. El sabor, denso y salado, seduce de inmediato mi paladar.

—Está exquisito —murmuro guiñando los ojos a la vez que siento el sabor del erizo resbalando suavemente por la garganta.

Nos miramos a los ojos liberando una energía violenta, cargada de expectativas. El gusto del erizo llega al estómago y revigoriza el agudo deseo que late en mis entrañas. Esta noche este hombre volverá a ser mío, lo juro.

Leonardo devora los restos del erizo, después, valiéndose de un cuchillo, abre los demás y los vacía en un cuenco. Lo hace con tanta naturalidad que parece que tenga un fluido mágico en las manos. Con un ademán seguro coge el aceite virgen extra y lo vierte en la sartén trazando una doble ese. No está cocinando, está dibujando el cuadro de sabores que ve en su mente; es un pintor, un alquimista, un maestro del gusto. Cuanto más lo miro más me hechiza. Ahora enciende el fuego y, cuando la estela de aceite se ensancha formando un círculo, añade un diente de ajo, dos guindillas enteras y varias cucharadas de huevas de erizo. Lo rebaja todo con vino blanco y el aire se colorea con una llama azul plateada que se disuelve con un silbido en la brevedad de un instante.

—¿Quieres echar los espaguetis? —me invita señalando la cacerola con agua hirviendo que está en el hornillo de al lado.

—De acuerdo. —Abro el paquete, pero enseguida me surge una duda.

—¿Tengo que partirlos por la mitad? —pregunto. Si mal no recuerdo, mi madre lo hacía, pero nunca se sabe; tratándose de un chef de fama internacional, es fácil cometer un clamoroso error.

—No —contesta Leonardo sin el menor aire de reproche, sin echarme en cara la, con toda probabilidad, blasfemia que he soltado. Se echa al hombro el trapo que tiene en la mano—. Cógelos y mételos en el centro de la cacerola.

Hago lo que me dice. Él está detrás de mí, sus manos acompañan las mías, su sexo roza mis nalgas, su boca está cerca de mi oreja.

—Ahora suéltalos y deja que se cuezan —susurra. Obedezco. Los espaguetis se abren como una flor, aspirados por el agua en ebullición.

—Perfecto. —Leonardo me roza el pelo con los labios y yo me deshago como si fuera mantequilla, estoy ardiendo. Luego se aleja y escancia dos copas de vino—. ¿Quieres un poco de Malvasia?

—Sí, gracias, «chef» —digo recalcando la palabra y parpadeando con aire conscientemente provocador.

Él ladea la cabeza y me observa.

—¿Me equivoco o estás tratando de seducirme?

—Sí, chef —respondo secamente, al igual que hacen con él sus ayudantes, solo que no logro mantener la seriedad—. ¿No te gusta?

—No lo sé… —Suspira disimulando una sonrisa—. Eso significa que tendré que pensar en algo especial para ti.

Un estremecimiento de excitación recorre mi espalda. La atmósfera se está calentando en exceso. Esta vez no te dejaré ganar, mi querido chef. Juego con ventaja. Soy yo la que tiene la idea adecuada para ti. Dejo la copa en la mesa.

—Disculpa, voy un momento al baño.

—¡Estará listo en unos minutos! —me grita probando un espagueti.

—Por supuesto, vuelvo enseguida. —A fin de cuentas, no tardaré mucho en hacer lo que se me ha ocurrido.

Llego al baño dando pequeños pasos, ya sin muletas. Mi sombra se proyecta en las baldosas de granito azul devolviéndome la otra parte de mí, la que ha permanecido prisionera durante mucho tiempo: la mujer que osa, que no debe pedir. Ha llegado el momento de presentársela a Leonardo; estoy segura de que no sabrá resistirse a ella. Apoyo las manos en el lavabo y me miro al espejo: mis ojos brillan y un ligero rubor tiñe mis mejillas. Este juego es perverso, pero me priva. Respiro hondo y me quito las bragas. No necesito tocarme para sentir que ya estoy mojada de deseo; solo él podrá aplacarlo.

