
Revolcadas Nocturnas con mi Madre
«Cuando la lujuria te domina.»
Capítulo I
Revolcadas Nocturnas con mi Madre
Sinopsis
Nunca pensé que mi vida se volvería tan confusa justo cuando terminé el colegio. Mientras todos parecen saber qué hacer con su futuro, yo sigo atrapado entre lo que esperan de mí y lo que realmente siento. En mi casa, entre discusiones silenciosas, miradas que duran más de lo debido y noches que nunca olvido, algo empezó a cambiar. Revolcadas Nocturnas con mi Madre es la historia de cómo el deseo, el amor y la culpa se mezclaron en el lugar donde se suponía que todo era correcto.
«Cuando la lujuria te domina.»
Capítulo I…
El despertador sonó a las seis en punto, como todos los días. El pitido agudo rebotó en las paredes de mi habitación, mezclándose con el canto de los pájaros que se colaban desde el árbol de mango frente a la ventana. Me quedé mirando el techo unos segundos, dejando que el calor de la sábana me abrazara un poco más, porque sabía que apenas saliera de la cama, la rutina me arrastraría sin compasión.
Vivíamos en un barrio tranquilo, de casas bajas y jardines cuidados, donde todo el mundo se saludaba, aunque no se conociera de verdad. La nuestra era una vivienda de dos pisos, pintada de un color crema que mi madre insistía en retocar cada año para que no pareciera vieja.
Bajé las escaleras en medias, escuchando el sonido distante de la cafetera y el murmullo de voces en la cocina. Mis tres hermanos menores ya estaban ahí: Matías, el más travieso con sus siete años; Valeria, de catorce, siempre con audífonos colgando del cuello; y la pequeña Alma, que a sus cinco años vivía pegada a sus juguetes.
—¡Buenos días, dormilón! —dijo mi madre, sin siquiera voltear, mientras removía algo en la sartén. Su voz siempre sonaba cálida por las mañanas, como si le sobrara paciencia para todos nosotros.
Ella era así: el centro de la casa. Mi padre, en cambio, casi siempre estaba fuera, metido en la fábrica que había levantado desde hace varios años, cuidando cada detalle de la producción. Decía que trabajaba por nosotros, y yo quería creerle… pero la verdad es que a veces se sentía como un extraño que solo aparecía para las comidas importantes o para marcar su autoridad en alguna discusión.
Me senté a la mesa y miré el plato que mi madre me dejó enfrente: arepas recién hechas, huevos revueltos y una taza de café negro. Siempre se acordaba de cómo me gustaba el café, fuerte y sin azúcar. Ese tipo de detalles eran los que me hacían sentir que, de los seis que éramos en casa, yo era su confidente silencioso.
Estábamos en marzo. Y a pesar de que aún me quedaba este último año para graduarme, ya todos parecían tener claro qué iba a hacer después… menos yo. Mi padre quería que me uniera a la fábrica, “para aprender desde abajo”, como él decía. Mi madre, en cambio, prefería que fuera a la universidad. Y yo… bueno, yo pensaba en todo eso mientras me preguntaba si enlistarme en el servicio militar no sería la forma más simple de escapar de tanta presión. Tenía buen físico, ya que voy al gym. Tal vez, sería una buena idea.
Pero no se lo decía a nadie. No todavía.
Cuando terminé de desayunar, Matías —con su pijama todavía arrugada— se aferró a la caja de cereal como si fuera un tesoro.
—Es el último, John. Yo lo vi primero —me dijo con esa mezcla de seriedad y dramatismo que sólo un niño de siete años puede tener.
—Tranquilo, campeón —respondí, pasándole la leche—. No voy a robártelo… esta vez.
Valeria, siempre con esa elegancia precoz de sus catorce años, se acomodaba el uniforme frente al espejo del comedor. Ni siquiera disimulaba que estaba más preocupada por su peinado que por llegar a tiempo.
—¿Puedes dejar de molestar a Mati tan temprano? —me lanzó una mirada rápida, pero en el fondo disfrutaba vernos discutir.
