Yo te Quiero | Capítulo 7

Portada - Yo te Miro

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

«El amor solo existe cuando te atreves a sentirlo todo.»

Capítulo VII

Yo te Quiero

Trilogía de los Sentidos III

Capítulo VII…

El alba se disuelve lentamente, cediendo paso al día, en una inmensa extensión azul. En lo alto el cielo, aún jaspeado de rojo, y abajo el mar, con una tonalidad azul cada vez más intensa.

Embarcamos en Nápoles y hemos viajado toda la noche. Ahora nos encontramos en la cubierta del barco; la tenue luz del amanecer da los buenos días a nuestros ojos, aún somnolientos. A lo lejos se ve la isla de Estrómboli, que nos sale al encuentro; es una llamada poderosa a la que creo que no voy a saber resistir.

Hace una semana del accidente y aún debo acostumbrarme al vendaje, a la pierna que arrastro como si fuera un peso muerto. Sigo sintiendo unas punzadas fortísimas, pero los médicos me han asegurado que en quince días estaré curada. Entretanto, estoy aprendiendo a usar las muletas, una empresa que se ha revelado más ardua de lo previsto, una experiencia casi peor que sacarme el permiso de conducir: corro en todo momento el riesgo de perder el equilibrio y de caerme al suelo.

Pero no estoy sola. Leonardo me acompaña, su cuerpo robusto y musculoso me sirve de apoyo cada vez que lo necesito.

Aún no sé cuál es el motivo profundo que me empujó a viajar con él; no debería haberlo escuchado, lo sé de sobra, sino haber opuesto la más valerosa resistencia a un hombre que ya me ha roto el corazón una vez. Ha sido una chifladura, un salto al vacío, decidido, tal vez, en un momento de debilidad, cuando me sentía más vulnerable. Tendría que haber defendido la distancia que había logrado interponer entre nosotros en estos meses. Sin embargo, el deseo de saber qué sucedería «si» fue irresistible. Como siempre, cada vez que Leonardo se entromete, mis decisiones me sorprenden; la vida parece que se me escapa de las manos, dominada por una fuerza ingobernable.

Puede que salgamos devastados de estos días que vamos a pasar juntos, puede que seamos capaces de construir un nuevo equilibrio, pero en este momento ya no tiene sentido preguntárselo; lo único que debo hacer es vivir esta aventura. He tomado una decisión y la conciencia de que no tengo nada que perder hace que me sienta ligera.

Leonardo está a mi lado en los asientos de cubierta y ha apoyado una mano en mi nuca para establecer un contacto, una intimidad que no ha olvidado.

Desde que salimos de Roma la distancia que nos separaba se ha ido acortando gradualmente con gestos y con palabras. Al principio fue una cuestión de necesidad, dado que, debido a que me falla una pierna, a menudo necesito un apoyo.

Pero poco a poco se ha ido convirtiendo en algo más natural y espontáneo, como si nuestros cuerpos hubiesen conservado recíprocamente la memoria.

Esta noche, durante la travesía, hemos hablado mucho. La confianza y el deseo de compartir que he experimentado me han extrañado; empiezo a pensar que entre nosotros existe algo que va más allá de una relación común y de la cotidianidad. Debo resignarme, aceptar que es así. Leonardo ha querido saberlo todo de este último periodo y yo le he contado sin ningún tipo de censura los últimos meses de locuras, de noches audaces, de amantes inútiles. Lo he hecho para mostrarle con arrogancia mi libertad —debe ser consciente de que he sabido seguir adelante sin él—, aunque, en el fondo, también con la íntima esperanza de darle celos. Sin embargo, él se ha limitado a mirarme esbozando una leve sonrisa y sin decir palabra. Es inescrutable.

He hablado consciente de que le estaba ocultando una parte importante de la historia, pero ¿cómo voy a confesarle que la última vez que tuve un orgasmo fue con él, que mis aventuras han sido, sobre todo, un pasatiempo frustrante?

De manera que al final he cambiado de tema con desenvoltura (espero) y he empezado a preguntarle por su trabajo. Leonardo me ha confesado que quiere escribir un libro de recetas inspiradas en su tierra y que este es uno de los motivos por los que vuelve a Estrómboli: para recuperar los sabores de su infancia, los secretos de la tradición isleña. En ese momento he estado a punto de preguntarle si Lucrezia está al corriente de que la compañera de viaje de su marido soy yo, pero al final he desechado la idea.

