Pequeñas Cosas | Capítulo 4

Portada del libro Pequeñas Cosas | Capítulo 4: una pareja de unos 30 años en un rancho durante el atardecer. Diana, con cabello castaño y blusa clara, sonríe con ternura mientras Ethan la observa con mirada intensa en un paisaje rural de colinas y campos verdes.

Pequeñas Cosas

«A veces, lo que cambia tu vida empieza con algo pequeño.»

Ana F. Malory

Capítulo IV

Pequeñas Cosas

Capítulo IV…

Cuando la melodía del teléfono móvil sonó a las seis de la mañana, Diana, sin molestarse en abrir los ojos, estiró el brazo para detenerla y continuó tumbada. Levantarse en ese momento se le antojó misión imposible.

—Pues no haber quedado —se reprendió en voz baja antes de hacer a un lado la sábana y obligarse a salir de la cama.

Con la vista empañada aún por el sueño y arrastrando los pies cual zombi de The walking dead, se dirigió al cuarto de baño. Necesitaba una ducha. Con urgencia.

Veinte minutos después, cuando regresó al dormitorio, con el pelo recogido hacia atrás con una cola de caballo y sintiéndose por fin persona, se situó delante del armario. Se dio cuenta, entonces, de que no disponía de ropa adecuada para montar. Al organizar aquel viaje exprés no se le había pasado por la mente salir a cabalgar, por lo que tendría que apañarse con los pantalones vaqueros y una camiseta; utilizaría las deportivas, porque tampoco tenía un calzado más apropiado. Dejó la cazadora sobre la cama, que haría antes de irse, y se vistió para bajar a desayunar.

Antes de pisar los últimos escalones, supo que su abuela hacía rato que se había levantado.

—Te levantas antes incluso que las gallinas —la saludó así al entrar en la cocina.

—Y tú, ¿qué haces levantada? ¿Vas a algún sitio? —quiso saber al fijarse que había aparecido arreglada.

—Con Ethan, a llevar las reses a no sé dónde —respondió mientras, conteniendo un bostezo, se servía una taza de café.

—No pareces muy entusiasmada con la idea —señaló Esther—. Si no te apetecía acompañarle, habérselo dicho.

—El plan me parece estupendo, lo que no me apetecía era salir de la cama —reconoció de buen humor tras el primer trago de café.

—Siempre he pensado que te levantabas temprano.

—También yo —se mofó de sí misma—, pero hoy me he dado cuenta de que lo que yo hago no se puede llamar madrugar.

La señora Kolb, con una sonrisa de aspecto socarrón en los labios, se acercó al armario y sacó el bote de las galletas.

—Come algo o dentro de un rato estarás muerta de hambre.

—Solo un par, porque ahora mismo no me entra nada más. — Mordisqueó una de las pastas, pensativa—. Confío en que a tu muchacho se le ocurra llevar algo de comer para el camino, aunque, si te digo la verdad, no sé a dónde vamos ni cuánto tiempo estaremos fuera.

—Estoy segura de que Ethan se encargará de todo.

La convicción de su respuesta no sorprendió a Diana. La noche anterior había podido comprobar lo mucho que su abuela apreciaba a su empleado y la buena relación que mantenían. El vaquero parecía buen tipo y se alegraba de que hubieran congeniado, sobre todo porque sabía que, a su abuela, comenzaba a pesarle la soledad.

—Eso espero o me comeré una de tus vacas por el camino —bromeó para después apurar el café—. Subiré a hacer la cama y coger la cazadora —dijo mientras aclaraba la taza y la metía en el lavavajillas—. ¿Aún estarás aquí cuando baje? —preguntó por encima del hombro.

—Te esperaré, así podré despedirme de vosotros.

—Ni que nos fuéramos a la guerra —se carcajeó, aunque con esa intención le había preguntado si continuaría en la casa—. No tardaré —le aseguró antes de salir de la cocina.