Alma, la más pequeña, estaba sentada en la silla alta, balanceando las piernas mientras mamá le partía en trozos una tostada. Entre bocados, me regaló una sonrisa desdentada. A veces me preguntaba si yo había sido así de tranquilo a su edad. Lo dudaba.
Papá todavía no bajaba. Era normal; siempre salía con el tiempo justo para que no lo esperáramos demasiado. En la casa Montenegro, las mañanas eran una coreografía cronometrada: mamá coordinaba desayunos, uniformes y mochilas; nosotros discutíamos por cosas triviales; y, al final, todos terminábamos listos como por arte de magia.
Salí un momento al patio delantero mientras mamá ayudaba a Alma a ponerse los zapatos. El vecindario tenía esa calma propia de una zona acomodada, pero no ostentosa: fachadas limpias, autos medianos en los garajes, árboles bien cuidados. Al fondo, la panadería “El Trigal” dejaba escapar el aroma de pan recién horneado, y un par de vecinos paseaban a sus perros. La señora Romero, que vivía frente a nosotros, ya estaba en su rutina diaria de regar las plantas con su taza de café en la mano.
Cuando papá apareció, llevaba el celular en una mano y las llaves en la otra, hablando de precios y entregas. Apenas me saludó con un gesto, sin interrumpir la llamada. Yo subí al asiento del copiloto. Alma se quedaría en casa con mamá hasta que la llevara al jardín. Valeria y Matías, en unos minutos pasaría la ruta escolar por ellos. Y así emprendimos el camino en la Ford Ranger de papá, la cual siempre usa para su trabajo y uso personal, teníamos otro auto, un sedán plateado, era para la casa, lo usaba más que todo para llevar a mamá a donde necesitara ir.
Durante el trayecto al colegio, me quedé mirando por la ventana. La ciudad a esta hora parecía un engranaje perfectamente engrasado: buses escolares recogiendo niños, ejecutivos con café para llevar, ciclistas en grupos pequeños. Desde afuera, todo se veía tan ordenado… y yo, en cambio, sentía dentro de mí un desorden que no sabía cómo explicar.
No era sólo la presión de decidir qué hacer con mi vida después de graduarme. Era otra cosa. Algo que apenas comenzaba a asomar y que, sin darme cuenta, iba a cambiarlo todo.
Papá siempre tenía prisa. Incluso cuando no había motivo.
Esa mañana, durante el viaje al colegio, me hablaba sobre la fábrica. Él prefería que lo habláramos antes de ir a mis clases, y no delante de mi madre, como si quisiera irme metiendo poco a poco en “mi futuro” sin darme opción de elegir.
—John, te lo voy a decir otra vez porque es importante —arrancó, sin quitar la vista de la vía—. Lo que hay allí, lo que he construido, no es algo que se vea todos los días. Esa empresa podría ser tuya.
Yo asentí, sin ganas de discutir tan temprano. El tono con el que lo decía era el mismo de siempre, como si recitara un libreto bien aprendido.
—Lo sé, papá.
—No, no lo sabes. Tú crees que lo sabes, pero no lo has vivido. No sabes lo que es tener que pelearte por cada contrato, asegurarte de que la gente cumpla, de que la producción no se detenga… —suspiró—. Mira, yo no te estoy obligando, pero es lo lógico.
Quise reírme ante ese “no te estoy obligando”. Lo que realmente quería decir era: “no hay otra opción más que esto”.
En la fábrica, el ruido metálico de las máquinas siempre se mezclaba con el olor a aceite y a pintura. Papá me había presentó a un par de supervisores, todos hombres de manos ásperas y mirada curtida. Me hablaban como si ya trabajara allí. Y yo sonreía, asentía, pero por dentro sentía que me estaba probando un traje que no me quedaba. Cuando por fin me dejó en la preparatoria para mi clase de matemáticas, su despedida fue un recordatorio:
—Piénsalo bien, hijo. La vida real no espera a nadie.
Estaba saliendo del colegio, era viernes, iba a aprovechar de salir un rato con mis amigos porque mi padre me había pedido ir a la fábrica mañana sábado. Iba charlando con mis amigos cuando vi a Diana, la chica que me gustaba, ella también me miró, y me sonrió. Aunque ya nos hablábamos, no salíamos… aún.