Luego, como si me hubiera limitado a lavarme las manos, vuelvo a la cocina. Leonardo ha puesto la mesa en la terraza, esparcidas por ella hay varias velas y buganvillas.

—¡Qué maravilla! —exclamo abriendo los ojos.

—Y aún falta lo mejor —replica él. Unos segundos más tarde sale de la cocina con la fuente de espaguetis humeante entre las manos y una sonrisa de satisfacción en la cara. Se ha quitado la cinta del pelo, pero el trapo blanco sigue colgando en su hombro, acariciando sus músculos torneados. Deja el plato de cerámica en el centro de la mesa y me sirve.

—Vamos, Elena, acércate.

Me siento delante de él con la servilleta apoyada en las piernas.

—Poco —digo. Lo que más me apetece en este momento no son los espaguetis.

Pero él me pone delante un plato rebosante. Hago una leve mueca de resignación.

—¡Confiesa que quieres matarme con una sobredosis de carbohidratos! — Además de por abstinencia sexual…

—Ya verás cómo te gustan. Luego querrás más. —Su voz suena grave y seductora.

Se quita el trapo del hombro y lo tira al banco. Acto seguido se sienta y, escrutándome intensamente, me sirve un poco de vino. Me deshago cuando me mira. Me tapo instintivamente los muslos con la servilleta. No quiero que note enseguida que no llevo nada debajo del vestido.

—¿Entonces? —me pregunta mientras saboreo el primer bocado—. ¿Cómo están?

Me concentro en la comida masticando lentamente. Después trago.

—¿Quieres que te diga la verdad?

—Está prohibido mentir, ya lo sabes.

—Son como… —guiño los ojos dejando escapar un ligero gemido— un orgasmo —murmuro después como si acabase de tener uno.

—Las alcaparras son el toque especial de Nina —me explica. Coge una del plato y me la mete en la boca. Creo que tengo las mejillas ardiendo.

Paladeo el sabor maduro de la alcaparra agitándome en la silla. Me gustaría que Leonardo me tocase; es más, lo deseo con todas mis fuerzas, me muero por ello…

Pero él, con aire indiferente, se concentra de nuevo en su plato y enrolla los espaguetis con el tenedor. Me está sacando de mis casillas. Decido que ha llegado el momento de entrar en acción. Intento concentrarme y, con un movimiento estudiado, dejo caer al suelo la servilleta, cerca de sus pies.

Hago ademán de recogerla, pero él se adelanta.

—Deja, yo la cojo —dice.

Bien. Ha picado. Me apresuro a subirme el vestido por los muslos y abro ligeramente las piernas. Sudo, pese a que estoy quieta, y siento latir mi sexo mojado.

Leonardo se incorpora con una expresión indescifrable en la cara.

—Ten. —Me devuelve la servilleta con amabilidad. ¿Está sorprendido? ¿Excitado? ¿Divertido? No tengo la menor idea.

Se pone de nuevo a comer.

—De manera que has decidido provocarme —suelta al cabo de un poco como si estuviese hablando solo.

—Sí, y tengo la intención de seguir adelante —contesto con audacia. Alargo un pie bajo la mesa y le rozo una pierna. Subo y me introduzco entre sus piernas. Su sexo está duro, puedo sentirlo bajo la tela de los pantalones. Bebo otro sorbo de vino y me lamo el labio superior.

Nuestras miradas se cruzan desafiantes. Leonardo inspira hondo. Acto seguido cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir sus pupilas están dilatadas. Magnífico, así que él tampoco es inmune… Disfruto del efecto que produzco en él y, a consecuencia de ello, mi excitación aumenta también. Deseo a este hombre y estoy a punto de obtenerlo… Pero, de improviso, me coge el pie y lo aparta.

—Basta, Elena —me reprende con una expresión severa y anhelante a la vez. Una mirada que nunca le he visto antes.

—Quiero hacer el amor contigo —declaro poniendo todas mis cartas sobre la mesa.

—Yo también.

—¿Entonces? ¿Por qué me evitas desde hace varios días?

—Porque no quiero ser el único que goce.