Faltaban cinco minutos para las siete y no quería hacerlo esperar, en el caso de que fuera puntual. Ya en el dormitorio, cerró la ventana que había dejado abierta para que el cuarto se ventilara e hizo la cama a toda prisa. Se puso la cazadora, porque a esa hora fuera todavía refrescaba, y bajó corriendo las escaleras.

Esther la esperaba en el recibidor y juntas salieron al porche. Ethan, con los caballos cogidos de las riendas, llegaba en ese instante.

—Buenos días —las saludó risueño.

—Buenos días —respondieron a la vez, reuniéndose con él.

—¿Preparada?

—Supongo —contestó mientras rascaba con mimo la testuz de uno de los animales.

—Todavía estás a tiempo de cambiar de opinión.

—¿Después del madrugón que me he pegado? Ni de broma —contestó airada.

—¿Necesitas ayuda para montar? —Conteniendo la risa, le entregó las riendas del alazán que acababa de acariciar.

—Creo que podré hacerlo sola —calculó en voz alta.

—Entonces, nos vamos.

Al verlo montar, Diana supo que ni de lejos lo haría con la misma soltura que él. Cierto que lo hacía a diario porque era su trabajo, aun así, le sorprendía que con su tamaño fuera tan ágil.

Con más esfuerzo que destreza, consiguió encaramarse sobre su montura. El vaquero le dedicó una de sus encantadoras sonrisas y sus labios también se curvaron hacia arriba.

—Pasadlo bien, chicos, y tened cuidado.

—Descuide —la tranquilizó Ethan.

—Chao, abuela —se despidió y tiró de las riendas para que el jamelgo se pusiera en marcha.

La señora Kolb los observó alejarse. También ella sonreía. Sabía que en cuestión de días la muchacha volvería a marcharse, pero, entre tanto, se sentía dichosa por tenerla allí.

Apenas tomaron distancia, Ethan le explicó con detalle lo que harían, cómo actuar con el ganado y dónde situarse con su montura durante el traslado a la otra parcela.

—¿Y no necesitas ayuda? —Fue su pregunta al enterarse de que él solo realizaba aquel proceso un par de veces a la semana.

—Son pocas cabezas. Aunque en un par de meses cuento con poder sumar algunas propias a las de tu abuela.

—¿Te estás comprando el rancho por entregas?

—Algo así —se rio divertido con el símil.

A Diana le gustó el sonido de su risa, ligeramente grave, pero limpia y, sobre todo, sincera. Sonriendo, cabalgó a su lado en silencio hasta el lugar en el que se encontraba el pequeño rebaño. Antes de ponerse en marcha, Ethan le recordó que debía mantenerse detrás de las reses, para impedir que alguna se quedara rezagada, mientras él iría en cabeza para guiarlas. No protestó, aunque sospechó que la tarea le resultaría muy aburrida.

No tardó en descubrir que se había equivocado. Estaba disfrutando del paseo y era entretenido verlo ir de un lado a otro para controlar a los animales o escucharlo cada vez que se aproximaba para señalar algún lugar interesante; también agradecía que estuviera pendiente de ella.

—¿Necesitas descansar?

—No, estoy bien —mintió.

Que el lugar al que se dirigían estuviera más lejos de lo que había imaginado y que las vacas se tomaran el traslado con excesiva tranquilidad, comenzaba a pasarle factura.

Pasaba del mediodía cuando llegaron a su destino. Ethan, tras asegurarse de que todo el ganado estuviera dentro de la finca, cerró el vallado y se acercó a ella.

—Conozco un sitio estupendo, a unos minutos de aquí, en el que podremos comer y descansar un rato.

—Pensé que no lo dirías nunca; estoy muerta de hambre.

Su acompañante asintió y, con un centelleo de diversión en la mirada, reanudó la marcha. Cinco minutos después se detenían en un lugar encantador en el que los árboles, grandes y frondosos, ofrecían una maravillosa sombra bajo la que tumbarse a descansar. Lo que haría en cuanto fuera capaz de desmontar.

Ethan, que ya había extendido una manta sobre el césped, se disponía a sacar el almuerzo de las alforjas cuando la vio aún sobre el caballo.