— Oye, John… ¿me estás escuchando? —decía Juan, un amigo.
—Eh… si, ¿qué decías?
—¿Qué si ahora más tarde vamos y nos tomamos unas? Estos dos se apuntan, y ¿tu?
—Si… ¿por qué no?
Me di cuenta que Diana se estaba despidiendo de sus amigas.
—Entonces así quedamos, ¿nos vemos a las cuatro? Me escriben igual… voy a hablar con ella.
—Ok —respondió riéndose—. Nos vemos entonces.
Diana observó que me estaba acercando a ella. Ya sus amigas se estaban yendo. Me sonrió de nuevo, era como si me estuviera esperando.
—Hola Diana, ¿cómo estás?
—Bien y tú, ¿cómo te fue en el examen?
Nos fuimos caminando mientras charlábamos. Era evidente que había química entre ambos.
Diana siempre había sido una chica encantadora, me gustaba mucho su cabello rubio, sus ojos azules como el zafiro. En fin, me gusta mucho. Es una niña juiciosa, va bien en las materias, la típica chica más bien callada, juiciosa y bonita. Su grupito de amigas es por el estilo, no son las típicas bonitas Fashions y populares. Incluso otro de mis amigos está enganchado con una de ellas.
Caminamos por bastante rato, pensé que estábamos caminando sin rumbo fijo, cuando me di cuenta que era la ruta para su casa. Pero cuando estábamos cruzando por un parque, se antojó de unos helados, así que la invité, buscamos donde sentarnos a la sombra porque hacía mucho sol, encontramos unas bancas al lado de un árbol que le hacía sombra.
—Y, ¿ya pensaste qué hacer el otro año? —me gustaba escucharla hablar, tenía una voz melodiosa, era de esas personas calladas en público o grupos grandecitos, pero bastante habladoras en compañía de una persona o grupitos pequeños.
No sabía qué responderle, no quería decirle lo del servicio militar, me daba vergüenza que pensara que no tenía nada planeado y me iba a lo fácil, al azar, no quería que pensara que era un tipo que no tenía proyecciones, además sentía que si lo decía de pronto arruinaba el momento. Mientras ella ya tenía bien planeadas sus proyecciones, iba a estudiar Derecho, y especializarse en el Derecho Comercial, quería convertirse en una buena abogada.
—Estaba pensando estudiar Administración de Empresas —no se me había ocurrido de la nada, ya había pensado en eso, así mataba dos pájaros de un tiro, estudiaba una carrera universitaria y complacía a mi mamá, y con eso podría trabajar en la empresa de mi papá, pero en cargos administrativos.
—¡Oye qué bien! Con eso podrías trabajar con tu padre —ella ya estaba al tanto de la situación de mi familia—. O, con el mío —sabía que su padre era un “hombre de negocios”, que también tenía, no una, sino varias empresas. De hecho, la familia de ella si es bien acomodada.
Seguimos charlando un rato más, hasta que ya era la hora de almorzar y teníamos hambre. La acompañé hasta su casa y nos despedimos. Siempre nos saludábamos con un beso en la mejilla, pero esta vez se lo di un poco más lento, estaba rojita cuando la miré después del beso, tenía una sonrisa encantadora.
Al regresar a casa, el ambiente era otro. Mamá estaba en la cocina, con música suave sonando en la radio. El aroma a guiso llenaba todo el lugar. Ella, con el delantal floreado, tenía esa manera de moverse que parecía coreografiada: un paso hacia la estufa, otro hacia la encimera, girar, probar, sonreír.
—Llegaste justo a tiempo —me dijo al verme entrar—. Ayúdame a cortar estos tomates.
Mientras lo hacía, le conté —a medias— lo de la mañana en la fábrica. Ella escuchaba en silencio, sin interrumpir, solo frunciendo un poco el ceño de vez en cuando.
—John… —empezó, con ese tono suave que usaba cuando iba a decir algo importante—, no tienes que decidir nada ahora.
—Papá cree que sí.
—Papá cree muchas cosas —respondió, medio sonriendo—. Y yo creo que todavía tienes derecho a explorar lo que quieres. No hay nada peor que arrepentirse de algo que ni siquiera intentaste.