Una brisa ligera y cortante me acaricia la cara. Sentirla en el pelo, respirar el olor del mar son sensaciones plenas; estoy preparada para grabar para siempre en mi memoria las imágenes de Estrómboli, sus formas seductoras, sus deslumbrantes colores. Empiezo a divisar una hilera de casas pequeñas y blancas que, desde aquí, parecen un sinfín de cubos colocados uno al lado del otro; luego distingo el puerto y la orilla de arena negra. Pero, por encima de todo, destaca el gigantesco cono de tierra gris que amenaza el cielo escupiendo nubes de humo.

Me vuelvo hacia Leonardo con los ojos llenos de gratitud y asombro.

—¿Siempre echa humo el volcán?

—¿Iddu? —Sonríe señalándolo con la barbilla—. Aquí lo llamamos así —explica complacido—. En Estrómboli manda él, pero es un gigante bueno.

—A decir verdad, da un poco de miedo. —Transmite una energía poderosa e indómita que hace que uno se sienta infinitamente indefenso y desarmado.

Leonardo me tranquiliza acariciándome la cabeza.

—Mira —dice apuntando con el índice al cielo—, ahora parece que nos está dando la bienvenida. El humo es su manera de saludarnos. Lo hace, más o menos, cada hora; es como un golpe de tos para recordarnos que él está ahí; tranquilo, pero vivo.

—Si tú lo dices… —Enarco las cejas, aún escéptica. No me ha convencido.

—Fíate, aprenderás a conocerlo y acabarás amándolo.

Es un día de principios de mayo con aroma a verano y a vacaciones. La isla me llama tendiendo sus brazos de tierra. Pero ¿estoy realmente preparada para aceptar su acogida? ¿Qué espero encontrar aquí? En estos meses he cambiado, ahora soy una Elena autárquica, insensible a los vínculos, en lucha contra el mundo y dispuesta a todo para no sentir el vacío que tengo dentro. Pero debo deponer las armas si quiero disfrutar de los días que voy a pasar aquí, aceptar que puedo depender de una persona y que esa persona sea Leonardo.

Cuando desembarcamos todas esas reflexiones parecen disolverse en una profunda quietud. Mi corazón late con más lentitud y mi mente se aligera. Se respira un aire distinto, un aire sutil que huele a flores y a incienso. Tengo la impresión de estar sumergida en un espacio intemporal en el que mi ansiedad y mis miedos no pueden encontrar un terreno fértil donde germinar.

—La casa no queda lejos —dice Leonardo arrastrando mi maleta de ruedas con una mano y llevando con la otra su bolsa descolorida—, pero no podemos ir a pie.

—¿Me estás diciendo que debo subir a uno de esos cacharros? —Delante de nosotros hay alineados varios motocarros de diferentes colores.

—Aquí no hay coches. —Abre los brazos y hace una mueca divertida estirando las pequeñas arrugas que se le forman en las comisuras de los ojos. Esos ojos que, incluso cuando se ríen, conservan un brillo sumamente misterioso.

—Empezamos bien… —comento con acritud al mismo tiempo que pienso en cómo voy a subirme al motocarro sin hacerme daño.

—Pues eres afortunada, porque hasta hace poco aquí se viajaba solo a lomos de burro —observa él cargando el equipaje en la baca. Los músculos de sus brazos se intuyen perfectamente bajo la camiseta. A continuación tiende un billete al conductor, un hombrecito delgado con la piel atezada que le da las gracias esbozando una sonrisa desdentada. Se llama Giuseppe y creo que se conocen, porque los oigo intercambiar unas palabras en un dialecto sículo que me parece árabe.

Una vez colocadas las maletas, Leonardo se ocupa de mí. Me coge en brazos y me carga como si fuera un paquete —un paquete sumamente delicado— en el compartimento posterior del motocarro, que tiene dos asientos blandos de gomaespuma.

—¿A Piscità? —pregunta Giuseppe antes de arrancar. Bueno, al menos he entendido el nombre de la localidad.