—¿Ocurre algo? —La miró extrañado, paseó la vista por los alrededores y volvió a fijar la vista en ella sin entender su comportamiento.

—No puedo bajar —farfulló avergonzada.

Confundido, elevó las cejas.

—Me siento tan dolorida que no consigo moverme —reconoció a regañadientes—. Ni se te ocurra reírte —le advirtió con el ceño fruncido al captar un destello de diversión en sus ojos.

El otro apretó los labios para no estallar en carcajadas y negó con un gesto, después, se colocó a su lado, la agarró de la cintura y la levantó sin dificultad. El gesto de dolor de la joven le hizo recuperar la seriedad.

—Lo siento, tendría que haber imaginado que sería demasiado para ti.

—No es para tanto —le restó importancia, más pendiente del calor que desprendían las manos que aún le rodeaban la cintura que de las molestias que aquejaban a su cuerpo—. ¡Mierda! —masculló entre dientes al notar que las piernas no la sostenían—. ¡Eh! —exclamó cuando Ethan la alzó de nuevo—. Bájame, puedo caminar sola.

Ignorando la orden, la cargó en brazos hasta el lugar donde había desplegado la pequeña manta de cuadros, que a Diana le recordó a un kilt escocés, y con aparente facilidad y mucho cuidado, la dejó sobre ella.

Sin pensárselo dos veces, se dejó caer hacia atrás y cerró los ojos. No había un solo músculo en el cuerpo que no le doliera.

—Creo que tendrás que regresar sin mí, Mike —dramatizó como un personaje de western—. Hablo en serio —aseveró al escucharlo reír—, no creo que pueda moverme de aquí en varios días. Dile a mi abuela que la quiero —añadió con tono lastimero—. ¡¿Qué haces?! —exclamó asustada, incorporándose solo a medias, con los ojos como platos, al sentir las manos del vaquero sobre sus muslos.

—Solo pretendo aliviar la tensión de tus piernas —le explicó con tranquilidad—. Nada más —le aseguró.

Diana lo miró durante unos segundos con el ceño fruncido antes de asentir.

—Relájate —le pidió para que se tumbara de nuevo.

Aunque reticente, le hizo caso y volvió a cerrar los ojos. A pesar de la desconfianza inicial, tenía que reconocer que el simple hecho de que mantuviera las palmas sobre sus piernas, proporcionándole calor, resultaba muy reconfortante. Un suspiro involuntario escapó de su boca cuando las enormes manos se deslizaron hacia arriba.

Con movimientos circulares, Ethan masajeó con cuidado las esbeltas pero maltrechas extremidades de su acompañante, que gemía en señal de protesta al más mínimo aumento de presión. Consciente de que al día siguiente tendría unas agujetas horribles, no pudo dejar de compadecerla ni de sentirse culpable. Al menos hasta fijarse en la forma que se mordía el labio inferior. El tono de sus gemidos también había cambiado, ya no eran de queja, sino de placer. Un placer ingenuo que nada tenía que ver con el deseo ni la pasión, pero que, a él, comenzaban a caldearle la sangre.

Tuvo que apartar la mirada de su rostro y concentrarse en lo que estaba haciendo para no dejar volar la imaginación y terminar excitado como un mandril en celo.

—¡Ay! —protestó cuando, sin querer, presionó más de la cuenta uno de sus gemelos.

—Perdón —se disculpó al tiempo que retiraba las manos—. ¿Comemos?

Se puso en pie a toda prisa para regresar junto al caballo que pastaba a unos metros de donde se encontraban y aligerar así la tensión que, en cuestión de segundos, había comenzado a apoderarse de su cuerpo.

—Pensé que no lo dirías nunca —le contestó, incorporándose con una mueca de dolor en los labios que logró disimular su decepción.

Había comenzado a disfrutar del masaje, demasiado, reconoció.

Este libro es de la autora Ana F. Malory.
He adquirido esta obra y me he tomado la libertad de compartirla en mi sitio web para mis suscriptores. Si deseas apoyar a la autora y obtener tu propio ejemplar, puedes hacerlo a través del siguiente enlace:

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