Sus palabras eran un bálsamo, pero también una tentación. Porque cada vez que ella me defendía de papá, sentía algo extraño: no solo gratitud, sino una cercanía que iba más allá de lo que podía entender.
—¿Y si no sé qué quiero? —pregunté, mirándola mientras cortaba los tomates.
—Entonces lo buscas. Y yo voy a estar aquí para ayudarte.
Su mirada se cruzó con la mía, y por un segundo me pareció que había algo más detrás de esos ojos. Algo que no supe, o no quise, descifrar.
La tarde transcurrió tranquila. Valeria llegó del colegio contando que había un chico nuevo en su curso. Matías corrió a enseñarme un dibujo de dinosaurios que había hecho. Alma, como siempre, terminó quedándose dormida en el sofá mientras mamá le acariciaba el cabello.
Yo observaba todo desde la mesa, sintiendo que vivíamos en una burbuja. Afuera, el mundo parecía lleno de opciones, riesgos y caminos abiertos. Dentro, la casa Montenegro seguía un orden perfecto, casi predecible… y sin embargo, había algo que estaba empezando a cambiar.
No podía ponerlo en palabras. Solo lo sentía, como un leve temblor en el aire.
A la mañana siguiente, ya me estaba alistando para ir con mi padre a la fábrica. Sólo tenía que llevar dos mudas de ropa y mis implementos de aseo, él me daba el overol y equipo de trabajo allá. Eran como las siete, más casi dos horas de viaje, y el tráfico, estábamos allá por ahí a las 10. La fábrica queda a las afueras de la ciudad. Afortunadamente mi padre es el dueño, así no tendría que madrugar tanto.
Ya había desayunado. Así que bajé para meter las cosas en la camioneta. Mi papá pagaba el alquiler de una camioneta para la empresa, por lo que su auto personal casi no lo usaba, y en la casa solo sabíamos conducir él y yo. Él estaba subiendo unos materiales a la camioneta.
—Dile a tu mamá que si me pasa lo que le pedí —me pidió mi padre.
Sabía que obviamente mi madre estaba al tanto de que mi padre se iba ese fin de semana, pero no sabía si estaba al tanto de que yo iba a ir con él.
Suponía que estaba en el segundo piso, ya que no la vi por el primero. Subí a buscarla, mis hermanos estaban jugando, uno abajo con la consola en la sala, y las otras arriba en su cuarto. Entré al dormitorio de mis padres, pero no la vi, sin embargo, escuché ruidos en el baño de ellos. Creo que aquí, fue el punto de inflexión en mi vida, algo que marcó un antes y un después en mí.
Entre…
Vi a mi madre, de espaldas a mí, inclinada hacia adelante. Estaba lavando la bañera al fondo del baño. Quedé absolutamente impresionado, nunca la había visto así, en posiciones sugerentes, o no me había dado cuenta, pero en esta ocasión fue totalmente inevitable.
Tenía su culo, totalmente en pompa, al frente mío, balanceándose de un lado a otro, bien inclinada. Mi madre es voluptuosa, pues tuvo 4 hijos, obviamente iba a estar caderona, con grandes senos. Pero verla así, fue algo que me sorprendió. Sabía que era culona, pero verla con ese pantaloncito de pijama, medio transparente, que se le veían sus pequeñas bragas amarillas, y que por el tremendo culo que se carga, parecía que no tuviera nada debajo. Su pantaloncito pequeño totalmente apretado. Sólo se veía la parte de arriba de las bragas, era como un cachetero, lo demás, se lo tragaban ese gran par de nalgotas. Redondas.
Nunca la había visto con esa ropa tan pequeña y tan ajustada. Por lo general es bastante recatada.
Fue inevitable no fijarme. Mis ojos la recorrieron de arriba abajo. Sus muslos gruesos y torneados. Mi miembro se me empezó a endurecer, inclusive tuve que medio acomodarlo de lado porque me incomodaba con el jean. No sé si hice ruido, porque giró su cabeza para mirarme. Tuve que disimular, y tratar de calmarme rápidamente.
—Ehh… ma… que mi papá me pidió que… si le dabas lo que… te pidió —le dije.
Seguía mirándome así inclinada, creo que también se sorprendió porque la note un poco nerviosa.