—¿Qué? —Abro los ojos agitándome en la silla—. ¿Me estás diciendo que ya no me quieres porque no puedo tener un orgasmo? —estallo, y las palabras salen por mi boca como un torrente.

—Elena, lo estoy haciendo para que vuelvas a sentir placer.

—Ah, ¿sí? ¿Por eso me tienes en abstinencia? —apunto, polémica.

—Exacto —confirma él convencido—. Tu misma me dijiste que habías tenido una sobredosis de sexo en los últimos tiempos. Por eso creo que tu cuerpo necesita encontrarse de nuevo.

Bajo la mirada. Me gustaría taparme las orejas. Cuando tiene razón no lo soporto.

Leonardo prosigue, en tono cada vez más suave y dulce:

—Si te obsesionas con el sexo no sentirás placer.

—Supongo que el doctor Ferrante tiene la receta adecuada para mí —replico con sarcasmo.

—No tengo ninguna receta, solo es un intento.

—A mí me parece un castigo estúpido. Porque me estás castigando como si fuera una niña mala.

—Yo no lo consideraría un castigo, sino una liberación —prosigue él—. Secundar siempre los propios deseos no es lo mismo que sentir placer. A veces debemos sufrir la privación, incluso el dolor, para gozar después.

Vacilo entre la necesidad de fiarme de él y el impulso de rebelarme. En lo más hondo espero de verdad que Leonardo tenga la receta para curarme, pero mostrarle mi fragilidad me humilla y me llena de frustración.

—Siguiendo tu estilo, lo has decidido todo solo, como si mi opinión no contase para nada —le digo por fin cruzando los brazos.

—Puede que haya jugado un poco, que haya cargado la mano… Ya sabes que me gusta provocarte. —Trata de atenuar la tensión esbozando una de sus sonrisas más diabólicas. Después se acerca a mí y me acaricia una mejilla con un dedo—. A mí también me cuesta resistir, ¿qué creías? —Me traspasa con la mirada mordiéndose un labio.

—¿Y si te dijera que no estoy en absoluto de acuerdo? —Vuelvo al ataque enderezando la espalda con expresión combativa.

—Estupendo —aprueba abriendo los brazos—. Acepto el reto.

Lo observo desconcertada por unos segundos y caigo en la cuenta de que no tengo muchas alternativas: no puedo obligarlo a hacer el amor si no quiere.

—¡No me subestimes! —lo amenazo para ganar tiempo—. Ahora no estoy preparada, pero ya verás… —En realidad me estoy deshinchando como un soufflé mal hecho. Suspiro resignada—. Oye…, dime al menos cuánto va a durar la tortura.

—Quién sabe. Ya veremos. En realidad solo depende de ti.

—¿Puedo al menos darte un abrazo? —le pregunto con semblante triste. En el colmo de mi desesperación aparece mi vena cómica. Leonardo se ríe y me abraza acunándome. Respiro con fuerza su aroma y gozo del contacto con su cuerpo. Hace un año que lo espero en silencio y ahora que está delante no puedo tenerlo. Lo odio, pero lo quiero. Por desgracia, nunca he dejado de hacerlo, no puedo por menos que reconocerlo.

Él se inclina hacia mi oreja, me aparta el pelo y me susurra:

—¿Estás mejor?

—Es que te deseo tanto… —respondo hundiendo la frente en su hombro.

—Yo también te deseo, pero puedo esperar todo el tiempo que sea necesario. — Me levanta la cabeza y me besa con dulzura—. Antes de conocerte siempre estaba en lucha conmigo mismo. Pensaba que debía arrebatarle a la vida todo lo que podía ofrecer: el placer más extremo, la satisfacción profesional de ser el mejor, todos los instantes de felicidad. Pero luego apareciste tú y comprendí que también es posible recibir un regalo.

Me siento destrozada y regenerada en un instante, como si hubiera experimentado una transformación alquímica. Me rindo a sus brazos, al aroma de su piel, pero esta vez sé que no he perdido.

La luna nos sonríe reflejando en el mar su perfil luminoso y el faro de Estrómboli responde encendiéndose de blanco.

Leonardo y yo pertenecemos a esta isla.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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