—Pues sí. La casa sigue allí —replica Leonardo. Noto que su acento se ha modificado un poco, adecuándose a la cadencia local.

Giuseppe hunde el pie en el acelerador y atraviesa como una flecha el laberinto de callejones, con preocupante desenvoltura. Viajar en un motocarro es como subirse a un tagadá; desde luego, no es lo mejor para mi pierna herida.

El pueblo está casi desierto. Estamos en temporada baja y la invasión de turistas aún no ha empezado. Por todas partes reina un silencio inusual y el aroma del aire me persigue sin darme tregua. Además, las flores de hibisco y las buganvillas, los cactus, las adelfas, los limoneros, la arena negra, las casas blancas y el viento dulce que penetra directamente en el corazón… El caos de Roma y el vocerío de Venecia son recuerdos difusos.

Mientras nos acercamos a la casa de Leonardo, por un instante tengo la impresión de revivir una escena, pero con colores muy intensos, de Stromboli, terra de Dio, la obra maestra de Rossellini, protagonizada por Ingrid Bergman. En cierta forma, en este momento me siento como ella, Karin, una prófuga extranjera en compañía de un hombre que ha nacido en la isla. Su Antonio, un marido celoso y oprimente; el mío, Leonardo… Por un momento la analogía sufre un cortocircuito: ¿quién es ahora Leonardo para mí?

«La respuesta no corre prisa, Elena», me digo al mismo tiempo que pienso que, a pesar de que ha transcurrido ya más de medio siglo desde que rodaron la película, nada parece haber cambiado.

Nos despedimos de nuestro conductor en la esquina de la calle. Luego Leonardo me guía hasta la casa. Es un edificio antiguo, da la impresión de que lleva aquí una eternidad. Al igual que el resto de casas de la isla, es completamente blanca y tiene los postigos pintados de azul claro.

Leonardo se detiene delante de la tapia y la observa, casi con veneración.

—Aquí fue donde nací y crecí. No ha cambiado nada desde que me marché.

—¿Cuánto tiempo hace que no volvías?

—Varios años, aunque, en realidad, es como si una parte de mí hubiese permanecido siempre aquí, anclada en este lugar. —Pasa una mano por la tapia, como si pretendiese retomar el contacto con un animal dormido.

A continuación abre la puerta y atravesamos el jardín, donde, entre varios limoneros, hay un viejo granado. Me paro a observarlo, mientras que Leonardo lleva nuestro equipaje a la escalera de entrada, que conduce al piso de arriba.

—Nos instalaremos en el primer piso, así podrás ver el mar desde la terraza —me dice.

Miro la empinada escalera de piedra con desesperación.

—¡Perfecto! —exclamo con una sonrisita sarcástica—. Mi pierna y yo te lo agradecemos.

Sin dedicarme siquiera una mirada o una palabra, Leonardo me arranca las muletas de las manos, las apoya en la tapia y me coge en brazos. En ellos, que me estrechan con fuerza, me siento tan ligera como una niña, pese a que casi me he acostumbrado ya a que me transporten de esta forma. Me aferro a su cuello y disfruto del viaje mientras, peldaño a peldaño, se va abriendo a mis ojos un paisaje imponente.

Cuando llegamos arriba Leonardo da una ligera patada a la puerta, que está entornada. Veo que en la jamba está pintado una especie de corazón de color azul claro coronado por una cruz. ¿Será una hoja estilizada?

—¡Qué bonito! ¿Por qué un corazón? —Ese extraño símbolo me intriga, tiene algo de primitivo y de sagrado.

Leonardo sonríe.

—No es un corazón. Es una alcaparra, el símbolo de la isla —me explica mientras entramos—. Esta noche las probarás las auténticas alcaparras de Estrómboli; te va a parecer que nunca has comido una hasta ahora.

Nos encontramos en una cocina espaciosa y con aroma a especias, sin lugar a dudas, el corazón de la casa. Hay una mesa en el centro y unos cuantos muebles antiguos, oscuros y macizos, apoyados en las paredes blancas. En un rincón, una gran chimenea ennegrecida por el uso. Noto en la piel una agradable sensación de frescor: estos muros gruesos de piedra aíslan y protegen del mundo exterior.