—Ehh… ahh… si, está ahí, en la cama.
Se puso de pie, pero se notaba bastante nerviosa. Estaba colorada, no sé si por lo que estaba haciendo o por ambas cosas. Fui hasta la cama tratando de disimular la erección, no sé si funcionó, porque a pesar de que lo había medio acomodado de lado, igual se notaba bastante. Observé que había una caja con carpetas encima de la cama, así que la tomé. Me despedí de mi madre sin entrar al baño. No tenía cara para verla otra vez.
El portón metálico ya estaba medio abierto cuando la camioneta se detuvo frente a la entrada. Mi papá ni siquiera apagó el motor de inmediato; se quedó un segundo con las manos sobre el volante, mirando hacia adentro como si evaluara algo que yo no veía. Luego soltó el aire por la nariz, cortó el encendido y dijo, casi como una orden:
—Vamos.
Ese tono. Seco. Directo. Como si ya estuviéramos trabajando desde antes de poner un pie afuera.
Abrí la puerta y el golpe del aire me pegó de frente. No era frío ni caliente… era denso. Olía a hierro, a aceite quemado, a algo que siempre me raspaba un poco la garganta cuando respiraba profundo. Desde adentro venía el ruido constante: golpes contra metal, el chillido agudo de una pulidora, un zumbido grave que parecía vibrar en el suelo.
Cerré la puerta de la Ranger con más fuerza de la necesaria.
Mi papá ya iba adelante.
Apenas cruzamos el portón, el sonido se volvió más pesado, más cercano. Era como meterse dentro de algo vivo. Las chispas saltaban en una esquina, pequeñas explosiones naranjas que desaparecían antes de tocar el suelo. Dos hombres levantaban una estructura entre los dos, haciendo fuerza con el cuerpo entero. Otro martillaba con un ritmo seco, constante, como si estuviera marcando el tiempo de todo el lugar.
Levantaba la cabeza a modo de saludo, a los que conocía.
Algunos respondieron con la cabeza, otros ni siquiera se detuvieron. Ya me conocían. Yo también a ellos… más o menos. Era ese tipo de relación en la que no hacía falta hablar demasiado.
—¡Eh, llegó el muchacho!
La voz sí la reconocí de inmediato.
Don Josué apareció desde un lado, limpiándose las manos con un trapo que ya estaba más negro que otra cosa. Tenía la misma sonrisa de siempre, amplia, con los ojos entrecerrados por la edad… o por el humo.
—¿Qué hace, mijo?
No me dio tiempo de responder. La palmada en el hombro me hizo inclinarme medio paso.
—Joder, don Josué… —me reí, sobándome—. Usted no saluda, usted agrede.
Se rió con ganas.
—Pa’ que se despierte. Aquí no se viene a dormir.
Mi papá se acercó apenas lo justo.
—Josué, póngalo a hacer algo. No lo deje quieto.
Ni siquiera me miró al decirlo. Ya estaba girando hacia las escaleras.
—Tengo cosas arriba.
Y se fue.
Así. Sin más.
Lo seguí con la mirada un segundo, sintiendo esa incomodidad que ya conocía. Esa mezcla rara entre “ya sabía que iba a hacer eso” y “igual me fastidia”.
Don Josué chasqueó la lengua.
—Bueno, campeón… hoy sí le tocó de verdad.
—¿Ah, sí? ¿Antes qué era?
—Calentamiento —dijo, dándome otro golpe en el hombro, más suave esta vez—. Venga.
Lo seguí.
Me puso a mover piezas primero. Tubos largos, fríos, con bordes que había que cuidar porque cortaban si uno se descuidaba. Después me hizo sostener una estructura mientras otro soldaba. El calor se sentía incluso a través de los guantes, como si se filtrara poco a poco.
—No se mueva —me advirtió—. Si eso se corre, toca repetir.
No me moví. Pero los brazos empezaron a temblar al rato.
—¿Cansado ya?
—No jodas —murmuré—. Apenas empezamos.
Se rió fuerte, pero no dijo nada.
Las horas se empezaron a mezclar. El ruido dejaba de ser ruido después de un tiempo. Se volvía… fondo. Algo que estaba ahí, constante, como un latido.
El sudor se me pegaba a la espalda, a la camiseta. Sentía el polvo en la piel, en el cuello. Cada vez que me limpiaba la cara, la mano salía más sucia de lo que había entrado.
En algún momento miré hacia arriba, hacia el segundo piso. Silencio. O bueno… no silencio real, pero sí otro tipo de ambiente. Más limpio. Más quieto. Mi papá allá. Yo acá.
La segunda planta, o el segundo piso.
Mientras la primera planta es toda el área operativa, donde se fabrica todo el material; en la segunda planta está toda el área administrativa. Están los ejecutivos.
En la segunda planta, mi padre también tiene un apartamento, en el fondo. Para los días en los cuales sigue de largo, porque se le hace muy tarde para ir a casa; o simplemente quiere descansar.
Conozco la segunda planta desde hace años. También el apartamento. Incluso con mi madre, que a veces viene, muy pocas veces.
—No mire tanto para arriba —dijo Josué, sin dejar de trabajar—. Eso no le va a ayudar.
—No estoy mirando nada.
—Ajá.
No insistí.
Al mediodía, cuando ya tenía los brazos pesados y la camiseta pegada al cuerpo, fue él el que me dijo:
—Venga, coma algo.
—¿Y mi papá?
—Su papá come cuando le da la gana —respondió, abriendo una nevera vieja—. Usted coma cuando puede.
Sacó un envase, pan, algo de carne fría. Me lo pasó como si fuera lo más normal del mundo. Me senté en una caja volteada, apoyando los codos en las rodillas.
—Gracias.
—Pa’ eso estamos.
Comí en silencio. El ruido seguía alrededor, pero más lejos. O tal vez yo ya estaba demasiado cansado para prestarle atención.
—¿Le gusta esto? —preguntó de repente.
Levanté la mirada.
—¿El qué?
—Esto —hizo un gesto amplio con la mano—. El trabajo. El ambiente.
Vacilé un segundo antes de responder.
—No sé.
—¿Cómo así que no sabe?
Me encogí de hombros.
—A veces sí… a veces no.
Asintió, como si eso le bastara.
—Normal —se sentó a mi lado—. Su papá cree que usted se va a quedar aquí.
Solté una risa corta.
—Mi mamá cree lo contrario.
—Su mamá quiere otra cosa.
—Sí.
—¿Y usted qué quiere?
Esa pregunta me agarró desprevenido. Miré el piso.
—No sé.
No insistió. Solo asintió otra vez, como si eso también fuera suficiente. Terminamos de comer y volvimos al trabajo.
La tarde pasó más lenta. O al menos así se sintió. Cada tarea parecía más larga que la anterior. Mis manos ya no respondían igual. Los movimientos se volvían torpes. Y en algún punto, sin darme cuenta, empecé a sentir fastidio. No por el trabajo en sí. Por él. Por mi papá. Porque estaba arriba. Porque me había dejado ahí. Porque ni siquiera había bajado a ver qué estaba haciendo.
—Agarre bien eso —me dijo Josué.
—Sí, sí…
Pero estaba distraído. Molesto. Y eso me duró hasta que, por fin, empezó a oscurecer.
Cuando salimos, el aire de afuera se sintió distinto. Más liviano. Más… limpio. La Ranger estaba donde la dejamos. Mi papá ya estaba dentro. Me acomodé en el asiento del copiloto sin decir nada. Cerré la puerta. El motor arrancó. Salimos.
Silencio. El tipo de silencio que no es incómodo… pero tampoco cómodo.
Saqué el celular. Veinte mensajes. Tres llamadas perdidas. Todos de mi mamá.
Tragué saliva. Abrí el chat.
—Hola, como veo que estás en línea supongo que me vas a contestar.
—Oh, oh… —murmuré.
Escribí rápido.
—Hola ma, cómo has estado je je je
Error. Lo supe apenas lo envié. La respuesta llegó casi de inmediato.
—¿¡Cómo crees que he estado!? Yo sé que es tu padre el que te obliga, pero no me gusta en lo absoluto ver, ni saber que estás allá.