Leonardo me sienta en una silla de madera y paja.

—Voy a coger el resto de cosas.

—Te espero aquí. —A fin de cuentas, sin muletas no puedo dar un paso.

Miro alrededor con ojos curiosos. Además de la chimenea hay un viejo horno de leña; supongo que aún funciona. Delante de mí, en el exterior, una terraza porticada con unos bancos de ladrillo pintados de azul.

Al cabo de unos instantes Leonardo aparece de nuevo con las maletas. Lo acompaña una mujer anciana, menuda y un poco chepada, con el pelo cano recogido en un moño.

—Esta es Nina —dice a modo de presentación avanzando unos pasos por delante de ella—. Se ha ocupado de que todo estuviera listo para nuestra llegada.

La mujer se acerca a mí. Tiene una cara particular, los ojos pequeños de un color azul intenso, la boca fina, la frente surcada de arrugas. Dos aros de oro amarillo cuelgan de sus lóbulos alargándole llamativamente las orejas.

—Encantada. —Me estrecha la mano entre las suyas, duras y rugosas.

—Encantada. Elena. —Intento levantarme de la silla, pero no logro calibrar el impulso y me tambaleo un poco.

—No te molestes —dice ella con una voz sumamente dulce.

—Nina fue mi nodriza —explica Leonardo—. Ella me crio cuando era niño.

—¡Cuánto me hizo pasar este picciriddu! —La mujer lo mira con los ojos preñados de amor maternal—. ¡Era como el viento, no había forma de tenerlo quieto!

Sonrío. En cierta medida sigue siendo así.

—¿Siempre ha vivido en Estrómboli? —le pregunto.

—Sí —contesta serenamente, como si vivir en esta isla perdida fuese lo más natural del mundo.

—¿Y no tiene miedo del volcán? —prosigo.

—Iddu es como un dios, hace lo que quiere…, pero la gente de aquí no le tiene miedo.

—En ese caso, debo aprender de los isleños.

—Basta con que no pienses en él —me tranquiliza sintetizando en una sola frase toda la sabiduría y el fatalismo de los autóctonos. Acto seguido se dirige a Leonardo —: Voy a hacer unas cuantas cosas. Si me necesitas, ya sabes dónde estoy.

—Gracias, Nina —se despide él dándole un afectuoso beso en la mejilla.

Después de haber comido y de que yo haya descansado unas horas, salimos a la enorme terraza para disfrutar de la luz del cielo, poco antes del atardecer. Una hilera de columnas cubierta blancas sostiene una pérgola cubierta por unas maravillosas buganvillas rosas. Nos sentamos en uno de los bancos y contemplamos el mar dejando que la brisa nos acaricie la piel.

—Nina vive sola a unas cuantas casas de aquí —dice Leonardo alzando la barbilla en dirección al pueblo.

—Es muy dulce —digo—. ¿De verdad te crio ella?

—Sí. —Sonríe, como cosquilleado por los recuerdos—. Mi padre era cordelero y vendía sus redes a los pescadores. Mi madre trabajaba como modista. Me dejaban todo el día con Nina y ella me llevaba de paseo por la isla a coger alcaparras, o me pasaba horas enteras mirándola cocinar. Todos los hombres de su familia eran pescadores, como la mayor parte de los isleños, y en su casa siempre había pescado fresco.

—Y así nació tu pasión por la cocina, ¿verdad?

—Creo que sí. Mirar a Nina era como asistir a un espectáculo. La consideraba una especie de maga y deseaba con todas mis fuerzas ser su pequeño aprendiz para conocer sus trucos secretos. —Me señala el granado del jardín que está bajo nosotros —. ¿Ves ese árbol? Cuando daba fruta mi madre la recogía y se la llevaba. Nina hacía un licor buenísimo, el mejor que he probado en mi vida. Mis padres no querían que lo bebiese, porque aún era un niño, pero ella me lo daba a escondidas de cuando en cuando.

La historia me subyuga. Leonardo jamás me ha hablado de sí mismo con tanta naturalidad y me gustaría que no se detuviese nunca. Es como si se hubiese desbloqueado de repente.

—¿Y dónde están tus padres? —me aventuro a preguntar.