Miré de reojo a mi papá. Seguía manejando, la mirada fija en la carretera.
—Pues olvida que estoy acá.
Otra mala idea.
—¡No te hagas el tonto! Agradece, si estuvieras en mi presencia un solo bofetón ya te hubiera puesto.
Sonreí sin querer.
—Siempre me amenazas, pero a la final no eres capaz.
Era verdad. Más de una vez la había sacado de quicio… y nunca pasaba de ahí. De la amenaza. Ella jamás nos ha golpeado, a veces se hace la dura, pero en realidad es un algodón de azúcar, como algunas veces suelo llamarla.
—Hola cómo estás.
Otra notificación. Ese sí me cambió la cara. Diana.
—Hola, bien ¿y tú? ¿qué hiciste el día de hoy?
La conversación fluyó fácil. Ligera. Me contó lo del almuerzo con su familia, el hermano corriendo por todos lados, las máquinas de juego. Podía imaginarla. Podía… sentir esa diferencia.
—Amor, estoy preocupada por que vayas a ese lugar. No me gusta que estés allí —después de un rato de no haber vuelto a responder, mi madre continuó intentando persuadirme.
Suspiré.
—Mamá, ya hemos hablado de esto antes. Es una oportunidad para aprender el negocio de papá y ganar algo de dinero.
Mentira a medias.
—Lo sé, pero es peligroso. No quiero que te lastimes o que te pase algo malo.
Miré mis manos. Sucias. Con pequeños cortes que ni siquiera recordaba cuándo me los hice.
—Mamá, papá está acá, y me enseña cómo hacer las cosas de manera segura. Además, estoy aprendiendo mucho sobre el negocio.
Mentira completa.
Mi papá ni siquiera había bajado.
—Entiendo que quieras aprender, pero eres mi hijo y te necesito bien, y acá. No quiero que tengas que trabajar en condiciones tan duras.
Apreté los labios.
—Ma, lo aprecio, pero también quiero ayudar a la familia. Es solo algunos fines de semana, y siempre estoy con papá.
Otra vez, mentira.
—Lo sé amor, pero no puedo dejar de preocuparme. ¿No podrías encontrar otro trabajo a medio tiempo menos peligroso?
No respondí de inmediato. Miré por la ventana. Oscuro. La carretera casi vacía.
—Voy a hablarlo con papá y ver si podemos encontrar una solución. Quiero que estés tranquila.
—Gracias, mi amor. Eso significaría mucho para mí. Tu seguridad es lo más importante.
—Lo entiendo, mamá. Te amo y no quiero que te preocupes.
—Te amo también. Gracias por entenderme.
Dejé el celular. Apoyé la cabeza contra el asiento. Suspiré. Tocaba ser paciente, porque el problema no era la fábrica. Ni mi papá. Ni mi mamá. El problema era que, en el fondo… yo todavía no tenía ni idea de qué estaba haciendo.
Los días fueron transcurriendo con bastante rapidez. Era un viernes, nos estábamos alistando para ir a cenar, y como ya es habitual, mi padre nos estaba esperando afuera en el auto. Usualmente íbamos los viernes a cenar en un restaurante, cuando el fin de semana no se podría.
Ya estaba terminando de alistarme para salir, pero no encontraba mi cargador, así que me dirigí al dormitorio de mis padres para preguntarle a mi mamá si lo había visto. Iba a golpear la puerta, pero vi que estaba ajustaba, cuando iba a abrir me detuve de golpe. Vi movimiento repentino a través de la rendija de la puerta. Con curiosidad me asomé bien a aquella rendija para ver qué era.
Era mi madre.
Estaba terminando de arreglarse, ya estaba vestida. Me fijé en la cama y vi unas medias, estaba descalza, sólo tenía el vestido puesto, un vestido elegante, de color turquesa, un poco brillante, era como una segunda piel, resaltaba muy bien su figura. De nuevo, me quedé embelesado con sus curvas, de vez en cuando se inclinaba, y así se destacaba mucho sus redondeces, ese culo, ese gran par de nalgas, alcanzaba incluso a notar un poco los bordes de su ropa interior.
De repente se subió el vestido hasta los muslos, se estaba colocando las medias veladas, la visión de esas hermosas piernas torneadas, deliciosas, hizo elevar mucho más la libido, esos muslos gruesos, torneados, con su vestido hasta medio muslo, mostrando gran parte de sus piernas, y esas pantorrillas gruesitas también, no hacía más que casi babear con esa visión.
Me di cuenta que ya tenía una gran erección al chocar esta con el marco de la puerta, eso me hizo despertar. Nunca había hecho estas cosas, eso de espiar a tu madre mientras se viste, jamás lo había siquiera pensado, pero supongo que como en todo, siempre hay una primera vez, y desde ese día que la vi en el baño, ese deseo despertó, y conforme pasa el tiempo no se apacigua, sino todo lo contrario, sigue aumentando poco a poco.
Le eché un último vistazo a su culo, ese vestido se veía bastante ajustado con ese gran trasero. Volví unos pasos y la llamé como si estuviera viniendo.
—¡Mamá! ¿¡Has visto mi cargador!?
—… ¿Qué? —dijo, mientras yo entraba a su cuarto.
—¿Que si has visto mi cargador?
—No, amor. ¿No lo habrás dejado abajo en la sala? —en ese momento me traicionaron los ojos y le vi los senos. Rápidamente subí la vista otra vez.
—…Ah… eh… voy a ver… pensaba que tal vez estaba acá.
—…Ok —la noté perturbada, otra vez. Comencé a notar el temblor en sus ojos, que estaban bien abiertos mirándome sorprendida.
—…Eh… Bien… Entonces voy a ver…
Había leído hace algún tiempo en un artículo por internet sobre los instintos del ser humano, y a pesar de nuestra capacidad de razonamiento, la verdad, es muy difícil poder controlar por lo menos nuestras miradas. Pero tenía que controlarlos más, aunque es complicado porque muchas veces se dan de manera inconsciente, pero igual debía hacerlo porque no podría esperar a que quizás mi madre me dijera algo, ¡me moriría de la vergüenza!
Por lo menos no se dio cuenta de la erección que tenía…
O eso creo.
En el auto, con mis audífonos puestos. Nos dirigíamos al restaurante, mis padres adelante y mi hermana, Valeria, la que me sigue, y yo atrás, mis otros dos hermanos estaban en la casa de mi tía, hermana de mi madre. Me dio por mirar hacia mi madre, y noté que me estaba mirando por el espejo del copiloto, ese que usan las mujeres para maquillarse, quité la mirada rápidamente, sentía vergüenza igual.
—Mamá, y al fin ¿me vas a dar el permiso para quedarme donde Eliza este fin de semana? —la pedía Valeria a mi madre.
—… Mmmm todavía lo estoy pensando.
—¡Pero ya me habías dicho que sí!
—En ningún momento te he dicho eso señorita. Te dije que quizás sí.
—¿Y sí?
—… Está bien, pero no quiero quejas de los papás de Eliza.
Ya estando en el restaurante, el mesero se disponía a tomarnos el pedido. Pedimos platos sencillos. Mi mamá estaba al frente mío, y ya todo parecía normal. Así que entre charla y charla fuimos terminando de cenar, mi madre y mi hermana fueron al baño. Mientras charlábamos con mi padre, me preguntaba si al fin el otro año iba a trabajar con él y a aprender. Le respondía que podría ser, obviamente ocultando los planes que ya tenía. No sé por qué a nosotros nos cuesta tanto decirles a nuestros padres que no, en fin.
Me dirigí también al baño a lavarme las manos porque ya había terminado, cuando me iba acercando mi madre y mi hermana iban saliendo, de nuevo fue inevitable desviar mi mirada a sus encantos y creo que esta vez sí me pasé porque cuando la fui a ver a los ojos, no me estaba mirando, pero estaba haciendo mala cara.
Ya en el auto, y siendo de noche, todo el camino fue en completo silencio, de vez en cuando miraba hacia mi madre y a pesar de la oscuridad se le notaba que aún tenía la mala cara.
Definitivamente, tenía que comenzar a controlar mis miradas, o si no, eso podría causarme serios problemas…
Este libro, ‘Revolcadas Nocturnas con mi Madre’, es de mi autoría, Annie Zarel.