—Murieron los dos —contesta, ensombreciéndose por unos segundos—. Hace siete años, a poca distancia el uno del otro.

Entre nosotros se instala un breve silencio, luego Leonardo me señala a lo lejos un escollo de color ámbar que se erige solitario e imponente a escasa distancia de la orilla.

—¿Ves ese escollo? Lo llaman Strombolicchio.

Lo absurdo del nombre me hace sonreír.

—Era un volcán —explica Leonardo—. Según la leyenda es el tapón del Estrómboli, que fue lanzado al mar hace miles de años durante una violenta erupción.

—¿Y no se puede volver a poner encima del volcán?

Leonardo sonríe cabeceando.

—¿Eso que hay en la cima es un faro? —pregunto después guiñando los ojos.

—Sí. Hasta los años cincuenta había un farero. Ahora funciona con energía solar.

—¿Y se puede subir?

—Te gustaría, ¿verdad? —me provoca con aire de complicidad.

—¡Ya lo creo! —asiento.

—Hay una pequeña escalera de piedra, con más de doscientos peldaños, que lleva hasta arriba desde el mar —me explica; a continuación acerca su cara a la mía y siento que se me encoge el estómago—. Si te apetece…

—Esperaba que me llevases en brazos —lo provoco sonriendo.

Sus ojos se clavan en los míos por un instante.

—Ni pensarlo.

Después, sin previo aviso, me rodea con sus brazos poderosos y me estrecha contra su pecho a la vez que sus manos se hunden en mi pelo y siento su aliento cálido.

No habíamos estado tan cerca, aún no. Pero en un instante me doy cuenta de que no ha cambiado nada, que en ningún otro sitio estoy tan bien como aquí. Relajo los músculos y lo huelo. Adoro su aroma.

Leonardo me acaricia la nuca rozándola con los dedos.

—Tengo ganas de besarte desde que te vi en el hospital —me susurra al oído—. Y ahora voy a hacerlo, te lo advierto. —Me coge la cabeza entre las manos—. Si tienes algo en contra puedes decirlo. —Se aproxima a mi boca—. Pero no creo que eso me detenga. —Sus labios tocan imperceptiblemente los míos, casi por casualidad. Aunque quisiese oponerme, no podría hacerlo. El deseo me ha paralizado. Leonardo sujeta mi barbilla con las manos como si fuese un fruto que saborear, empieza a morderme con delicadeza los labios, luego entreabre los suyos para que pueda saborear un poco su lengua. Se entrega y recula, en una danza que me agota. Al final irrumpe en mi boca inundándola con su sabor cálido y húmedo. Lo acojo y lo secundo: con la lengua, con los labios, con los dientes.

Deseaba este beso con todas mis fuerzas. Solo que me negaba a admitirlo.

Me aparta ligeramente para buscar mis ojos y me pasa el pulgar por los labios.

—No sabes cuánto te he echado de menos, Elena.

Me besa en la nariz, en el cuello, en los hombros. Vuelvo a tener su barba en mis mejillas, su pendiente en mi cuello, su aroma en mi nariz y su tupida cabellera en mi piel: unas sensaciones nuevas y familiares, un contacto que me despierta.

—Ven, entremos. —Me tiende una mano, y no puedo rechazarla.

El sol roza en este instante la superficie del agua encendiendo el cielo con todas las tonalidades del rojo y del rosa. Está detrás de nosotros el último rayo de sol y, mientras se ahoga en el mar, nos dirigimos a pequeños pasos, abrazados, a pasar nuestra primera noche juntos.

Lo espero sentada en la consabida silla, mientras se da una ducha. Hasta que no me quiten la venda no puedo ducharme, de manera que me veré obligada a lavarme por partes haciendo unas cuantas acrobacias. Pero no veo la hora de quitarme de encima esta ropa sudada y de meterme en la cama con Leonardo. Entretanto, la espera hace que todo resulte más dulce y excitante.

Ya no oigo correr el agua. Debe de estar saliendo de la ducha, se pasará la toalla por el cuerpo, restregándose la barba y el pelo, y luego se la enrollará a la cintura. Se mirará al espejo, sonriendo, sin lugar a dudas, y se echará una gota de su perfume habitual, con aroma a ámbar. Se pondrá las chanclas de cuero y, con el pecho desnudo, saldrá al pasillo silbando.

Aún no acabo de creérmelo, pero está sucediendo. Sus pasos retumban en el suelo.

Leonardo aparece en el umbral. Una estatua griega de carne y hueso. Se acerca a mí y, sin decir palabra, me coge en brazos.

—¿Adónde me llevas? —le pregunto.

—Al cuarto de baño, es tu turno —responde con toda naturalidad.

—¡Puedo hacerlo sola! —protesto.

—Lo sé, pero si te echo una mano será más divertido.

Me deja al lado de la bañera, abre el grifo y espera a que se llene. Mientras tanto me quita el vestido de algodón sacándomelo por la cabeza. Me quedo en bragas y sujetador. Siento un poco de vergüenza; mi cuerpo me parece extraño, desproporcionado, mis piernas son diferentes y me siento torpe cuando me muevo.

—Estás guapísima, Elena —me susurra acariciándome con la mirada.

Me besa en la boca y, deslizando las manos por mi espalda, me desabrocha el sujetador; después me coge las nalgas y me quita las bragas poco a poco. Comprueba con un dedo la temperatura del agua y me mete en la bañera llena dejando fuera la pierna vendada. La tensión se diluye apenas me sumerge en el agua.

Leonardo cierra el grifo y con una esponja natural empapada de aceite aromático empieza a masajearme con delicadeza el cuello, el pecho y la espalda. Cierro los ojos y solo siento sus manos en mi cuerpo, sus manos que me cuidan. Me relajo. Ya no siento dolor, el tormento ha desaparecido y mi cuerpo maltrecho vuelve a su ser.

El agua aromatizada resbala suavemente por mi piel. Movida por sus manos expertas, la esponja se detiene en mi pecho, dibuja unas espirales alrededor de los pezones, después se desliza por mi barriga, por mis piernas y, por fin, sube hacia mi sexo. Leonardo frota entre mis piernas: es una caricia suave y delicada que, sin embargo, tiene el poder de desencadenar un incendio. Abro desmesuradamente los ojos y me encuentro con los suyos, reconozco el deseo en su semblante, las pupilas dilatadas, la mirada rapaz y la sonrisa sensual. Me mete la esponja en una mano y la guía hacia el pecho invitándome a darme un masaje, acto seguido vuelve a introducir los dedos entre mis piernas, a acariciarme y a rebuscar, hasta que una ola líquida rompe en mi vientre y sus dedos ávidos me penetran trazando círculos y elipsis. Solo él sabe hacerme gozar.

Me aferro al borde de la bañera, deleitándome con el placer que me invade, y nos miramos con creciente excitación.

Leonardo se muerde los labios, sus ojos transmiten puro deseo; luego se inclina hacia mí, me besa y me ayuda a salir.

Me envuelve en una toalla, me lleva en brazos a la habitación y me deja en la cama. Le agarro la cintura con las dos manos y, tras abrirle la toalla, empiezo a besarlo cerca de las ingles, donde la piel está más tensa y dura. Después, con un gesto resuelto, le quito la toalla dejando a la vista su erección. Empiezo a besarlo y a lamerlo en la punta con la misma naturalidad con la que, hace un rato, él me besó en la terraza. Los músculos de sus nalgas y de sus piernas se contraen. Es un haz de nervios. Cierro los labios y lo mantengo en la boca, saboreando el gusto a flores salvajes y, creo, a mar. Mi boca se pega a su piel, se mueve hacia delante y hacia atrás, la lengua acaricia el glande y luego lame el pene en toda su longitud.

Leonardo emite un profundo gemido, arquea la espalda y se hunde por completo en mi cuerpo. De improviso, sin embargo, aleja su sexo.

Me ayuda a tumbarme y, al hacerlo, veo el colgante de conchas que hay en el techo y que resuena en la habitación cada vez que sopla el viento. Su barba me hace cosquillas en la piel y, por un instante, me distrae de mis pensamientos. Dudo de si podré abandonarme, sentirme entre sus brazos como en el pasado. La sensación es tremenda, pero ahora no queda espacio para las vacilaciones, ahora solo existe su boca que chupa con fuerza mis pezones como si pudiese beber de ellos un néctar delicioso. Acto seguido busca el lunar en forma de corazón que tengo bajo el pecho izquierdo.

—Sigue aquí —dice dándole un beso suave. Sigue besándome, trazando una línea que atraviesa mi vientre hasta llegar a las ingles. Me abro para dejar espacio a sus labios y a su lengua, que, de inmediato, me inflaman la sangre, aceleran los latidos de mi corazón, me empapan de deseo. Leonardo gime, su cuerpo transmite una especie de sutil vibración que me hace resonar de placer.

Vuelve a besarme en la boca —sabe a mí, a mi placer— y se insinúa entre mis piernas anudándolas a sus caderas. Siento que su sexo roza el mío.

—Ahora, Elena, voy a hacer el amor contigo —me susurra—. Porque no puedo evitarlo —añade a la vez que me penetra lentamente—. Te quiero. Lo demás no cuenta.

Es una sensación sublime que casi había olvidado. Nuestros cuerpos encajan a la perfección. Entra y sale, primero despacio, luego cada vez más rápido. El silencio de la habitación solo queda roto por nuestras respiraciones ardientes, que se superponen a todo: el ruido del viento, la voz del mar, el borboteo del volcán, el tintineo del colgante.

Lo único que deseaba era tener a Leonardo dentro de mí y, sin embargo, me doy cuenta de que no va a ser tan fácil volver a gozar. Mi respiración se acelera, mi cuerpo se estremece, pero no logro sentir de nuevo el profundo placer que perdí hace tiempo.

—Relájate; hazlo por mí, Elena. No pienses en nada…

Lo intento, pero es inútil. Estoy bloqueada, inhibida, atrapada en un cuerpo y en un alma que no puedo hacer vibrar como me gustaría. Aún queda un residuo de dolor que nunca ha abandonado mi corazón y que me mutila más que la pierna enferma, que ahoga mis sentidos y me impide correrme.

Todos los amantes, todas las aventuras de una noche no han servido para nada, salvo para enseñarme a fingir. Y es eso precisamente lo que me resigno a hacer, ya derrotada. Finjo por él, por su placer, para regalarle lo que yo ya no puedo experimentar.

Siento que su orgasmo sube. Está a punto de correrse. Sus manos aprietan con fuerza mis brazos y sus movimientos se aceleran. Da un último y poderoso empujón, luego sale de golpe y se corre sobre mi pecho lanzando un grito ronco. A continuación se deja caer a mi lado.

Respiro hondo, como si quisiera deshacer el nudo que me aprieta la garganta. No tengo fuerzas para hablar y mi cabeza es un hervidero. Puede que lo haya conseguido, puede que no se haya dado cuenta, puede que sea lo suficientemente buena para haberle hecho creer que estaba con él.

Leonardo se vuelve hacia mí y me mira inquisitivo.

—No te has corrido —sentencia, como si me estuviese diciendo de qué color tengo los ojos.

—Claro que sí, ¿qué estás diciendo?

—Elena, conozco tus orgasmos —afirma deslizando un dedo por mi mejilla—. Y ese no ha sido uno de verdad. —En sus palabras no hay reproche, pero bastan para que me sonroje.

Leonardo no es como los demás. Debería saberlo. Con él no se puede fingir.

—Puede que solo esté cansada —digo tratando de defenderme—. Será por culpa del viaje o de la venda, que me hace sentirme impedida… —Me gustaría tener más excusas para esconder una verdad que resulta demasiado difícil de admitir.

Pero él me obliga a callar.

—Chist. Ven aquí —me atrae hacia él y tras obligarme a dar la vuelta, apoya su pecho en mi espalda—. Todo va bien. No debes decir nada.

Me abandono en su abrazo con gratitud y cierro los ojos. Siento que su respiración me acaricia la nuca y que el calor de su cuerpo se funde con el mío. Permanezco en silencio, dejándome acunar por la melodía de las conchas, que se rozan sobre nuestras cabezas, esperando a que el sueño me venza.

Todo no va bien. A decir verdad, casi nada va bien. Salvo este abrazo.

Este libro es de la autora Irene Cao.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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